Hay una pregunta que casi nunca nos atrevemos a hacernos en voz alta, porque la respuesta incomoda demasiado: ¿Qué es exactamente lo que tiene hundida a Venezuela? La respuesta fácil, la que todos repetimos, es el gobierno, el régimen, el chavismo. Eso es muy cierto, pero es apenas una parte de la verdad, la parte que nos reconforta porque pone culpa siempre al otro.
Pensemos por un momento en qué es el Estado. Porque cuando decimos que el Estado venezolano está podrido, ¿de qué estamos hablando exactamente? El Estado no es una entidad abstracta que flota en el aire, son son los tres o cuatro chavistas que están al tope del gobierno. El Estado son personas. Es el vigilante del ministerio, el funcionario que te procesa un trámite en la alcaldía, el policía de la esquina, el militar del punto de control, el bombero, el profesor del liceo público, el maestro de la escuela, el que sella tu documento, el que te deja entrar o salir en el aeropuerto, el que atiende tu solicitud. Todos ellos hacen que el Estado funcione o que no funcione. Todos ellos son gente común, son nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros familiares. No son extraterrestres ni extranjeros que llegaron a arruinar el país. Son venezolanos como tú o como yo.
Entonces viene la pregunta difícil de verdad: ¿el daño lo hicieron solo los corruptos de arriba, o lo hacemos también todos los que participamos en la maquinaria de abajo? Porque la corrupción no funciona con una sola mano. El funcionario que te pide dinero por debajo de la mesa es corrupto, sí. Pero el ciudadano que se lo paga con gusto para saltarse la cola, para agilizar el trámite, para no hacer las cosas por la vía correcta, ¿no es acaso el combustible que mantiene esa maquinaria engrasada y funcionando? El matraqueo existe porque hay quien lo cobra y hay quien lo paga. La palanca funciona porque unos la ofrecen y otros la buscan. El "dame algo pa' los frescos" sobrevive porque a ambos lados de esa transacción hay un venezolano dispuesto.
No estoy diciendo que todos seamos igual de responsables, porque no lo somos. Quien tiene el poder y lo usa para robar carga una responsabilidad infinitamente mayor que el ciudadano desesperado que paga una coima para resolver algo básico en un sistema diseñado para no funcionar sin ella. Esa distinción es importante y sería injusto borrarla. Pero tampoco podemos seguir pretendiendo que la corrupción venezolana es un fenómeno exclusivo de una cúpula malvada mientras el resto somos víctimas puras e inocentes. Esa historia es reconfortante, pero es incompleta.
La verdad más incómoda es que Venezuela no se rompió solo desde arriba. Se rompió también desde una cultura que durante décadas normalizó el atajo, la trampa, el "vivo" que se salta las reglas, el desprecio por lo público, la idea de que cumplir la norma es de tontos y buscarle la vuelta es de inteligentes. Esa cultura no la inventó Chávez, aunque él la explotó y la profundizó como nadie. Esa cultura la construimos entre todos, mucho antes, y la seguimos alimentando cada vez que elegimos el camino fácil por encima del correcto.
Aquí es donde los que estamos afuera tenemos una responsabilidad que pocos quieren asumir. Los venezolanos que emigramos a países desarrollados y aprendimos a hacer las cosas por la vía correcta, a respetar la cola, a pagar los impuestos, a no ofrecer ni buscar la palanca, tenemos el deber de convertirnos en guías, en ejemplo, en luz para los que siguen allá. Aunque sea desde la distancia. El problema es que muchas veces uno intenta decirle a los que están en Venezuela que las cosas se pueden hacer de otra manera y lo primero que recibe es una lluvia de burlas: "ay, sí, el que se las sabe todas", "ay, sí, el señor perfecto", "ay, sí, el que se cree europeo ahora". Y eso desmotiva, claro que desmotiva. Pero no podemos dejar que un par de comentarios resentidos nos callen, porque el mensaje es demasiado importante.
