Sobre el derrocamiento de Maduro, creo que sólo cabe celebración en cualquier parte del mundo (como de hecho celebran casi todos los venezolanos).
Claro que Trump no ha intervenido en Venezuela porque sea un alma caritativa, en su decisión influyen factores económicos, (…)
Quisiera que hoy, juntos, comenzásemos a proponer una cultura de la reconciliación. Hemos de encontrarnos curando nuestras heridas, perdonándonos el mal que hemos hecho y también el que no hemos hecho, pero del que sufrimos las consecuencias. No existen enemigos: hay solo hermanos y hermanas. Hacen falta gestos de reconciliación y políticas de reconciliación.
Esto, por lo demás, guarda estrecha relación con el lema izquierdista “lo personal es político”, uno de los lemas políticos más nocivos y que, probablemente, sea uno de los grandes responsables del nivel de polarización que hemos alcanzado en nuestros días. Porque si antes se dejaban espacios de la vida personal e íntima alejados de la política, ahora cualquier aspecto de la vida íntima debe ser analizado, aparentemente, en clave política (la composición de la familia, los roles que asume cada uno en una relación de pareja, los problemas psicológicos que atraviesa una persona…). Esto ha llegado a tal extremo que se exige de cada persona que tome una postura política frente al mundo y frente a lo que le rodea (que normalmente será aquella misma postura que haya adoptado el resto del grupo). De esta forma, la política invade cada vez más terrenos de la vida de las personas (en este caso, el arte, que es una de las formas de expresión más íntimas del hombre), justificando así que parcelas de la vida en las que antes era inconcebible que entrasen las garras del Estado ahora empiezan a ser intervenidas por el legislador estatal o resultan amenazadas en el debate público, frente a la pasividad de la mayoría.
Tampoco creo que las palabras tengan entidad propia con independencia del contenido general que el público asocia a ellas, y jugar a lanzar definiciones de diversos autores como si su reputación les concediese autoridad sobre el lenguaje de todos me parece absurdo; la buena definición es aquella que respeta la imagen o núcleo esencial socialmente reconocido del término.
Si nos atenemos al contenido general que nos evoca la palabra “arte” a la gran mayoría de nosotros, podemos hablar de simple técnica o habilidad, de la belleza reflejada en la obra o de los estímulos que nos produce la misma (y así lo recoge la RAE). Y esto significa que el “arte” tal y como lo ha entendido el ser humano desde tiempos inmemoriales, abarca mucho más que un contenido político. Es más, el contenido político es meramente accidental e incluso secundario en el arte si nos retrotraemos a sus orígenes: el arte nace cuando todavía no existían ni la política, ni los Estados, ni las ideologías; nace en tiempos prehistóricos asociado a la necesidad humana de expresar gráficamente sus experiencias personales.
A menudo se afirma que el arte es revolucionario por naturaleza, que el arte que no expresa una crítica social no es arte, sino “decoración del sistema”, “entretenimiento burgués” o “herramientas de la clase dominante”. Sin embargo, esto no es más que el intento de los movimientos heterodoxos (comunistas, fascistas, las izquierdas indefinidas…) de apropiarse del arte, de someterlo para que sirva a sus fines (esto es, la conquista del poder y la transformación de la sociedad a los valores de dichos movimientos). Tampoco esto es algo nuevo, el arte siempre sirvió para legitimar a personas, ideas o sistemas, sobretodo aquellos más difícilmente digeribles por el público general. Quizá los ejemplos más paradigmáticos los tengamos en el s.XX (debido al importante desarrollo de la propaganda); así, el arte fue usado en la Alemania nazi, en la Italia fascista o en la Unión Soviética para legitimar sus respectivos regímenes totalitarios.
Pero deducir de lo anterior que el arte, por tanto, debe servir necesariamente a intereses políticos es como decir que el Derecho o el lenguaje, como sirven usualmente a intereses políticos, tienen una naturaleza esencialmente política (cuando ambos han existido en ámbitos de la vida ajenos a la política, a pesar de que el Derecho haya sido en gran parte monopolizado por el Estado).
