CARTA ABIERTA AL ALCALDE MARIO DESBORDES
Alcalde @desbordes
Me entero de que Santiago podría recuperar el tradicional cañonazo de las doce en el cerro Santa Lucía. Una costumbre del siglo XIX destinada a informar la hora a una población que no tenía celulares, ni internet, ni GPS.
Comprendo el cariño de su sector por las tradiciones. Lo difícil es entender la necesidad de restaurarlas sin preguntarse primero si envejecieron bien.
Las pruebas efectuadas por el Ejército sobre el cañón Krupp de 75 mm registraron salvas de aproximadamente 90 y 110 decibeles. Reducir la pólvora disminuye el estruendo. El problema es que perros y gatos escuchan bastante mejor que nosotros. La comuna que usted administra tiene una media de una mascota por vivienda, algo que seguramente usted sabe o debería saber.
Su audición es particularmente sensible a frecuencias altas. Los ruidos súbitos e intensos pueden provocar taquicardia, temblores, hiperventilación, desorientación, conductas de escape y crisis de pánico. La RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals), advierte sobre tinnitus y daño auditivo asociado a sonidos explosivos. La British Veterinary Association (BVA), estima que alrededor del 45% de los perros manifiesta miedo ante los fuegos artificiales.
Hay un dato incómodo: la BVA ha propuesto limitar a 97 dB los fuegos artificiales de uso público. Una prueba del Santa Lucía alcanzó 110 dB.
El decibel, alcalde, tiene una mala costumbre: no entiende de tradiciones. Es una escala logarítmica y tampoco distingue entre un cañonazo patrimonial y uno ordinario. Para el oído, la pólvora centenaria sigue siendo pólvora.
Después vienen los habitantes que no figuran en el padrón electoral: las aves.
El Santa Lucía no es solamente patrimonio y turismo. Es también un ecosistema urbano. Radares meteorológicos en Países Bajos comprobaron que cientos de miles de aves levantaban vuelo tras los fuegos artificiales. Estudios posteriores detectaron cerca de las detonaciones hasta mil veces más aves volando que durante noches normales donde deberían gozar del sueño.
No afirmo que una salva diaria equivalga a una noche completa de pirotecnia. Sería científicamente incorrecto. Pero ambas comparten un estímulo relevante: ruido impulsivo, intenso e inesperado. Para un zorzal, lamentablemente, la condición patrimonial del cañón no viene incorporada en el tímpano.
Antes de dispararlo diariamente convendría estudiar el impacto acústico sobre fauna, medir niveles a distintas distancias y evaluar alternativas menos ruidosas.
Primero ciencia. Después pólvora.
Resulta curioso que mientras Chile discute prohibir las carreras de galgos todavía tengamos que explicar que una tradición no obtiene inmunidad ética por ser antigua. Durante siglos hubo peleas de animales, circos con fauna silvestre y espectáculos hoy inadmisibles. La antigüedad certifica años, no sensatez.
Y aquí aparece una paradoja deliciosa. El Estado exige “tenencia responsable”: vacune a su perro, esterilícelo, póngale chip, protéjalo del estrés y vele por su bienestar. Perfecto. Pero al mediodía quizás tendremos que agregar una nueva obligación municipal: “Señora, encierre al quiltro, abrace al gato y póngales audífonos, porque vamos a disparar el cañón”.
Todo para avisarnos que son las doce.
Mi teléfono ya lo sabe, alcalde. Mi reloj también. El computador, el automóvil y probablemente hasta el refrigerador. No necesitamos artillería para confirmar que terminó la mañana.
Conserve el cañón. Restáurelo. Ilumínelo. Explique su historia. Conviértalo en patrimonio vivo mediante educación, no necesariamente mediante detonación.
Porque preservar la historia no significa reproducir cada uno de sus ruidos.
Y si finalmente, a pesar de todo, usted y su concejo deciden recuperar el cañonazo, quizás la Municipalidad pueda agregar una partida presupuestaria adicional: audífonos con cancelación de ruido para perros, gatos, tiuques y zorzales.
