Lo que dice Tamayo es interesante porque no discute exactamente lo que sus críticos le están diciendo.
Hace algo más astuto. Cambia el terreno de juego.
Viene a decir que su documental no es una explicación completa de la crisis de la vivienda, sino una denuncia de cómo el sector inmobiliario puede tratar a familias reales como simples números.
Es decir, no quiere hablar de oferta, demanda, licencias, suelo, vivienda pública o inseguridad jurídica. Quiere enseñar la deshumanización de un sistema sobre algo tan necesario como es una casa.
Y ahí tiene razón. Hay algo profundamente inquietante en que un edificio con vecinos se convierta en una operación financiera.
No es nada agradable escuchar que una familia pase a ser una renta actualizable. Que un hogar sea descrito como una unidad en rentabilidad. Que la vida de la gente aparezca subordinada a una hoja de cálculo. Eso existe y conviene verlo.
El problema es que Tamayo pretende quedarse solo con esa defensa.
Tamayo afirma que el documental no va de lo que dicen sus críticos, que no entra en cómo solucionar el problema de la vivienda, que solo muestra un sistema que "se nos ha ido de las manos".
Pero si haces un documental sobre vivienda en RTVE, en plena crisis nacional de vivienda, con un relato centrado en fondos, especuladores, edificios comprados y vecinos desplazados, no puedes fingir que no estás interviniendo en el diagnóstico público.
Aunque no digas explícitamente "la culpa es solo de los fondos buitre", estás orientando la mirada del espectador hacia ese culpable.
Y ahí aparece el problema de fondo de una parte de la izquierda española. Tiene el diagnóstico, el problema y el culpable antes de mirar la estructura material. Diagnóstico: Emergencia habitacional. Problema: Especulación. Culpable: Casero, rentista, fondo buitre, inversor, propietario, turista o cualquiera que pueda ocupar esa semana el lugar del enemigo.
El relato funciona porque toca una herida real. Hay jóvenes que no pueden emanciparse. Hay familias que dedican medio sueldo al alquiler. Hay trabajadores que no pueden vivir cerca de su empleo. Hay barrios donde el vecino de siempre empieza a sentirse extranjero en su propia calle..
El gran error de la izquierda no está en decir que la vivienda es una necesidad básica. Nadie vive dignamente sin techo. Nadie forma una familia desde la incertidumbre permanente. Nadie construye futuro si su nómina desaparece cada mes en un alquiler.
El error está en creer que una necesidad básica deja de obedecer a restricciones materiales por ser moralmente urgente.
El pan también es básico, pero no se arregla prohibiendo al panadero ganar dinero. La electricidad es básica, pero no se arregla insultando al técnico que mantiene la red. La vivienda es básica, y precisamente por eso necesita suelo, producción, inversión, construcción, seguridad jurídica, oficio, transporte y continuidad.
Aquí está el tabú que el documental roza, pero no termina de afrontar. Faltan viviendas donde la gente necesita vivir. Faltan en las grandes ciudades, en las zonas turísticas, en las áreas de empleo y donde el suelo se ha convertido en una guerra administrativa, ideológica y económica.
Si se forman más familias que casas, si la población crece en las zonas tensionadas, si las licencias se eternizan, si hay poca vivienda pública, si el alquiler estable se vuelve jurídicamente incierto y si el pequeño propietario empieza a tener miedo, el resultado no es misterio, es escasez.
Y la escasez no castiga al rico. Castiga al que llega tarde. Castiga al joven que busca un alquiler. Castiga al matrimonio que no supera el filtro del casero. Castiga al trabajador que se muda por empleo. Castiga al vulnerable al que nadie quiere alquilar porque la ley, intentando protegerlo, lo ha convertido en un riesgo para el rentista.
Esa es la paradoja que la izquierda suele evitar. Una política que dice combatir a los fondos que acaba fabricando el mercado perfecto para los fondos buitre.
España fundó el primer imperio global de la historia, el primero en el que no se ponía el sol, y con él la primera globalización real del planeta. Conectó por primera vez Europa, América, Asia y África en una sola red comercial y cultural y dio la primera vuelta al mundo.
España parió el derecho internacional moderno. Francisco de Vitoria formuló el concepto de derechos humanos universales y el ius gentium en Salamanca en pleno siglo XVI, defendiendo la dignidad del indígena americano cuando ingleses y holandeses los exterminaban sin debate moral alguno en sus colonias. Suárez sentó las bases de la teoría política moderna que luego Grocio, Locke y Pufendorf reconocieron como fuente directa. Las Leyes de Burgos y las Leyes Nuevas son la primera legislación de la historia que protege a los pueblos sometidos por un imperio (aunque esto no os haga mucha gracia ahora).
España fundó más de 30 universidades en América entre los siglos XVI y XVIII. La primera imprenta americana es española, casi un siglo antes que la primera anglosajona. La primera gramática de una lengua europea moderna es la de Nebrija, 1492.
