A usted pueden no gustarle las formas de Abelardo. Su manera de hablar, su deseo evidente de impresionar, su arrogancia desbordada, sus excesos. Es legítimo. A mi tampoco me gustan.
A usted puede no gustarle el Centro Democrático. Le huele a uribismo viejo, a una tradición política con la que usted nunca se identificó.
A usted puede no gustarle Oviedo. Le parece tibio, demasiado técnico, no le gustan sus formas.
Pero las formas no son lo que va a gobernar el país durante cuatro años. Lo que va a gobernar el país son los principios institucionales del que se siente en la Casa de Nariño. Y ahí la diferencia no es estética. Es estructural.
Empecemos por Abelardo.
Ha dicho con todas las letras que respeta la Constitución. Su programa está construido sobre el apego irrestricto a la ley. Y se ha comprometido públicamente con un solo período.
Se formó en la Universidad Sergio Arboleda. Y no en cualquier Sergio Arboleda: en la de Rodrigo Noguera Laborde y Álvaro Gómez Hurtado, la tradición conservadora institucionalista colombiana, la misma que defendió el Estado de derecho frente al narcoterrorismo, frente al M-19 y frente a la constituyente del 91 cuando casi todos se rendían al entusiasmo. Esa escuela respeta el partido completo, no solo cuando va ganando.
Sigamos con Paloma.
Tres períodos consecutivos en el Senado. Sin un solo escándalo de corrupción en doce años.
Abogada y filósofa de Los Andes, con especialización en economía y maestría en Nueva York. Pero el dato que más importa para esta conversación es otro: enseñó "Constitución y Democracia" en Los Andes. Es decir, la candidata pasó años enseñándole a estudiantes universitarios cómo funciona la Constitución y por qué hay que defenderla.
Cree profundamente que los desacuerdos políticos se resuelven adentro de las instituciones, no eliminándolas.
Y terminemos con Oviedo.
Doctor en economía de la Universidad de Toulouse, profesor del Rosario, exdirector del DANE. En el DANE entregó cifras durante la pandemia con un rigor técnico que le valió el respeto incluso del petrismo. El propio Gustavo Petro, antes de llegar a la Presidencia, dijo públicamente que le gustaría mantenerlo en su administración. Léalo otra vez: Petro quería mantener a Oviedo.
¿Por qué? Porque en un país donde casi todo está politizado, Oviedo demostró durante cuatro años que se pueden producir datos sin agenda. Que se puede medir pobreza sin maquillarla. Que se puede informar sobre desempleo sin esconder los números malos del propio gobierno.
Llegó a la política por la vía más difícil. Recogió firmas. No fue ungido por ningún cacique. Fue concejal de Bogotá por estatuto de oposición, después de haber sacado 616.000 votos a la Alcadía como independiente.
Oviedo no es uribista. Es un independiente que escogió esta alianza porque considera que el riesgo institucional del momento exige unidad. Y Paloma escogió a un vicepresidente con quien discrepa e, porque entendió que la coalición que el país necesita no se construye solo entre los que piensan igual.
Eso es democracia. Eso es respeto a la pluralidad.
Ahora compare.
Iván Cepeda dice que quiere modificar la Constitución. Su programa de gobierno repite la palabra "irreversibles" como mantra para describir las reformas que pretende.
Cepeda ha propuesto eliminar el Consejo Nacional Electoral, el día después de que el CNE le adoptara una decisión adversa que no le favorecía electoralmente. La frase fue suya: "ese nefasto consejo deberá ser eliminado en una reforma política".
Léala con cuidado. Cuando una institución toma una decisión que no le gusta, su primer instinto no es controvertir la decisión por las vías jurídicas. Su primer instinto es eliminar la institución.
Y nunca, en treinta y dos años de carrera política, Iván Cepeda ha dicho cuánto piensa quedarse en el poder. Nunca ha descartado una reelección. Promueve una constituyente, seguramente con el deseo de que extienda mandatos, redibuje contrapesos y modifique reglas electorales. Su programa abre todas esas puertas y no cierra ninguna.
La pregunta que toca hacerse.
No es "¿con cuál me siento más cómodo estéticamente?". La pregunta es "¿cuál de estos respeta las reglas del partido que estamos jugando?".
