Casi 28 años y mi padre me sigue acompañando a los exámenes de oposiciones. No pienso avergonzarme por tener un padre presente en los momentos importantes de mi vida, la verdad.
Han pasado ya varios meses, pero hay momentos que se quedan grabados para siempre. Ver el nombre de mi novia entre los aprobados fue uno de ellos.
Con el tiempo, lo curioso es que no recuerdo tanto las horas de estudio, ni los temas, ni los repasos. Lo que más recuerdo son los momentos difíciles.
Recuerdo los simulacros que hicimos juntos durante la recta final. Recuerdo las conversaciones después de cada uno de ellos, analizando puntos de mejora, corrigiendo errores, pero sobre todo intentando reforzar una confianza que muchas veces flaqueaba más de lo que debía.
Porque si algo aprendí acompañándola durante ese proceso es que, en una oposición, el conocimiento es imprescindible, pero la confianza también se entrena.
Recuerdo una oposición que, en algunos momentos, se hizo muy cuesta arriba. Las dudas, el desgaste acumulado y esa sensación tan habitual entre los opositores de no sentirse nunca suficientemente preparados.
Pero, sobre todo, recuerdo el día antes del examen.
Aquel día quería tirarlo todo. No quería ir. Estaba convencida de que no estaba preparada, de que no tenía posibilidades y de que presentarse solo serviría para confirmar todos sus miedos.
Y recuerdo perfectamente aquella conversación.
No hablamos de temas. No hablamos de jurisprudencia. No hablamos de técnica de examen.
Hablamos de confianza.
De todo lo que había trabajado durante años. De todos los sacrificios que había hecho para llegar hasta allí. De que nadie regala la oportunidad de sentarse delante de un tribunal. De que tenía que ir al Tribunal Supremo y darse la oportunidad de demostrar lo que llevaba tanto tiempo construyendo.
Al día siguiente llegó al Supremo.
Y allí, en aquellos pasillos que tantos opositores han recorrido antes que ella, volvió a derrumbarse.
Hubo momentos en los que de verdad pensamos que no iba a entrar. Recuerdo incluso cómo una de las secretarias del tribunal intentó animarla para que siguiera adelante.
Fueron minutos muy duros. Minutos en los que el miedo parecía tener más fuerza que todos los años de esfuerzo acumulados.
Pero entró.
Se sentó delante del tribunal.
Cantó el examen.
Y aprobó.
Evidentemente, el mérito fue suyo. Fue ella quien estudió durante años, quien renunció a muchas cosas y quien consiguió su plaza. Pero vivir ese proceso tan de cerca me enseñó algo que hoy tengo más claro que nunca: muchas veces el opositor no necesita un tema más.
Necesita a alguien que le recuerde quién es cuando él mismo ha dejado de creerlo.
Por eso sigo recordando aquel octubre de 2025.
No solo por el aprobado de mi novia, sino porque fue una de las mayores lecciones que he visto sobre lo que significa perseverar cuando las dudas parecen más fuertes que uno mismo.
Y porque, si aquel día hubiera escuchado al miedo, hoy esta historia tendría un final muy distinto.
Ánimo opositores.
no voy a decir que estudiar me hace feliz porque sería absolutamente mentira pero hay ALGO en hacer supuestos de contabilidad con bad bunny de fondo que no me termina de disgustar...
Me acaba de salir un vídeo de ideas de regalos de Navidad para opositores. Me regalas algo relacionado con la oposición y pasamos las fiestas con el Club de Lectura de Santos Cerdán.