Química Ambientalista, Toxicóloga y Mtra. en Política y Gestión Pública, enamorada de Cristo, trabajando por un México fuerte, honesto y limpio para TODOS!
La salvación y la conciencia
Algo que preocupa o entristece a muchos católicos practicantes es que haya miembros de la propia familia que abandonan la fe. Quizá algún hijo, un hermano o el mismo cónyuge dejaron de creer en Dios, en la Iglesia y son indiferentes a toda creencia religiosa. Otros han cambiado de religión a grupos evangélicos, se volvieron budistas o son Testigos de Jehová. ¿Cómo se van a salvar esas personas que dejaron de ser católicas para pasar a ser "extranjeras"? Para responder, hemos de tener tres ideas claras.
Jesucristo, único Salvador
Si hay una verdad de la que los católicos estamos convencidos es que Jesús es el único Salvador del mundo. Llegamos a esa conclusión a través de la Revelación bíblica. El profeta Isaías hizo una declaración revolucionaria para su tiempo: el Templo de Jerusalén, lugar de la identidad del pueblo de Israel y de la presencia de Dios, se abre a los extranjeros. Nadie está excluido. Si las personas de otras culturas y religiones se acercan con fe, encuentran en el Templo el lugar de culto a Dios, y Dios se compromete a conducirlos con sabiduría (Is 56, 1. 6-7). La experiencia de la salvación de Israel no es un privilegio cerrado sino un regalo que debe irradiar a todas las naciones.
En el Evangelio de San Mateo, Jesús se dirige al territorio pagano de Tiro y Sidón. Una mujer cananea —extranjera y considerada impura— se acerca gritando: “¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Aunque Jesús recuerda primero su misión a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, la fe perseverante y humilde de aquella mujer rompe la barrera. Él reconoce: “¡Mujer, qué grande es tu fe!”. Y cura a su hija. En este encuentro con la mujer foránea, Jesús anticipa lo que ocurrirá con su muerte y resurrección: la salvación quedará abierta a todos los pueblos. La casa de oración ya no será el Templo de Jerusalén, sino Cristo mismo y, después, su Cuerpo Místico que es la Iglesia Católica.
El Magisterio de la Iglesia afirma rotundamente que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Señor y único Salvador; y que a través de su encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro". (Dominus Iesus n. 13).
Fuera de la Iglesia no hay salvación
Si la salvación viene por Jesucristo, y si Cristo es la cabeza del cuerpo místico que es su Iglesia, ¿pueden salvarse aquellos que no forman parte de la Iglesia Católica? La misma Iglesia afirmó en el Concilio IV de Letrán la célebre frase: "Fuera de la Iglesia no hay salvación". ¿Cómo entender esta expresión, tantas veces repetida por los Santos Padres de la Iglesia?
Las personas no podemos salvarnos eligiendo cualquier medio de salvación que se nos ocurra. Algunos dicen que todas las religiones son como ríos que van a dar a la mar, que es Dios. No es así ya que muchas religiones son contradictorias frente a otras. La Iglesia Católica no es un río más de salvación. Es el cauce establecido por Dios para la salvación. Es el medio objetivo, el camino que Dios eligió para salvar al hombre del mal y darle la vida eterna en el Cielo.
Por ignorancia o por escándalos, muchas personas no se adhieren a la Iglesia o se han salido de ella. ¿Se salvarán estos "extranjeros"? La Iglesia enseña que "no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella". (Lumen Gentium 14). No es cuestión de gustos o preferencias. La Iglesia es el camino objetivo que Dios Padre estableció para dar la salvación. Por eso no es posible la salvación cuando hay un rechazo consciente del medio de salvación dado por Dios. En ese sentido sigue siendo válida la expresión: "fuera de la Iglesia no hay salvación".
La conciencia
Si bien la Iglesia Católica es la vía ordinaria y segura para la salvación, existen medios extraordinarios y misteriosos que sólo Dios conoce para dar la salvación a quienes están fuera inculpablemente, pero esa salvación llega únicamente por Cristo y a través de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Muchos se preguntan ¿cómo se salvarán quienes nunca conocieron a Cristo y a su Iglesia? El Magisterio enseña que estas personas, "si buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna". (Lumen Gentium 16).
Hay que prestar, entonces, mucha atención a la conciencia. El hombre tiene obligación de obedecer a eso que ve en su conciencia. Cada uno de nosotros será juzgado por aquello que conoce sinceramente en su corazón, en su conciencia como verdad. Si la persona intenta en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que le dice su conciencia, puede conseguir la salvación eterna.
