No conviene olvidar que lo más esencial para el ser humano es sentirse aceptado y querido por sus semejantes. Esa necesidad, tan profunda como inevitable, nos conduce con frecuencia al autoengaño y a la simulación, con tal de encajar en las ideas del grupo. Mentimos para no ser excluidos. Fingimos convicciones que no compartimos. Silenciamos dudas legítimas por temor a perder el afecto de quienes nos rodean.
Nunca exigiría a nadie renunciar al cariño de los suyos en nombre de una abstracción como “la verdad”. Pero lo que no podemos permitir es que esa lógica (comprensible en la vida cotidiana) se extienda a las instituciones que hemos erigido precisamente para aproximarnos a ella. La amistad puede tolerar la mentira piadosa. La ciencia, la justicia o la educación, no.
En la vida privada, quizá la mentira sea a veces un lazo social, e incluso merezca cierto reconocimiento moral: mentir para no herir, para proteger, para sostener un vínculo. Pero en los espacios consagrados al conocimiento, mentir debería equivaler a perder el prestigio. Por eso necesitamos instituciones que no repartan estatus en función de cuán aceptables sean nuestras conclusiones, sino de cuán rigurosamente hemos llegado a ellas.
El verdadero mérito no está en tener razón, sino en haberla buscado con integridad. Y ese mérito, bien entendido, debería ser suficiente para otorgar respeto, incluso cuando las conclusiones incomoden o resulten disonantes.
Esto exige una arquitectura de incentivos que recompense no tanto el contenido de lo dicho como el procedimiento empleado para decirlo. Que premie la honestidad intelectual, el respeto por la evidencia, la disposición al disenso y la apertura a corregirse. Un protocolo que, al cumplirse, otorgue estatus no por su resultado, sino por el coraje que implica aplicarlo con coherencia, aunque el coste reputacional sea elevado.
Por último, hay que asumir algo incómodo: en ciertos casos, decir la verdad de verdad te hará perder estatus. No hay protocolo que lo evite del todo. Pero sí puede haber una cultura que, a medio plazo, recompense ese sacrificio.
Qué fácil y qué claro Buenafuente.
'Es más fácil que Israel no participe en la final por una mala canción que por un genocidio. Una diva es valiente pero sus organizadores no' 👏🏽
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