Los que aprendimos a hacer las cosas bien, y muy especialmente los que se devolvieron y hoy están allá viviendo con otros valores, deberían ser los primeros en enseñar con el ejemplo que otra forma de vivir es posible. Que se puede hacer un trámite sin pagar por debajo de la mesa. Que se puede respetar al otro. Que cumplir las reglas no te hace tonto, te hace ciudadano. No se trata de dárnoslas de superiores ni de mirar por encima del hombro a nadie, sino de mostrar, con humildad pero con firmeza, que lo que aprendimos afuera funciona, y que Venezuela también puede funcionar así si suficientes personas se lo proponen.
Y aquí está lo esperanzador, porque no todo es sombrío. Si Venezuela se rompió en parte por lo que somos, entonces Venezuela también se puede reconstruir por lo que decidamos ser. Un país no cambia solo cuando cambian sus gobernantes. Cambia de verdad cuando cambia su gente. Cuando el funcionario decide no pedir, cuando el ciudadano decide no pagar, cuando dejamos de admirar al vivo y empezamos a respetar al honesto. Los políticos corruptos hicieron un daño enorme, sí. Pero la Venezuela que funcione de verdad no va a nacer de un buen gobierno solamente. Va a nacer de millones de decisiones individuales de gente común que decida, por fin, hacer las cosas bien. Esa parte no depende de ningún presidente. Depende de nosotros, estemos donde estemos.
Cuando el chavismo llegó al poder en 1999, Venezuela tenía 372 toneladas de oro certificado en las reservas internacionales, que al precio de la onza troy hoy serían unos 22.500 millones de dólares. Pero en la actualidad solo le quedan 47 toneladas, de las cuales 31 toneladas se salvaron porque fueron congeladas por el Banco de Inglaterra debido a las sanciones.
Se presume que en las bóvedas del BCV hay ~16 toneladas, pero a nadie le consta, nadie las ha auditado. Y aún así Delcy quiere terminar de robarse las 31 toneladas que están en Inglaterra. Recientemente le envió una carta al Rey Carlos III para que por razones humanitarias le libere ese oro para venderlo con la excusa de que usará el dinero para reconstruir La Guaira.
La sed de dinero que tiene esta gente no tiene precedentes, son insaciables, no hay un solo hueso sano en ellos, se robaron más de 1 billón de dólares de toda la renta petrolera, endeudaaron al país con $240 mil millones adicionales, desvalijaron el arco minero, Pdvsa, vendieron todas las refinerías de Venezuela en el exterior, quebraron las empresas básicas, y pare de contar.
Un cáncer metástasico, un agujero negro súper masivo, las 10 plagas bíblicas de Egipto, un virus mortal como la Rabia o el Ébola, La Peste Negra de 1347, la gripe Española de 1918, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, todas se quedan pequeñas en comparación con el chavismo, esta gente es aún más destructiva y letal que todas ellas combinadas, no tienen rival cuando de corrupción y criminalidad se trata.
Para la diáspora venezolana es fundamental entender que es mejor mandar dinero desde el exterior que pensar en envíos de insumos, cuando no están garantizadas sus rutas aéreas o marítimas de carga, la seguridad en las aduanas ni la distribución en el territorio.
Hay una dimensión de la tragedia de hoy en Venezuela que todavía no estamos viendo del todo porque la urgencia, con toda razón, está puesta en la esperanza de conseguir personas con vida.
Pero cuando pasen los días y se asiente el polvo, va a quedar al descubierto un problema enorme del que, por ahora, pocos están hablando: el de las miles de personas que perdieron su vivienda y que no tienen absolutamente ninguna forma de recuperarla.
Porque en Venezuela, a diferencia de lo que ocurre en otros países, prácticamente nadie tiene su casa asegurada. El seguro de vivienda, que en España o en Estados Unidos es algo casi obligatorio y completamente normalizado, en Venezuela es algo que la inmensa mayoría no tiene ni se planteó tener nunca, en parte porque la economía destruida de los últimos años hizo que cualquier gasto que no fuera comida o medicina se volviera impensable o quizás porque nunca creemos que nos vaya a pasar algo.
