Estamos en la misma esquina.
Otra vez
Hay que fundar -no refundar porque nada queda en pie- una nación con valores y principios
Porque los valores y los principios son inquebrantables cuando un pueblo decide ser libre y regir sus destinos amparados bajo el manto de la legalidad
Hay un argumento que REPITEN COMO LOROS Y ES MENTIRA: que la dolarización “destruye la competitividad” de los sectores exportadores venezolanos.
Explíquenme exactamente cómo.
¿Cómo hace menos competitivo nuestro petróleo, que se vende internacionalmente en dólares?
¿Cómo hace menos competitivo nuestro gas, cuyo precio, contratos, equipos e inversiones se calculan en dólares?
¿Cómo destruye la competitividad de nuestra hidroelectricidad, basada en uno de los recursos hidroeléctricos más extraordinarios del continente?
¿Del aluminio, producido a partir de bauxita venezolana y energía venezolana?
¿Del hierro y el acero, construidos sobre enormes reservas nacionales?
¿Del oro, diamantes y tierras raras, commodities cuyo precio internacional se determina en dólares?
¿De TODAS LAS INDUSTRIAS aguas abajo que podemos construir alrededor del petróleo, gas, petroquímica, hierro, acero y aluminio?
¿Del turismo de calidad, donde el extranjero llega precisamente con dólares y paga hoteles, restaurantes, marinas y servicios en dólares?
¿De la agricultura, donde los productos competitivos se venden en dólares, café, cacao, frutas tropicales, ganaderia?
¿De las industrias del talento —software, tecnología, IA, ingeniería, servicios profesionales— que pueden vender desde Venezuela al mundo y cobrar en dólares, y donde EL TALENTO SE VA si no se paga en dólares?
La competitividad de Venezuela no consiste en tener una moneda que se devalúa para que sus trabajadores sean cada día más baratos, es decir más pobres.
Eso no es competitividad. Eso es pobreza.
La competitividad se construye con productividad, energía económica, infraestructura, impuestos competitivos, seguridad jurídica, capital, tecnología, logística eficiente y trabajadores extraordinariamente bien preparados.
Y Venezuela tiene una ventaja adicional gigantesca: una parte fundamental de nuestra economía exportadora produce bienes cuyos precios internacionales ya están denominados en dólares.
Entonces pregunto nuevamente:
¿Exactamente cuál de nuestras grandes industrias exportadoras pierde competitividad porque sus salarios, costos, contabilidad y contratos también estén expresados en la misma moneda dura en la que vende al mundo?
Ese argumento hay que demostrarlo. No repetirlo.
LA MANZANA
La fruta que cambió tres veces la historia
Por Rafael Darío Pérez Roldán
Hay frutas que sirven para hacer jugo, otras para preparar postres y algunas que simplemente terminan olvidadas en el fondo de la nevera. Pero la manzana no.
La manzana parece haber nacido con vocación de protagonista. Aparece en los momentos más importantes de la humanidad, aunque nadie la invite. Primero se metió en la religión, después en la ciencia y, finalmente, en la tecnología.
Y en cada ocasión dejó al mundo patas arriba.
1. La manzana de Adán y Eva
La primera manzana apareció en el jardín del Edén.
En realidad, la Biblia habla de un fruto prohibido, pero la imaginación popular decidió que tenía que ser una manzana. Tal vez porque una lechuga no habría resultado suficientemente tentadora.
La serpiente convenció a Eva. Eva convenció a Adán. Adán mordió el fruto y, desde entonces, comenzó la larga costumbre humana de hacer algo prohibido y luego buscar a quién echarle la culpa.
Aquella manzana representó la curiosidad, la desobediencia y el conocimiento.
El ser humano abrió los ojos, descubrió que estaba desnudo y perdió el paraíso. Fue posiblemente el alimento más costoso de la historia: una sola mordida y la cuenta todavía la seguimos pagando.
2. La manzana de Newton
Muchos siglos después, otra manzana decidió entrar en escena.
Isaac Newton se encontraba pensando debajo de un árbol cuando una manzana cayó. No sabemos con certeza si le golpeó la cabeza, pero la historia prefirió que así fuera porque hasta la ciencia necesita un poco de espectáculo.
