Cuando Virginia Woolf escribió: «No hace falta tener prisa. No hay necesidad de brillar. No hace falta ser nadie más que uno mismo», abrazó a mucha gente.
A veces creemos que estamos enfadados cuando en realidad estamos tristes. El enfado empuja, protesta, activa pero la tristeza obliga a aceptar algo que quizá ya no vuelve. Y eso cuesta más mirarlo.