La Odisea 3000 años más tarde
La nueva película de Christopher Nolan ha vuelto a poner de moda una historia que lleva casi tres mil años sin desaparecer.
Una historia que cuenta algo aparentemente sencillo, la de un hombre que quiere volver a su hogar. Odiseo, llamado Ulises por los romanos, es rey de la pequeña isla griega de Ítaca y también uno de los principales héroes de la Guerra de Troya.
Después de haber visto dioses y monstruos, tiene como único objetivo regresar con su mujer y su hijo.
En su nueva película, Christopher Nolan selecciona, modifica y fusiona algunos episodios para construir su propia interpretación.
Desaparecen algunas aventuras y otras adquieren un significado nuevo, pero esas diferencias también permiten descubrir algo extraordinario, que cada época ha encontrado algo diferente dentro de la misma historia.
Quizás porque hemos dejado de creer en cíclopes, sirenas y hechiceras, pero seguimos conociendo personas que olvidan quiénes son, toman malas decisiones, necesitan ser reconocidas por quienes aman o descubren que llegar a casa no significa lo que imaginaban.
Saber mucho no impide equivocarse
Odiseo vence a Polifemo, un cíclope gigantesco hijo del dios Poseidón, gracias a una idea extraordinaria que está en la leyenda original, pero no en la película de Nolan.
Cuando el monstruo le pregunta su nombre a Odiseo, él responde Nadie. Después de cegarlo, el cíclope pide ayuda gritando que Nadie lo está atacando. Los demás cíclopes entienden que nadie le hace daño y se marchan.
Odiseo ha ganado mediante la inteligencia, pero entonces comete una estupidez. Cuando su barco ya se encuentra a salvo, no soporta que el cíclope no sepa quién lo ha derrotado.
Odiseo revela su verdadera identidad por orgullo y el cíclope pide a Poseidón, dios del mar y padre suyo, que castigue al responsable.
La inteligencia puede resolver problemas, pero no necesariamente gobierna el carácter. Podemos ser brillantes y vanidosos, prudentes durante una crisis e imprudentes inmediatamente después de superarla.
A veces no nos destruye aquello que ignoramos, sino nuestra necesidad de recibir reconocimiento por aquello que sabemos hacer.
Ser libre significa afrontar consecuencias
Los compañeros de Odiseo reciben advertencias constantemente, que no hagáis esto, no toquéis aquello, no os dejéis arrastrar por esa tentación... Y una y otra vez desobedecen.
En la isla donde pasta el ganado sagrado de Helios, dios del Sol, Odiseo les advierte expresamente que no maten a los animales. El hambre termina imponiéndose. Sus hombres sacrifican las reses y desencadenan la catástrofe que había sido anunciada.
Chris Nolan conserva el episodio y subraya la desesperación que conduce hasta él porque hay algo profundamente adulto en esta concepción de la libertad.
Ser libre no significa que nuestras decisiones carezcan de consecuencias. Significa precisamente que podemos elegir y que, por ello, tendremos que responder por lo elegido.
Odiseo tampoco queda fuera de esa ley. Su orgullo ante el cíclope tiene consecuencias. Sus engaños tienen consecuencias. Sus errores como jefe tienen consecuencias. La inteligencia no concede inmunidad frente a la realidad.
A veces estamos a punto de llegar y lo estropeamos nosotros mismos
Chris Nolan prescinde de uno de los episodios más frustrantes del poema. Eolo, señor de los vientos, recibe hospitalariamente a Odiseo y le entrega un saco donde ha encerrado los vientos desfavorables para que pueda regresar a Ítaca.
El viaje funciona. Ítaca llega incluso a divisarse en el horizonte. Odiseo, agotado, se duerme, pero sus compañeros sospechan que el saco contiene riquezas que su jefe pretende guardar para sí mismo y lo abren. Los vientos escapan y empujan nuevamente la embarcación mar adentro.
Habían conseguido prácticamente regresar. No los derrota un monstruo ni los vence Poseidón. Los derrota su propia desconfianza.