Newton no se limitó a recogerla y comérsela.
—¿Por qué cayó hacia abajo?
Cualquier otra persona habría respondido:
—Porque hacia arriba era más difícil.
Pero Newton siguió pensando y terminó formulando la ley de la gravitación universal.
La primera manzana sacó al hombre del paraíso. La segunda le explicó por qué todo cae sobre la Tierra.
3. La manzana de Steve Jobs
La tercera manzana no cayó de ningún árbol.
Apareció mordida en el logotipo de una empresa fundada por Steve Jobs y sus compañeros. Ya no representaba el pecado ni la gravedad, sino la innovación.
Esta vez, la manzana no abrió los ojos del ser humano ni cayó sobre la cabeza de un científico. Terminó en nuestras manos.
Convertida en computadora, teléfono y tableta, nos permitió hablar con personas al otro lado del mundo, tomar fotografías, escuchar música, buscar información y perder varias horas mirando cosas que no necesitábamos ver.
La primera manzana nos dio conciencia. La segunda nos dio una explicación del universo. La tercera nos dio un celular… y con él, millones de distracciones.
Tres mordiscos a la historia
Resulta curioso que las tres manzanas estén relacionadas con el conocimiento.
La de Adán y Eva simboliza el deseo de saber. La de Newton representa la capacidad de preguntar. La de Steve Jobs encarna el poder de crear.
Una nos enseñó que el conocimiento tiene consecuencias. Otra, que una pregunta aparentemente sencilla puede revelar una ley universal. Y la última, que una idea puede transformar la vida cotidiana de toda la humanidad.
Quizás por eso la manzana aparece siempre mordida: porque el conocimiento nunca llega completo. Cada generación le da un mordisco, descubre algo nuevo y deja el resto para quienes vienen detrás.
La próxima manzana
La primera cambió nuestra relación con Dios. La segunda cambió nuestra comprensión de la naturaleza. La tercera cambió nuestra relación con la tecnología.
Ahora falta saber dónde aparecerá la cuarta.
Tal vez no crecerá en un árbol. Quizás será una inteligencia artificial, una nueva fuente de energía o algún descubrimiento que todavía no somos capaces de imaginar.
Pero algo podemos asegurar: cuando aparezca, habrá un ser humano cerca dispuesto a probarla, estudiarla, convertirla en negocio… o echarle la culpa de todos sus problemas.
Porque las manzanas cambian. Pero la curiosidad humana continúa siendo la misma.
Rafael Darío Pérez Roldán
Cuando el dinero manda, los valores quedan atrás
Una reflexión sobre la política y la pérdida del rumbo
Por Rafael Darío Pérez Roldán

La caricatura presenta una escena que provoca risa, pero deja una pregunta bastante seria: ¿qué ocurre cuando el dinero deja de ser una herramienta y se convierte en el dueño de la política?
El personaje corre detrás de los dólares con tanta desesperación que ni siquiera nota lo que va abandonando: los principios, la honestidad y el servicio público. Lo más doloroso no es que pierda unos papeles; es que deja atrás precisamente aquello que justificaba su presencia en la vida pública.
No todos los políticos venezolanos son iguales, y sería injusto meterlos en el mismo saco. Sin embargo, la historia del país ha mostrado demasiadas veces cómo algunos llegaron hablando de sacrificio, justicia y pueblo, pero terminaron corriendo detrás de privilegios, contratos y fortunas.
El dinero no siempre compra al político de inmediato. Primero le alquila el silencio, después le arrienda la conciencia y, cuando este viene a darse cuenta, ya le compró hasta el discurso.
La política debería ser servicio y no negocio; vocación y no lotería; compromiso con el ciudadano y no una carrera para alcanzar la carnada. Porque cuando el dinero manda, los valores no caminan más despacio: sencillamente quedan tirados en el camino.
MORALEJA
Quien cambia sus principios por dinero termina siendo rico en excusas y pobre en dignidad.
Rafael Darío Pérez Roldán
Si Ud escribe algo sobre la posible dolarización de la economía vzolana, por favor marque a esta cuenta para poder leerle.