Eso significa que las familias cuyos apartamentos colapsaron, cuyas casas se rajaron de arriba a abajo, cuyas paredes ya no aguantan otra réplica, no van a recibir una indemnización. No hay una aseguradora que responda, no hay un fondo que cubra la pérdida, no hay nada.
Lo que se cayó, se cayó. Y con ello se fue el esfuerzo de toda una vida.
Y aquí viene lo más difícil de procesar. Estamos hablando de personas que en muchos casos lo único que les quedaba tras 27 años de chavismo era su casa o su apartamento, que resistieron sin irse o que se fueron y volvieron, y que hoy se encuentran literalmente en la calle, sin un techo, sin un respaldo institucional confiable, ni ahorros para reconstruir, en un país donde el Estado lleva décadas demostrando que no es capaz de gestionar ni siquiera lo cotidiano, mucho menos una reconstrucción de esta escala. ¿Con qué van a levantar de nuevo sus hogares? ¿Con qué dinero, con qué materiales, con qué apoyo? Son preguntas que hoy no tienen respuesta y que me preocupan profundamente.
Ya he sabido de casos que me parten el alma. Personas que estaban afuera, que habían rehecho su vida en otro país, y que en algún momento tomaron la decisión de regresar a Venezuela buscando reconstruir lo suyo, recuperar su tierra, estar cerca de los suyos. Gente que invirtió lo que tenía en arreglar su casa, en volver a empezar en su país. Y que, de un momento a otro, en treinta y nueve segundos que separaron un terremoto del otro, se quedaron otra vez sin nada.
El esfuerzo de años, la decisión valiente de volver (o de quedarse), el sueño de recuperar el hogar, todo reducido a escombros en minutos.
No tengo una respuesta ni una solución que ofrecer, y sería deshonesto fingir que la tengo. Solo tengo la certeza de que esta parte de la tragedia va a necesitar muchísima atención en las semanas y meses que vienen, porque rescatar a las personas de los escombros es apenas el principio. Después viene la pregunta de dónde van a vivir, cómo van a reconstruir y quién va a estar ahí para ayudarles en el mediano plazo. Y ojalá, de verdad ojalá, que para entonces no estén solas. Porque lo que viene para miles de familias venezolanas, aunque hoy todavía no se vea, va a ser mucho más duro de lo que ya está siendo, que no es poco.
Hasta el momento se confirma que el chavismo ha impedido que existan algunos centros de acopio que no pueden controlar políticamente. También impide que se envíe ayuda humanitaria a algunas ciudades. En hospitales han impedido que se grabe e intentan interceptar paquetes de ayuda y siguen sin desbloquear muchos portales informativos digitales.
Todas son decisiones que multiplican la tragedia y causan más daño sobre el desastre natural.
Son crímenes de Estado.
Has puesto el dedo en la llaga de una confusión generacional peligrosa: confundir el respeto con la ausencia de jerarquía.
La crianza respetuosa busca validar las emociones, no validar todos los comportamientos; se puede abrazar el sentimiento del niño y, al mismo tiempo, mantener un "no" innegociable.
Cuando un padre cede para "evitar el trauma" del conflicto, en realidad está trasladando ese conflicto al futuro del niño, multiplicándolo por diez.
El mundo exterior no tiene la paciencia de una madre, y lanzar a un niño a la vida sin el concepto de límite es como mandarlo a la guerra sin armadura.
No es libertad lo que le están dando, es una carga excesiva: a un niño de 7 años le aterra tener más poder que sus padres, aunque no sepa expresarlo.
¡Educar con límites claros es, paradójicamente, el acto de amor más generoso y valiente que existe!
Existe una distinción técnica fundamental que a menudo se desdibuja en la práctica diaria. El modelo que describes en la cafetería se aleja de la Crianza Democrática (basada en el respeto mutuo) y cae directamente en la Crianza Permisiva.
En el estilo Permisivo, los niveles de afecto son muy altos, pero los niveles de exigencia y control son inexistentes. Esto genera en el niño lo que se conoce como el "Síndrome del Emperador".
Fisiológicamente, el cerebro infantil necesita límites para sentirse seguro. El Córtex Prefrontal, encargado del autocontrol y la toma de decisiones, no termina de desarrollarse hasta pasados los 20 años.