@MisColumnas
EL DILEMA DEL CRECIMIENTO
Para hablar de crecimiento económico, se requiere mucho más que ideología. Esta semana, el FMI pronosticó para el actual gobierno apenas un 1,8% de crecimiento, los mismos que criticaron al gobierno anterior por crecer un 2,5% el año 2025 y un 2,8% el 2024. Y ese 1.8% podría incluso ser menor aún con políticas mal diseñadas y un plan erróneo y carente de sustento técnico serio.
La economía tiene una mala costumbre: castiga los eslóganes y premia los datos. Sin embargo, cada cierto tiempo el debate político insiste en ignorar esa regla elemental. Basta con que aparezca una cifra de crecimiento para que surja el coro de siempre: “en los años noventa Chile crecía al 7% y hoy apenas supera el 2,5%”. La comparación suena contundente, pero económicamente es tan impropia como comparar el crecimiento de un niño de un año con el de un adulto.
En 1990, Chile era una economía de apenas 34.000 millones de dólares. El PIB per cápita rondaba los 2.500 dólares y el país recién recuperaba la democracia. Partíamos desde una base extraordinariamente baja. En ese contexto, abrir la economía, atraer inversión y expandir exportaciones generaba un efecto multiplicador enorme. No porque existiera una fórmula mágica, sino porque los rendimientos iniciales eran naturalmente elevados y la situación de partida era extremadamente baja.
Una década después, el año 2000, el PIB alcanzaba 77.000 millones de dólares y el ingreso per cápita bordeaba los USD 5.000. Fue la convergencia propia de una economía que comenzaba a integrarse plenamente al mundo.
Treinta y cinco años después, la realidad es otra. Chile produce cerca de 360.000 millones de dólares al año y el PIB per cápita se aproxima a los USD 20.000. Hoy, un crecimiento de 2,5% ocurre sobre una economía once veces mayor que la de 1990. Mientras el PIB se expandió cerca de un 1.100%, la población aumentó alrededor de un 50%.
Quienes comparan ambas épocas omiten un principio básico: las economías maduras crecen a tasas menores que aquellas que recién comienzan su convergencia. No es resignación; es evidencia empírica.
La propia OCDE creció, en promedio, un 1,7% durante 2025, muy por debajo de Chile. ¿Debemos conformarnos?, por supuesto que no. Significa que el diagnóstico debe hacerse con parámetros comparables y no mediante analogías históricas descontextualizadas.
El verdadero problema chileno no es cuánto crecemos, sino cómo crecemos.
Seguimos siendo una economía extractiva. Exportamos cobre, litio, celulosa, fruta y salmón con escaso procesamiento industrial. Mientras esa estructura no cambie, el crecimiento seguirá dependiendo de los precios internacionales y tendrá un techo difícil de romper.
El desafío no consiste en extraer más cobre, sino por ejemplo, en fabricar cables. No basta con exportar litio; debemos producir baterías, componentes tecnológicos y conocimiento. El desarrollo aparece cuando aumenta el valor agregado.
También es un error comparar a Chile con otras economías latinoamericanas como por ejemplo la peruana, usando sólo la tasa de crecimiento. Perú posee un PIB per cápita cercano a 6.700 dólares, similar al que Chile tenía hace unos 25 años. Son etapas distintas de desarrollo.
Todos queremos que Chile crezca más. Pero ese objetivo no se alcanza con nostalgia ni con comparaciones atemporales. Se logra con estabilidad institucional, inversión, productividad y una política decidida de investigación, desarrollo e innovación que transforme recursos naturales en productos de alto valor.
Seguir exportando cobre para importar cables, sería como vender uvas para comprar vino elaborado, difícilmente puede llamarse estrategia de desarrollo.
Por eso sorprende escuchar al senador Matías Walker comparar el crecimiento actual con el de hace 36 años, como si la economía chilena fuera la misma. No lo es. La historia económica tiene etapas, y entenderlas es el primer requisito para debatir con seriedad.
@MisColumnas
LA AMNESIA DEL VOTO
Por qué condenamos la corrupción en la conversación y la perdonamos en la urna.
