Un fragmento de esa persona está implícito en los detalles del universo que te hacen sentir vivo; y aunque el tiempo avance, su eco permanece, recordándote que algunos vínculos trascienden incluso la distancia.
Sabes que el amor que sientes es desmesuradamente genuino —y real— cuando incluso un lugar, un sabor o cualquier cosa que toque tus sentidos termina enlazada a un pensamiento, y ese pensamiento, inevitablemente, a una persona en particular.
Tal vez no se trata de sacarle más a lo que vives, sino de dejar de exigirle tanto. Porque, aunque no lo parezca, ya estás dentro de eso que estás buscando. No hay que seguir persiguiéndolo como si fuera algo separado de ti, porque no lo es. Está ahí.
A veces creemos que vivir bien es exprimir cada experiencia, entenderla por completo o no dejar que se nos escape nada. Pero en ese intento, sin darnos cuenta, convertimos lo que vivimos en una tarea. Ya no se está dentro de una experiencia, uno está evaluándola.
Vale la pena preguntarse si lo que uno busca realmente nace desde adentro o de la idea de cómo deberíamos ser o sentirnos. Porque cuando se persigue algo que no es del todo honesto, siempre queda la sensación de que falta algo.
Este año aprendí que, por más profunda que sea la conexión que tengas con alguien, si no está destinada a permanecer de esa forma, inevitablemente terminará transformándose en algo distinto.
La vida acomoda el espacio que cada persona ocupa en nuestra historia y, aunque a veces duela, hay cambios que no se combaten, sólo se comprenden. Incluso el alma termina agradeciendo ese movimiento, porque entiende que crecer también implica reubicar, soltar y dejar ser.
El amor, el cariño, el aprecio y la admiración también cambian. Y lo digo desde la conciencia de que no siempre desaparecen; muchas veces permanecen, pero desde un lugar completamente diferente, más sereno, más libre y menos aferrado a lo que alguna vez fue.
Creo que ahí también habita una parte del arte de vivir. Dejar pequeñas versiones de nosotros repartidas en el tiempo para que, algún día, podamos volver a encontrarnos con ellas.
Si existe algo que disfruto mucho es entrar a mis notas y leerlas una por una. Así sean de hace años, siempre me parecen de lo más lindo, gracioso y, de alguna forma, nostálgico, porque me encuentro de todo un poco.
Hay poemas o fragmentos que jamás terminé de escribir, conclusiones de mis trabajos de investigación, ideas o preguntas que me surgieron por pura curiosidad —y que no descansaré hasta responder—, además de notas sin sentido y hasta listas de compra.