En ciencia, Jorge Juan calculó la forma exacta de la Tierra junto a La Condamine. La Expedición Malaspina fue la mayor empresa cientifica del siglo XVIII. La Expedición Balmis de 1803 llevó la vacuna de la viruela a América y Asia. Fue la primera campaña mundial de vacunación de la historia. Isaac Peral inventó el submarino moderno con propulsión eléctrica. Juan de la Cierva inventó el autogiro, antecesor directo del helicóptero. Ramón y Cajal fundó la neurociencia moderna y ganó el Nobel en 1906. Severo Ochoa otro por descifrar la síntesis del ARN.
España introdujo en Europa el tomate, la patata, el maíz, el cacao, el pimiento, el tabaco, la vainilla, el cacahuete y la piña. La mitad de la cocina italiana actual no existiría sin la mediación española.
En arte y literatura, Velázquez, Goya, El Greco, Zurbarán, Ribera, Murillo, Picasso, Dalí, Miró, Gaudí. Cervantes, que escribió la primera novela moderna. Lope, Calderón, Quevedo, Góngora, San Juan de la Cruz, Santa Teresa. Y después Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Neruda, Paz, Rulfo. Once premios Nobel de literatura en español.
Y el mayor legado de todos, el idioma español es hoy la segunda lengua materna del mundo con 500 millones de hablantes nativos, lengua oficial de 21 paises, la tercera más usada en internet y el vehículo cultural de toda Hispanoamérica.
Para ponerlo en perspectiva, España lleva aportando al mundo de forma continua desde Séneca y Trajano (el emperador romano que llevó el imperio a su máxima extensión era hispano) pasando por Isidoro de Sevilla, cuyas Etimologías fueron la mayor enciclopedia del conocimiento de toda la Edad Media, hasta hoy. Dos mil años de aportaciones ininterrumpidas a la civilización humana.
La pregunta habría sido más interesante al reves, ¿en qué no ha contribuido España al mundo?
La Hispanidad no la elegimos, nos la dio la historia. A través de ella hay Garcías, Rodríguez o Martínez en casi todos los países del mundo conocido.
La Hispanidad es la razón por la que los que reniegan de este día, los que han hecho una revisión nacionalista y populista de un pasado común, lo hacen en español y con apellidos extremeños, gallegos o vascos.
La Hispanidad es que Roma y Grecia se vean reflejadas en las calles de Quito, México o El Salvador.
La Hispanidad es esa increíble mezcla de indios, españoles y africanos, es la gastronomía con influencia de los tres continentes, es la fuerza del mestizaje que hoy sobrevive.
La Hispanidad son los nuevos españoles de Venezuela, Ecuador, Argentina, Uruguay o Guatemala que hoy viven en Madrid o Barcelona porque las migraciones tienen ida y vuelta.
La Hispanidad son los Estados Unidos, donde los cadetes de West Point estudian cuatro horas de español cada semana.
La Hispanidad es el maíz, los frijoles, la patata, el cacao, los cacahuates, el tomate, la calabaza, la piña, el aguacate, la yuca y la batata, que llegaron a Europa.
La Hispanidad es la cebada, el trigo, el arroz, la caña de azúcar, laa uvas, los plátanos, el café, las naranjas, los limones, el aceite de oliva, el mango, el cerdo, la cabra y las ovejas, que llegaron a América.
La Hispanidad es el idioma, la mezcla de costumbres, la religión común y los valores que ésta transmitió, es el derecho romano, es la diversidad y la mezcla que no se ha dado en la historia jamás entre “conquistadores” y “conquistados”.
La Hispanidad son los cristianos americanos que rezan a la virgen de Guadalupe, procedente de un pueblo de Cáceres. O que el fundador de la Guardia Civil fuera descendiente del emperador Moctezuma.
La Hispanidad es que Toledo esté en Estados Unidos, Guadalajra en México, Valencia en Venezuela, Córdoba en Argentina o Santiago en Chile. La Hispanidad es que halla Barcelonas en Colombia, en Filipinas, en Estados Unidos, en Venezuela o en Puerto Rico. Es que 1716 pueblos del mundo se llamen San José, 1691 San Antonio, 1246 Santa María o 1212 Santa Rosa.
La Hispanidad es que en Madrid haya estatuas de Moctezuma, de Atahualpa, de José Rizal o de Bolívar.
La Hispanidad no es solo la historia, sino sus consecuencias y éstas son cada uno de nosotros, estemos en Martorell, en Amsterdam, en Maracaibo o en Buenos Aires. Recemos a Dios, a Smith, a Bakunin, Marx o a Mixcóatl. Seamos de izquierdas, de derechas o de todo lo contrario.
Desde Italia, FELIZ 12 DE OCTUBRE, porque hay mucho que celebrar.
DELLAFUENTE se despide con ‘Consentía’ y deja estas palabras:
🗣️ “Hasta aquí mi subida a la montaña. Necesito descansar y asimilar todo esto que está ocurriendo. Gracias por todos estos años”