Hay fracasos que llegan después de recorrer miles de kilómetros y cuando faltaban solamente unos metros. Por eso, llegar casi hasta el final nunca equivale a haber llegado.
No todo lo agradable nos conviene
En la leyenda de Homero, algunos compañeros de Odiseo comen el loto que les ofrece un extraño pueblo y pierden el deseo de regresar. Odiseo tiene que llevárselos por la fuerza hasta los barcos.
No sufren, pero recisamente ese es el problema, ya no quieren volver.
La película traslada el loto a la isla donde vive Calipso, la ninfa que mantiene a Odiseo durante siete años con ella gracias al loto. El héroe va olvidando progresivamente su hogar y su pasado.
Christopher Nolan fusiona así dos episodios que Homero mantenía separados. Y añade un giro especialmente interesante. Calipso termina comprendiendo que aquello que le permite conservar físicamente a Odiseo está destruyendo precisamente al hombre que quería conservar.
La idea permanece. Podemos perder nuestra libertad no solamente mediante el dolor, sino también mediante aquello que nos anestesia.
El problema no es el placer. Odiseo come, bebe, descansa y disfruta muchas veces durante su viaje. El problema comienza cuando el placer deja de acompañar a la vida y empieza a sustituirla.
Hay comodidades y distracciones que no necesitan destruirnos violentamente. Les basta con conseguir que olvidemos hacia dónde íbamos.
Recordar también es una forma de ser
Chris Nolan introduce aquí uno de sus cambios más significativos. Cuando Calipso encuentra a Odiseo después del naufragio, tiene la mano fuertemente cerrada alrededor de un pequeño adorno de Atenea que Penélope, su esposa y reina de Ítaca, le había entregado antes de partir hacia Troya.
Ese objeto no existe así en Homero, pero cumple una función profundamente homérica. Mientras el loto borra sus recuerdos, Odiseo continúa aferrándose físicamente al último vínculo con su hogar.
Puede olvidar momentáneamente quién es, pero lo que está en su mano le impide olvidar del todo. Nosotros no necesitamos poseer un amuleto para comprender esta idea. Hoy puede ser una persona, una promesa, una fotografía, una oración, una costumbre, una canción o una casa.
La memoria no es únicamente un archivo de acontecimientos. También sostiene nuestra identidad.
El desconocido merece hospitalidad
Una frase reaparece constantemente en la película de Nolan: Hay que tratar bien al visitante porque nunca sabemos si puede tratarse de un dios.
No es una invención del director, es uno de los principios fundamentales de La Odisea. La hospitalidad sagrada protegida por Zeus.
Al extranjero se le ofrece alimento, cobijo y protección antes incluso de preguntarle quién es, porque puede ser un enviado de los dioses. Toda la obra puede leerse parcialmente como una sucesión de pruebas de hospitalidad.
Eumeo, el porquero que ha permanecido fiel durante la ausencia de su señor, trata dignamente al desconocido que aparece ante él sin saber que está atendiendo al propio Odiseo.
Los pretendientes de Penélope convierten la hospitalidad en parasitismo. Se instalan en la casa de otro hombre, consumen sus bienes y pretenden quedarse finalmente con su esposa y su reino.
Tres mil años después podemos prescindir de la posibilidad de encontrarnos a Zeus disfrazado y conservar intacta una enseñanza, que una sociedad revela mucho más de sí misma por cómo trata a quien se presenta ante ella sin poder ni credenciales.
Algunas tentaciones consisten en abandonar nuestra misión
Calipso representa algo todavía más complejo en el poema. Homero no necesita del loto mágico para hacer difícil la marcha, porque Calipso ya ofrece a Odiseo comodidad, amor e incluso la inmortalidad.
Odiseo prefiere Ítaca, y es una decisión incomprensible si la reducimos a un cálculo de ventajas. Su mujer es mortal. Él también. Ítaca tiene problemas. El viaje puede matarlo. Pero Ítaca es su hogar.
Y no únicamente su hogar en sentido sentimental. Allí están Penélope, su hijo Telémaco, su padre, su casa, sus propiedades, sus súbditos y sus obligaciones como rey.
