¿Cuándo van a entender que criticar a Abelardo no te convierte en Petrista? Hay gente que todavía no entiende una idea básica: uno puede rechazar a Petro y también cuestionar a Abelardo. Se llama tener criterio, no cambiar de amo.
La patria milagro como que es resultado de serios problemas de memoria, estas propuestas jamás existieron en el imaginario de las ultimas presidencias... wow ¿cómo no se les ocurrio antes?
Interesante visión de @JoMalagon en Asobancaria para construir un Milagro en Colombia:
Inclusión financiera, combatir el gota a gota, innovación, educación financiera, alivios financieros, modernización y trabajo articulado entre el Estado y la banca.
Sr. Vicepresidente, con todo el respeto, cuando habla de "agradecer a la comunidad internacional", buena parte de la misma no está invitada, por razones dudosas. Agradezco de antemano su atención.
Una de las cosas que ha traído la llegada de la ultraderecha al poder es la desinhibición de la gente para decir cosas que ofenden a parte de la sociedad de un Estado liberal democrático. Es como si hubieran estado amordazados entre las cavernas hasta que pudieron salir desbocados y convertidos en energúmenos.
La asquerosidad de convertir una tragedia en “prueba divina”
El 17 de agosto de 2026, en su primera alocución oficial como presidente, Abelardo de la Espriella pronunció estas palabras:
«Las cosas de Dios, queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura y en su sabiduría lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato.»
No es un chiste. No es una metáfora descuidada. Es la afirmación literal de que el terremoto del 10 de agosto —que ha dejado cientos de muertos, miles de heridos y decenas de miles de familias sin hogar— fue una decisión deliberada de Dios, tomada con sabiduría, y ejecutada precisamente cuando él asumió el poder.
La frase no admite interpretaciones suaves. El presidente está diciendo que un dios omnipotente y omnisciente eligió aplastar a niños, ancianos y trabajadores bajo escombros para “poner a prueba” a su gobierno. Y que esa decisión, lejos de ser un escándalo moral, es muestra de sabiduría divina.
Las incoherencias que gritan
Un dios que lo sabe todo y puede todo no necesita “pruebas”. Si es omnisciente, ya conoce de antemano el carácter, la capacidad y la voluntad de cualquier gobernante. Poner a prueba a alguien implica incertidumbre: implica no saber cómo responderá. Un ser que no sabe es, por definición, limitado. Un dios que necesita comprobar la fortaleza de un gobierno humano mediante un sismo, no es un ser todopoderoso que merezca adoración; es un personaje teatral que necesita drama y sangre, que solo pudo haber salido de la imaginación de un guionista de terror.
Pero el problema es más grave. Según el relato presidencial, esa “sabiduría” se manifestó en la destrucción de más de 26.000 viviendas, en la muerte por aplastamiento de casi trescientas personas y en el dolor de más de 120.000 familias afectadas. Dios, en su infinita sabiduría, decidió que la mejor manera de examinar el talante del nuevo mandatario era dejar a miles de colombianos sin techo, sin familiares y, en muchos casos, sin vida.
¿Qué clase de sabiduría es esa? ¿Qué clase de moralidad es esa? Convertir el sufrimiento de inocentes en instrumento pedagógico religioso para un presidente es una idea profundamente inmoral. Es transformar a las víctimas en material de laboratorio de un experimento divino cuyo único beneficiario político es el hombre que acaba de llegar al poder.
La normalización de lo intolerable
Lo más inquietante no es solo que el presidente lo diga. Es que una parte importante de la opinión pública lo escuche con naturalidad, lo comparta como “palabra de fe” o, en el mejor de los casos, lo pase por alto como una frase piadosa más. ¿Cómo es posible que tantas personas no perciban la asquerosidad implícita en esa afirmación? ¿Cómo es posible que no se sienta como un insulto a la inteligencia y a la dignidad de las víctimas?
Porque normalizar este tipo de lenguaje es aceptar que el sufrimiento humano puede ser justificado retrospectivamente como “voluntad de Dios” siempre que coincida con el calendario político de alguien. Es aceptar que los muertos del 10 de agosto no son solo víctimas de un fenómeno geológico, sino piezas de un plan divino cuyo propósito principal era poner a prueba a Abelardo de la Espriella. Es convertir la tragedia en propaganda teológica.
Un presidente laico de una república constitucional no tiene por qué profesar ateísmo. Tiene, sin embargo, la obligación mínima de no instrumentalizar la religión y la muerte de cientos de ciudadanos para construir una narrativa de destino providencial alrededor de su propio mandato. Cuando lo hace, no está consolando a nadie: está sacralizando su poder a costa del dolor ajeno.