Solamente Dios conoce lo que hay en el interior de cada uno de nosotros; sólo Dios sabe qué grado de "conocimiento sincero tiene el hombre de la verdad "; sólo Dios sabe, hasta qué punto el hombre está equivocado, o se engaña voluntariamente, o le "conviene engañarse"… Lo que ocurre dentro de nuestra conciencia es un grado máximo de intimidad, donde nosotros quedamos solos ante Dios. Por eso en ese interior de la conciencia tenemos que pedir la gracia de la sinceridad en la búsqueda y la obediencia a Dios.
Lo que hemos de hacer
Si hemos conocido a Jesucristo agradezcamos nuestra fe en Él y pidamos al Señor que nos la aumente. Es el único Salvador del mundo. Reforcemos nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, convencidos de que no todas las religiones son iguales. La Iglesia no sólo es una institución, sino el arca segura y privilegiada por la que Cristo salva. Participemos con alegría fielmente en la Misa los domingos; vayamos al confesionario; permanezcamos unidos al papa y a los obispos.
Mejoremos nuestra vida moral empeñándonos en vivir en gracia y evitemos el pecado mortal. Despertemos el sentido misionero de nuestra fe y la oración por los demás. Si algunos familiares y amigos se han alejado de la fe, recemos siempre por ellos. Compartamos siempre nuestra fe con humildad y alegría ya que la evangelización no es opcional: es el mayor acto de caridad que podemos hacer a los hermanos.
En el Evangelio de hoy, una madre cananea se acerca a Jesús con humildad y confianza para pedir por su hija. Su súplica nos recuerda que el Señor escucha el corazón que no se rinde y que se abandona en su misericordia: «Mujer, grande es tu fe»:
21 Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón.
22 En esto una mujer cananea, venida de aquellos contornos, se puso a gritar:
—¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio.
23 Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle:
—Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros.
24 Él respondió:
—No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
25 Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo:
—¡Señor, ayúdame!
26 Él le respondió:
—No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos.
27 Pero ella dijo:
—Sí, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Entonces Jesús le respondió:
—¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres. Y su hija quedó sana en aquel instante.
De la mujer cananea aprendemos la humildad y la determinación. Gracias a su fe, aprendemos que la mesa de Dios está preparada para todos y que a nadie le corresponden las migajas, porque cada uno tiene su propio lugar junto al Padre. A la luz de esta fe, resultan insoportables las desigualdades, las discriminaciones y las barreras que pisotean la dignidad de tantos hijos e hijas de Dios. #EvangelioDeHoy (Mt 15,21-28)
"Al cielo vais, Señora,
y allá os reciben con alegre canto.
¡Oh, quién pudiera ahora
asirse a vuestro manto
para subir con vos al Monte Santo!"
Feliz 15 de agosto, Fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos.
La tierra tiembla en distintos rincones del mundo y, con ella, tantas vidas. Personas que se van, familias que lo pierden todo, hogares llenos de recuerdos y futuros que desaparecen en apenas unos segundos.
Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada… nombres distintos para un mismo dolor. Ojalá nunca olvidemos que, bajo nuestros pies, no existen fronteras. Somos la misma humanidad, frágil y pasajera. Cuando la tierra tiemble para uno, que el mundo entero sepa abrazarlo. Que cada tragedia nos recuerde que habitamos la misma casa. Seamos un solo mundo cuando más nos necesitamos 🙏
De nada sirve exigir como católicos si, cuando llegan las elecciones, votamos como si nuestra fe no importara.
La fe no se queda en el templo. También debe iluminar nuestras decisiones en la vida pública.
Reflexionemos sobre la responsabilidad que tenemos como ciudadanos.
De la magia a la #oración cristiana
Hay una forma extraña de orar que, poco a poco, se ha introducido en ambientes católicos: "Yo corto, destruyo, amordazo y envío a los pies de Jesús a todo poder diabólico que se esté manifestando en mi ser, en mi casa, en mi familia, mis pertenencias; yo decreto que el bienestar y la paz vengan a mi hogar, decreto que mi alma esté libre de todo temor y en paz..". Por influjo de ciertos grupos evangélicos, algunos católicos oran de esta manera tomando algunas fórmulas publicadas en internet o en libros que tratan de liberaciones y exorcismos.
Esta forma de orar, más que poner la confianza en Dios haciendo un acto de fe y humildad, parece querer manipular ciertas fuerzas extrañas y controlarlas con poderes propios –aunque se diga que se hace en el nombre de Jesús–, creyendo que la seguridad es automática y los resultados garantizados. Esta forma de oración es extraña a la tradición de oración católica y, por lo tanto, no recomendable.
La vida cristiana no es magia; es aprender a caminar sobre las aguas de las dificultades, las crisis, el miedo y la incertidumbre. Cuando miramos sólo las olas del mar y sentimos los vientos que arrecian –tantos problemas, malas noticias, crisis, inseguridad y violencia en el país, enfermedades, debilidades y pecados que hemos cometido–, podemos hundirnos fácilmente en la desesperanza y la angustia.
