@TheObjective_es Creo que está mezclando al padre, Antonio, cuyas teorías eran bastante discutibles, con el hijo, Juan Antonio, a quien le concedieron la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad en 1969.
Hay muchos motivos de preocupación. Los hay y es necesario decirlo. Pero jamás pensé que iba a ver a Nuestro Señor Jesucristo reinando en las calles de Madrid, como ha pasado hoy. Con los honores que merece el único Rey verdadero.
Debemos mantener la esperanza. ¡Viva Cristo Rey!
“La cárcel es el único rival al que el corrupto no está seguro de poder sobornar. Por eso huye hacia adelante y pagará lo que haga falta”
Lean al gran @BenitoArrunada
Al final de la huida https://t.co/SBjXaWo6RH vía @TheObjective_es
“Lo tiene todo para ser un buen presidente, incluso para pasar a la historia como un gran presidente. Tampoco se necesita mucho, la verdad, a la vista de lo que hemos tenido. Basta con ser un padre de familia sensato y un español honrado, dispuesto a velar por el bien común y a ser el presidente de todos los españoles, no solo de los de su cuerda”
Me gusta mucho siempre don @JCacho_Conlupa pero hoy me ha gustado muchísimo. La normalidad y la moderación deben recuperar su prestigio. Aunque sólo sea porque son más eficaces.
Visto en @voz_populi | Feijóo y la gata Flora https://t.co/F6Bo5kNqzq
“Si lo que quieres es que no te investiguen, a lo mejor es que no tienes que pactar con el PP la renovación del CGPJ”.
Claro, lo mejor hubiera sido que el partido nombre incluso a todos los jueces, como en México. Así no te investiga nadie.
Totalitarismo.
🚨🚨Comunicado de todas las asociaciones de jueces y fiscales profesionales e independientes , ante los gravísimos hechos de acoso, denigración y hostigamiento a la magistrada Beatriz Biedma, que se están publicando en los medios de comunicación, que contrastan con la vergonzosa y tibia nota del CGPJ y con el
impresionante silencio de algunos.
Creo que este duro comunicado debe ir acompañado de otras actuaciones que se intuyen en su párrafo final, y que deberían pasar por la inmediata comunicación a las instituciones europeas de lo que aquí está ocurriendo e incluso, cuando la investigación avance y se concreten las imputaciones, por el ejercicio de las oportunas acciones legales.
A ti que lees esto y te indignas, te pido que retuitees y difundas 👇👇
Captura Regulatoria
En la Universidad de Chicago de los años 70, un economista llamado George Stigler, premio Nobel en 1982, diseccionaba con bisturí implacable el mito del Estado regulador benevolente. Observaba cómo las agencias creadas para «proteger al público» terminaban, con el paso del tiempo, sirviendo a los mismos intereses que debían vigilar. No era corrupción de unas cuantas manzanas podridas: era el resultado predecible de los incentivos. Los regulados tienen mucho que ganar concentrando recursos en presionar, mientras los ciudadanos dispersos apenas notan el costo por cabeza. Así nació la «captura regulatoria»: las agencias terminan controladas por la industria, los lobbies o los ideólogos internos que supuestamente deben domesticar.
Stigler lo explicó con frialdad matemática: la regulación no es un bien público neutral, sino un bien privado que se compra y se vende en el mercado político. Los reguladores necesitan información, votos, empleos futuros y financiación; los regulados se los ofrecen a cambio de reglas que levanten barreras de entrada, eliminen competencia incómoda o repartan subsidios. El resultado es un «cartel estatal» disfrazado de interés general.
Esta dinámica, que parecía un vicio del capitalismo sucio, revela su máxima potencia cuando se aplica al socialismo y sus variantes. En los regímenes comunistas el Estado es simultáneamente regulador, juez, productor, propietario y árbitro. La captura ya no es parcial, es «captura total». La nomenklatura soviética, esa nueva clase parasitaria que Milovan Djilas denunció con asco, no regulaba a las empresas; era la empresa. Controlaban los medios de producción y los medios de represión. El resultado fue la economía más capturada de la historia: fábricas que producían chatarra porque los directores respondían a cuotas políticas, no a la demanda real; koljoses que arruinaban la tierra porque los comisarios capturaron la planificación agrícola. Cuando cayó el Muro, no se derrumbó una economía; se desmoronó un gigantesco esquema de rent-seeking (búsqueda de ganancia) institucionalizado.