La rápida difusión de esta concepción del arte como instrumento ideológico se debe al incansable esfuerzo de la clase política por dominar todos los aspectos de la vida del hombre, tanto en la esfera pública como en la privada, un esfuerzo que va cosechando sus éxitos gracias a una masa de fanáticos religiosos que, a pesar de considerarse ateos en muchos casos, han sustituido a Dios por la ideología o, más cutre aún, por el partido político. Todos sabemos la fuerza que tiene el arte para calar en nuestro interior e influir en nuestra forma de ver el mundo, y, conociendo la naturaleza rapaz del Estado y de aquellos que lo controlan (la clase política), no debería extrañarnos que busquen disfrazar como “actitud crítica” o “pensamiento crítico” frente al arte (“el arte o es revolucionario o no es”) aquello que solo es sumisión a sus intereses (ya sean los intereses de la clase política dominante o, en el caso del arte revolucionario, de aquellos que aspiran a componer la clase política del futuro).
Jesús nos pide, hoy, que construyamos redes de relaciones, redes de amor, de intercambio gratuito, en las que la amistad sea profunda. Redes en las que se pueda reparar lo que se ha roto, en las que se pueda poner remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. #DigitalisMissio
Nunca viene mal que, de vez en cuando, los propios nacionalistas nos recuerden que entre libertarios y nacionalistas hay discrepancias irreconciliables que impedirán el éxito de cualquier intento de alianza
Con respecto a la afirmación del Tribunal Constitucional de que “todo lo que no le está prohibido al legislador le está permitido” creo que se están haciendo análisis un poco simplones.
En primer lugar, no paro de leer como crítica que “entonces la poligamia, la prostitución infantil, el canibalismo… estarían permitidos”. No, precisamente todas esas cuestiones (menos la poligamia) están prohibidas explícita o implícitamente por la Constitución, y la poligamia lo está por la ley. Precisamente por el hecho de que los ciudadanos podemos hacer todo lo que no está prohibido (permissum videtur id omne quod non prohibitur), si el día de mañana el legislador eliminase la poligamia del Código Penal los ciudadanos podrían practicar la poligamia.
En segundo lugar, el principio de que “lo que no está permitido está prohibido” (quae non sunt permissa prohibita intelliguntur) es predicable de la Administración (o, al menos, así debería serlo en virtud del art. 103 CE), pero no veo tan claro que sea predicable del legislador (entonces la Constitución no tendría que ser un texto de mínimos sino de máximos, y podría convertirse en un texto largo y farragoso). La Constitución establece una serie de límites generales (derechos, principios generales…) que actúan como límite para el legislador.
Lo que en todo caso debería estar prohibido al legislador es incidir en la esfera de alcance de un derecho fundamental o de un principio general del Derecho sin que la Constitución lo habilite expresamente para ello, y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la Ley de Amnistía: el legislador está interfiriendo en el principio de legalidad y en la separación de poderes sin una habilitación constitucional.
(1) Hay muchos ejemplos del triunfo de las ideas liberales a lo largo de la historia contemporánea, pero ninguno es tan descarado y al mismo tiempo tan esperanzador como el de Argentina.
El papel de los liberales que vivimos fuera de Argentina tiene que ser el de difundir (…)
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Además, sortearé una entrada normal entre todos los que den RT a este tuit.
Del Papa Francisco siempre recordaré una frase que pronunció en la JMJ y que sentí como si fuera un dardo cuidadosamente dirigido a clavarse en mi soberbia:
«La única situación en la que es lícito mirar a una persona desde arriba, es para ayudarla a levantarse».
Absolutamente todo lo escrito en la Biblia es verdadero —se corresponde con la realidad—, pero hay que saber interpretar la verdad que los textos pretenden transmitirnos.
Cuanto mejor seamos capaces de interpretar el mensaje de las Escrituras, más cerca estaremos de la Verdad.