Ítaca no es simplemente la fantasía de Odiseo. Es algo que existe fuera de su cabeza, con sus propias dificultades.
La Odisea distingue así entre vivir agradablemente y vivir nuestra propia vida. Elegir significa también renunciar.
Hay cosas peores que morir
Chris Nolan conserva el descenso al Hades, el reino de los muertos, pero modifica algunos de los encuentros.
Odiseo llega allí buscando a Tiresias, célebre adivino tebano cuyo espíritu debe explicarle cómo regresar. En el poema encuentra también a Aquiles, el formidable guerrero griego cuya gloria domina buena parte de La Ilíada.
Y Homero pone en su boca una de las grandes inversiones de toda la literatura heroica. Muerto y glorioso, Aquiles preferiría ser el trabajador más humilde entre los vivos antes que reinar sobre los muertos.
La gloria que parecía justificarlo todo resulta mucho menos valiosa vista desde la tumba. Después de tanta guerra, la pregunta resulta inevitable: ¿para qué sirve conquistar Troya si uno ya no puede regresar a casa?
Para continuar viviendo a veces hay que conversar con los muertos
Christopher Nolan aprovecha el Hades para desarrollar además una cuestión que cobra especial importancia en su versión, es decir, la culpa del superviviente. Odiseo lleva consigo el recuerdo de Troya y de los hombres que ha ido perdiendo.
La película introduce encuentros que no corresponden exactamente al episodio homérico, pero conserva la extraordinaria idea central de un hombre que necesita bajar al reino de los muertos para descubrir cómo continuar su camino entre los vivos.
No hace falta convertir el Hades en una metáfora psicológica para reconocer la universalidad de esa imagen.
Hay pérdidas, miedos y recuerdos que no desaparecen porque procuremos no mirarlos. En ocasiones, atravesarlos es precisamente lo que permite continuar.
Conocer nuestras debilidades también es sabiduría
Odiseo quiere escuchar el canto de las sirenas, pero sabe también que, una vez sometido a él, no tendrá fuerza de voluntad suficiente para resistirse.
Por eso no confía en su futuro autocontrol. Ordena a sus hombres que se tapen los oídos con cera y que lo aten al mástil. Les exige que no lo liberen aunque después se lo suplique. Odiseo se protege de su futuro Odiseo.
Es una lección psicológica formidable. Conocerse no significa creer que podremos dominar cualquier impulso cuando llegue el momento. A veces consiste precisamente en reconocer que no podremos hacerlo y organizar previamente nuestras circunstancias.
La disciplina no siempre consiste en resistir la tentación. También puede consistir en no concederle la oportunidad de decidir por nosotros.
No siempre podemos salvar a quienes dirigimos
Los gigantes que destruyen buena parte de la flota, Circe, la hechicera que transforma a los compañeros de Odiseo en cerdos, los monstruos marinos y finalmente la isla del Sol van reduciendo progresivamente su ejército.
Nolan conserva esta sensación de desmoronamiento. Odiseo salió de Troya al mando de hombres y barcos y termina flotando solo.
Hay una enseñanza incómoda sobre el liderazgo, la de tener una responsabilidad sobre otras personas no significa disponer de la voluntad sobre ellas.
Podemos aconsejar, advertir, ordenar y proteger, pero existe un punto donde cada persona responde por sus decisiones.
Y quien dirige carga además con otra responsabilidad, preguntarse qué podría haber hecho mejor.
Sobrevivir tampoco significa necesariamente vencer. A veces significa convertirse en quien tiene que recordar a todos los que no llegaron.
El hijo busca al padre y el padre encuentra al hijo
Mientras Odiseo intenta regresar, Telémaco, el hijo que dejó siendo niño, sale a buscar noticias de él. Pero no busca simplemente a su padre.
Busca al hombre cuya ausencia determina también quién puede llegar a ser él. El padre desaparecido era rey. Mientras no regresa, la casa se deteriora, los pretendientes ocupan su espacio y la posición del propio Telémaco permanece amenazada.
La película de Nolan refuerza esta inversión. El hijo parte buscando al padre, pero termina siendo el padre quien encuentra y salva al hijo.
