me parece hermoso que, habiendo tantas personas en el mundo, podamos ser especiales para alguien. Como si en un jardín enorme alguien se fijara en una flor y decidiera regresar a regarla cada día.
Clara tenía 82 años y una costumbre que no perdía jamás: cada domingo cocinaba lentejas como si esperara a toda la familia. Aunque vivía sola desde hacía ya más de diez años.
Ponía la mesa para cinco, como cuando estaban sus hijos. Les guardaba el sitio. El del medio era para su marido, que ya no estaba, pero que ella seguía viendo en la silla cada vez que cerraba los ojos.
A veces uno de sus nietos venía. A veces no venía nadie. Pero Clara cocinaba igual. Decía que era su forma de decirle al tiempo que no había podido con ella. Que no le iba a robar las ganas de seguir esperando.
Un día, su nieto Martín —el único que aún iba de vez en cuando— le preguntó por qué seguía haciendo todo eso si sabía que ya casi nadie iba.
Y Clara, sin dejar de remover la olla, le dijo:
—Porque si dejo de hacerlo, dejo de tener a quién esperar. Y si uno no espera nada… ¿para qué sigue?
Martín, esa tarde, no se fue.
Se quedó a dormir. Y al siguiente domingo volvió.
Y al otro también.
Y empezó a traer a su hermana. Y luego a su madre.
Y poco a poco, sin darse cuenta, la mesa de cinco volvió a estar llena.
Hoy leí que las mariposas descansan cuando llueve porque les daña las alas. Está bien descansar durante las tormentas de la vida. Volverás a volar cuando termine.