Abrí la tapa de la impresora.
En 40 segundos, saqué el papel atascado, limpié los rodillos y volví a cerrarla.
La máquina empezó a funcionar otra vez.
El director general me miró sorprendido.
—¿Cuánto has tardado?
—Unos 40 segundos.
—El técnico tarda al menos diez minutos.
Le respondí con sinceridad:
—Mi jefe me dijo que los becarios teníamos que arreglarla para ahorrar dinero.
—En seis meses, la he reparado 312 veces.
El director dejó de sonreír.
—¿312 veces?
Le enseñé mi libreta.
Pasó las páginas una por una hasta detenerse en la columna del tipo de papel.
—¿Dices que 290 averías ocurrieron con el mismo papel?
—Sí. El que compró mi jefe porque era más barato.
El director abrió el historial de compras de la empresa.
El papel nuevo había ahorrado 600 euros en seis meses.
Pero las piezas de repuesto y las reparaciones de la impresora habían costado 2.400 euros adicionales.
El supuesto ahorro nos estaba haciendo perder 1.800 euros.
A la mañana siguiente, las 300 copias estaban listas.
Después de la reunión, el director llamó a mi jefe delante de toda la oficina.
Señaló la impresora.
—A ver, ¿puedes sacar el papel atascado?
Mi jefe abrió la tapa equivocada.
Pasaron tres minutos.
No sabía ni por dónde empezar.
Algunos compañeros tuvieron que disimular la risa.
Una semana después, llegó un correo a toda la empresa.
Asunto: Cambio en el procedimiento de impresión.
«Volvemos al papel anterior. Se acabaron las averías innecesarias».
Y al final, una última frase:
«Todo responsable que tome decisiones para ahorrar dinero deberá responder también por los costes que genere».
El primer destinatario en copia era mi jefe.
Desde aquel mes, la impresora no volvió a atascarse.
Y yo aprendí algo que nunca olvidaré:
En una empresa, el que menos cobra no siempre es el que menos sabe. Y el que más manda no siempre es el que más entiende.
Mi jefe me dijo: «Si la impresora se atasca, que la arregle el becario. No vamos a pagar a un técnico por una tontería».
—Jefe, se ha vuelto a atascar.
—Pues arréglala.
—No sé cómo hacerlo.
—Aprende. Para eso estás aquí.
Mi jefe se rio.
Era mi segundo mes en la empresa.
La impresora de la oficina se atascaba todos los días.
Tres o cuatro veces al día.
Me leí el manual de instrucciones entero.
Cómo abrir la tapa.
Cómo limpiar los rodillos.
Cómo sacar el papel atascado sin romperlo.
A los seis meses, podía repararla en menos de un minuto.
Cada vez que se atascaba, lo apuntaba en una libreta.
La fecha, la hora, quién la utilizaba y el tipo de papel.
En seis meses, la impresora se había atascado 312 veces.
Un día, al revisar mis anotaciones, descubrí algo.
De las 312 averías, 290 se producían al utilizar el mismo papel.
El papel barato que mi jefe había comprado seis meses antes para «reducir gastos».
Se lo comenté.
—Deberíamos volver al papel anterior.
—Tú no te metas en las decisiones de la empresa. Tu trabajo es arreglarla.
Me callé.
Una noche, justo antes de cerrar la oficina, me enteré de que al día siguiente había una reunión con los principales inversores.
El director general había decidido imprimir personalmente toda la documentación.
300 copias.
A esas horas, solo quedábamos él y yo.
Cuando llevaba 100 copias, la impresora se detuvo.
Piii. Piii.
El director miró la pantalla, preocupado.
Yo me levanté de mi silla.
Y entonces ocurrió algo que mi jefe no había previsto.
↓
La seguridad de Singapur no lo dejaba entrar a Antonelli al paddock (?) JAJAJAJAJ le decía “soy piloto de Fórmula 1” y tampoco le dieron bola hasta que llegó Verstappen y pudo entrar con el