Qué mal día para Kast y la derecha :
-- Senador Calisto, desaforado
-- Embajador Zaliasnik, imputado
-- C.Suprema dice a Poduje que no puede demoler casas en Viña
-- Fracasa candidato del gobierno al Tribunal Constitucional
-- Hacienda rebaja crecimiento de 1.8% a 0.7%
Eso.
LA APOROFOBIA DE RAMÍREZ
Guillermo Ramírez nunca ha podido ocultar su clasismo, pero ahora suma su fobia al pobre.
El presidente de la UDI no cometió sólo una torpeza verbal. Hizo algo más revelador: dejó escapar, sin maquillaje, su forma de entender la sociedad. Cuando afirma que la gratuidad universitaria ha contribuido a reducir las postulaciones al Servicio Militar, insinúa que cuando los jóvenes de menos recursos acceden a mejores oportunidades educativas, el país pierde potenciales conscriptos. La frase desnuda una jerarquía de clase que muchos prefieren disimular.
Partamos por lo básico.
El Servicio Militar no es la Escuela Militar. El primero es un sistema de conscripción; la segunda forma oficiales profesionales. Confundir ambas cosas ya sería impropio en cualquier parlamentario. Pero esa confusión palidece frente a la lógica social que subyace en las palabras de Ramírez, quien parece no entender.
El problema no es que Ramírez diga que la gratuidad amplía las opciones de los jóvenes. Eso sería cierto y debería celebrarse. El problema es que lo presenta como parte de una dificultad. Allí donde una familia ve una oportunidad, él parece ver una fuga del contingente disponible.
La pregunta es inevitable: ¿qué clase de sociedad imagina quien considera problemático que un joven pobre pueda preferir la universidad al cuartel? ¿Una en que las trayectorias vitales se distribuyen según el ingreso familiar? ¿Una en que algunos nacen con derecho a elegir y otros con el deber de ocupar los espacios que quedan?
Ese es el clasismo obsceno: no el del insulto directo, sino el que asigna destinos. El que supone que determinados jóvenes, por venir de hogares modestos, constituyen una reserva natural para las tareas más duras, mientras otros pueden elegir su destino. No hace falta decir “los pobres al Ejército” para transmitir esa idea. Basta con lamentar que tengan demasiadas alternativas.
Y eso no sólo denigra a esos jóvenes y a sus familias. También rebaja a las propias Fuerzas Armadas. Porque si la carrera militar o el Servicio Militar necesitan de la falta de oportunidades civiles para resultar atractivos, entonces se los presenta como opciones de descarte. Eso es ofensivo para las FF.AA, instituciones que deberían convocar por vocación y mérito, no por estrechez económica.
Una institución militar respetada no necesita ciudadanos sin opciones. Necesita ciudadanos que, teniendo opciones, la elijan. Ahí está la diferencia entre vocación y resignación.
Además, atribuir la baja en el interés por el Servicio Militar a la gratuidad universitaria permite eludir debates más incómodos: condiciones de servicio, perspectivas de desarrollo, confianza pública y episodios de abusos y muertes de conscriptos que han golpeado a las familias. Culpar a la gratuidad es más sencillo.
La gratuidad no le quitó jóvenes a las Fuerzas Armadas. Les dio opciones a jóvenes que antes tenían menos. Y si al ampliar la libertad de elección cambia el patrón de reclutamiento, el desafío está en hacer atractiva y digna la opción militar, no en cerrar puertas educativas.
Lo preocupante de la frase de Ramírez es que convierte la desigualdad en una herramienta funcional. Pareciera que, mientras algunos pueden estudiar, viajar, especializarse y elegir, otros deben seguir siendo la cantera desde la cual se abastecen ciertas funciones del Estado.
Eso no es preocupación por la defensa nacional. Es nostalgia por una estructura social donde el origen condicionaba el destino.
Y esa mirada insulta en dos direcciones: desprecia a los jóvenes pobres al reducirlos a mano de obra disponible, y desprecia a las Fuerzas Armadas al insinuar que necesitan pobreza para llenar sus filas.
Señor Ramírez: el problema no es que la gratuidad haya abierto demasiadas puertas. El problema es que su comentario deja la incómoda impresión de que a usted le molesta que otros entren por la misma puerta que usted y los suyos han cruzado.
@MisColumnas
La @FiscaliadeChile tuvo los antecedentes de Zaliasnik durante dos años y sólo se abrió una investigación cuando el medio @_reportea publicó los chats. Mala señal👇🏽
Preguntamos por la proyección de crecimiento de 3,3% del PIB, la incidencia de ello en la elaboración del Presupuesto 2027 y por los supuestos utilizados para estimarla.
El ministro Quiroz señaló que para la elaboración del Presupuesto se consideraba únicamente el PIB tendencial y no el PIB efectivo ni la brecha entre ambos. Revisamos los antecedentes y rebatimos esa afirmación, lo que finalmente fue corroborado por el director de la DIPRES: la proyección de ingresos fiscales considera tanto parámetros estructurales —como el PIB tendencial y el precio del cobre de largo plazo— como el PIB efectivo.
Es una precisión relevante, porque si el crecimiento efectivo proyectado no se cumple, también pueden verse afectados los ingresos fiscales estimados y, con ello, el financiamiento del Presupuesto y la deuda.
