“Nunca dejará de haber necesitados en la tierra, y por eso yo te mando que seas generoso con aquellos compatriotas tuyos que sufran pobreza y miseria en tu país.” Deuteronomio 15:11 🫰
Atiendan a todos y háganles justicia, tanto a sus compatriotas como a los extranjeros; y al dictar sentencia, no hagan ninguna distinción de personas: atiendan tanto a los humildes como a los poderosos, sin tenerle miedo a nadie, Deute 1:16-17
El corazón del hombre desea de tener un dios a su medida, según su conveniencia, sus propios términos; se rechaza a Dios, como los fariseos que no reconocieron al Mesías porque no cumplía sus expectativas.
La incredulidad es el deseo del hombre de sentarse en el tribunal de su corazón y juzgar a Dios, según sus propios criterios, aunque vean señales no aceptan lo que ven, han decidido ser jueces y dioses para sí mismos.
No es posible creer, sino es dado por Dios; la fe que tienes no nació de ti, te fue dada por Dios, es la fidelidad de Cristo puesta en ti por la palabra de Dios.
(Isaías 6:9-12 y Juan 12:37-40)
Hablar con la herida del alma es agresor, segrega odio; las heridas el alma deforman una casa, una familia, un hogar, cuando estás herido gritas no expones; de la abundancia del corazón habla la boca. Tu lenguaje revela tus heridas.
Aún en medio de tu rebelión, declara El Señor: regresa a mi con todo tu corazón, y dime qué tan lejos estás, rasga tu corazón y no tus vestiduras. Quiero tu corazón!