Hay una paradoja democrática: el ciudadano puede condenar la corrupción, el nepotismo, la mentira o el abuso y, llegado el día de la elección, votar por quien encarna exactamente aquello que decía reprobar. No siempre es mala memoria. A veces es algo más poderoso: recordamos perfectamente, pero perdonamos selectivamente.
Hace un tiempo hice un ejercicio informal entre varios amigos y conocidos que votan en Vitacura. Les propuse una elección hipotética: Raúl Torrealba, exalcalde investigado judicialmente por graves hechos de corrupción, frente a un candidato ficticio de izquierda progresista. El resultado fue revelador: aun conociendo los antecedentes del exalcalde, muchos volvían a elegirlo. No era una encuesta científica; sí una ventana a un mecanismo psicológico: para ciertos electores, el adversario ideológico resulta más intolerable que la falta ética del propio candidato.
La psicología política conoce bien el fenómeno. Se llama partidismo negativo: no votamos necesariamente porque admiremos a “los nuestros”, sino para impedir que ganen “los otros”. La investigación describe esa aversión como una identidad social capaz de generar hostilidad. Cuando la política deja de ser discusión y se transforma en pertenencia tribal, el corrupto propio deja de ser corrupto: pasa a ser “nuestro corrupto”. Y el adversario honesto continúa siendo, antes que honesto, adversario.
Opera también la disonancia cognitiva. Admitir que aquel a quien apoyamos mintió, robó o fue incompetente implica reconocer que quizá nos equivocamos nosotros. Al cerebro le incomoda revisar su propia biografía. Entonces fabrica atenuantes: “todos roban”, “los medios exageran”, “fue una operación”, “por lo menos hizo cosas”, “los otros son peores”. El hecho no cambia; cambia el estándar moral.
A ello se suma el sesgo de confirmación. Buscamos información que protege nuestras convicciones. Así, una misma conducta cambia de gravedad según la camiseta. El nepotismo ajeno es corrupción; el propio, confianza. La mentira ajena es engaño; la propia, estrategia. El insulto del contrario demuestra su bajeza; el del aliado fue “sacado de contexto”.
El episodio reciente de Camila Flores resulta ilustrativo. Utilizar “feriante” o “poblacional” como descalificación revela un clasismo difícil de conciliar con representar a ciudadanos que trabajan en ferias o viven en poblaciones. Aun así, algunos podrían volver a apoyarla si rechazan más a la alternativa. La identidad puede derrotar incluso al agravio personal.
Donald Trump ofrece un ejemplo formidable: regresó a la Casa Blanca en 2025 después de una condena penal, un conocido pasado con actos de corrupción y años de controversias. Su electorado no ignoraba necesariamente esos hechos; muchos los jerarquizaron por debajo de la economía, la inmigración, la identidad cultural o el rechazo a los demócratas. Javier Milei plantea en Argentina otra prueba hacia 2027: su eventual reelección dependerá no sólo de la evaluación de su gestión, sino de cuánto siga funcionando el rechazo al peronismo como cemento electoral.
Por eso el problema no es exactamente que el votante olvide. Es que recuerda con un balance de una contabilidad moral adulterada. La corrupción pesa diez kilos cuando pertenece al adversario y cien gramos cuando lleva nuestros colores. La democracia comienza a enfermar cuando el voto deja de juzgar conductas y pasa a defender identidades.
Tal vez la pregunta adulta antes de entrar a la urna no sea “¿quién representa a los míos?”, sino otra más incómoda: “¿votaría por esta persona si pensara exactamente lo contrario que yo?”. Si la respuesta es no, quizá no estamos eligiendo con criterio, sino obedeciendo a una tribu. Y cuando la tribu consigue absolver aquello que nuestra conciencia condena, la mala memoria es el menor de nuestros problemas.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA SENADORA
CAMILA FLORES. @Cami_FloresO
Senadora Flores:
Hay frases que retratan mejor a quien las pronuncia que a quien pretenden ofender. La suya, dirigida a la senadora Fabiola Campillai —“se le salió lo poblacional a la señora de feria”— pertenece a esa categoría. Usted quiso lanzar un dardo clasista y terminó escribiendo, en apenas diez palabras, una autobiografía del arribismo.