Ya varios colegas han expuesto interesantes criterios; se trata de un tema que merece análisis frío.
Reacciones emotivas no aplican.
¿Apoya Ud el tema o no?
Venezuela en la caminadora
Por Rafael Darío Pérez Roldán
Hoy leí una frase que me dejó pensando:
“Pero, hasta ahora, así como vamos, no vamos.”
Y casi inmediatamente me imaginé a Venezuela subida en una caminadora de gimnasio.
La escena es perfecta.
La caminadora está encendida. La pantalla marca kilómetros. Las piernas se mueven. El corazón se acelera. Uno suda. Se cansa. Hasta puede felicitarse por el esfuerzo.
Pero después de una hora ocurre algo extraordinario: seguimos exactamente en el mismo lugar.
Mucho movimiento, poco desplazamiento
Ese es uno de los engaños más interesantes de una caminadora. Hay movimiento verdadero, hay esfuerzo verdadero y hay cansancio verdadero. Lo único que no existe es desplazamiento.
Y algo parecido puede sucederle a un país.
En Venezuela llevamos años escuchando palabras que indican movimiento: negociaciones, diálogos, acuerdos, elecciones, cronogramas, mesas, mediaciones, reuniones, declaraciones y propuestas.
Cada cierto tiempo alguien anuncia que ahora sí comenzamos a caminar hacia una solución. Y arrancamos nuevamente la caminadora.
Kilómetro 1: diálogo
La pantalla dice: DIÁLOGO.
Caminamos. Nos reunimos. Se toman fotografías. Se hacen declaraciones. Los venezolanos vuelven a tener alguna esperanza.
Pero miramos alrededor… y seguimos en el mismo gimnasio.
Kilómetro 2: negociación
Entonces alguien aumenta la velocidad. Ahora aparece otra palabra: NEGOCIACIÓN.
Caminamos más rápido. Llegan mediadores, asesores, delegaciones, documentos y comunicados.
La máquina indica que hemos recorrido muchos kilómetros. Pero uno mira por la ventana… y el paisaje sigue siendo el mismo.
Kilómetro 3: elecciones
Entonces aparece la palabra mágica: ELECCIONES.
Y aquí la caminadora aumenta todavía más la velocidad.
Porque una elección auténtica debería ser precisamente un mecanismo para que una sociedad pueda desplazarse políticamente de un lugar a otro.
Pero para que eso ocurra no basta con colocar unas urnas. Tiene que haber condiciones, garantías, competencia real, respeto a la voluntad ciudadana y reconocimiento de los resultados.
De lo contrario, podemos recorrer otros veinte kilómetros… sin avanzar veinte centímetros.
El contador puede engañarnos
La caminadora tiene otra característica maravillosa: produce números.
Kilómetros recorridos. Calorías quemadas. Tiempo transcurrido. Velocidad. Todo parece demostrar científicamente que estamos avanzando.
Pero hay una pequeña dificultad: seguimos frente a la misma pared.
En política también abundan los contadores: número de reuniones, acuerdos, declaraciones, elecciones, negociaciones y comunicados.
Podemos acumular estadísticas impresionantes. Pero existe un indicador mucho más sencillo: ¿Cambió realmente algo fundamental?
No confundamos cansancio con progreso
Después de mucho tiempo en una caminadora uno termina agotado. Y ese quizá sea el peligro mayor de esta metáfora aplicada a Venezuela.
Un pueblo también puede cansarse. Puede cansarse de esperar, de escuchar promesas, de entusiasmarse e incluso de volver a decepcionarse.
Y entonces aparece una confusión peligrosa: creer que porque hemos hecho un esfuerzo enorme necesariamente hemos avanzado.
No siempre. El cansancio mide esfuerzo. No necesariamente mide progreso.
Algún día habrá que bajarse de la caminadora
La caminadora es excelente para hacer ejercicio. Pero sería un pésimo medio de transporte.
Nadie se monta en una caminadora para viajar de Caracas a Valencia.
Y quizás Venezuela necesite hacerse una pregunta extremadamente sencilla: ¿Queremos seguir caminando o queremos llegar?
Porque son cosas diferentes.
