Una pena ayer que nos perdiéramos la celebración del gol. El genio del realizador de TV le pareció buena idea (nada más marcar Merino) enfocar 5 segundos a Nico Williams y otros 4 al público. �
Tu hijo no tiene ansiedad.
Lo que tiene es falta de hambre.
Y la culpa es tuya.
Ayer despedí a un chico de 22 años a los diez minutos de empezar su periodo de prueba.
¿El motivo?
Me preguntó cuántas pausas para el café tenía y si el trabajo era "presencial obligatorio" porque le generaba estrés el transporte público.
Le di su mochila y le abrí la puerta.
Sin drama.
Sin explicaciones.
Estamos en 2026 y hemos creado un monstruo: el profesional de cristal.
Gente que cree que el sueldo es un derecho de nacimiento y que el esfuerzo es "explotación".
Me dicen:
—"Es que los tiempos han cambiado, ahora priorizamos el bienestar".
Mentira.
Priorizáis la mediocridad.
Priorizáis el camino fácil mientras el resto del mundo os pasa por la derecha sin pedir permiso.
El éxito no es apto para gente que necesita un "espacio seguro" cada vez que recibe una crítica.
El dinero no fluye hacia los que esperan que la empresa se adapte a sus traumas infantiles.
Si te ofende este texto, felicidades: eres parte del problema.
Eres de los que piensan que "ser amable" es más importante que ser eficiente.
Eres de los que confunden tener una opinión con tener resultados.
He visto a padres arruinarse pagando carreras privadas para que sus hijos terminen llorando en un hilo de X porque su jefe les ha pedido que lleguen puntuales.
¿Quieres ayudar a tu hijo?
Deja de protegerlo de la realidad.
Deja de validar sus excusas.
Enséñale que el mundo es un lugar hostil que desayuna gente con "potencial" y merienda gente con "títulos".
La verdadera salud mental es ser capaz de sostener tu vida sobre tus propios hombros sin pedirle a los demás que carguen con tu peso.
Aquel chico se fue llamándome "boomer".
Yo me volví a mi mesa a trabajar con gente que sabe que, en el barro, las etiquetas de cristal no sirven para nada.
El mundo no te debe nada.
Aceptarlo es el primer paso para dejar de ser un estorbo.
Los que dan su opinión y siempre añaden «en mi humilde opinión"» no son tan humildes si creen que su opinión es tan valiosa como para darla, ¿no? 😀
En mi humilde opinión. 😂
🗣️Hoy, en un restaurante normal y corriente, tenía al lado una pareja joven. Los dos guapetes. Ella la verdad que guapísima. Sin niños, sin prisas, sin nada que aparentemente les impidiera mirarse a los ojos.
Yo, en cambio, intentaba mantener una conversación decente con mi mujer mientras mis peques convertían la mesa en un campo de batalla llena de migas y juguetes. Y aun así… lo lográbamos.
Pero ellos… cada uno en su móvil.
Él deslizando, ella en Instagram (se le veía perfectamente desde mi ángulo). Compartían un par de platos. Él con dos cervezas, ella con una copa de vino que apenas tocó.
Terminaron antes que nosotros.
Casi ni se hablaban. Algún comentario suelto, pocas risas y vuelta al brillo de la pantalla.
Me dio una pena enorme. De verdad. 😮💨
Al salir, ya en el coche, mi mujer me lo dijo sin que yo abriera la boca:
¿Los has visto? Qué triste… estar tan cerca y a la vez tan lejos.
🫣Y no es la primera vez. Cada vez que salimos lo veo. A veces son familias incluidos los niños adolescentes.
Por eso cuando salimos nosotros, aunque sea una vez al mes, intentamos que el móvil se quede en el bolsillo o en el bolso.
Porque un día que conseguimos escaparnos y salir, desconectar de las obligaciones… no quiero perdérmelo mirando una pantalla.
Quiero seguir robándole sonrisas a mi mujer, escuchar sus historias, reírme con sus tonterías y que ella haga lo mismo conmigo.
Porque dentro de unos años no voy a recordar qué miraba en el movil ese dia, pero sí voy a recordar cómo me miraba ella cuando le contaba cualquier tontería.
Y eso, para mí, vale infinitamente más.
Si no lo habéis visto, hacedlo. Si sí lo habéis hecho, volvedlo a ver.
La versión de «El tamborilero» de @LosMeconios es una de las cosas más bonitas de esta Navidad. Pelos de punta.
Mis alumnos no saben que no creo en Dios. Mis alumnos no saben que desprecio profundamente a la izquierda. Mis alumnos no saben que considero el nacionalismo una farsa asesina. Mis alumnos no saben que entre Hamás e Israel, prefiero Israel. Mis alumnos no saben que creo que el socialismo, la política de género y las memeces del cambio climático son religiones de sustitución y una degeneración de la religión a la que pretenden sustituir. Mis alumnos no saben que considero que deberían dar todas sus clases en español. Y no saben todo esto porque mi tarima de profesor no es un púlpito de sacerdote, porque mis alumnos no son mis parroquianos y porque ofrecerles mis opiniones políticas sería transmitirles un catecismo.
Mi posición de autoridad y su situación de menores de edad me obligan a respetarles y a respetar su crecimiento y, al menos, esperar que adquieran un sentido crítico para que puedan criticar mis opiniones en vez de tomarlas como Palabra de Dios. Esto no suelen entenderlo los profesores de izquierdas. Fundamentalmente porque no saben distinguir la moral de la ética y amoralmente consideran que sus opiniones tienen validez universal y representan el bien absoluto. Y consideran que transmitirlas es para ellos una obligación sagrada y apostólica. Pero cuando un profesor de derechas como yo expresa sus opiniones en internet, tan lejanas a las suyas, lo atacan y se echan las manos a la cabeza imaginando y sufriendo con la posibilidad de que esas opiniones les lleguen también a mis alumnos. Y no. No soy como ellos. No somos como ellos. Porque somos mucho mejores que ellos.
"Mi nombre es Perséfone, "la que lleva la muerte". No me olvides, guerrero. Te estaré esperando al otro lado, si es que eres capaz de recordar el camino del Hades". De @mjsolanofranco. La ilustración es mía. Yelmo y cráneo. Dibujo a tinta.