Hay algo casi ridículo en saber exactamente qué te va a doler y elegirlo igual. Soy fiel creyente de que siempre se vuelve a eso que te hace mal por más que te termine destruyendo. Optás por vivirlo, no por esperanza, sino por el confort que te genera ese sentimiento familiar.
Qué fantasía son los reencuentros. Podés pasar semanas, meses o incluso años sin mantener contacto con alguien y, cuando volvés a verlo, todo sigue ahí, inalterado. Como si el tiempo no tuviera ninguna autoridad sobre ciertos vínculos. Ciertamente no se puede negar el destino.
El argentino lleva la patria no como bandera, sino como cicatriz. Orgullo que no se ostenta, se sostiene. Cuidamos lo nuestro porque en la intemperie del mundo, es el único territorio que no nos pueden arrebatar. Pero por encima de todo, somos memoria.
Un pueblo que no olvida es un pueblo que no perdona sin motivo, ni agradece en silencio. Recordamos la traición con la misma precisión con que recordamos la mano tendida. Argentina podrá ser mil cosas, pero jamás un pueblo sin memoria.