Hi ha qui diu que un autor de jocs triomfa quan li fan una còpia pirata a la Xina. A mi a la Xina m'hi van publicar un joc legalment.
La còpia pirata la tinc a Taiwan i a l'Argentina. L'antípoda l'un de l'altra.
Avui 3 de juny dia de la llengua de signes catalana és bon moment per recordar que, a diferència de la llei espanyola, la llei del Parlament de Cat de l'LSC adopta una perspectiva d'incloure l'LSC com a patrimoni lingüístic, que va més enllà de l'accessibilitat i el capacitisme.
La trista mirada d’Abdou: detingut en una “cita trampa” quan començava a riure.
El senegalès, desallotjat del B9 per Albiol i acollit per una veïna de #Badalona, va camí de la deportació exprés mentre la seva xarxa de suport lluita per aturar-la https://t.co/y0VUA22VtH
🔴 "La teleoperadora creia que el micro estava apagat i ens diu: 'Moros de mierda, no saben hablar en español y pretenden hablar catalán'"
Bushra Ennaji denuncia que la seva filla va ser víctima d'un delicte d'odi quan feia una gestió
#TotEsMou3Cat
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Imagineu-vos una comunitat de 10 veïns. L'administrador de finques anuncia que ha arribat a un acord amb 3 dels 10 veïns per fer-hi reformes. Els altres 7 posen el crit al cel perquè l'acord no és de la majoria, però l'administrador diu que és un bon acord. El conflicte docent.
@majosevn Vas molt perduda. Gram s'escriu g i tres unces són 100 g, no 0,1 g
Ah, i una terça és el mateix que una lliura?
Perquè entenent que vols dir 200 g, 200 g són mitja lliura.
Jo diria que una terça són quatre unces, un terç de lliura, o sigui 133,33 g
Este hombre se llama Mohamed Bzeek, vive en California y esa niña que tiene en brazos murió pocos días después de que le hicieran la foto, también en sus brazos. No era su hija. Era uno de los diez niños que han muerto bajo su cuidado. Porque Bzeek es padre de acogida y solo acoge a niños en estado terminal, para que no mueran solos.
Nació en Trípoli en 1954, antes de irse de Libia corría maratones. En 1978 entró en Estados Unidos con un visado de estudiante y allí se quedó. Vive en Azusa, una de esas localidades del extrarradio de Los Ángeles por donde circulan camiones y donde las casas tienen una pinta genérica, agrupadas sin llamar la atención.
En 1989 conoció a Dawn Rowe, que ya era madre de acogida desde principios de los ochenta, se casaron y empezaron a acoger juntos. En 1995 tomaron la decisión de dedicarse exclusivamente a niños con enfermedades terminales, los que nadie quería.
Me pregunto cómo fue ese momento exacto en que dos personas se sientan en una cocina y deciden que van a abrir su casa a los niños que se mueren, y en cómo esa decisión se toma, sin actas, sin nada que la registre, y sin embargo organiza el resto de una vida.
La primera niña que murió en su casa tenía un año, espina bífida, parte de la columna le crecía fuera de la piel. Murió el 4 de julio de 1991, mientras Mohamed se duchaba y Dawn preparaba la cena, él recuerda haber salido del baño y haber encontrado médicos en su salón. Lloró tres días.
Desde entonces ha acogido a unos ochenta niños, diez han muerto en sus brazos. El condado de Los Ángeles, cuatro millones de habitantes, lo llama cuando no hay nadie más. Lo llaman el padre de último recurso.
Muchos llegan sin nombre, nacen en hospitales y los abandonan, las familias no los nombran y en el papel pone "Baby boy", "Baby girl". Mohamed los nombra, les pone un nombre antes de que mueran.
Un nombre es gratis, cuatro sílabas, pero ese gesto, cuando se pone el nombre, decide si un niño que vivirá tres semanas existirá como persona o como registro administrativo.
Su hijo biológico, Adam, nació con osteogénesis imperfecta y enanismo, se ha roto casi todos los huesos del cuerpo. Dawn murió en 2015 de una enfermedad pulmonar y desde entonces Mohamed sigue solo, solo puede ocuparse de un niño a la vez. Cuando un periodista del Los Angeles Times entró en su casa en 2017 cuidaba de una niña de seis años con microcefalia, ciega, sorda, pies zambos, caderas dislocadas, no movía brazos ni piernas, tenía convulsiones. La había recibido con siete semanas de vida y le habían dicho que viviría unos meses. La sostenía durante las convulsiones y le hablaba aunque no oyera.
Sé que no puede oír, sé que no puede ver, pero le hablo, tiene sentimientos, es un ser humano.
En 2016, a Bzeek le diagnosticaron cáncer de colon, le pidió tiempo al médico, no puedo operarme todavía, tengo a un niño en casa que es terminal y tengo a mi hijo, que es discapacitado, no hay nadie más para ellos. En el hospital, ingresado, solo, dijo que por primera vez entendió lo que sentían los niños que cuidaba. Si yo a esta edad estoy asustado, cómo estarán ellos. Se operó y siguió.
Bzeek es musulmán practicante. Su historia se hizo internacional en febrero de 2017, justo cuando Trump firmó la orden ejecutiva que vetaba la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, Libia era uno de ellos. Ese mismo mes, en Azusa, el único padre de acogida de toda la ciudad de Los Ángeles dispuesto a llevarse a casa a los niños terminales era un libio musulmán.
Aunque mi corazón se rompa, dijo una vez, la muerte es parte de la vida, estoy con ellos hasta el final, los conforto, los quiero, quiero que sientan que tienen una familia, que tienen a alguien. Que no están solos.