Llegar exige dirección. Exige reglas. Exige instituciones. Exige respeto a la voluntad popular. Y exige que cada paso produzca algún desplazamiento verdadero.
Podemos continuar caminando durante años. Podemos sudar. Podemos cansarnos. Podemos celebrar cada kilómetro que aparece en la pantalla.
Pero de vez en cuando conviene mirar hacia abajo y preguntarnos: ¿Estamos avanzando realmente..
Cuando un batequebrao como Enrique Márquez la caga
Cosa que hace a menudo
Mandan al sobrevalorado Sr Aveledo a paliar la situación, con el cuchillo de palo de la tolerancia, la libertad de opinión etc
Y salen unos cuantos de la misma comparsita a tratar de hacer control de daños
Y DELE Y DELE
Por Rafael Darío Pérez Roldán
Últimamente me encuentro la palabra resiliencia hasta en la sopa.
La leo en periódicos, redes sociales, libros, conferencias y mensajes de motivación.
Y mientras más la veo, más recuerdo una expresión muy sencilla que escuchaba desde muchacho en mi pueblo:
“¡Y dele y dele!”
No sé quién la inventó. Tampoco sé si alguna vez apareció en un tratado de psicología.
Pero funcionaba.
Cuando alguien insistía una y otra vez:
—¡Y dele y dele!
Cuando un problema regresaba:
—¡Y dele y dele!
Cuando había que empezar nuevamente:
—Pues… ¡dele otra vez!
Ahora descubro que detrás de aquella expresión campesina había casi una filosofía de vida.
Porque la vida también funciona así.
Uno aprende a caminar cayéndose.
Aprende a trabajar equivocándose.
Aprende a querer sufriendo alguna decepción.
Aprende a vivir perdiendo algunas cosas que creía indispensables.
Y cada vez que la vida nos tumba, aparece la misma pregunta:
¿Nos quedamos en el suelo o le damos otra vez?
Ahí entendí algo.
Quizás la resiliencia no consiste solamente en soportar los golpes.
Tampoco en convertirnos en personas invulnerables.
Consiste en no permitir que un golpe tenga la última palabra.
Una puerta no abrió.
Dele.
El proyecto fracasó.
Dele.
Se equivocó.
Corrija y dele.
Le tocó comenzar desde cero.
Pues dele desde cero.
Eso sí: hay una diferencia importante.
“Y dele y dele” no significa golpearse eternamente contra la misma pared.
También hay que aprender.
A veces hay que cambiar de camino, cambiar de herramienta, cambiar de estrategia… o descubrir que aquella puerta que llevábamos años empujando simplemente abría hacia el otro lado.
La verdadera perseverancia no es repetir tercamente.
Es insistir inteligentemente.
Por eso, después de tantos años, aquella expresión de mi pueblo me parece mucho más profunda de lo que imaginaba.
Hoy podemos llamarla resiliencia, perseverancia, fortaleza emocional o capacidad de adaptación.
Mis paisanos necesitaban solamente tres palabras:
¡Y dele y dele!
Y posiblemente agregaban una cuarta:
¡Pa’lante!
Viktor Frankl entra en la conversación
Hoy leí una frase atribuida a Viktor Frankl que me hizo regresar inmediatamente a aquellas tareas de Santa Rosa de Osos:
“No hay nada en el mundo que capacite tanto a una persona como la consciencia de tener una tarea en la vida”.
Entonces comprendí que durante todos estos años había entendido la palabra tarea de una manera demasiado pequeña.
La tarea no era solamente aquello que el maestro mandaba para el día siguiente.
Existe otra tarea. Una mucho más importante: la tarea de vivir.
Y esa no viene escrita en el tablero. No tiene cinco problemas para resolver. No hay que entregársela al maestro mañana a las ocho de la mañana.
Tampoco sabemos exactamente cuándo vence el plazo. Pero todos tenemos alguna.
De la obligación al propósito
Frankl, después de conocer circunstancias humanas extremas, comprendió que tener un para qué puede ayudar al ser humano a soportar enormes dificultades.
Eso cambia completamente mi vieja idea de las tareas.
La tarea escolar era una obligación. La tarea de la que habla Frankl es un propósito.
