Ahí entendió que no iba a conseguir el ascenso, y el mundo se le echó encima. Casi por instinto, abrió las piernas delante de aquel viejo baboso, se desabrochó un botón de la camisa y susurró:
- ¿De verdad no hay nada más que pueda hacer?
Y ella miró con deseo aquel bulto en el pantalón. El uniforme le quedaba demasiado bien. Cuando llegó a casa no pudo evitar tumbarse en la cama y fantasear con ser dominada por tremendo macho.