En la izquierda democrática del siglo XXI la captura adopta formas más sofisticadas y, por eso mismo, más repugnantes. Las agencias «ambientales» son capturadas por empresas «verdes» que viven de subsidios y mandatos de energías renovables, mientras ignoran la física elemental de la intermitencia y la densidad energética. Los burócratas educativos son capturados por sindicatos docentes que defienden con uñas y dientes el monopolio público, aunque los informes PISA muestren año tras año el naufragio sistemático de la educación pública y de que los padres hartos clamen, suplicantes, por «vales educativos» y «escuelas libres» que les devuelvan algo de control sobre el futuro de sus hijos.
Las oficinas de «igualdad» y «antidiscriminación» terminan en manos de activistas woke que convierten la ley en un arma de caza contra los disidentes, mientras las verdaderas víctimas de discriminación esperan en la cola.
Todo ello financiado, por supuesto, con impuestos de la clase media y ganancias de las grandes corporaciones que aprendieron a surfear la ola regulatoria: «capitalismo de amigotes con bandera arcoíris», le llaman algunos. Los mismos que ayer exigían más Estado para «controlar a las multinacionales» hoy son las multinacionales que financian tanques pensantes progres y contratan ex-reguladores a sueldos obscenos. La ironía es tan deliciosa que duele.
Los ingenieros sociales de izquierda siguen vendiendo el cuento del «Estado regulador benevolente» como si fuera un ente platónico inmune a los incentivos humanos. Cada nueva agencia, cada nuevo ministerio de la «transición ecológica», cada comisariado de la «diversidad» se convierte en un gran feudo donde se reparten los presupuestos, los contratos y el poder. La entropía burocrática crece, la corrupción se institucionaliza y el ciudadano de a pie paga la factura en impuestos, precios inflados y libertades recortadas.
Mientras tanto, las soluciones que realmente erosionan la captura (competencia real, propiedad privada clara, reglas generales y estables, responsabilidad electoral dura) son precisamente las que la tribu roja demoniza como «neoliberalismo salvaje». Prefieren un Estado hipertrofiado que promete protegerte de los lobos y termina siendo el lobo más grande, con credenciales académicas y fondos públicos.
La captura regulatoria no es un fallo corregible con «más democracia participativa». Es la ley de hierro de cualquier sistema donde el poder coercitivo se mezcla con los intereses económicos sin contrapesos efectivos. Y en eso, como en tantas otras cosas, el socialismo no representa la superación del capitalismo: representa su forma más obscena y completa.
Desajuste Evolutivo («Evolutionary Mismatch»)
En las sabanas africanas de hace 200 000 años, un homínido con cerebro apenas más grande que un puño observaba el horizonte. Su supervivencia dependía de leer correctamente las intenciones de los otros cincuenta miembros de su banda: ¿aliado, rival, pariente, traidor? Cada decisión, compartir carne, vigilar al infiel, expulsar al flojo, estaba cableada por miles de generaciones de selección natural. Ese cerebro no evolucionó para megaciudades, estados-nación de cientos de millones ni abstracciones como «la humanidad». Evolucionó para un mundo de escasez, parentesco alto y reciprocidad directa. Ese es el desajuste evolutivo: los instintos que nos salvaron en la Edad de Piedra se convierten en trampas mortales en la modernidad.
Concepto central de la Psicología Evolutiva, desarrollado por figuras como Leda Cosmides, John Tooby y David Buss en las últimas décadas del siglo XX, el desajuste explica por qué los mecanismos adaptativos en entornos ancestrales (Environment of Evolutionary Adaptedness o EEA) generan disfunciones hoy. No es que seamos «defectuosos»; es que el entorno cambió más rápido que nuestro hardware genético.
«Altruismo», «solidaridad» y «justicia social» suenan nobles en un mitin. En la práctica, chocan frontalmente contra ese cableado tribal. El ser humano está diseñado para cooperar intensamente con parientes cercanos y reciprocadores directos en grupos de 50-150 personas (el famoso número de Dunbar). En ese entorno, la solidaridad no era virtud abstracta, era estrategia de supervivencia. Compartías la presa porque mañana podrías necesitar que te la compartieran. Castigabas al vividor porque ponía en riesgo la banda entera. El parentesco y la reputación eran monedas de cambio fiables.