Abelardo, con sus excesos: respeto la Constitución, voy cuatro años, me voy.
Paloma, legalidad, instituciones, diálogo con el adversario.
Oviedo, técnica, datos, servicio público sin agenda.
Cepeda, con su calma intelectual: reformas irreversibles, constituyente, sin compromiso de un solo mandato.
La decencia política no se mide por los modales. Se mide por la disposición a perder. Quien respeta la regla acepta que algún día puede perder bajo esa regla.
Quien quiere cambiar la regla, no.
Abelardo, Paloma y Oviedo aceptan el riesgo de perder.
Cepeda diseña un país en el que ese riesgo no exista.
Esa es la elección.
@dibris@farmacotips Ser médico en el 2026: Es básico y vital, tener una buena conexión a internet y mirar en google disimuladamente para orientar su "diagnóstico"
@JBSudarsky Contesté el teléfono fijo, y el señor encuestador me pregunta mi edad. Le contesto y dice "...por favor me pasa a un joven que no tenga más de 25 años !! 😯
Esto me pareció muy tendencioso.
Petro es, para mí, la expresión más acabada del chafarote en el poder: burdo, guache, tosco, incapaz de hablar sin torcerlo todo.
Lo de Shakira lo retrata entero. A propósito de la canción Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan, en vez de entender lo que cualquier persona medianamente sensata entiende, autonomía, fuerza, independencia, la arrastró a su universo de morbo, doble sentido y vulgaridad disfrazada de profundidad.
Así es él, todo lo envilece, todo lo mira torcido.
Y lo más grave no es solo que un hombre así haya llegado al poder.
Lo más grave es la degradación de Colombia, un país hundido en inseguridad, corrupción, economía estancada y escándalos permanentes, entre tantos otros males y pesares, que todavía produce ciudadanos dispuestos a votar por esto… e incluso a pedir el segundo tomo, aumentado y corregido.
Mamá se fue un día sin avisar.
Como esas mariposas que alzan vuelo justo cuando el sol empieza a despertar…
Desde entonces, la casa no es la misma.
El silencio pesa distinto.
Hay un eco suave de sus pasos…
que ya no suenan.
Su sillón favorito sigue ahí,
pero ahora lo ocupa la ausencia.
Y en la cocina, su taza agrietada…
espera, como si supiera, que ya no volverá.
El reloj de la pared…
parece que camina más lento desde que no la ve.
Dicen que se fue al cielo.
Pero yo prefiero pensar que está de viaje.
Un viaje sin dolor.
Donde no hay despedidas, solo transformación.
Un lugar hermoso donde el amor no se acaba…
solo cambia de forma.
A veces la siento.
En el viento que me acaricia.
En el sol que me calienta.
En la estrella que parpadea cuando más la necesito.
Y entonces la escucho…
“Sígo aquí, mi amor. No llores.”
El viaje de mamá no tiene regreso…
pero tampoco tiene olvido.
Porque cuando alguien se va amando tanto,
no se va del todo.
Se queda.
En el alma.
En los recuerdos.
En cada suspiro que nace del corazón.
Recuerda esto:
No todas las despedidas se dan con palabras.
Algunas se dan con una taza que queda intacta,
con un aroma que aún flota en el aire,
con un sillón que nadie más se atreve a ocupar.
Se dan con silencios.
Con relojes que suenan más lentos.
Con fotos que ya no sonríen igual.
Con canciones que ahora duelen.
Y domingos que ya no saben igual.
Porque cuando una madre se va,
no solo se va un cuerpo.
Se va una parte de ti que nunca vuelve.
Y no importa cuántos años pasen,
hay abrazos que siempre vas a necesitar.
Aprendes —a la fuerza—
que el amor no se entierra,
se transforma.
Se convierte en eco,
en viento,
en lágrima callada,
en fuerza invisible que te empuja a seguir cuando ya no puedes más.
Pero también aprendes algo más…
que el amor de una madre es tan fuerte,
que ni la muerte puede detenerlo.
Que sigue ahí.
En cada decisión que tomas.
En cada caída donde ella te habría levantado.
En cada estrella que parpadea cuando estás a punto de rendirte.
Y si alguna vez sientes que no puedes más…
cierra los ojos, y escúchala:
“Sígo aquí, mi amor. No llores. Estoy en ti.”♥️