Para el mundo, son el día y la noche. Ella con la ropa impecable de una ejecutiva; él, con el chaleco neón y las manos cansadas de barrer la ciudad.
Pero en esa esquina, las apariencias dejan de importar.
Ella no ve un uniforme de limpieza, ve al hombre que admira.
Se ríe con él con una naturalidad que desarma cualquier prejuicio, demostrando en plena calle que no siente vergüenza, sino orgullo del trabajador que tiene enfrente.
Bien dicen que "la mujer perfecta te va a querer por lo que eres, no por lo que tienes".