Una empuja desde afuera. La otra tira desde adentro.
Una nos hace preguntar: —¿Cuándo termino?
La otra nos hace preguntar: —¿Qué me falta todavía por hacer?
Quizás por eso una persona puede jubilarse de un empleo, pero nunca debería jubilarse completamente de tener una tarea.
Mientras tengamos algo que enseñar, escribir, construir, reparar, aprender, compartir, cuidar o simplemente mejorar, todavía existe una razón para levantarnos mañana.
La gran ironía
Y aquí encuentro una de esas ironías que tanto me gustan.
Cuando era niño en Santa Rosa de Osos, mi problema era: ¿Cómo hago para librarme de la tarea?
Muchos años después la pregunta puede ser exactamente la contraria: ¿Cuál es la tarea que todavía me queda por hacer?
¡Qué vueltas da la vida!
Pasamos parte de la infancia tratando de escapar de las tareas… y podemos pasar parte de la vejez tratando de descubrir cuál es la que todavía nos corresponde.
La tarea que nadie puede hacer por nosotros
Tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas de Frankl.
Hay tareas que pueden delegarse. Alguien puede hacer una diligencia por nosotros. Puede pagar una cuenta. Puede arreglar una casa.
Incluso —aunque los maestros no lo recomendaban— algún compañero podía ayudarnos con la tarea escolar.
Pero existe una tarea absolutamente indelegable: vivir nuestra propia vida.
Nadie puede hacerla por nosotros. Nadie puede querer por nosotros. Nadie puede perdonar por nosotros.
Nadie puede descubrir por nosotros qué sentido queremos darle al tiempo que todavía tenemos.
Ahora sí entiendo a aquella señora
Después de pensar en Frankl, volví imaginariamente a conversar con aquella vieja señora llamada La Tarea.
—Ahora sí entiendo —le dije.
Ella sonrió.
—Te demoraste bastante.
—Casi ochenta años.
—No importa.
—¿Por qué?
La Tarea se levantó lentamente y antes de marcharse me respondió:
—Porque mientras estés aquí… todavía tienes tiempo para terminarla.
Y se fue. Yo me quedé pensando.
Quizás el maestro de Santa Rosa de Osos tenía razón después de todo. Siempre hay alguna tarea pendiente.
La diferencia es que ahora nadie tiene que obligarme a hacerla.
Porque finalmente comprendí que algunas tareas no nos quitan la libertad. Nos dan una razón para seguir caminando.
Hacer las tareas
De la tarea escolar a la tarea de vivir
Por Rafael Darío Pérez Roldán
De mis años escolares en Santa Rosa de Osos recuerdo muchas cosas.
Los compañeros.
Los maestros.
Los recreos.
Los cuadernos.
El frío de aquellas mañanas.
Y recuerdo también una cosa que nunca logró despertar mi entusiasmo:
hacer las tareas.
¡Qué pereza!
Uno llevaba varias horas en la escuela y esperaba escuchar la maravillosa noticia de que podía regresar a casa.
Pero antes de salir aparecía la frase temida:
—Para mañana me hacen…
Y comenzaba la condena.
Problemas de matemáticas. Una composición. Copiar una página. Estudiar una lección. Buscar palabras en el diccionario.
Yo pensaba:
—¿Entonces para qué me mandan para la casa si voy a seguir estudiando?
Me parecía una injusticia.
La competencia de la calle
Además, la tarea tenía un enemigo formidable: la calle.
No teníamos celulares, videojuegos ni redes sociales. Pero teníamos amigos.
Había que jugar, correr, conversar e inventar cualquier cosa.
Mientras tanto, dentro de la casa, el cuaderno permanecía abierto esperando.
Parecía hablarme:
—Rafael… tienes tarea.
—Más tarde.
Una hora después:
—Rafael…
—Ya voy.
Y aquel “ya voy” podía durar toda la tarde.
Hasta que llegaba la noche. Entonces aparecía la conciencia: mañana había escuela.
Y comenzaba una operación académica de emergencia. El lápiz corría. La letra empeoraba. Las respuestas se volvían cada vez más imaginativas.