La tentación es recurrir erróneamente a esas fórmulas mágicas de cortes y decretos o, peor aún, a solicitar servicios de curanderos y brujos que, en el fondo, quieren controlar a Dios. Simón Pedro nunca dijo "corto el poder de las olas y decreto que el viento cese". Solamente Jesús es el Señor del mar. En una ocasión, ordenó a la tempestad: "¡enmudece!", y vino una gran calma (Mt 8, 23-27). Así mostró su divinidad.
Brisa suave
Dios no se deja manipular por las oraciones con estruendo ni por la magia. Él habla en el silencio y en la brisa suave. La experiencia del profeta Elías en el monte Horeb nos enseña la manera auténtica de orar. Los Santos Padres de la Iglesia nos muestran que hemos de pasar del ruido exterior e interior a la escucha humilde y receptiva de la voz de Dios. San Gregorio Magno señalaba que Dios retira el ruido –viento, terremoto y fuego– para que el alma aprenda a escuchar. Así el silencio guarda el corazón, apaga las pasiones y permite que la oración se vuelva continua. Sin silencio el alma permanece agitada y no escucha la voz del Señor.
Hoy el mundo está necesitados urgentemente de silencio. Habituados a vivir entre huracanes, terremotos y el fuego del ruido que se cuela por todas las redes sociales, muchas personas han perdido la paz interior y viven en el enojo, el miedo y la frustración. Lo vemos desde la agresividad para conducir el coche y la manera en que tratamos a los demás.
Los Padres del Desierto –monjes, ermitaños y anacoretas de los siglos III y IV– señalaron el silencio como el fundamento de la vida espiritual. Arsenio el Grande recibió de Dios esta palabra: "Arsenio, huye, calla y permanece en la quietud; de estas raíces nace la posibilidad de no pecar". Evagrio Póntico y san Isaac de Nínive describen la oración pura como el estado en que los pensamientos se callan y el alma permanece en la presencia de Dios. "Orar es dejar de lado los pensamientos", dirá Evagrio. No se trata de hacer un vacío como el que propone la yoga o la meditación budista, sino plenitud de atención amorosa en Cristo.
San Juan de la Cruz, en sus Dichos de luz y amor dice: "Una palabra hablo el Padre, que fue su Hijo, y ésta Palabra estaba siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma".
Salir de la cueva
Si queremos entrar en verdadera intimidad con Dios hemos de abrir espacios de silencio en nuestra vida cotidiana. Como Elías, hay que dejar la cueva de nuestras seguridades y ruidos para adentrarnos en la presencia de Dios. Creemos equivocadamente que orar es sólo pedir favores a Dios –lo que no está mal– pero, sobre todo, es decir "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1Sam 3, 9).
Comencemos con oraciones vocales o meditación de la Sagrada Escritura para luego permanecer en silencio delante de Dios con una mirada de amor. Al principio puede ser difícil o incómodo por nuestra cotidianidad con el ruido, pero seamos pacientes y Dios hará su obra. Los Padres insisten en que la clave es la perseverancia. Dios se revela a quien espera con fe.
Un cristiano que se abre a la brisa suave del silencio irradiará la presencia de Dios en su vida ordinaria: palabras mesuradas en su manera de hablar, mayor atención prestará a los demás, paz interior.
Recuerdo a un feligrés que me preguntaba por qué los hermanos de otras religiones, con sus oraciones de muchas palabras y fuertes emociones, lograban hacerle sentir a él la presencia de Dios y, en cambio, en la Iglesia Católica no llegaba a sentir nada. Me hizo reflexionar. Con el tiempo he concluido que Dios no suele revelarse a través de las emociones –las cuales no son malas en sí mismas– pero no se deja manipular para que nosotros "sintamos" algo, sino para que nos dejemos encontrar por Él.
Los que seguimos a Jesús hemos de abandonar todo tipo de supersticiones y oraciones mágicas que quieren manipular a Dios, así como dejar de buscarlo en las emociones fuertes. Como Elías, tengamos el valor de salir de la cueva, cubrirnos el rostro con el manto de la humildad y envolvernos más en silencio de una brisa suave para dejarnos encontrar por Cristo y hacer su voluntad. Es la oración que transforma.
Tú conoces, Señor, el corazón de la ciudad: sus luces y sombras, su bullicio y su soledad. Señor, que nuestras comunidades urbanas sean hogares abiertos y acogedores, lugares donde se comparta la esperanza, donde nadie se sienta invisible, y donde la alegría de tu Evangelio ilumine la vida escondida de tantos hermanos y hermanas. #OremosJuntos en https://t.co/S4gfQmgAVO