Je veux présenter mes excuses, au nom des Français, pour avoir enfanté la French Theory (qui a enfanté la pire des merdes idéologiques : le wokisme).
Nous avons donné au monde Descartes, Pascal, Tocqueville. Et puis, dans les ruines intellectuelles de l'après-68, nous avons donné Foucault, Derrida, Deleuze. Trois hommes brillants qui ont fabriqué, dans l'élégance de notre langue, l'arme idéologique qui paralyse aujourd'hui l'Occident.
Il faut comprendre ce qu'ils ont fait. Foucault a enseigné que la vérité n'existe pas, qu'il n'y a que des rapports de pouvoir déguisés en savoir. Que la science, la raison, la justice, l'institution médicale, l'école, la prison, la sexualité, tout n'est qu'une mise en scène de la domination. Derrida a enseigné que les textes n'ont pas de sens stable, que tout signifiant glisse, que toute lecture est une trahison, que l'auteur est mort et que le lecteur règne. Deleuze a enseigné qu'il fallait préférer le rhizome à l'arbre, le nomade au sédentaire, le désir à la loi, le devenir à l'être, la différence à l'identité.
Pris isolément, ce sont des thèses discutables. Combinées, exportées, vulgarisées, elles forment un système. Et ce système est un poison.
Car voici ce qui s'est passé. Ces textes, illisibles en France, ont traversé l'Atlantique. Les départements de Yale, de Berkeley, de Columbia les ont absorbés dans les années 80. Ils y ont trouvé un terreau qui n'existait pas chez nous : le puritanisme américain, sa culpabilité raciale, son obsession identitaire. La French Theory s'est mariée à ce substrat, et l'enfant de ce mariage s'appelle le wokisme.
Judith Butler lit Foucault et invente le genre performatif. Edward Said lit Foucault et invente le post-colonialisme académique. Kimberlé Crenshaw hérite du cadre et invente l'intersectionnalité. À chaque étape, la matrice est française : il n'y a pas de vérité, il n'y a que du pouvoir, donc toute hiérarchie est suspecte, toute institution est oppressive, toute norme est violence, toute identité est construite donc négociable, toute majorité est coupable.
Voilà comment trois philosophes parisiens, qui n'ont probablement jamais imaginé leurs conséquences pratiques, ont fourni le logiciel d'exploitation à une génération entière d'activistes, de bureaucrates universitaires, de DRH, de journalistes, de législateurs. Voilà comment on a obtenu une civilisation qui ne sait plus dire si une femme est une femme, si sa propre histoire mérite d'être défendue, si le mérite existe, si la vérité se distingue de l'opinion.
C'est de la merde pour une raison simple, et il faut la dire calmement. Une civilisation se tient debout sur trois piliers : la croyance qu'il existe une vérité accessible à la raison, la croyance qu'il existe un bien distinct du mal, la croyance qu'il existe un héritage à transmettre. La French Theory a entrepris de dynamiter les trois. Pas par méchanceté. Par jeu intellectuel, par fascination du soupçon, par haine de la bourgeoisie qui les avait nourris. Mais le résultat est là. Une génération entière a appris à déconstruire et n'a jamais appris à construire. Une génération entière sait soupçonner et ne sait plus admirer. Une génération entière voit le pouvoir partout et la beauté nulle part.
Je m'excuse parce que nous, Français, avons une responsabilité particulière. C'est notre langue, nos universités, nos éditeurs, notre prestige qui ont donné à ce nihilisme son emballage chic. Sans la légitimité de la Sorbonne et de Vincennes, ces idées n'auraient jamais traversé l'océan. Nous avons exporté le doute comme d'autres exportent des armes.
Ce qui se construit maintenant, en silicon valley, dans les labos d'IA, dans les startups, dans les ateliers, dans tous les lieux où des gens fabriquent encore des choses au lieu de les déconstruire, c'est la réponse. Une civilisation se reconstruit par les bâtisseurs, pas par les commentateurs. Par ceux qui croient que la vérité existe et qu'elle vaut qu'on s'y consacre. Par ceux qui assument une hiérarchie du beau, du vrai, du bon, et qui n'ont pas honte de la transmettre.
Alors pardon. Et au travail.
En democracia se elige, no se impone.
Si no te gusta lo que se escribe en un periódico, no lo lees, no lo compras. Si no coincides con la propuesta de un partido político, no le das tu voto.
Clausurar, inhabilitar o censurar no es fair play; es retroceso institucional y antidemocracia. Ahí perdemos todos.
Y esto ya hemos vivido antes…
Me resuenas unas palabras: si tus espectadores no están dispuestos a pagar por tus servicios y dependes del Estado, desengáñate, no eres un artista, eres un funcionario público.
En una rueda de prensa ofrecida por gestores culturales, usuarios mayores de 60 años y posibles afectados por la denominada Ley de los GAD, el artista ecuatoriano Hugo Ferro advirtió que el sector cultural podría verse seriamente perjudicado si la normativa es aprobada en segundo debate en la Asamblea Nacional.
