Cientos de millones de personas en todo el planeta viven sumidas en la pobreza extrema. Y, sin embargo, existen riquezas desproporcionadas que permanecen en manos de unos pocos. Es una situación injusta ante la que no podemos dejar de interrogarnos y de comprometernos para cambiar las cosas. En la base de la desigualdad no hay una falta de recursos, sino la necesidad de afrontar problemas solucionables relativos a una distribución más justa, que debe llevarse a cabo con sentido moral y honestidad.
Siento compasión por todas aquellas mujeres que afirman que no existen hombres buenos...
qué triste no haber tenido jamás un padre paciente, un abuelo atento, un hermano protector, un primo divertido, un mejor amigo gentil o un novio amoroso.