Fracaso: No es para Siempre
Es muy conocido que por 28 años Abraham Lincoln experimento un fracaso tras otro. Después de un ataque de nervios en 1833 intentó ser elegido a la Cámara de Representantes y perdió varias veces.
Se murió mi cantante favorito y no fui a verlo. Estaba estudiando y el dinero apenas alcanzaba para la renta, la comida, el transporte y la escuela.
Mi familia se iba de vacaciones y yo no podía acompañarlos: trabajaba todo el tiempo y, otra vez, apenas alcanzaba.
Dejé de comprar libros y cómics, de cuidar mi ropa, mi salud, mis gustos. Me decía a mí mismo que había cosas más importantes: la casa, la comida, los hijos, el deber.
Pasaron quince años con el mismo auto. No lo cambiaba porque antes estaban las colegiaturas, los gastos del hogar y las salidas del fin de semana “para que la madre fuera feliz”.
Se murieron varios de mis cantantes favoritos y tampoco fui a verlos. Me quedé solo con mis hijos, estudiaba una segunda carrera y me convencía de que no debía gastar en mí: “hay tantas necesidades por cubrir…”
Hasta que un día se murió otro más, y entendí que el siguiente podía ser yo.
Que la vida se me estaba yendo sin disfrutarla.
Recordé a Borges: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz.”
Sin vacaciones, sin conciertos, sin libros, sin ropa nueva, sin chequeos médicos. Solo responsabilidades y cansancio.
Hasta que en terapia sané la ruptura, curé las heridas de la infancia y reconstruí mi amor propio.
Aprendí que no era egoísta pensar en mí: era una forma de volver a elegirme, de amarme también como a mis hijos.
Entonces llegaron las vacaciones, los conciertos, los libros, la ropa, el auto y hasta el seguro de gastos médicos: señales de una vida que por fin me incluía.
Las responsabilidades seguían ahí, pero ya no ocupaban todo el espacio.
Porque comprendí que vivir en carencia no es una virtud, sino una forma de castigo aprendida.
Que amar a otros no significa olvidarse de uno,
y que la vida no premia al que se sacrifica siempre, sino al que se permite vivirla.
Germán Renko
Psicólogo y terapeuta de pareja.
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Un chico de 13 años salvó 66 vidas.
Su nombre es Dillon Reeves.
Es imposible no llamarlo héroe si ves lo que hizo:
Cuando la conductora del autobús perdió el conocimiento, tomó el volante y lo frenó a tiempo.
Aquí tienes la historia que ocurrió en segundos y ya inspira al mundo.
Elías tenía 10 años y un secreto: no bebía agua delante de sus compañeros.
Siempre esperaba a llegar a casa para saciarse. En la escuela decía que no tenía sed, que prefería jugo, que el agua del grifo le sabía rara. Pero la verdad era otra.
—¿Por qué no tomas agua, mi amor? —le preguntaba su madre, Mariana, al verlo llegar acalorado y boqueando.
—Porque me da vergüenza… Todos llevan botellas bonitas, con sus nombres, con dibujos. Yo solo tengo esta… —y mostraba una botella reciclada, de una soda que habían recogido del basurero.
Mariana era madre soltera. Limpiaba oficinas de madrugada y por las tardes cosía para vecinas del barrio. Nunca le faltó amor para su hijo, pero sí recursos. Y aunque intentaba hacer magia con lo poco que tenía, había detalles que se le escapaban… como una simple botella de agua que, para su hijo, se había convertido en motivo de humillación.
Una tarde, Mariana fue a recogerlo a la escuela. Desde lejos lo vio jugar al fútbol, sudado, rojo, jadeando. Todos bebían de sus botellas… menos él. Solo cuando creyó que nadie lo miraba, fue a la mochila, sacó su vieja botella arrugada y bebió a escondidas detrás de un árbol.
Mariana se le encogió el corazón.
Esa noche, mientras cosía un vestido de novia, sus dedos temblaban. Las lágrimas caían sin permiso.
—¿Qué clase de mundo hemos creado, donde un niño tiene vergüenza de beber agua? —murmuró.
No tenía dinero para comprar una botella de diseño, pero sí tenía hilo, aguja… y una idea.