El socialismo a escala nacional, ese experimento recurrente de «solidaridad obligatoria», ignora todo esto con mucha arrogancia. Intenta expandir el instinto tribal a millones de desconocidos que nunca verás, que no comparten tus genes ni tu reputación. El kibutz israelí funcionó medianamente mientras permaneció pequeño y voluntario; cuando el Estado lo escaló, se llenó de parásitos y se desintegró. La URSS, China maoísta, Cuba, Venezuela: todas prometieron el «hombre nuevo» solidario. Todas terminaron con burócratas robando, ciudadanos fingiendo trabajar y delatores prosperando. La naturaleza humana no se reprograma por decreto.
La izquierda identitaria es aún más burda. Explota deliberadamente los instintos de coalición tribal («oprimidos vs opresores», «blancos vs gente de color», «cis vs trans») pero en sociedades complejas y multiétnicas. En la sabana, reconocer a tu coalición era cuestión de vida o muerte. Hoy, esa misma psicología ancestral se usa para fragmentar naciones enteras en tribus hostiles que se odian con saña prehistórica, mientras los activistas de élite viven en barrios seguros y mandan a sus hijos a colegios privados. «Amar a la humanidad» abstracta es biológicamente absurdo; nuestros cerebros no están cableados para eso. Ignorar señales de parentesco, reciprocidad y competencia cultural tampoco.
La inmigración masiva sin asimilación reactiva instintos xenófobos que los mismos progresistas llaman «racismo», sin entender que esos instintos existían por una razón en los entornos ancestrales llenos de amenazas reales. La obsesión igualitaria ignora que los humanos evolucionamos para jerarquías de estatus y diferencias individuales.
«El socialismo sería maravilloso si no fuera por la naturaleza humana», dicen algunos con sorna. Exacto. Pero la naturaleza humana no es negociable. Es el producto de una implacable ingeniería evolutiva. El capitalismo de mercado, en cambio, alinea mejor esos instintos defectuosos: competencia (como en la sabana), reciprocidad voluntaria (trueque y comercio), propiedad privada (equivalente al territorio y herramientas ancestrales) y reputación a través de precios y contratos. No exige que ames al prójimo abstracto; solo que lo sirvas si quieres que te sirva.
Enfermedad de los Costos de Baumol
En un aula polvorienta de la Universidad de Princeton a mediados de los años 60, el economista William Baumol observaba con ironía cómo el progreso técnico parecía condenar a ciertos sectores a la ruina relativa. Junto a William Bowen, analizaba la orquesta sinfónica: una sinfonía de Mozart sigue requiriendo exactamente los mismos músicos que en el siglo XVIII. No hay forma de «producir» más cuartetos de cuerda por músico ni de acelerar la ejecución sin destrozar la obra. Mientras tanto, en la fábrica de al lado, la productividad industrial se multiplicaba gracias a las máquinas, la automatización y la división del trabajo. Los salarios, sin embargo, tienden a igualarse entre sectores porque los trabajadores compiten por los mismos empleos. ¿Cuál es el resultado? los costos en los sectores de productividad estancada, como educación, salud, artes o administración pública, explotan sin que la producción mejore proporcionalmente.
Esa es la «Enfermedad de los Costos de Baumol»: un cáncer estructural donde los salarios suben al ritmo de la economía general, pero la productividad no, condenando a esos sectores a costos crecientes crónicos.
La lógica es implacable. En un sistema de mercado, los sectores productivos generan riqueza que permite pagar más a todos. Pero los sectores «baumolianos» no pueden absorber esa riqueza generando más valor por hora trabajada. Por tanto, o suben los precios, o dependen de subsidios crecientes, o degradan la calidad. No es fallo de gestión; es una ley económica tan inexorable como la gravedad.