Ferro citó un estudio de la Universidad de las Artes, según el cual hasta el 94% de los ingresos de los artistas nacionales proviene de los Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD). En ese sentido, señaló que cualquier modificación en el marco legal podría impactar directamente en la sostenibilidad económica del sector artístico.
@enajas Hola Esteban, hay un mecanismo desde lo legal que puede implementar EPMHV que puede ser un factor de cambio y gestión que lleve a realmente a que la ordenanza no caiga en letra muerta. Encantado de colaborar y cruzar ideas si te interesa.
“I have nothing against diversity, equity, and inclusion. But as Voltaire said about the Holy Roman Empire: it was neither holy, nor Roman, nor an empire.”
Por ese decreto de estado de excepción de última hora, por usar abusivamente fondos públicos en campaña, por irrespetar la Constitución, por mil razones +, no me queda más que creer que cumplirá el pacto verde y progresista con las izquierdas: votaré por Luisa.
📢This evening Professor Campbell McLachlan (@TrinityHallCamb) delivers his 1973 Professor Inaugural Lecture at the Faculty on the topic: 'On the Interface between Public and Private International Law'. A recording will be available shortly.
Ramiro Ávila Santamaría en una clase nos contó cómo durante la elaboración de la Constitución del 2008, en los bares de la ciudad de Montecristi los teóricos neoconstitucionales soñaban con “un país mejor” y debatían las ideas más etéreas, sin límites a la imaginación. En sus fantasías retorcidas creían que todo era posible.
La fatal arrogancia. El delirio americano de creer que la sociedad es barro mojado en manos de “expertos” y que el futuro de una nación y que “ahora si” vamos a dirigir bien los destinos de millones de personas.
Tontos útiles al servicio del proyecto de narcopolítica en la región. Guiados por místicos y cartomantes españoles y venezolanos que vinieron a vendernos espejitos.
Y en ese idílico arrebato de buenísimo y antiimperialismo, salió el texto que nos condenará hasta algunas generaciones más. Del rezago histórico de la revolución cubana y la nostalgia aún no superada de allendes y guevaras.
La norma fundamental que prohíbe la generación de riqueza. Que cree que el ciudadano es un pobre ser inferior que no sabe lo que quiere. Que si quieres trabajar por horas no porque no es soberano. Que si quieres generar tu propia electricidad no porque no es digno. Que si quieres contratar no porque la Pachamama.
La carta magna que creó un perverso mecanismo de concentración de poder digno solo de Venezuela. La destrucción de la institucionalidad y de las nociones democráticas más básicas como separación de poderes, legitimidad democrática y libertad.
Y eso sobre todo. Los enemigos de la libertad.
Los que diseñaron un mecanismo de “protección de derechos” para ye permite que todo y nada sea exigible ante un juez. Que yo tengo derecho a todo solo porque si y no debo nada a nadie. No le debo al trabajo duro ni al esfuerzo porque “la dignidad”. Porque la dignidad es que me den todo lo que pido solo porque si.
Ellos son los artífices de esto. Los sofistas que siguen controlando la producción normativa del país. Los que tienen condenado al Ecuador al subdesarrollo porque “el ser humano sobre el capital”. Instalados en sus cortes, en sus altas torres de marfil leyendo a Galeano, Ferrajoli, Zaffaroni, sin entender nunca que la gente es pobre y por qué es pobre.
Y que a pesar de todo esto, se meten a hacer políticas públicas, sobre sus nubes voladoras y descansando en las almohadas de: “que bueno que soy”.
Ellos son los culpables. El monstruo normativo del 2008. Ese behemot que ha destruido una nación.
En nota aparte, cuando se tienen argumentos sólidos, lógicos y claros, bastan pocas palabras. El voto salvado de @AndradeqKarla y Teresa Nuques es refrescante y contundente. https://t.co/nOjkvHp65I
Hay que reconocer, los jueces son ellos y sus circunstancias. Tiene afectos y desafectos; buenas y malas experiencias de vida; tienen posiciones personales sobre asuntos públicos. Pero esas circunstancias no pueden convertirse en sesgos.
Contradictoriamente, esto se debe en mucho a la recomposición que se dio durante el gobierno del expresidente Lasso que, de citar a Ayn Rand, pasó a subir los impuestos a la clase media. En fin. Una muestra de esto es la Sentencia 21-18-IN/24 y sus disidencias.
Esto fortalece la justicia arbitral. Sin jueces que respeten, comprendan y ejecuten de manera adecuada las decisiones de los árbitros, el arbitraje se debilita. Los jueces no deben ser enemigos ni ver con celo al arbitraje. Son una pieza fundamental para su eficacia.
Nos complace informar que el día de hoy, 11 de abril, se firmó el Convenio de Cooperación Interinstitucional entre el Consejo de la Judicatura y el IEA.
Este paso permitirá la colaboración y el compromiso en el acercamiento entre el arbitraje y la justicia ordinaria.