Buscó una vieja cantimplora de metal que había sido de su abuelo. La limpió, la lijó, la pintó con esmalte sobrante. Le bordó una funda de tela con dibujos de planetas y estrellas. Y en un costado escribió:
“AGUA: EL VERDADERO COMBUSTIBLE DE LOS HÉROES.”
Al día siguiente, se la dio a Elías con una sonrisa.
—No es nueva. Pero tiene historia. Y corazón.
Elías la miró en silencio. Luego la abrazó con fuerza.
En la escuela, los compañeros lo miraron raro.
—¿Y eso? —preguntó uno.
—Mi botella. Solo los que salvan el mundo beben de aquí —respondió Elías con orgullo.
Días después, otros niños empezaron a traer botellas decoradas por sus padres. La moda cambió. Lo artesanal empezó a tener valor. Una profesora notó el cambio y pidió a los alumnos traer botellas “intervenidas” por sus familias. Mariana fue invitada a dar una charla.
Se paró nerviosa ante 25 niños y dijo:
—Yo solo soy una madre. Pero aprendí que la vergüenza nace cuando el mundo valora más lo que cuesta dinero que lo que cuesta esfuerzo. Y eso tenemos que cambiarlo.
Desde entonces, cada vez que Elías bebe agua, lo hace sin esconderse.
Porque aprendió que la dignidad no se mide por el plástico que llevas en la mano, sino por el amor con el que fue hecho.
Crédito a quien corresponda
En Auschwitz, Viktor Frankl vio hombres fuertes desmoronarse como hojas secas.
Muchos no morían por las balas ni por el hambre, sino por haber entregado su mente al veneno de la desesperanza.
El frío les rompía los huesos, la comida era casi inexistente y cada día el humo de los hornos recordaba que mañana podía ser su turno.
La mayoría solo hablaba de cargas: del dolor, del hambre, del fin inevitable. Y cada palabra repetida era otra piedra sobre su tumba mental.
Frankl también lo sintió. Hubo noches en las que deseó que todo acabara, en las que pensó rendirse.
Pero en ese infierno descubrió un secreto: si permitía que su mente se enfocara solo en la miseria, estaba muerto en vida.
Así, se obligó a hablar de lo poco que quedaba: de la belleza de un amanecer tras las alambradas, del recuerdo del rostro de su esposa, de la posibilidad de algún día contarle al mundo lo que había aprendido. Ese hábito mental fue su salvavidas.
Cuando salió, escribió:
"Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias."
🔥 Reflexión: Tu vida no está en lo que te pasa, sino en dónde decides poner tu mente.
Si hablas solo de tus cargas, te encadenas tú mismo.
Si eliges enfocarte en lo que aún tienes, aunque sea una chispa, esa chispa puede salvarte, porque lleva en su interior la fe y la esperanza.
19 de septiembre
No te mereces que te echen cosas en cara
No te mereces que te señalen con el dedo
No te mereces que te desprecien
No te mereces que te ofendan y te lastimen
No. No te lo mereces
Te Mereces que te respeten, te cuiden y te mimen
porque tú lo haces por los demás.
Dime dónde habita tu herida, para no pisar allí con torpeza, para no usar tu fragilidad como arma, para no abrir de nuevo con mis actos, lo que apenas cicatriza.
Porque todo dolor es un altar y acercarse a él exige descalzarse, rendir honores y honrar con respeto.
Que nunca mis palabras toquen tu herida con venganza, que nunca mi descuido la vuelva a hacer sangrar, que nunca mi inconsciencia convierta tu traición tu confianza.
Dime dónde te duele y haré de ese lugar, no mi frontera, sino mi lugar favorito y poder habitarlo con consciencia; lo cuidaré como quien custodia un fuego sagrado, como quien reconoce que allí la vida se partió y que por roto, ese espacio merece más ternura.
Y así con todos los vínculos, con todo ser humano que se cruce en el camino, porque nadie tiene derecho a ahondar aún más en el santuario del dolor ajeno.
Que cada herida compartida se vuelva pacto: pacto de no volver la vulnerabilidad en arma de batalla, pacto de no lanzar al otro contra su propio abismo, pacto de sostener sin lastimar.
Porque amar (en todas sus formas) es ser guardián de lo que al otro le duele, es convertir la herida en brújula, el cuidado en lenguaje y la fragilidad en tierra sagrada donde florece lo humano.❤️❤️