El blooper de la semana: La invasión de los Shreks
Hay una regla básica de convivencia que todos aprendimos más o menos a los dieciséis años: si le metes el dedo, ya es tuya.
Esta semana una pareja se hizo famosa por olvidar esa esencial convención social. En un Bodega Aurrerá abrieron un bote de nieve, la señora le metió el dedote sucio para probarla y después lo regresaron tranquilamente al congelador para que algún incauto se lo llevara a su casa sin tener idea de que la nieve le iba a saber, mínimo, a culo.
Uno ve el video y piensa lo evidente: pinches nacos. Pero quizá estamos siendo injustos, porque tal vez no son nacos, simplemente son presos de la naturaleza de la que nunca, jamás, ha podido escapar ningún Shrek.
Shrek es así, no pide perdón ni permiso: hace lo que se le hincha porque no sólo vive en un pantano, es uno con él, y si no te gusta, te vas a chingar a tu madre de su pantano, y en una de esas hasta te baja a la morrita como se la bajó al Lord Farquad.
El Shrekus Mexicanus se caracteriza por poner música a todo volumen porque está en su casa, por estacionarse en doble fila porque nomás es un ratito, por cerrar la circulación de la calle porque si no dónde van a jugar sin peligro los niños en su brincolín, por manejar pedo porque aquí vivo a diez minutos, y ahora también por meterle el dedo a la nieve del súper porque a ti en qué te afecta pinche lambegüevos de los millonarios. El Shrek mexicano jamás cree que está rompiendo una regla porque en su mente las reglas son sólo para los estúpidos y él es muy listo.
Durante mucho tiempo nos habían hecho creer que ese privilegio —el de brincarse las reglas— era exclusivo de los poderosos y los potentados: el político se pasaba los altos porque traía escoltas, el junior amenazaba a sus maestros para que lo aprobaran porque ¿no sabes quién es mi papá?, la señora copetuda se estacionaba en el lugar de discapacitados porque nomás iba a comprar unas cebollas en el Chedraui Selecto.
Había dos Méxicos: uno sin leyes para ellos y otro con reglas para nosotros. Hasta que el pópolo bueno llegó a la presidencia en forma de viejito santo y democratizó el privilegio. Si el de arriba puede brincarse las reglas y después explicar por qué en su caso no aplican, ¿por qué nomás ellos? También los de abajo tenemos derecho a ser verdes.
El Burro de Macuspana llegó al poder citando las palabras de Salvador Díaz Mirón sobre un pantano que aseguraba poder atravesar sin ensuciarse, haciendo referencia a la corrupción, el influyentismo y los privilegios.
Ocho años después, tenemos una trama monumental de huachicol fiscal creciendo bajo las aduanas que entregó a militares porque eran incorruptibles y se corrompieron, mientras los hijos del político que convirtió la austeridad en doctrina viajan, comen y viven bajo los preceptos de San Francisco, California, y no de San Francisco de Asís.
Así funciona el pantano para la gente Shrek. El problema nunca es la regla, que viene defectuosa de fábrica porque quién va a respetar una regla entre el lodo. El político tiene su pretexto, el funcionario tiene el suyo, el vecino que aparta la calle con cubetas rellenas de cemento también… y la pareja del Aurrerá seguramente podría justificar por qué según ellos meterle el dedo a una nieve que luego comprará un pendejo indeterminado tampoco era para tanto.
Por eso ni siquiera se muestran avergonzados. Ni ellos, ni los vecinos ruidosos, ni los que invaden casas, ni los que se estacionan en doble fila, ni los que tiran la basura en la calle, ni los que roban en las cajas de autocobro, ni los que asaltan combis, ni los que extorsionan a comerciantes, ni los que asesinan familias por no poder cobrarles trescientos mil pesos, ni los que se dedican a la política para robar y vivir de la esperanza de todos los otros Shreks.
El problema es que el pantano creció y ahora es todo México. Y desde luego, Shrek somos todos.
Una vez un homosexual con VIH dijo que él cabalgaba macho a pelo porque no era su responsabilidad cuidar la salud de los demás. Ni con ese cabrón que dijo eso, y lo dijo en serio, se enojaron tanto como con Pedro Sola. Que chinguen a su madre los loquitos de los perros.
Si les preocupaba que el Gobierno podrá congelar sus cuentas bancarias sin la orden de un Juez, espérense a saber que también aprobaron antier que se van a poder chngar el 30% de tus AFORES, de TUS ahorros
T18 | E1 | El chisque prieto
Los tres misisipis, presas de su color de piel, sacan la guitarra en la peda y echan a perder el show de medio tiempo del Super Bowl.
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Una mujer es mantenida contra su voluntad en su apartamento, y diariamente, es golpeada por el abusador, quien por cierto, sacó a la familia de la señora a la calle y ahora vende y empeña las propiedades de ella cuando y cómo le da la gana. Ella grita y pide ayuda diariamente pero sus vecinos no le ayudan nunca. Hacen que no ven y le dicen que arreglen sus temas entre ellos.
Un buen día, el del Penthouse se harta del problema y se mete y avisa que si el golpeador no se sale, entrará por él y lo pondrá de patitas en la calle. Entonces sí, todos los vecinos, le dicen a la mujer que no lo permita porque el del Penthouse se quiere quedar con sus pertenencias, y peor, luego querría quererse meter en sus otros deptos.
Ella los manda por un tubo, lo que quiere es que paren los abusos y ya después verá con cuáles de sus bienes pagará al del Penthouse. Lo que ella quiere es su libertad y que la dejen de golpear. ¿Así sí lo entienden?
Usan “panista” como insulto pero nunca escuchas a nadie diciendo “ya quiero mi familia morenista tradicional” porque todos sabemos que ser morenista es ser un naco resentido.
Entró al Oxxo un grupo de chavos, ellas fueron por un 24, uno de ellos por hielos, otro por agua mineral. En la caja pidieron tres cajetillas. "Yo pago aquí y tú invitas los tacos". Olían a perfume, a cigarro, se reían fuerte.
Y yo con mi fabuloso del azul en la mano pensaba en la vida.
Qué ganas de pedirles que me llevaran. No a su fiesta, sino a sus veintipocos años, a esa libertad ruidosa y nihilsta, a esa locura de las noches como una moneda girando en el aire, como una carta que voltear sobre la mesa. Llévenme con ustedes, morros, yo pongo el fabuloso.