Y aquí es donde el socialismo y el estatismo moderno entran en escena con la arrogancia de quien cree poder derogar la realidad a golpe de decreto. Los progresistas prometen «educación gratuita y de calidad para todos», «sanidad universal sin esperas» y una burocracia «eficiente al servicio del pueblo». Lo que entregan es una orgía de costos desbocados financiada con impuestos confiscatorios o deuda eterna. En Estados Unidos, el gasto sanitario per cápita se ha multiplicado por más de diez desde 1960 ajustado por inflación, mientras la esperanza de vida y los indicadores de salud reales han mejorado poco o nada en comparación con países con sistemas más liberales. En Europa, los sistemas públicos devoran presupuestos enteros mientras las listas de espera se eternizan y la innovación médica se estanca fuera del sector privado.
Los países nórdicos, el eterno escaparate de la izquierda, funcionan solo mientras parasitan una base productiva capitalista fuerte que genera los excedentes para pagar la fiesta baumoliana. Pero basta con aumentar la inmigración masiva de baja cualificación, el envejecimiento demográfico o simplemente expandir el Estado para que la enfermedad se agrave hasta lo insoportable. Suecia y Dinamarca ya recortan sus prestaciones y suben los copagos en silencio. El milagro nórdico no prueba que el socialismo light sea viable; prueba que el capitalismo es tan robusto que puede subsidiar durante décadas la ineficiencia estatal hasta que deja de poder.
El comunismo clásico y el socialismo real fueron versiones hipertróficas del mismo error. La URSS y Cuba convirtieron toda la economía en un sector baumoliano gigante: salarios planificados al alza, productividad planificada al suelo y coerción para tapar el agujero. Ello provocó escasez crónica, colas para el pan y médicos que cobraban en vodka porque su sueldo oficial no daba ni para los zapatos. Venezuela repite el experimento con petróleo: más gasto en «misiones» educativas y sanitarias, menos médicos de verdad, más propaganda y su población rebuscando en los basureros.
La izquierda cultural actual empeora la patología. No solo expanden la burocracia; la llenan de activistas, departamentos de diversidad, formadores en género y burócratas de equidad. Sectores enteros (universidades, ONG, administraciones) se convierten en máquinas de destruir la productividad mientras sus costos siguen subiendo. Un profesor universitario hoy produce menos enseñanza efectiva por hora que hace cincuenta años (más ponencias irrelevantes, menos horas de clase, más ideología), pero cobra mucho más. La «educación inclusiva» no mejora los resultados PISA; los empeora mientras el gasto por alumno se dispara.
En resumen, la Enfermedad de Baumol no es un problema técnico que el Estado pueda «gestionar mejor». Es un recordatorio brutal de que no todo se puede socializar sin destruir la riqueza. El socialismo ignora esta enfermedad porque su fe prometeica exige creer que el paraíso se construye aumentando el gasto público indefinidamente. La realidad responde siempre igual: primero con promesas utópicas, luego con impuestos asfixiantes, después con una deuda impagable y finalmente con colapso o estancamiento crónico. El capitalismo, en cambio, minimiza el problema confinando estos sectores al mínimo imprescindible y dejando que la competencia y la innovación ataquen la raíz de la estancamiento productivo.
Todo lo demás es ilusionismo fiscal que termina pagando la clase media con su futuro.
Teoría de la Elección Pública
En un despacho austero de la Universidad de Virginia a principios de los años 60, dos economistas estadounidenses, James M. Buchanan y Gordon Tullock, miraban con lucidez implacable el espectáculo de la política moderna. No veían nobles servidores del bien común, sino seres humanos de carne y hueso, racionales y egoístas, que respondían a incentivos exactamente igual que cualquier tendero, banquero u obrero. De esa observación brutal surgió The Calculus of Consent (1962) y, poco después, la Teoría de la Elección Pública: la política no es un reino de altruistas desinteresados; es un mercado más, donde políticos, burócratas y votantes persiguen su propio beneficio, y donde los grupos de interés concentrados capturan el poder mientras los costos se difunden entre millones de contribuyentes invisibles. El «rent-seeking», esa fea palabra que Buchanan popularizó, consiste en buscar ganancias no creando riqueza, sino manipulando el aparato estatal para arrebatar recursos ajenos mediante regulaciones, subsidios o privilegios legales.