Muchos años después comprendí que las fechas límite tienen una extraordinaria capacidad para producir milagros.
La Tarea regresó
Hace poco imaginé que alguien tocaba la puerta de mi casa. Abrí. Era una señora bastante vieja.
—¿Quién es usted?
—¿No me reconoce?
—No.
—Soy La Tarea.
Casi le cierro la puerta.
—¡Usted me hizo sufrir bastante!
Ella respondió:
—Y usted me hizo esperar bastante.
No pude discutirle.
Entonces me dijo:
—Durante toda su vida habló mal de mí y nunca me dio las gracias.
—¿Gracias por qué?
—Porque yo le enseñé algo que necesitaría durante el resto de su vida.
—¿Qué?
—A hacer lo que había que hacer, incluso cuando no tenía ganas de hacerlo.
Me quedé callado. Pero ahora descubro que aquella vieja señora todavía tenía algo más que enseñarme.
Continúa el Rompecabezas:
Todas guardaron silencio.
La orgullosa ficha azul del cielo habló entonces:
—Compañeras… creo que tenemos que reconocer algo.
—¿Qué cosa?
—Que ninguna de nosotras era el rompecabezas.
La ficha vieja respondió:
—Exactamente.
Y añadió:
—Cada una solamente tenía una pequeña parte de la imagen.
Aquella frase merece pensarse.
Porque quizás los seres humanos también somos algo parecido.
Pasamos buena parte de la vida intentando demostrar que nuestra pieza es la más importante.
El médico piensa desde la medicina.
El ingeniero desde sus cálculos.
El profesor desde sus conocimientos.
El empresario desde su experiencia.
El joven desde su energía.
El viejo desde lo que ha vivido.
Cada uno contempla una pequeña parte del dibujo y, de vez en cuando, comete el error de creer que está viendo la imagen completa.
Pero nadie tiene todas las piezas.
Y hay algo todavía más interesante.
En un rompecabezas no existen piezas jubiladas.
La última pieza sigue siendo tan necesaria como la primera.
Tampoco existe una ficha demasiado pequeña para ser importante.
Ni una demasiado vieja.
Ni una demasiado fea.
Ni una que pueda decir:
—Sin mí da lo mismo.
Porque basta quitar una sola para que inmediatamente nuestros ojos se dirijan al hueco.
Tal vez la vida se parece mucho a aquel rompecabezas del COVID.
Durante aquellos meses comprendimos que personas que casi nunca aparecían en fotografías ni recibían aplausos eran indispensables: quien recogía la basura, quien llevaba un paquete, quien atendía una tienda, quien conducía un vehículo, quien limpiaba un hospital.
Muchas eran piezas que normalmente permanecían escondidas en algún rincón del gran dibujo social.
Hasta que un día faltaron.
Y entonces descubrimos el tamaño del hueco.
Por eso, cuando alguna vez sintamos que nuestra pieza ya no tiene importancia, conviene recordar aquel rompecabezas.
Quizás todavía no sabemos exactamente dónde encajamos.
Quizás alguien está tratando de meternos a la fuerza en el lugar equivocado.
O quizás estamos temporalmente debajo del sofá.
Pero seguimos perteneciendo a la imagen.
Y mientras quede un espacio por completar, todavía tenemos algo que aportar.
Moraleja
No todas las piezas llaman la atención. No todas ocupan el centro. No todas tienen colores bonitos. Pero todas llevan consigo una parte irrepetible de la imagen.
Y quizá la vida tenga una enseñanza adicional:
antes de creer que alguien no hace falta, saquémoslo del rompecabezas y miremos el hueco que deja.
Ahí descubriremos su verdadero tamaño.
Y si usted todavía no sabe dónde encaja…
no se preocupe.
Por favor, no se meta a la fuerza.
Dé una vueltica.
A veces el problema se resuelve simplemente girando la pieza.
Jajaja.
El rompecabezas
Una pequeña lección que nos dejó el encierro
Por Rafael Darío Pérez Roldán
Durante la época del COVID-19 ocurrió algo que nadie había previsto.
El mundo entero recibió una orden bastante sencilla:
—¡Todo el mundo para la casa!
Y obedecimos.
Los ricos para sus casas grandes.
