Gran parte de nuestros problemas mentales se deben a que vivimos forzando a llenar Exceles durante ocho horas a un cerebro que evolucionó para explorar lo desconocido, y no hay salida viable.
El eterno retorno latinoamericano
Jugamos como nunca, perdimos como siempre.
La Selección Mexicana quedó eliminada del Mundial, jugando de local, con la ventaja de la altura y un hombre más durante casi medio tiempo, con más llegadas al arco y hasta con un penal regalado. Perdimos 2-3 contra Inglaterra haciendo lo justo para que la derrota doliera un poquito más. Si nos iban a eliminar, por lo menos que fuera con esperanza hasta el último minuto. Viva México.
Aunque tampoco es para sorprendernos. Lo de anoche no fue un accidente futbolístico, sino un fenómeno cultural. En Latinoamérica llevamos siglos perfeccionando la disciplina del “ya merito”. Hacemos revoluciones para terminar gobernados por otro caudillo, pero con sombrero nuevo. Elegimos a la izquierda para castigar a la derecha y, cuando la izquierda nos quiebra, elegimos a la derecha para castigar a la izquierda. Cambian los colores de las campañas, los nombres de los partidos y las consignas en las bardas, pero el botín siempre termina en las mismas manos. El futbol mexicano es un espejo de esa realidad: cada cuatro años juramos que ahora sí éste es nuestro año y cada cuatro años encontramos una forma nueva de quedar eliminados exactamente de la misma manera.
Nietzsche llamaba a eso el eterno retorno: la condena de repetir una y otra vez la misma historia. Los latinoamericanos le hubiéramos ahorrado varios libros y, a lo mejor, hasta la sífilis. Bastaba con invitarlo a cualquier elección presidencial o a cualquier proceso mundialista. Habría entendido el concepto en un mes, en lugar de dedicarle toda una vida.
Ahí está por ejemplo Argentina, que lleva casi un siglo entrando y saliendo del peronismo como tu compa que siempre regresa con su tóxica. Ahí está Chile, que pasa de dictaduras de derecha a dictaduras woke como si se estuviera cambiando de calzones. Ahí está Colombia, donde Petro es posible. Y aquí estamos nosotros, capaces de convertir cualquier sexenio en una administración peor que la anterior, pero ahora con A de mujer.
Nos encanta creer que estamos escribiendo la historia. Que ahora sí todo cambió. Que ahora sí llegó el bueno. Y entonces llega otro Mundial, otra elección, otra crisis económica o cualquier pretexto para descubrir que la misma piedra, puesta en el mismo lugar, nos hace seguir tropezando como si estuviéramos atrapados en un trágico episodio del Chavo del 8.
Por eso México perdió como perdió. Inglaterra no fue mejor, pero las derrotas latinoamericanas nunca son accidentes, sino eventos inevitables y necesarios. Somos hámsters existenciales convencidos de que esta vez la rueda sí nos va a llevar a otra parte.
Dentro de cuatro años volveremos a decir que ahora sí traemos una generación histórica… y elegiremos al político que promete acabar con todos los políticos. Y dentro de otros cien seguiremos teniendo esperanza en nosotros mismos porque… ¿y si sí?
Para los latinoamericanos, el eterno retorno no es solo una teoría filosófica, es nuestra cadena perpetua.
Todos los bloopers de la semana en mi blog de Substack (link en el perfil).
«Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos tienen pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia del pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas sustituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, al “week end” y al “cocktail party” de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos.
En esas ceremonias —nacionales, locales, gremiales o familiares— el mexicano se abre al exterior. Todas ellas le dan ocasión de revelarse y dialogar con la divinidad, la patria, los amigos o los parientes. Durante esos días el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma. Y su grito, como los cohetes que tanto nos gustan, sube hasta el cielo, estalla en una explosión verde, roja, azul y blanca y cae vertiginoso dejando una cauda de chispas doradas.
Esa noche los amigos, que durante meses no pronunciaron más palabras que las prescritas por la indispensable cortesía, se emborrachan juntos, se hacen confidencias, lloran las mismas penas, se descubren hermanos y a veces, para probarse, se matan entre sí. La noche se puebla de canciones y aullidos. Los enamorados despiertan con orquestas a las muchachas. Hay diálogos y burlas de balcón a balcón, de acera a acera. Nadie habla en voz baja. Se arrojan los sombreros al aire. Las malas palabras y los chistes caen como cascadas de pesos fuertes. Brotan las guitarras.
En ocasiones, es cierto, la alegría acaba mal: hay riñas, injurias, balazos, cuchilladas. También eso forma parte de la fiesta. Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, saltar el muro de soledad que el resto del año lo incomunica. Todos están poseídos por la violencia y el frenesí. Las almas estallan como los colores, las voces, los sentimientos. ¿Se olvidan de sí mismos, muestran su verdadero rostro? Nadie lo sabe. Lo importante es salir, abrirse paso, embriagarse de ruido, de gente, de color. México está de fiesta. Y esa Fiesta, cruzada por relámpagos y delirios, es como el revés brillante de nuestro silencio y apatía, de nuestra reserva y hosquedad.»
— Octavio Paz. El laberinto de la soledad. 1950.
Ayer escribí algo sobre el Día del Padre. Si les gusta, mándenselo a sus papás, esposos, novios, hijos o a quien consideren pertinente, y no digan de dónde salió. Roben, al cabo de donde salió ese texto, hay más.
No les va a gustar lo que voy a decir
Ojalá México no avance ni a cuartos de final, no necesitamos bombitas de alegría.
Necesitamos tocar fondo para entender que sólo a partir de la exigencia ciudadana habrá un cambio real.
No sólo de partido, de vigilancia ante la gobernanza.