Porque, senadora, ser “señora de feria” no constituye insulto alguno. Insulto sería suponer que trabajar desde las cinco de la mañana, levantar un puesto, cargar cajones, soportar frío, calor y lluvia, pagar cuentas y educar hijos con el esfuerzo cotidiano convierte a alguien en ciudadano de segunda categoría.
Chile tiene 1.455 ferias libres, 163.165 puestos y una actividad capaz de generar alrededor de 440.000 empleos. Más de la mitad de quienes trabajan allí son mujeres. Mujeres, senadora. Esas mismas a las que usted convirtió retóricamente en material de desprecio para intentar humillar a otra mujer.
Curiosa manera de representar al pueblo.
También utilizó “poblacional” como si vivir en una población fuese una patología social, una especie de desperfecto de origen. Quizás convendría recordarle que las poblaciones no son zoológicos donde habita una especie distinta a la suya. Allí viven trabajadores, técnicos, comerciantes, profesores, jubilados, estudiantes, feriantes, emprendedores y probablemente miles de personas que alguna vez votaron por usted.
Ese es precisamente el aspecto más miserable de su frase: no ofende solamente a Campillai. Pretende degradar a millones de chilenos cuya vida transcurre lejos de los salones donde algunos políticos, después de conseguir un escaño, comienzan misteriosamente a olvidar de dónde viene el voto que los sentó allí.
Porque existe una forma particularmente pintoresca de arribismo político: subir unos cuantos escalones institucionales y comenzar inmediatamente a patear la escalera que les puso ahí.
Y resulta todavía más sorprendente cuando quien utiliza el origen social como arma arrojadiza no nació precisamente entre la realeza, jardines versallescos y cubiertos de plata. Usted conoce perfectamente el Chile de población. Por eso su expresión no puede atribuirse al desconocimiento. Es peor: revela distancia adquirida. Esa curiosa enfermedad de algunos políticos que, apenas reciben tratamiento de “honorable”, comienzan a imaginar que el título viene acompañado de abolengo.
El episodio adquiere además una ironía difícil de ignorar. Mientras usted emplea “señora de feria” para menospreciar a otra senadora, el Ministerio Público mantiene abierta una investigación en su contra por el denominado caso “Cuota Flores”, originada en denuncias sobre presuntas entregas de parte de las remuneraciones de colaboradores.
La responsabilidad penal deberá determinarla la justicia, naturalmente. Pero la paradoja política es monumental: resulta bastante audaz mirar hacia abajo a quienes se ganan honradamente cada peso mientras una investigación judicial examina precisamente qué ocurrió con dineros vinculados al trabajo de sus propios asesores.
Tal vez convendría entonces revisar qué significa realmente la palabra dignidad.
Dignidad tiene la mujer que vende verduras bajo la lluvia. Dignidad tiene quien abre su puesto cuando usted probablemente todavía duerme. Dignidad tiene la familia que vive en una población y paga durante veinte o treinta años su casa. Dignidad tiene quien trabaja sin apellido ilustre, sin dieta parlamentaria, sin asesores y sin fuero.
Una feria libre no rebaja a nadie.
Una población tampoco.
Lo que sí rebaja, y mucho, es creer que ambas cosas pueden utilizarse como insulto.
Porque el problema, senadora Flores, nunca fue que a alguien “se le saliera lo poblacional”. El problema es que a usted se le salió lo clasista, lo arribista, lo trepadora y oportunista.
Y eso, a diferencia de trabajar en una feria o vivir en una población, sí debería darle vergüenza.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA XIMENA LINCOLAO
Señora ministra @MinLincolao
Hay decisiones que contradicen la misión de la institución que las adopta. Las modificaciones introducidas a Fondecyt son un claro ejemplo de aquello.
Destinar el 70% de las adjudicaciones a diez áreas prioritarias podrá parecer eficiente en una planilla Excel. El problema, es que la ciencia no funciona como una liquidación de inventario donde alguien determina qué disciplinas tienen mayor rotación y cuáles deben enviarse al rincón de los productos discontinuados.
Fondecyt ha sido durante más de cuarenta años un pilar de la investigación chilena. Su propósito es generar conocimiento, no exclusivamente aquello rentable, inmediatamente aplicable o políticamente conveniente. Esa palabra incómoda cuya utilidad muchas veces descubrimos décadas después.