Los pobres para sus casas pequeñas.
Los jóvenes con sus teléfonos.
Los viejos buscando qué hacer después de haber organizado tres veces el mismo cajón.
De repente descubrimos que una casa podía convertirse al mismo tiempo en oficina, escuela, restaurante, gimnasio, iglesia, cine, peluquería clandestina y hasta cárcel voluntaria.
Y en medio de semejante situación ocurrió un milagro comercial:
resucitaron los rompecabezas.
Aquellas cajas que llevaban años abandonadas en los armarios comenzaron a salir nuevamente.
Había rompecabezas de quinientas piezas.
De mil.
De dos mil.
Y algunos tan complicados que uno sospechaba que habían sido diseñados por una persona que odiaba profundamente a la humanidad.
Una tarde, mientras una familia intentaba armar uno sobre la mesa del comedor, ocurrió algo extraordinario.
Las fichas cobraron vida.
La primera en hablar fue una ficha azul preciosa que pertenecía al cielo.
—Compañeras —dijo con cierta arrogancia—, debemos reconocer nuestra importancia histórica. Gracias a nosotras los seres humanos están conservando la cordura.
Otra ficha azul respondió:
—Correcto. Somos prácticamente personal esencial.
Desde el otro extremo de la caja protestó una ficha gris.
—¡Un momentico!
Era una ficha bastante fea.
No tenía cielo.
No tenía flores.
No tenía montañas.
Parecía pertenecer a una sombra detrás de una piedra.
—¿Y nosotras qué? —preguntó indignada—. A ustedes las buscan primero porque son bonitas. A nosotras siempre nos dejan para el final.
Otra ficha marrón intervino:
—¡Exactamente! Esto es discriminación rompecabecística.
Una ficha pequeña gritó:
—¡Exigimos igualdad!
Y otra propuso inmediatamente:
—¡Fundemos un sindicato!
Aquello se complicó.
Las fichas de las esquinas se consideraban superiores porque eran fáciles de identificar.
—Nosotras tenemos dos lados rectos —decían orgullosas—. Somos prácticamente la aristocracia del rompecabezas.
Las fichas de los bordes tampoco se quedaban atrás.
—Sin nosotras no existe estructura.
Las del centro protestaban:
—Sí, pero ustedes solamente sirven para hacer el marco. ¡La verdadera imagen somos nosotras!
Una ficha completamente blanca, que llevaba media hora siendo confundida con otras cuarenta fichas blancas, perdió la paciencia:
—¡Estoy cansada de que me prueben en todos los huecos!
Otra respondió:
—Por lo menos te prueban. A mí ni siquiera me han sacado de la caja.
Mientras las fichas discutían sobre jerarquías, derechos, privilegios y reconocimiento, el humano que armaba el rompecabezas continuaba trabajando tranquilamente.
Tomaba una ficha.
La probaba.
No servía.
La giraba.
Tampoco.
La colocaba en otro sitio.
Nada.
Entonces hacía lo que hacemos los seres humanos cuando una pieza no entra:
la empujaba un poquito.
La ficha gritaba:
—¡Por ahí no es!
Pero el hombre insistía.
Hasta que finalmente comprendía que aquella pobre ficha no tenía ninguna culpa.
Simplemente estaba tratando de ponerla donde no correspondía.
Y quizás allí estaba apareciendo, sin saberlo, la primera enseñanza del rompecabezas:
no porque una pieza no encaje en determinado lugar significa que esté equivocada.
Tal vez simplemente pertenece a otra parte.
Pasaron las horas.
La imagen avanzó.
Después apareció aquella ficha marrón que nadie quería.
Clic.
También era indispensable.
Finalmente quedó un solo espacio vacío.
Todas las fichas miraron hacia el hueco.
Faltaba una.
Comenzó la búsqueda.
Debajo de la mesa.
Entre las sillas.
Dentro de la caja.
Debajo de la alfombra.
Nada.
Hasta que alguien encontró una pequeña ficha detrás de una pata del sofá.
Era precisamente aquella que había dicho:
—A mí nadie me toma en cuenta.
La colocaron.
Clic.
El rompecabezas quedó terminado.