La idea es demoledoramente simple y, por eso mismo, intolerable para los románticos del poder: nadie en el gobierno es un «ángel guardián». Son agentes racionales que maximizan votos, presupuesto, prestigio y poder personal. Los votantes, racionalmente ignorantes, no estudian los programas; votan por promesas que les cuestan poco y les benefician mucho. Los burócratas expanden sus reinos porque su salario, su estatus y su jubilación dependen del tamaño del imperio que controlan. Y los lobbies, esos grupos pequeños y bien organizados, pagan el precio de la captura regulatoria porque los beneficios son enormes y concentrados, mientras los costos se reparten entre todos los demás como una niebla invisible.
Esta teoría, una de las más corrosivas de la economía del siglo XX (Buchanan recibió el Nobel en 1986 precisamente por destripar el mito del Estado benevolente), no se queda en los manuales académicos. Se manifiesta con saña especial en los experimentos socialistas y comunistas, donde el Estado no es un árbitro neutral, sino el propietario absoluto de todo. Cuando el aparato controla la producción, los precios, el empleo y hasta los pensamientos, el «rent-seeking» deja de ser un vicio marginal y se convierte en el único deporte nacional. La nomenklatura soviética no era una anomalía; era el resultado lógico de este proceso. Una nueva clase dominante que vivía en dachas, comía caviar y enviaba a los disidentes al Gulag mientras predicaba la igualdad. La «boliburguesía» venezolana, esos militares, ministros y enchufados que se repartieron PDVSA, empresas expropiadas y dólares preferenciales, no traicionó al chavismo; lo perfeccionó. Los cuadros del Partido en China actual no son comunistas del siglo XIX; son capitalistas de Estado con carnet rojo que amasan fortunas mientras el proletariado sigue siendo proletariado.
En la izquierda democrática el mecanismo es más refinado, pero idéntico en esencia. Los políticos prometen «bienes públicos gratis» como sanidad universal, educación gratuita, renta básica y subsidios verdes, financiados supuestamente por «los ricos» o por la deuda eterna. En realidad maximizan su propio stock de poder: cada nuevo programa crea clientelas dependientes, cada ministerio engorda burocracias leales, cada ley de «justicia social» multiplica los reguladores e inspectores que viven del presupuesto ajeno. Sindicatos de la educación pública bloquean cualquier reforma porque su monopolio les garantiza sueldos, privilegios y jubilaciones doradas a costa de generaciones de niños condenados a la mediocridad. ONG progresistas capturan fondos públicos para «luchar contra el odio» mientras sus directivos viajan en business class y dictan moral desde tribunas pagadas con impuestos. No hay ángeles en el poder; hay maximizadores de utilidad que, al expandir el Estado, expanden su propio botín.
El socialismo «real» siempre genera una nueva clase dominante porque la Teoría de la Elección Pública es implacable: cuando eliminas el mercado y la propiedad privada, no eliminas el egoísmo humano; simplemente lo canalizas hacia la única vía que queda, la política. El resultado no es el paraíso sin clases; es una cleptocracia con eslóganes igualitarios. Los costos se socializan, los beneficios se privatizan en mansiones, cuentas en Suiza y yates. Y cuando alguien señala la estafa, la respuesta es la de siempre: más Estado, más control, más represión para que el cuento no se derrumbe.
La Teoría de la Elección Pública no es cínica; es honesta. Brutalmente honesta. Nos recuerda que el poder corrompe y que el poder absoluto, el sueño húmedo de todo socialista, corrompe absolutamente. Por eso los regímenes que concentran todo en el Estado no producen igualdad; producen castas intocables con carnet del Partido. El resto del rebaño solo recibe las migajas y la factura.
Cloris Leachman's final scene in "The Last Picture Show" (1971) was filmed without any rehearsal. She wanted to rehearse the scene but Peter Bogdanovich was against the idea as he thought that it would ruin the scene.
Bogdanovich was so happy with the first take, he said to her, "Cut, print, you just won the Oscar.’
Leachman replied, ‘I can do it better.’
Then Bogdanovich said, ‘No, you can’t.’
Bogdanovich felt that way since the scene was so fresh and she was shaking. He knew she couldn’t possibly do it better. She could hardly breathe after filming the scene.
He was proved right when she won the Oscar for her performance.
