Leloir en reposo.
La imagen muestra a Luis Federico Leloir en su casa de Viamonte y 25 de Mayo, en Buenos Aires: Una escena sencilla, casi doméstica, que contrasta con la dimensión universal de su obra.
Detrás de ese hombre descansando en una reposera estaba uno de los científicos más importantes de la historia argentina.
Nacido en París en 1906 y formado en la Universidad Pública Argentina (Universidad de Buenos Aires (UBA), donde se graduó como médico en 1932). Fue médico y bioquímico.
En 1970 recibió el Premio Nobel de Química por sus investigaciones sobre los nucleótidos de azúcar y su papel fundamental en la formación y transformación de los hidratos de carbono, procesos esenciales para la vida.
Su trabajo permitió comprender mejor el metabolismo de los carbohidratos y enfermedades como la galactosemia, un trastorno hereditario relacionado con la asimilación de azúcares de la leche.
Desde el Instituto de Investigaciones Bioquímicas Fundación Campomar, creado en 1947 y luego convertido en la actual Fundación Instituto Leloir, desarrolló ciencia de nivel mundial con recursos modestos, disciplina silenciosa y una enorme vocación por investigar.
Esta fotografía tiene una fuerza especial: no muestra al Nobel en una ceremonia ni en un laboratorio, sino en un momento íntimo, cotidiano, casi porteño.
Leloir parecía descansar, pero su mente ya había abierto una puerta decisiva para la bioquímica moderna.
Desde Buenos Aires, con humildad y constancia, ayudó a revelar mecanismos invisibles que sostienen la vida.
Esfuerzo personal sumado a la excelencia del sistema público y gratuito de educación dan como resultado genios como éste.
Argentina ostenta cinco premios Nobel no por casualidad, sino por vocación y políticas adecuadas.