Mexico on top of the world! @ISAACDELTOROx1 wins stage 2 of @LeTour! 🦅🥇
After an incredible team effort on the streets of Barcelona, Torito launched a terrific move before the finish.
It’s a memorable 1️⃣-2️⃣ for Isaac and @TamauPogi ❤️
#WeAreUAE | #TDF2026
TU TELÉFONO TE ESCUCHÓ PENSAR.
No lo buscaste. No lo dijiste en voz alta.
Lo pensaste.
Y 20 minutos después estaba en tu feed. Aquí está lo que realmente está pasando. 🧵
No importa que no veas sendero delante de ti, mujer.
Avanza a oscuras con los ojos muy abiertos!
Huele a tus abuelas!
Y date cuenta de que conoces el camino.
Porque ya fuiste antes.
Porque ya fuiste antes, mujer.
Elena Alonso
El posdoc es la gran mentira de la ciencia. Te lo venden como “el siguiente paso”, pero es un pozo.
Un agujero con paredes resbalosas. Ya no eres un joven estudiante de doctorado que podía sobrevivir con pizza fría y cerveza barata. Ahora cargas años, deudas, rentas imposibles, y una beca que no alcanza para nada.
Beca.
Qué palabra más hipócrita.
Un salario disfrazado de limosna.
Ni para ahorrar, ni para vivir, apenas para flotar. En Alemania, en Estados Unidos, da igual: el sueldo de posdoc es un recordatorio de que tu trabajo vale menos que el de un repartidor que pedalea con hambre en la panza. Y el repartidor, al menos, llega a su casa sin revisar revistas de alto impacto.
Lo jodido es la trampa: toda tu vida académica te entrenaron para llegar aquí. Levantarte a las 7, matar ratones, programar experimentos imposibles, entender lo incomprensible. Y cuando por fin tienes el título, cuando por fin eres doctor, te dicen: no basta. Necesitas más. Más papers, más citas, más impacto. Más, más, más.
Pero cada vez menos vida.
Los años se te escurren como solución salina en un tubo roto. Te despiertas y ya no tienes 25, tienes 35, 40. El doctorado fue tu juventud, el posdoc se roba tu adultez.
El jefe —ese pequeño dictador con ego de premio Nobel frustrado—
te quiere experto en todo. Que programes, que escribas, que lideres, que publiques. Pero a la hora de la verdad, eres reemplazable. Un técnico con doctorado. Un académico sin puesto. Un fantasma de laboratorio.
En México lo saben. Los que se quedaron allá te miran raro:
“¿Sigues estudiando? ¿Aún con beca?” Allá los salarios son una broma cruel, las plazas una rifa con boleto marcado. Aquí, afuera, eres mano de obra barata, un apátrida con título de lujo que no puede pagar ni un seguro decente.
La frustración avanza, se instala en las venas como toxina lenta. Cada rechazo de Nature, cada revisión absurda, cada comité editorial que pide más experimentos es otro clavo en la tapa de tu paciencia. La ciencia deja de ser pasión y se vuelve deuda. Un trabajo sucio disfrazado de vocación. Un sacrificio sin altar.
Eres doctor, sí. Pero el doctorado ya no es gloria, es cadena perpetua. Y el posdoc no es puente, es limbo. El lugar donde mueren los académicos antes de conseguir un nombre.
Y aun así, contra todo pronóstico, un día lo logras. No porque el sistema te abriera la puerta, sino porque aprendiste a romperla. Publicas, consigues tu plaza, tu nombre aparece en donde antes eras invisible.
No es que la frustración se haya ido: sigue ahí, como cicatriz, como tatuaje. Pero ahora sabes que sobreviviste al purgatorio.
Que el posdoc fue el pantano donde casi te hundes, y, sin embargo, saliste caminando.
Con las botas llenas de lodo, sí,
pero con la certeza de que lo que siempre quisiste, al final, fue tuyo.
La obtención de un doctorado, en México o en cualquier parte del mundo, no es un trámite burocrático ni una carrera de resistencia que termina con la entrega de una tesis. Es, más bien, una transformación personal y profesional: un viaje que exige disciplina, paciencia y, sobre todo, una manera distinta de mirar la realidad.
En 2025, cuando el país se debate entre recortes presupuestales a la ciencia y la migración de jóvenes talentos al extranjero, hablar de un doctorado implica hablar también de compromiso social. No basta con aprender a analizar bases de datos, programar algoritmos o cultivar células en un laboratorio. Un doctorado implica desarrollar la capacidad de pensar con rigor, de poner en duda lo que parece evidente y de atreverse a plantear preguntas que incomoden.
La esencia del doctorado está en forjar una mentalidad científica. Eso significa mucho más que acumular información: es aprender a reconocer la belleza del error bien entendido, a convertir un fracaso experimental en una nueva pregunta, a sospechar incluso de nuestras propias hipótesis. En México, donde tantas veces la improvisación domina al debate público, el rigor y la capacidad de análisis que exige un doctorado son una forma de resistencia cultural.
Por supuesto, ningún estudiante avanza solo. La mentoría es fundamental. Tener un buen asesor no es simplemente contar con alguien que firme oficios o que supervise de lejos; es entrar en diálogo con quienes han dedicado décadas a entender un tema y que, con generosidad, saben transmitir algo más que técnicas: transmiten una manera de habitar la ciencia. La relación con el mentor puede ser compleja, incluso conflictiva, pero es también una de las experiencias más formativas del doctorado.
A la par, se desarrolla un conjunto de habilidades que rara vez se mencionan en los programas oficiales. Hacer un doctorado enseña a comunicar con claridad lo que se investiga, tanto en congresos internacionales como en charlas de divulgación. Obliga a trabajar con equipos diversos, a colaborar con especialistas de áreas que, en principio, parecen lejanas. En un mundo interconectado y en un país donde la ciencia a menudo se percibe como ajena, esta capacidad de tender puentes es tan importante como cualquier artículo publicado en revistas de alto impacto.
Es cierto que un doctorado puede mejorar las perspectivas laborales, pero reducirlo a un trampolín para conseguir empleo es empobrecer su sentido. El propósito más profundo es otro: cultivar el pensamiento crítico, abrir nuevas rutas de investigación y contribuir al avance del conocimiento. En un México donde abundan las soluciones fáciles y los discursos simplistas, formar a doctoras y doctores con esa capacidad de cuestionamiento es, quizá, uno de los aportes más urgentes para el futuro.
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Se dice presidenta, con a.
Es un sustantivo variable en razón de género.
Presidenta, la primera de este país en 200 años.
Más allá de filias y fobias, sí es histórico.
Presidenta, esa letra A es lenguaje y símbolo, significa mucho y trasciende el infundado berrinche lingüístico.
Justicia para Paola y toda la ley sobre @DiDi_Mexico. Como Mara Castillo con @Cabify_Mexico, y Debanhi Escobar con @Uber_MEX.
Este país feminicida tiene que exigir medidas de seguridad serias a esas plataformas irresponsables y usureras. #NiUnaMás