Ya estamos arriba 🔎
El Presupuesto 2027 completo, partida por partida y línea por línea. Cuánto crece según DIPRES y contra la ley que aprobó el Congreso, un buscador y lo que aparece y desaparece.
Para que cualquiera pueda fiscalizarlo 👇
https://t.co/0OqiaeZN6c
Se les acabó el plazo y jamás presentaron pruebas en contra del gobierno anterior porque no existían. Usaron la mentira como su principal arma para llegar al poder.
🔴 KAST CONFUNDE PRIMERA INFANCIA CON 7° BÁSICO
Kast justifica el fin de Yo Elijo mi PC hablando de una “primera infancia sin pantallas”.
Hay un problema básico: los computadores se entregan en 7° Básico, cuando los estudiantes tienen alrededor de 12 años. Eso no es primera infancia: es adolescencia temprana.
Si se va a eliminar una política pública con 17 años de historia, lo mínimo es saber a quién beneficia.
MOVILIDAD SOCIAL SIMBÓLICA
No significa que una persona haya ascendido objetivamente de clase.
Significa que consume suficientes símbolos de la clase superior como para comenzar a identificarse culturalmente con ella, y desde luego, también votar como ella.
Un teléfono de última generación puede caber en el bolsillo de alguien que no tiene cómo enfrentar un mes sin sueldo. Esa mezcla de prosperidad visible y fragilidad económica ofrece una pista sobre el avance de ciertas derechas latinoamericanas.
Propongo llamarlo la hipótesis de la movilidad social simbólica: una persona que se identifica políticamente con la posición que desea ocupar. Su cuenta bancaria sigue abajo; su pertenencia imaginaria ya subió. La batalla cultural consiste, en parte, en administrar esa distancia.
Durante décadas, organizaciones y partidos construyeron identidades alrededor del trabajo y necesidades compartidas. Hoy esas pertenencias compiten con una vitrina planetaria. La medida del éxito es el influencer y el empresario que exhibe su Rolex y asegura que cualquiera puede conseguirlo. El premio Nobel necesita desarrollar un argumento; el millonario sólo necesita mostrar el automóvil.
Querer vivir mejor es legítimo. La cuestión es qué entendemos por mejorar. Comprar bienes puede ampliar el bienestar, pero no equivale a adquirir patrimonio, estabilidad o autonomía. El crédito permite adelantar el consumo sin adelantar la seguridad. Primero se compra la apariencia; después se trabaja para financiarla.
El ascensor tiene espejo, aunque no siempre tenga motor.
La vulnerabilidad es real: el informe económico latinoamericano de la OCDE de 2025 sitúa en 55,1% la informalidad laboral regional. Sobre ese suelo puede levantarse una identidad de triunfador en espera. El empleado se imagina empresario; el endeudado, inversionista; el trabajador sin protección, enemigo de regulaciones que también podrían protegerlo. No cambió necesariamente de clase: cambió de equipo imaginario.
Ahí ciertas derechas han encontrado una oportunidad. Ofrecen pertenencia al mundo del éxito. Un impuesto a las grandes fortunas puede sentirse como agresión personal para quien jamás lo pagará. No defiende su patrimonio actual; defiende el patrimonio imaginario que supone destinado a tener. Es el mismo club, pero con membresías diferentes: unos cobran dividendos y otros pagan cuotas.
El relato libertario encaja en esa experiencia: eres una empresa, tu vida es una inversión y el Estado es el obstáculo. La frustración encuentra culpables; la complejidad pierde audiencia. Explicar desigualdad o protección social exige tiempo. Decir «te están robando» cabe en un video. La agresividad incluso puede presentarse como coraje: atropellar al otro se confunde con abrirse camino.
Las redes ofrecen condiciones para amplificar ese lenguaje. No vuelven derechista a nadie por sí solas, pero hacen cotidianas la comparación, la indignación y la exhibición. Los bots y las noticias falsas pueden reforzar pertenencias previas: lo conveniente se acepta; lo incómodo se descarta. La verdad corre el riesgo de convertirse en un servicio personalizado.
La izquierda tampoco puede refugiarse en su superioridad intelectual. La inflación, la inseguridad, la corrupción y las promesas incumplidas importan. Quien salió de la pobreza quiere avanzar, no recibir eternamente una felicitación por haber salido. Si la política ofrece esperas interminables, alguien venderá atajos. La socialdemocracia nórdica inspira; difícilmente satisface la urgencia de llegar a fin de mes. Dinamarca, Noruega y Finlandia quedan demasiado lejos no sólo geográficamente.
Obviamente esta hipótesis no explica cada elección. Invita a mirar al ciudadano que cambió mientras la política repetía sus discursos. La derecha llama batalla cultural a esa disputa. Su victoria más rentable quizá sea la siguiente: conseguir que alguien defienda los privilegios de una clase a la que no pertenece, mientras paga intereses por parecerse a ella.
@MisColumnas
Un detalle a propósito de esta nota de hoy en La Segunda, es que el acuerdo al que llegó Zaliasnik en el Caso Moreira para suspender la causa lo hizo con un fiscal (Guerra) que está actualmente preso por corrupción entre otras decisiones justamente por ésta. Un pequeño detalle.
Las iglesias evangélicas son la punta de lanza de la ultraderecha en España. Estás sectas destructivas son las que han dado el poder a Trump o Bolsonaro.
Esto fue ayer en el barrio obrero de Carabanchel #Madrid
El fanatismo evangélico es un peligro social.