Hay algo profundamente universal, e incluso reconocible desde tradiciones religiosas posteriores, en la imagen de alguien que busca a quien finalmente resulta estar buscándolo también.
Pero la historia no termina simplemente con la recuperación del padre. Telémaco tendrá que ocupar algún día su lugar. El hijo no puede permanecer eternamente siendo hijo.
No somos solamente quienes decimos ser
El regreso de Odiseo está lleno de reconocimientos. Su anciana nodriza Euriclea lo reconoce por una cicatriz que se hizo cazando un jabalí cuando era más joven. Ese detalle procede directamente de Homero y Nolan lo conserva.
Pero la película modifica la prueba de Penélope. En el poema, ella menciona el lecho matrimonial como si pudiera trasladarse de sitio. Odiseo sabe que eso es imposible porque él mismo lo construyó alrededor del tronco vivo de un olivo. Ese conocimiento íntimo termina demostrando quién es.
Christopher Nolan sustituye la prueba del lecho por el pequeño adorno de Atenea que Penélope le había regalado antes de la guerra.
El objeto que Odiseo conservó incluso durante el naufragio termina sirviendo también para cerrar el círculo del reconocimiento.
En ambos casos la idea es semejante: la identidad necesita alguna prueba exterior.
Y después llega el arco. Los pretendientes quieren la mujer, la casa, la riqueza y el poder de Odiseo. Pero ninguno puede tensar su arma.
Quieren ocupar su posición sin poseer sus capacidades. Entonces el mendigo toma el arco y no necesita pronunciar un discurso explicando quién es. Hace algo que solamente Odiseo puede hacer.
Nuestro hogar también cambia mientras estamos fuera
Odiseo pasa veinte años intentando regresar, aproximadamente diez en Troya y otros diez entre viajes y cautiverios.
Pero Ítaca no ha permanecido congelada esperándolo. Telémaco se ha convertido en un hombre. Penélope ha aprendido a resistir sin él. Su palacio está ocupado. Sus criados han tenido que escoger entre fidelidad y traición. Otros hombres aspiran al poder.
Esta quizá sea una de las verdades más adultas de La Odisea, que regresar no significa recuperar exactamente aquello que dejamos.
El tiempo también ha viajado mientras nosotros estábamos fuera. Por eso volver exige algo más difícil que encontrar el camino. Hay que descubrir qué lugar podemos ocupar ahora.
La persona que vuelve no es la que partió
Aquí Nolan realiza uno de sus cambios más importantes. Homero termina restaurando el orden de Ítaca. Odiseo recupera su identidad, su esposa, su casa y su posición como rey.
La película imagina algo diferente, con un Odiseo que entrega el reino a Telémaco y finalmente parte junto a Penélope al mar de nuevo.
No es el final de Homero, pero desarrolla una pregunta que nuestra sensibilidad contemporánea entiende inmediatamente.
Después de una guerra, la muerte de prácticamente todos sus compañeros, naufragios, monstruos, años de cautiverio y un descenso al mundo de los muertos, ¿puede Odiseo sencillamente sentarse otra vez en su trono y continuar donde lo dejó?
El regreso restaura una realidad exterior, pero quien regresa ha sido transformado por aquello que ha atravesado.
Si su última partida puede entenderse también como recuerdo de los compañeros que nunca consiguieron regresar, entonces la película añade una última paradoja, que Odiseo necesitaba volver a Ítaca para poder finalmente dejar de estar perdido.
Todos necesitamos una Ítaca, pero Ítaca tiene que existir
Tal vez ahí se encuentre la razón última por la que seguimos contando esta historia. Ítaca puede convertirse para nosotros en símbolo de aquello por lo que merece la pena atravesar el mar.
Pero conviene no vaciarla convirtiéndola simplemente en una fantasía. Para Odiseo son Penélope, Telémaco, su casa, su tierra, su pueblo, su historia y sus responsabilidades. Son cosas concretas.
Todo lo demás, la gloria militar, las riquezas, las hechiceras, los monstruos e incluso la posibilidad de ser inmortal, termina siendo algo secundario.
