Cada verano reaparece el mismo bulo sobre las olas de calor y la energía nuclear, aunque se omite que su impacto real es mínimo, que tiene una solución técnica bien conocida y que las centrales españolas están mejor preparadas que las de otros países gracias a sistemas de refrigeración más robustos.
Se citan reducciones puntuales de producción en otros países como si fueran extrapolables a España, sin explicar que el diseño de la refrigeración cambia mucho de una central a otra. Ascó, Cofrentes y Trillo disponen de torres de refrigeración que enfrían el agua antes de devolverla al río. Almaraz utiliza el embalse de Arrocampo como circuito prácticamente cerrado y Vandellós II emplea agua de mar, cuya enorme capacidad térmica facilita la disipación del calor residual.
Como ocurre en cualquier central térmica, el aumento de la temperatura del agua en verano reduce ligeramente el rendimiento del ciclo termodinámico y puede traducirse en una pequeña pérdida de eficiencia. Ese efecto forma parte del funcionamiento normal de la instalación y, en España, no ha provocado paradas de reactores ni pérdidas relevantes de producción.
Las limitaciones aparecen sobre todo en centrales que captan agua directamente de un río y la devuelven sin pasar por torres de refrigeración. Cuando el caudal es bajo o la temperatura del agua aumenta demasiado, puede ser necesario reducir temporalmente la potencia para proteger el ecosistema acuático y cumplir la normativa ambiental. La seguridad del reactor nunca está en cuestión.
EDF ha reconocido que el impacto anual de estas reducciones en Francia representa menos del 0,3 % de toda su producción nuclear, una cifra prácticamente irrelevante que, sin embargo, cada verano se convierte en titulares alarmistas.
La solución técnica existe desde hace décadas y consiste esencialmente en instalar torres de refrigeración. Requieren inversión y consumen una pequeña parte de la energía generada, por lo que solo compensan cuando el coste de las pérdidas ocasionales supera el de construirlas. España ya resolvió ese problema allí donde era necesario, incorporando torres de refrigeración o sistemas equivalentes.
Quien crea que el calor extremo hace inviable la energía nuclear debería mirar a Palo Verde, en Arizona (en la imagen). Es una de las mayores centrales nucleares de Estados Unidos y opera con tres reactores en pleno desierto, lejos del mar y sin un gran río o lago para refrigerarse. Utiliza aguas residuales tratadas procedentes de ciudades cercanas y un gran sistema con nueve torres de refrigeración, demostrando que el verdadero límite no lo marca el calor, sino el diseño del sistema de refrigeración de cada central.
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