Resulta inquietante que matemáticas, filosofía, historia, ciencias sociales y otras disciplinas pierdan prioridad. Quizás alguien debería recordarle al Ministerio de Ciencias que sin matemática no existirían muchas tecnologías que hoy pretende priorizar; que sin ciencias sociales difícilmente comprenderemos los fenómenos sobre los cuales diseñamos políticas públicas; y que sin humanidades podemos fabricar excelentes máquinas mientras formamos sociedades incapaces de preguntarse para qué utilizarlas.
La ciencia básica tiene una característica irritante: sus descubrimientos no anuncian para qué servirán. La mecánica cuántica, la genética o la teoría de números no nacieron de una lista de “sectores estratégicos”.
Por eso resulta paradójico e irritante escuchar discursos sobre libertad mientras el Estado confecciona un menú indicando qué conocimiento considera preferente. Libertad para investigar, aparentemente, pero dentro de las alternativas recomendadas por la casa.
Igualmente desconcertante es exigir residencia definitiva a investigadores extranjeros para postular. La ciencia contemporánea es internacional por definición. Las universidades competitivas atraen talento, forman redes y construyen equipos multinacionales. Chile, en cambio, parece haber descubierto una innovación extraordinaria: fortalecer la investigación dificultando que investigadores extranjeros investiguen aquí.
Debe ser ciencia de frontera. Muy de frontera.
Un país pequeño debería hacer lo contrario: atraer investigadores y postdoctorantes. Cada científico que llega trae conocimiento, redes y conexiones. Levantar barreras no protege nuestro ecosistema científico: lo empobrece.
Chile lleva décadas preguntándose cómo abandonar su dependencia de materias primas y avanzar hacia una economía del conocimiento. La respuesta es conocida: educación, investigación, ciencia, tecnología y capital humano avanzado.
Y justo cuando necesitamos ampliar nuestra capacidad intelectual, decidimos estrecharla.
Extraordinaria estrategia.
Ministra, las prioridades nacionales pueden financiarse con instrumentos específicos. Intervenir el principal fondo de investigación restringiendo la diversidad disciplinaria confunde focalización con empobrecimiento.
La ciencia necesita recursos, rigor, libertad académica e internacionalización. Lo que menos necesita es que cada gobierno llegue con una brújula a explicarle hacia dónde debe caminar. Y resulta lamentable que esto ocurra desde el Ministerio encargado de comprenderlo.
Chile puede sobrevivir exportando cobre, litio, fruta o salmones. Pero jamás abandonará intelectualmente el subdesarrollo mientras exporte materias primas e importe conocimiento.
Porque cuando un Ministerio de Ciencias decide qué tipo de conocimiento importa y cuál importa menos, el problema deja de ser presupuestario. Es bastante más elemental: estamos ahorrando precisamente en aquello que algún día podría permitirnos dejar de ser pobres.
Creo sinceramente, que a veces, frente a la incapacidad de entender y comprender lo fundamental de una responsabilidad ministerial, dar un paso al costado es un acto indefectible.
@MisColumnas
CORRUPTOS…
Percy Marín, esposo de Camila Flores, cuando se desempeñaba como CORE de la V Región cobró más de 9 millones por viáticos y bencina que no tuvo como justificar. Como RN suspendió su militancia este ladronzuelo tuvo que devolver la plata, ahora lo llevan de candidato a diputado. Plop!
Punto a parte es, normalizar que devolver es sinónimo de probidad nos tiene como estamos. Nada de devolver... Pagar por el fraude que se cometió a conciencia. No más lecciones de ética ni reposiciones impunes..!!
@ipoduje usted habla de la ignorancia...la geografía manda, tendencias hacia naves sobre las 20,000 teus con mínimo de puertos en el sistema que privilegian aguas profundas y terminales protegidos, . volúmenes de carga a Chile sin afectación.
@ministeriosalud soy proveedor mercado público y tengo facturas impagas sobre 45 días con hospital Ovalle y Combarbala. a pesar reclamos sin solución. quién puede ayudar urgente soy pyme