@leobenavente@elpais_chile No es un análisis ni un consuelo (¿un consuelo, de qué?), es solo una posibilidad. Ni tampoco una evaluación de la calidad de este gobierno. Y sin dogmatismos y lecturas únicas.
@EstadioEspanol TORTILLA DE PATATAS: Tomando "seca" por "muy cuajada", 53% de españoles prefiere tortilla poco cuajada y jugosa (ojo, no patatas "flotando" en huevo crudo); el resto, se divide entre quienes la prefieren muy cuajada (30%) y quienes optan por algo intermedio "en su punto" (17%).
@laderechadiario En España tiene todo el pescado vendido. Con el chiringuito montado en México (país con más hispanohablantes), listo ya para captar nuevos incautos; encima, hace paseíllos por países de más abajo: un mercado casi ilimitado. Y, encima, se hace el mártir. Un fenómeno de negociante.
@el_pais "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos", frase APÓCRIFA más famosa del Quijote. Pertenece al poema Kläffer —Ladrador—, de Goethe (1808); la última estrofa: «Quisieran los perros del potrero por siempre acompañarnos / pero sus estridentes ladridos solo son señal de que cabalgamos».
@sanchezcastejon "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos", frase APÓCRIFA más famosa del Quijote. Pertenece al poema Kläffer —Ladrador—, de Goethe (1808); la última estrofa: «Quisieran los perros del potrero por siempre acompañarnos / pero sus estridentes ladridos solo son señal de que cabalgamos».
@Almudena93353 En España tiene todo el pescado vendido. Con el chiringuito montado en México (país con más hispanohablantes), listo ya para captar nuevos incautos; encima, hace paseíllos por países de más abajo: un mercado casi ilimitado. Y, encima, se hace el mártir. Un fenómeno de negociante.
Irene Montero, la inquisidora del sermón vacío e hipócrita
Irene Montero apareció en la política española como aparece el moho en la humedad; sin aviso y con pretensión de eternidad, envuelta en un discurso justiciero que sonaba a redención colectiva mientras iba dejando un reguero de chapuzas administrativas y dogmas de cartón. Todo con la sonrisa rígida y falsa de quien confunde el poder con la verdad y el micrófono con la razón. Desde el Ministerio de Igualdad, entre enero de 2020 y noviembre de 2023, convirtió una cartera pública en púlpito personal, no para igualar nada sino para dividirlo todo con bisturí ideológico y megáfono victimista, como si gobernar fuera dar clases de moral en una asamblea estudiantil perpetua.
La obra cumbre de esa izquierda circense fue la ley del «solo sí es sí», aprobada en 2022, vendida como hito feminista y acabada como desastre jurídico. Una norma mal diseñada que provocó reducciones de condena y excarcelaciones de agresores sexuales, algo que no fue una conspiración judicial ni un accidente metafísico, sino la consecuencia directa de una redacción maltrecha advertida por juristas antes de su aprobación. Montero respondió con soberbia y aspavientos, culpando a jueces, al patriarcado y a cualquier ente abstracto disponible, incapaz de asumir responsabilidad política alguna como buena sacerdotisa de la izquierda dogmática que jamás pide perdón porque se cree moralmente infalible.
Su carrera no se explica sin el nepotismo sentimental que la izquierda finge no ver cuando le conviene. Pareja de Pablo Iglesias, ascendido y reciclado en cada etapa del ecosistema mediático afín, Montero encarnó esa endogamia descarada donde el mérito se mide en lealtad y la crítica se castiga como herejía. Mientras predicaba igualdad desde tribunas blindadas, su discurso rezumaba desprecio por la discrepancia, señalamiento público y una obsesión punitiva con el lenguaje, como si cambiar palabras fuera equivalente a cambiar realidades materiales. Una vieja trampa de la izquierda que cree que el hambre se combate con consignas y la violencia con hashtags.
En el fondo, Irene Montero fue el síntoma perfecto de una izquierda autoritaria de sonrisa amable. Mucha pose barata, mucha «hazaña» verbal y cero respeto por la complejidad social. Con una política más preocupada por disciplinar conciencias que por resolver problemas concretos, más cómoda acusando que gestionando, más dada al gesto que al resultado. Su legado no fue igualdad, fue ruido innecesario; no fue justicia, fue propaganda de cloaca; no fue progreso, fue un manual aburrido de cómo convertir una causa legítima en caricatura ideológica.
La relación entre Irene Montero y Pablo Iglesias no fue una historia de amor. Fue una operación política con sudor, lemas y ambición envuelta en romance, una mezcla pegajosa donde el discurso igualitario servía de lubricante para un ascenso meteórico que olía más a enchufe que a talento.
Iglesias, «macho alfa» del micrófono y de la tarima, descubrió que el feminismo de pancarta también podía funcionar como escalera mecánica doméstica, y Montero entendió rápido que dormir al lado del jefe del invento abría puertas que a otros les costaban décadas de partido y tragaderas infinitas.
Mientras el dúo predicaba contra el patriarcado, la casta y los privilegios, se cocinaba una complicidad pestilente donde el poder circulaba por la alcoba y se legitimaba en ruedas de prensa. Él mandaba y protegía; ella ejecutaba y gritaba. Cuando la cosa se torcía, aparecía el libreto de siempre. La crítica es igual a machismo, la objeción es igual a odio, la responsabilidad es igual a ataque fascista.
Así, entre lágrimas estratégicas y tono de inquisición moral, parapetaron su cuento político como quien pone rejas a un solar ajeno. El episodio del chalé fue la postal perfecta de la hipocresía. Asaltar el cielo terminó en mudanza a una urbanización tranquila, con piscina y silencio, lejos del pueblo al que decían representar. La pareja no pidió perdón ni dio explicaciones decentes. Montó un plebiscito interno para lavarse la cara y seguir como si nada, demostrando que la democracia participativa era útil solo cuando confirmaba sus caprichos. La izquierda grasienta aplaudió porque la fe exige cerrar los ojos y taparse la nariz.
En lo íntimo, la simbiosis fue clara. Iglesias necesitaba un rostro joven y combativo para sostener su relato de vanguardia moral, Montero necesitaba el paraguas del líder para consolidarse como ministra y convertir un ministerio en plataforma personal. ¿Amor? ¿Quién sabe? Pero sí mucho cálculo, conveniencia y un desprecio olímpico por la coherencia que exigían a los demás con dedo tembloroso.
Si a los dos los mandaran a vivir en Cuba, el idilio no habría ni comenzado. Sin cámaras ni escoltas, sin cargos ni presupuestos, aprenderían a base de cola y miseria que la igualdad de consigna no compra pollo ni garantiza agua. Él bajaría el tono a la primera citación policial; ella descubriría que gritarle al sistema allí no es actuación sino un problema grave. Y entonces, sin privilegios, esa pareja tan revolucionaria entendería que el poder no enamora cuando se acaba y que la realidad, cuando aprieta, no cree en cuentos de hada.