Cuando los padres no ejercen como "reguladores externos" de la conducta:
Falta de tolerancia a la frustración: El niño no aprende a gestionar el "no", lo que genera niveles altísimos de ansiedad cuando el entorno no cede ante él.
Incapacidad de empatía: Si nunca hay consecuencias por un manotazo, el niño no entiende el impacto de sus acciones en el otro.
Lo que tu amiga llama "libertad" es, en realidad, un abandono de funciones. El niño está "secuestrado" por su propia impulsividad porque nadie le ha enseñado a dominarla.
¿Crees que esta tendencia es una reacción exagerada de nuestra generación por haber crecido en entornos demasiado rígidos, o es simplemente que el cansancio actual nos hace elegir el camino de la menor resistencia?
Ese familiar adicto no va a cambiar, lo siento, ya te lo ha demostrado una y otra vez, lo ayudas, lo ayudas y nada, no hay remedio, es un fracaso total ante esta terrible enfermedad, por más que lo intentes ayudar, su egocentrismo, su manipulación y sus mentiras seguirán ahí, solo un milagro pudiera salvarlo. Entonces aléjate, pon límites, no caigas en la codependencia, no intentes salvar lo insalvable, su destino es la cárcel, el manicomio o el cementerio y no puedes hacer nada para evitarlo. La Adicción es una enfermedad terrible, corroe el alma como el óxido, hace que el adicto termine en la indigencia, en el basurero, sin nada, intentando hacer cualquier cosa para continuar su adicción, robar, pedir prestado, manipular, etc. Si eres familiar de un adicto que te ha demostrado que no quiere recuperarse, acude a los grupos de familia Al Annon, para que su enfermedad no te afecte, son gratis, googlea donde esta el tuyo cerca. Y a los adictos que si han decidido recuperarse y están sobrios, los felicito, pero no se inflen, mucho cuidado con la soberbia porque la enfermedad está esperando el más mínimo resbalón, recuerden: la humildad es la base de la recuperación.
Queridos padres:
No quiero que mi hijo haga un deporte para que gane, ese no es el objetivo, quiero que mi hijo haga un deporte para que aprenda la disciplina, la constancia y la perseverancia, que son mejores que el talento, también quiero que aprenda a integrarse con otros compañeros en lugar de integrarse con una pantalla, que aprenda a compartir, que sepa lo que es justo e injusto, etc. y por supuesto: que se divierta. La mayoría de la gente exitosa no es talentosa, es perseverante y disciplinada, algo que empieza a enseñarse en el hogar, empezando por uno mismo, porque los hijos copian patrones, no puedes pedirle a tu hijo que no fume si tu fumas.
Cada quien es responsable de sus actos y sus consecuencias, si le echas la culpa a otro, a la situación, al diablo, etc. Eres un irresponsable contigo mismo, cada quien abre su camino a su manera, unos escogen mulas, otros maquinaria pesada, unos escogen lo fácil pero poco duradero y otros los difícil pero constante y perseverante en el tiempo. Asuma su barranco mi amigo y si se molesta esto es problema suyo, yo aquí lo que hago es darle una cachetadita a algunos de vez en cuando, porque pareciera que solo así es que reaccionan, si, lamentablemente muchos no aprenden hablándoles bonito sino con firmeza y eso esta bien.
Las personas que se mudaron al extranjero solas a los 20 años se encargaron de todos los trámites, cuentas bancarias, visados, impuestos, empleos, alojamiento y diferencias culturales.
Esta gente ya no le teme a nada.
No necesitas esperar a sentirte bien para moverte. Necesitas moverte para empezar a sentirte bien. El movimiento cambia lo que pasa dentro de tu cuerpo: más dopamina, más energía, menos estrés. Y eso cambia cómo piensas, cómo decides y cómo actúas. Primero se mueve el cuerpo. Luego se acomoda la mente.
Aprended algo cuanto antes.
La mayoría de tiendas fast-fashion, Zara, Primark, Mango y todo eso produce basura.
Las marcas muy comerciales como Polo, Lacoste, MK, Levis, etc producen mejor basura pero más cara.