Las placas tectónicas no consultan el calendario electoral. Los terremotos no llegan para examinar gobiernos. Llegan porque la tierra se mueve desde hace millones de años. Convertir esa realidad física en “prueba divina” es una forma particularmente cínica de despreciar tanto a la razón como a las víctimas.
Asociación de Ateos de Bogotá
La asquerosidad de convertir una tragedia en “prueba divina”
El 17 de agosto de 2026, en su primera alocución oficial como presidente, Abelardo de la Espriella pronunció estas palabras:
«Las cosas de Dios, queridos compatriotas, solo Dios las sabe. Él decidió ponernos en esta prueba tan dura y en su sabiduría lo hizo justo el día en que comenzó mi mandato.»
No es un chiste. No es una metáfora descuidada. Es la afirmación literal de que el terremoto del 10 de agosto —que ha dejado cientos de muertos, miles de heridos y decenas de miles de familias sin hogar— fue una decisión deliberada de Dios, tomada con sabiduría, y ejecutada precisamente cuando él asumió el poder.
La frase no admite interpretaciones suaves. El presidente está diciendo que un dios omnipotente y omnisciente eligió aplastar a niños, ancianos y trabajadores bajo escombros para “poner a prueba” a su gobierno. Y que esa decisión, lejos de ser un escándalo moral, es muestra de sabiduría divina.
Las incoherencias que gritan
Un dios que lo sabe todo y puede todo no necesita “pruebas”. Si es omnisciente, ya conoce de antemano el carácter, la capacidad y la voluntad de cualquier gobernante. Poner a prueba a alguien implica incertidumbre: implica no saber cómo responderá. Un ser que no sabe es, por definición, limitado. Un dios que necesita comprobar la fortaleza de un gobierno humano mediante un sismo, no es un ser todopoderoso que merezca adoración; es un personaje teatral que necesita drama y sangre, que solo pudo haber salido de la imaginación de un guionista de terror.
Pero el problema es más grave. Según el relato presidencial, esa “sabiduría” se manifestó en la destrucción de más de 26.000 viviendas, en la muerte por aplastamiento de casi trescientas personas y en el dolor de más de 120.000 familias afectadas. Dios, en su infinita sabiduría, decidió que la mejor manera de examinar el talante del nuevo mandatario era dejar a miles de colombianos sin techo, sin familiares y, en muchos casos, sin vida.
¿Qué clase de sabiduría es esa? ¿Qué clase de moralidad es esa? Convertir el sufrimiento de inocentes en instrumento pedagógico religioso para un presidente es una idea profundamente inmoral. Es transformar a las víctimas en material de laboratorio de un experimento divino cuyo único beneficiario político es el hombre que acaba de llegar al poder.
La normalización de lo intolerable
Lo más inquietante no es solo que el presidente lo diga. Es que una parte importante de la opinión pública lo escuche con naturalidad, lo comparta como “palabra de fe” o, en el mejor de los casos, lo pase por alto como una frase piadosa más. ¿Cómo es posible que tantas personas no perciban la asquerosidad implícita en esa afirmación? ¿Cómo es posible que no se sienta como un insulto a la inteligencia y a la dignidad de las víctimas?
Porque normalizar este tipo de lenguaje es aceptar que el sufrimiento humano puede ser justificado retrospectivamente como “voluntad de Dios” siempre que coincida con el calendario político de alguien. Es aceptar que los muertos del 10 de agosto no son solo víctimas de un fenómeno geológico, sino piezas de un plan divino cuyo propósito principal era poner a prueba a Abelardo de la Espriella. Es convertir la tragedia en propaganda teológica.
Un presidente laico de una república constitucional no tiene por qué profesar ateísmo. Tiene, sin embargo, la obligación mínima de no instrumentalizar la religión y la muerte de cientos de ciudadanos para construir una narrativa de destino providencial alrededor de su propio mandato. Cuando lo hace, no está consolando a nadie: está sacralizando su poder a costa del dolor ajeno.
Las placas tectónicas no consultan el calendario electoral. Los terremotos no llegan para examinar gobiernos. Llegan porque la tierra se mueve desde hace millones de años. Convertir esa realidad física en “prueba divina” es una forma particularmente cínica de despreciar tanto a la razón como a las víctimas.
Asociación de Ateos de Bogotá
Tanto llorar por los balones de Abelardo cuando ha sido el único presidente que se ha ocupado por el verdadero problema del país: la escasez de un 9 para la Selección Colombia.
Como el personaje que tanto critica y que se desataba en las madrugadas en esta red social, ¿estará bajo los mismos efectos que supuestamente andaba el ya tu sabes?
Al ver que Israel envía a Colombia, muy gentil y obsequioso, un equipo de rescatistas, no puedo dejar de recordar con indignación que no dejó entrar a Gaza maquinaria ni brigadistas internacionales para salvar a las víctimas de sus bombas o rescatar sus cadáveres.