Se llama Kaitlan Collins, tiene 34 años y para el trumpismo fascistoide arrastra dos “pecados” que resultan imperdonables:
Es una periodista excepcional, corresponsal estelar de la Casa Blanca en CNN: seria, implacable, rigurosa, con esa entereza que debería ser norma en cualquier cronista que se respete.
Y, peor aún para ellos: es mujer.
Hace pocos días, en el propio despacho oval, se atrevió a interpelarlo directamente sobre los archivos Epstein:
“¿Qué les diría a las sobrevivientes de Jeffrey Epstein que sienten que no han recibido justicia, señor presidente?”
La réplica de Trump fue un vórtice repugnante de violencia verbal, machismo descarnado, desprecio absoluto por la disidencia y pánico visceral ante cualquier atisbo de prensa libre y crítica:
“Eres la peor periodista. No me extraña que la CNN no tenga audiencia con gente como tú. Eres una mujer joven, te conozco desde hace diez años y no recuerdo haberte visto sonreír jamás… ¿sabes por qué? Porque sabes que no dices la verdad. Son una organización profundamente deshonesta y deberían avergonzarse.”
Ese es el actual Presidente de Estados Unidos. Así trata a una periodista que cumple con su deber.
Ni en las dictaduras más descaradas se permite tamaña exhibición de desprecio.
Toda mi solidaridad con Kaitlan Collins, la profesional intachable, pero también con la mujer Kaitlan Collins. Porque este no es solo el clásico ataque de un poderoso contra quien osa cuestionarlo; es, ante todo, el zarpazo misógino de un hombre incapaz de soportar que una mujer haga su trabajo con disciplina, honor y sin bajar la mirada.
Y si el castillo de naipes trumpista se desmorona bajo el peso de sus propias falsedades, es precisamente gracias a voces como la de ella: firmes, luminosas, indispensables.
Que siga preguntando sin sonreír si no le nace.
La verdad no necesita adornos ni sonrisas forzadas. #NoALaMisoginia #NoSonrisasForzadas
#KaitlanCollins