el cabello todavía húmedo, caminando finalmente hacia sus cosas.
——No me iba a quedar tanto rato tampoco…
Murmuró, justificándose tontamente. Listo para recibir un segundo sermón bondadoso.
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Atsumu estaba acostumbrado a ser el último en irse, siempre que su hermano no lo retaba a algún tipo de competencia de regreso. Y esa noche, al igual que en muchas otras, no tenía ninguna razón concreta para seguir allí. El entrenamiento había salido bien. Bastante
costara admitirlo, muchas veces terminaba teniendo razón.
Su cuerpo necesitaba descansar si quería volver a funcionar bien al día siguiente. Y, aunque la idea no le fascinara, sabía que probablemente era mejor hacerle caso.
Tomó entonces su toalla de la banca y se la pasó por
La noticia del campamento de entrenamiento amistoso entre su escuela y aquella de lejana región, pero de nombre cada vez más reconocido, le había caído al mayor de los Miya como una información más bien agridulce.
Y no sería el único del equipo de volley anfitrión en sentirse »
« anaranjado, y su sorpresa rápidamente se tornó grata en vez de ligeramente molesta por el incidente.
El reconocimiento fue casi instantáneo. El número diez de Karasuno.
—Shōyō-kun. —Le llamó desde la distancia, adoptando ese tono camuflado en calma. El balón turnó entre »