P.S: Remembering Cloris Leachman on her 100th birthday!
("Remembering Cloris Leachman, an Oscar- and Emmy-Winning Actor of Stunning Range", Stuart Emmrich, Vogue, 2021 & IMDb)
Lo que ocurrió este fin de semana en La Sexta es un retrato perfecto de cómo funciona la España Sanchista.
Un joven del PP (otro partido socialdemócrata patrio) dice que un trabajador con 18.000 euros paga el triple de IRPF desde que Sánchez llegó al poder. Los tertulianos se ríen. La cadena lo titula como un “ejercicio de imaginación”. Los políticos de izquierda lo amplifican encantados.
Problema: el chaval se quedó corto. No es el triple. Es el cuádruple.
Los números los elaboró Juan González @Jongonzlz , ingeniero, uno de los mejores divulgadores económicos en la actualidad con permiso de @juanrallo .
Son cálculos simples, públicos, verificables. Un salario real de 18.000 euros de 2026 equivalía en poder adquisitivo a 14.290 euros en 2019.
Aplicando la ley del IRPF, en 2019 ese trabajador pagaba 124 euros. En 2026 paga 623. Cuatro veces más. Sin que nadie haya votado una subida formal de impuestos. Solo por no deflactar la escala.
Juan González pasó el domingo entero llamando a la puerta de cada tertuliano, de cada político que había amplificado la mentira. Les pedía una sola cosa: si los cálculos están mal, dime dónde.
Respuestas rigurosas recibidas: cero. El único que respondió fue un tal Santi Rivero, diputado del PSOE en la Asamblea de Madrid, para insultarle sin un solo argumento sobre el fondo.
Este mismo diputado votará en el parlamento si deflactar o no el IRPF. Sin entender qué es deflactar. Sin saber que sus votantes pagan cuatro veces más impuestos reales que en 2019.
Y los medios, en vez de señalar a los que mienten, señalaron al que decía la verdad.
Esto no es un debate sobre fiscalidad. Es un debate sobre si la mentira organizada puede seguir funcionando cuando los datos son públicos, verificables y reproducibles por cualquier inteligencia artificial en treinta segundos.
La buena noticia es que cada vez lo tiene más difícil. La mala, que mientras tanto siguen votando sobre nuestros impuestos.
Viva la libertad, carajo.
🚨🚨QUEDAN JUECES EN BERLIN (MADRID)
Importantísima declaración institucional de los Jueces de la Sección de Instrucción del Tribunal de la Instancia de Madrid , sobre los ataques del
Ministro Bolaños al Juez Peinado.
No dejen de leerla y, por favor, les pido retuit👇👇👇👇
Mi Tesla en Miami se conduce solo. Mi Tesla en Madrid no. Es el mismo coche, el mismo software, el mismo hardware. La diferencia es que en Estados Unidos la tecnología se evalúa por sus resultados y en Europa se prohíbe por sus procedimientos.
El Full Self-Driving de Tesla está prohibido en España y en toda la Unión Europea por una norma llamada UNECE R79, diseñada originalmente para regular la dirección asistida. R79 prohíbe que un sistema automatizado controle el volante en cualquier calle donde haya peatones o ciclistas. Es como prohibir los aviones porque la normativa de globos aerostáticos no los contempla.
Mientras Europa debate, Estados Unidos mide. Los datos de Tesla sobre más de ocho mil millones de kilómetros muestran que el FSD es hasta ocho veces más seguro que un conductor humano en colisiones graves. Y no lo dice solo Tesla. Lemonade, aseguradora cotizada en el NYSE, ha lanzado un producto que reduce a la mitad la prima por cada kilómetro recorrido con FSD activado, conectándose directamente a la telemetría del vehículo. Si el sistema fuera peligroso, Lemonade perdería dinero en cada póliza. No lo pierde porque los datos actuariales confirman que el riesgo se desploma cuando el software conduce.
Las aseguradoras no hacen política. Apuestan su capital. Y cuando una aseguradora apuesta a que una tecnología es segura, esa tecnología es segura. Europa no protege a sus ciudadanos prohibiendo el FSD. Los pone en peligro obligándolos a depender del recurso más impredecible que existe en la carretera: el ser humano.