Soros, el maestro del caos.
Al canciller Omar Bula lo están atacando porque ha sido crítico de George Soros. Perfecto, hablemos entonces de Soros. Empecemos por lo jurídico. En 2002 la justicia francesa condenó a Soros por uso de información privilegiada. Cosa juzgada.
Pero su verdadera historia empezó en 1992. Soros apostó en contra de la libra esterlina y quebró al Banco de Inglaterra. Tomó libras prestadas, las vendió masivamente, compró otras monedas y apostó a que el Banco no podría sostener la paridad. Cuando la confianza se rompió, la libra cayó y Soros se embolsó cerca de mil millones de dólares. Esa es la esencia brutal del short selling: uno gana cuando el activo cae. Y con leverage, es decir, con dinero prestado, gana mucho más. Eso fue lo que hizo Soros.
Druckenmiller, su mano derecha, le propuso hacer la operación gradualmente, pero Soros le dijo “Vamos a la yugular”. Años después, cuando le preguntaron en 60 Minutes por las consecuencias sociales de sus especulaciones, Soros respondió que solo le importaba el dinero.
Ese es el Soros real, antes del maquillaje filantrópico: el especulador sin escrúpulos, el hombre que entendió que la confianza es un activo y que tambi��n se puede vender en corto. Su genio consiste en detectar fragilidades, amplificarlas con dinero prestado y cobrar cuando algo se rompe. Gana cuando otros pierden. Gana con la volatilidad, con la devaluación, con el pánico, con la crisis y con el caos.
Después trasladó ese método a la política. Desde Open Society apuesta en contra de la confianza de los Estados. El activo ya no es la libra, sino la legitimidad de elecciones, jueces, fronteras, gobiernos y soberanía. Financia ONGs, litigios, medios, activistas, observatorios y redes de presión. Hablan de democracia y derechos humanos, pero erosionan desde afuera la autoridad de los Estados y sustituyen la decisión democrática por presión internacional y chantaje moral.
En eso consiste la desestabilización moderna, en financiar ecosistemas de observatorios, medios, abogados, ONGs y activistas. Todo sin votos, sin mandato y sin responder ante los ciudadanos del país intervenido.
Y, como en los mercados, la operación mejora con apalancamiento. Soros pone una parte del dinero, pero luego entran cooperación internacional, agencias públicas, universidades, multilaterales y gobiernos. Por ejemplo, el East-West Management Institute, una organización asociada al ecosistema Open Society, recibió más de 270 millones de dólares del gobierno estadounidense. La ONG aparece como sociedad civil independiente y la agenda avanza con recursos de todos.
Ahí está el beneficio. Soros no necesita cobrar un cheque cada vez que un país entra en crisis. Le basta con que la crisis aumente el valor de su red. Donde cae la confianza institucional, sube la demanda por sus ONGs, verificadores, litigantes y burócratas morales. La inestabilidad lo vuelve indispensable.
Por eso Omar Bula tiene razón en desconfiar de Soros. Él no es sociedad civil, sino poder privado transnacional disfrazado de virtud pública. Y cuando un poder privado vive de erosionar la confianza de los Estados nacionales, lo mínimo que puede hacer un canciller serio es ponerlo bajo sospecha.