La Odisea comienza después de una victoria. Troya ha caído. Odiseo pertenece al ejército vencedor.
Pero ganar una guerra no responde a la pregunta fundamental: ¿para qué queríamos ganar?
Quizás esa sea la pregunta que Homero continúa haciéndonos casi tres mil años después y que cada nueva adaptación vuelve a formular de manera diferente.
Podemos conquistar ciudades, acumular conocimientos, obtener reconocimiento, viajar hasta lugares inimaginables y sobrevivir a nuestros propios monstruos.
Pero tarde o temprano necesitamos saber qué cosas reales merecen nuestra fidelidad, cuáles son nuestras responsabilidades, qué placeres nos hacen olvidar el camino, qué pérdidas debemos aprender a llevar con nosotros y qué estamos dispuestos a atravesar para regresar a aquello que consideramos nuestro hogar.
Porque quizá la gran enseñanza de La Odisea no sea cómo encontrar la felicidad, sino algo más difícil.
La Odisea habla de cómo conservar una identidad, asumir las consecuencias de nuestros actos y regresar al orden después de haber conocido el caos.
La inteligencia también consiste en saber cambiar
Hay una enseñanza que atraviesa toda La Odisea. Odiseo no sobrevive porque posea una solución extraordinaria, sino porque sabe cambiar de solución según el problema.
Ante el cíclope necesita engañarle porque no puede vencerlo por la fuerza. Frente a las sirenas reconoce que ni siquiera puede confiar en sí mismo y pide que lo aten. Ante Circe debe enfrentarse a ella y negociar. En el Hades tiene que escuchar a los muertos.
Al regresar a Ítaca necesita ocultar quién es, observar quién permanece fiel y esperar el momento adecuado para actuar. Ante Penélope, finalmente, no basta con afirmar que es su marido: tiene que demostrarlo.
La inteligencia de Odiseo es, por tanto, adaptativa. Sabe que un problema nuevo puede convertir una antigua virtud en un defecto.
La valentía sirve unas veces y resulta temeraria otras; desconfiar puede salvarnos ante un enemigo, pero la desconfianza de sus compañeros ante el saco de Eolo destruye un regreso que prácticamente habían conseguido.
Incluso su extraordinaria astucia tiene un reverso, que el caballo que permite conquistar Troya, una estrategia eficaz, también debe juzgarse por aquello que provoca después de funcionar.
Quizá por eso Odiseo continúa siendo un modelo tan reconocible de inteligencia. No es el hombre que siempre sabe qué hacer ni el que nunca se equivoca.
Es quien observa la realidad, aprende de ella y comprende que la sabiduría no consiste en tener una respuesta para todo, sino en descubrir qué respuesta exige cada situación y asumir después sus consecuencias.
Las grandes hazañas también tienen un reverso
Chris Nolan vuelve al final de La Odisea con el caballo de Troya, pero esta vez no se detiene en el épico recuerdo cuando Odiseo y sus hombres abren las puertas y consiguen la gran victoria.
Continúa siguiéndolos hacia el interior de la ciudad, hasta mostrar aquello que suele desaparecer cuando una guerra se convierte en leyenda, con saqueos, civiles aterrorizados, muerte y profanación.
La misma acción que primero contemplamos como una demostración extraordinaria de inteligencia aparece entonces desde el punto de vista de sus consecuencias.
Hay aquí una enseñanza que trasciende a Odiseo. No basta con preguntarnos si algo funcionó, también debemos preguntarnos qué ocurrió después de que funcionara.
Las sociedades recuerdan fácilmente al estratega que abrió las puertas de Troya y olvidan a quienes estaban detrás de ellas. Una victoria puede ser admirable por su ingenio y terrible por sus efectos al mismo tiempo.
La verdadera sabiduría quizás empieza precisamente cuando somos capaces de continuar mirando después del momento en que normalmente termina el relato heroico.
¡Carlos Alcaraz es FINALISTA de Wimbledon! 👑
El español derrotó en semifinales a Taylor Fritz por 6-4, 5-7, 6-3 y 7-6 (6).
A un partido del TRICAMPEONATO.