Olor a pólvora y municiones se cuela por sus fosas nasales con familiaridad de un perfume antiguo. No arruga la nariz al entrar en el cobertizo; al contrario, aroma denso y metálico le resulta casi reconfortante. Es curioso que siendo portadora de filos, habituada al roce del
La risa de Aimi no ha cambiado, no entre cabellos color amanecer y frutilla, ni entre espada única o dobles. Lo único que ha cambiado es la mayor alegría que causa en Shinazugawa cada vez que la oye.
Hecho ignora, pero incosciente actúa de igual forma:
—¡Es preciosa! Es perfecta… como todo lo que haces, digo… pero...
Pero.
Pero es un poco egoísta al pensarlo… al saber que fue la primera en verlo. Y que, por un instante, fue solo suyo. Que el brazalete aún no pertenece a nadie más.
Por la certeza reconfortante de que Ray sigue allí, sólido, real, a un suspiro de distancia.
Y ese simple contacto le basta para saber que todo, por fin, está en su sitio.
Sentir a Ray cerca después de tenerlo tanto tiempo lejos, es algo que le otorga paz, es sentir que por fin está al lugar que por naturaleza le pertenece. No puede, ni quiere imaginarse una vida lejos de él.
Labios ópalo forman circular forma, pestañas aletean
—¿Ah? —musita mientras propias manos suben a cubrir las más grandes—. ¡Ah, va! Lo dices como si yo fuera una tramposa...
Entonces da paso hacia atrás, no por duda ni desconfianza, sino por el gusto casi culposo de sentir cómo espalda roza pecho ajeno.
—En ese entonces acompáñame. He estado trabajando en algo y quiero que seas la primera en verlo.
No hubo jalón, solo inercia de que ella lo siguiera, manteniendo unión de manos mientras hasta taller de propiedad Shianzugawa la dirige.
Ray se aferra a la mano de Aimi como náufrago a un faro, como aventurero a un oasis. Aimi es de forma incuestionable el sol que satélite no solo quiere, sino necesita.
Asintió suavemente, aquella expresión serena y gentil solo siendo pintura realizada por Rengoku.