Os doy consejos para tener un buen armario:
- Las prendas buenas deben ser de materiales naturales, algodón, lana, lino, seda, etc.
- Hechas en Europa, USA, Japón o como mucho en Marruecos o Turquía, todo lo que esté hecho en China, Camboya, Vietnam etc, es absoluta mierda.
- El gramaje es lo realmente importante; el tipo de algodón igual, puede ser algodón de mierda o algodón Supima, pero DEBE indicar la calidad.
- Evitad comprar mezclas tipo “camisa de lino” y pone que tiene 10% lino y el resto poliéster o algodón del malo.
- Mirad las costuras, cuantos “puntos” tienen, si están rectas, etc, si no llevaréis ropa de mierda.
- En casa igual, “manta de invierno” de poliéster es veneno para la piel y micro plásticos en tu cerebro, compra lana (Merino) o compra mantas de pelo natural, zorro, conejo o lo que sea, pero no plástico.
Si supieseis la de basura que te venden y lo perjudicial que es para tu propia salud alucinaríais, desde tintes tóxicos a materiales cutres y de mala calidad.
Mejor gastar 150€ en una camiseta o jersey decente que 40 en uno de mierda que dura 3 meses.
PD: compra ropa decente, de colores neutros y elegante, que ajuste perfecta, no te vistas como ahora, que parecen payasos con ropa de 5 tallas más.
Y por supuesto nunca compres en el Shein ese, creo que no hace falta decirlo.
La culpable absoluta de su felicidad: es la terapia.
Por culpa de la terapia usted se ve a sí mismo y ve los patrones qué lo están haciendo sufrir.
Por culpa de la terapia usted es capaz de entender y tomar decisiones que lo lleven al cambio.
Por culpa de la terapia usted aprende a poner límites y a rendirse ante aquello que jamás va a cambiar.
Por culpa de la terapia usted entiende que la verdadera felicidad no es la alegría, sino la tranquilidad, la consciencia limpia en la almohada.
Por culpa de la terapia usted aprende que el trabajo en exceso no era la meta.
Por culpa d la terapia aprende que los vínculos, los amigos, la familia, son lo más importante.
Por culpa de la terapia usted acepta las cosas tal y como son, no como su ego quiere que sean.
Y por culpa de la terapia usted aprende a diferenciar el amor, del deseo y del erotismo.
En fin, todo es culpa de la terapia.
Vivir en distintos lugares puede parecer un sueño. Sobre todo, cuando eres una especie de mujer maleta que va y descubre.
Yo he vivido en estos países porque el ingeniero que vive en mi casa tiene un trabajo que nos ha llevado de un lugar a otro con ciertas comodidades.
Con el tiempo he aprendido que la adaptación depende en mayor medida de mí y no del país. Y he aprendido que la experiencia es totalmente personal. Mis historias hablan desde ahí, desde mi experiencia personal.
Cuando llego a un país, debo decirlo, llego siempre con un prejuicio: lo que leo, lo que me cuentan. A Brasil llegué con un prejuicio positivo: regreso a mi continente, más cercano en cultura, más alegre, menos rígido, cercano en idioma (aunque no hablaba portugués todo el mundo me decía que entendería y que me entenderían). Y creí que después de Egipto, Marruecos o Sudáfrica esto sería “pan comido”.
Pero las circunstancias cambian.
Cuando el ingeniero me informa de un cambio, se activa en mí el modo búsqueda. Busca casa, cercana al trabajo y a la escuela, dentro del presupuesto, donde quepan todas mis cosas. Busca escuela, infórmate de trámites y cosas de la vida diaria.
El ingeniero llega directo al trabajo, a conocer gente, a adentrarse a la vida del país. Mi hijo entra directo a la escuela y también conoce gente y se adapta al lugar.
Mi caso es distinto. Yo sigo. Entonces dejo trabajo, amigos y volver a empezar. Pero ¿dónde? ¿cómo?
En general siempre comenzaba en la escuela de mi hijo porque yo lo llevaba. Después buscaba asociaciones de hispanohablantes o franceses. Y me salía a conocer los lugares y la vida.
