No pretendo ser competencia de nadie ni ejemplo de perfección. Soy el resultado de mis caídas, de mis luchas y de las veces que tuve que levantarme. Pero, sobre todo, soy testimonio de que Dios no abandona a los imperfectos.
Duele que te hagan quedar como una mala persona cuando sabes cuántas veces dejaste de pensar en tí para priorizar el bienestar de los demás. Es cierto que muchas personas solo ven lo que no hiciste, pero olvidan todas las veces que estuviste cuando nadie más estuvo.
Siempre preferiré ser auténtica antes que intentar encajar. No necesito llamar la atención ni demostrarle nada a nadie; me basta con ser fiel a quién soy, incluso cuando mi manera de pensar, sentir y vivir no coincida con la de los demás.
Con el paso del tiempo ya no te quedas donde ensucian tu energía. Ya vas eligiendo mejor, y te eliges a ti y a todo lo que te hace bien. Y ahí comienzas a ser feliz, y también a vivir.
Rodéate de personas que genuinamente quieran verte ganar, que celebren tus logros sin compararse, te impulsen cuando dudes y se alegren de verte crecer. La gente correcta no compite contigo: camina a tu lado y quiere verte llegar lejos.