A veces pienso que la mayoría de las despedidas serían menos dolorosas si las personas dijeran lo que ya saben. Pero prefieren dejar que seas tú quien interprete el silencio, quien dude de sí mismo y quien termine cerrando una puerta que no decidió abrir.
Muchas veces no es el rechazo lo que rompe a una persona, sino la incertidumbre. Que un día te hagan sentir importante y al siguiente actúen como si nada hubiera pasado.
Me cansé de ser la persona que siempre busca la conversación incómoda, la que insiste en arreglar las cosas y la que termina sosteniendo el vínculo por los dos. Hay un punto en el que el cariño deja de ser suficiente cuando solo una persona está intentando salvarlo.
Tú decides con qué versión tuya quieres que me quede. Porque yo no soy de las personas que entran y salen de la vida de alguien; cuando me voy, normalmente es para siempre. Y los últimos gestos suelen pesar más que muchas palabras.
Hay días en los que no necesito que alguien me resuelva la vida; solo me gustaría encontrar a una persona con la que pudiera contar cualquier tontería que me pasó en el día y saber que realmente le interesa escucharla.
Hay algo que me rompe el corazón: aceptar una despedida que nunca elegiste y, tiempo después, descubrir que quien un día quisiste bien ahora habla de ti con desprecio, aunque nunca le hiciste daño. Como si para seguir adelante necesitara romper el recuerdo de lo que fueron.
No soy una persona que se rinda fácil con la gente que quiere. Insisto más de lo que debería, justifico más de lo que merecen y doy oportunidades incluso cuando ya todo parece perdido. Por eso, cuando lo único que me queda es la indiferencia, casi nunca hay vuelta atrás.
Mi mayor batalla casi nunca es con las personas, sino con la versión que mi cabeza crea de ellas. A veces me ilusiono tanto con lo que podría ser que olvido mirar lo que realmente está pasando.
Me gusta el amor intenso. El de las cartas largas, las llamadas que se alargan porque nadie quiere colgar, las fotos de cualquier cosa acompañadas de un “me acordé de ti”, los mensajes antes de dormir, las flores sin motivo y las ganas de compartir hasta los momentos más simples.
No me gustan las respuestas ambiguas ni las personas que nunca son claras con lo que quieren. A veces un “no” duele menos que pasar días intentando descifrar un “vemos”.
Nunca he entendido a quienes dedican la misma canción a varias personas. Yo les doy demasiado significado; entre tantas canciones que existen, elegir una para alguien me parece un gesto muy íntimo.
No quiero desconfiar de alguien que quiero, pero tampoco quiero volver a ignorar esas pequeñas cosas que, con el tiempo, siempre terminan explicándolo todo.
Estoy intentando no volver a poner demasiadas expectativas en alguien. No quiero regresar a esa versión de mí que esperaba un mensaje, que se emocionaba de más y que terminaba construyendo una historia mucho más grande de la que realmente existía.
Me gusta cuando alguien me manda algo porque se acordó de mí. Una foto, una canción o un mensaje sin contexto. Es una forma muy silenciosa de decir: “apareciste en mis pensamientos hoy”.
Vivo las cosas con demasiada intensidad. Pienso mucho, recuerdo demasiado y encuentro significado en detalles que quizá para otros pasan desapercibidos. A veces es bonito, otras veces solo es agotador.