En Brasil todo cambió. Desde el principio mi hijo se fue en transporte a la escuela. Las asociaciones tenían un contexto de expatriación al que soy refractaria: estás aquí pero no vives aquí. Y que me entendieran o que yo entendiera era misión imposible. Me convertí en un changuito gesticulando a cada instante para hacerme entender en cosas simples. La gente es cálida, alegre y muy amable. Pero es difícil establecer lazos con un changuito. Y me costó el cambio. En Sudáfrica me acostumbré a los horarios. Me despertaba a las cuatro y media de la mañana y me dormía a las diez. Había orden, sin prisas. Y la vida en Brasil es fiesta, algo de desorden, prisa, sin horarios. Entonces me encerré. ¿Cómo puedes adaptarte a una vida que no te pertenece? Una vida que solo observas.
En mi caso: con paciencia. Evitar comparar, aprender el idioma y las costumbres. Sonreír con los pequeños logros. No buscar aceptación. Todo llega. Observar y descubrir cada día un aspecto del país que sea positivo (todos lo tienen). La vida es cambio constante. Sólo que cuando estamos en el mismo lugar es más difícil percibirlo.
Me ha costado, sí. Pero ahora puedo decir que me gusta la samba, me gusta subir y bajar las constantes colinas de Sao Paulo, disfruto la luz entre los árboles del parque Ibirapuera, me gusta el carnaval y sus “bloquinhos”, amo la alegría y la generosidad de la gente. Amo sus panaderías, el arte y sus mercados. Amo el color.
Cada lugar es distinto, a veces más difícil, a veces menos. Mucho depende de nosotros, de nuestros ojos y de nuestra apertura a lo que nos rodea. Hay una frase de un escritor brasileño, Fernando Sabino: “No fim tudo dá certo, e se não deu certo é porque ainda não chegou ao fim.”
“Al final todo sale bien, y si no sale bien, es que todavía no llegó el final". En mi caso ya todo está saliendo bien.
Hay pacientes que psicosomatizan:
¿Qué quiere decir esto?
Que presentan una presión mental, algún sufrimiento inconsciente, algún trauma no elaborado, alguna carga mental, etc. Que hace que cuando ya la mente no puede más, pues explota por algún sistema del cuerpo, lo más común es en el digestivo, con cólicos, eructos, acidez, etc. Pero también en la piel con erupciones raras, caída del cabello, enfermedades autoinmunes, alteraciones cardíacas, pulmonares, dolores en las articulaciones, etc.
Se molestan un poco cuando los respectivos especialistas los evalúan y les dicen que no ven nada, entonces los refieren con nosotros y dicen:
¡Yo no estoy loco! ¡Como me va a enviar al Psiquiatra!
Pero no lo tomen a mal, es ese síntoma en el fondo, es tu alma diciéndote:
"es hora de trabajar esa parte de tu vida que has postergado..."
Cuando el chavismo roba elecciones, ilegaliza a la oposición real, persigue, detiene, desaparece, tortura, encarcela a extranjeros, electrocuta niños, viola prisioneros, asesina militares críticos, contrata cubanos y coopera con otras dictaduras:
También lo hace por el petróleo.
No odias tu trabajo, solo es que pudieras estar con el síndrome de burnout o trabajador quemado y te sientes sumamente cansado y con falta de energía, este es el síntoma principal, luego te sientes que te quieres alejar, qué no quieres saber más de él, sientes rabia hacia tu trabajo, como si fuese una tortura, y tus niveles de eficiencia empiezan a disminuir y para rematar te empiezan a regañar porque lo estas haciendo mal. No te das cuenta que estás trabajando más horas de lo normal, lo sé, se que quieres ganar más dinero porque te pagan por horas pero tu cerebro no aguanta esto, ¿para que ganar tanto dinero si al final vas a estar con estrés, ansiedad y depresión? A veces es mejor ganar menos pero estar más en paz. Trata de lograrlo, habla con tus jefes y si eres tu propio jefe, hábla duro con el espejo, ponte serio y si, a veces te tienes que regañar duro.