Este video es de #JosefaSáez el 2021. Mandó a hacer a sushi con #Wasabi adentro para hacerle una "broma" a su "amiga" Rosario, grabarla, subirla a redes sociales y reírse de ella. Exactamente lo mismo q le hizo a su perro. Weona psicópata, mala persona y mala amiga. #Falabella
ESTUPIDEZ, ARROGANCIA Y BANALIDAD
«LA NUEVA ARISTOCRACIA»
Cuando el dinero reemplaza al mérito, la soberbia termina creyéndose inteligencia.
Hay una sentencia atribuida a Baltasar Gracián que resiste los siglos: «La necedad siempre encuentra admiradores».
Si le menciono a Matías Pérez Cruz quizá no recuerde de quién hablo. Pero si le digo el Guatón Gasco, aparecerá aquel personaje que, con la manito en el pecho y suficiencia nobiliaria, expulsaba personas de un lago como si hubiese heredado el planeta junto con la propiedad.
Después apareció Martín de los Santos, quien tras golpear a un conserje de la tercera edad huyó a Brasil y desafió a la justicia con la prepotencia de quien supone que la ley fue redactada para los demás.
Luego vino Germán Naranjo Maldini, capaz de insultar a un tripulante de cabina por el color de su piel. Más tarde conocimos al iluminado Pablo José Izquierdo, que circulaba a 264 kilómetros por hora, convencido quizá de que las leyes de la física también admitían excepciones por apellido.
Y, para demostrar que la igualdad de género alcanza también a la estupidez, apareció Josefa Sáez, quien junto a su padre viralizó por redes cuando dieron wasabi a su perro, fue acusada de cercenar las alas de un loro y, para completar la ironía, integra un grupo de influencers contratados por Falabella. Ya no basta con vender productos: también hay que promocionar el vacío.
Cada caso posee su propia miseria moral, pero todos comparten el mismo ADN: arrogancia, frivolidad y la convicción de pertenecer a una aristocracia imaginaria. No la del conocimiento, el talento o el mérito, sino la del apellido y la billetera.
Cambian las edades y los nombres, pero se repiten la estética, el lenguaje precario y la pobreza intelectual envuelta en ropa de marca. Viajan a Miami y creen haber recorrido el mundo; conducen un automóvil alemán por Costanera Norte y se sienten en la Costa Azul; confunden consumo con cultura y exclusividad con superioridad.
Su vocabulario suele ser inversamente proporcional a su patrimonio. Leer un libro parece una extravagancia; exhibir una pulsera de lujo, una hazaña civilizatoria. Su universo intelectual cabe entre un lago, un gimnasio boutique, un mall y una cuenta de Instagram.
Lo inquietante es que esta caricatura ya no provoca vergüenza, sino admiración. La televisión resucitó los realities; la farándula volvió a ocupar espacios antes destinados al debate público y las marcas descubrieron que la banalidad también factura.
Mientras tanto, la prensa convierte la mediocridad en espectáculo, la política administra privilegios para una minoría, la justicia tropieza con conflictos de interés y parte de la sociedad observa fascinada cómo los ignorantes ascienden a celebridades.
Las sociedades se erosionan cuando confunden notoriedad con mérito, insolencia con personalidad y vulgaridad con autenticidad. Es el triunfo del envase sobre el contenido, de la pose sobre la sustancia y del ruido sobre la inteligencia.
Seguirán apareciendo más Josefas y más rotos con plata convencidos de pertenecer a la nobleza. Los charters a Miami seguirán llenos y la televisión seguirá recibiendo a los hijos tontos de rostros añejos, como si el parentesco fuese un talento hereditario. Al final, la estupidez siempre encuentra financiamiento.
La única defensa consiste en proteger el pequeño territorio que aún depende de nosotros: leer cuando todos gritan, pensar cuando todos repiten, dialogar cuando otros insultan, y conservar la honestidad intelectual mientras avanza el tsunami de la banalidad y la barbarie del vacío.
Porque, al final, todo esto no es muy distinto del caso del “chino y las parvularias” en el cajón del Maipo. Cambian los protagonistas, los presupuestos, el segmento y los barrios.
El fenómeno es el mismo: la estupidez convertida en estructura social y la ignorancia promovida como modelo aspiracional.
@MisColumnas
#Santiago comuna de San Miguel: Un sujeto fue denunciado por retirarse de un local gastronómico sin pagar una cuenta de $40.700, además de protagonizar un incidente con trabajadores del establecimiento.
Según la denuncia difundida por el recinto, el hombre ingresó acompañado, consumió alimentos y posteriormente abandonó el lugar sin cancelar el total de la cuenta. Asimismo, acusan que mantuvo una actitud agresiva con el personal, llegando presuntamente a empujar a algunos trabajadores hacia la vía pública. En un video del hecho se menciona inicialmente una diferencia de $7.000, ya que se creía que parte del consumo había sido pagado; sin embargo, posteriormente se afirmó que no se habría realizado ningún pago.
#chile #parati #Internacional
Ayer tuve una cita con un varón, muy lindo todo pero ni se ofreció a pagar una parte de lo que consumimos, buena charla eso sí, pero en medio de la salida me dejó sola y se puso a charlar con la chica de la caja. Cada día más raros están. Dejo foto del tipo para que no les pase:
Una familia tan normal , con tanta humildad por las cosas simples , nuestra violeta y su hermano jugando con tierra libre , Paula y Gabriel como dos niños chicos colgando de los juegos , la simpleza de las cosas es impagable
LA ESTRATEGIA DEL SILENCIO
Cuando un gobierno se dispara en los pies, sólo queda observarlo.
En un país donde la realidad se deshace como un castillo de naipes mal barajado, el gobierno de José Antonio Kast ha logrado, con una eficacia casi pedagógica, lo que parecía improbable: convertir la torpeza en doctrina y el error en política pública. No es que se equivoquen —eso sería humano—, es que insisten en hacerlo con una convicción casi estética, como si el tropiezo fuese una forma superior de coherencia.
Mientras tanto, la oposición, ese actor históricamente adicto al micrófono, ha descubierto el poder terapéutico del silencio. Se ha vuelto contemplativa, casi zen. Observa. Espera. Respira. Porque, claro, hay una máxima que aquí se ha elevado a estrategia: no interrumpas a tu adversario cuando se está equivocando. Y este gobierno, generoso en desaciertos, ofrece material inagotable.
El inicio fue digno de una tragedia sin épica: un país “quebrado”, una caja vacía, un relato de emergencia que se desinfló con la velocidad de un globo en manos de un niño impaciente. Luego vinieron las rectificaciones, esas confesiones tardías que no corrigen el error, sino que lo certifican. Porque en política, retractarse no es enmendar: es protocolizar la torpeza.
Pero el problema no es un desliz aislado, sino una coreografía persistente del error. Seremis que no alcanzan a memorizar el nombre de su cargo antes de dimitir por problemas de probidad. Funcionarios que aterrizan en puestos estratégicos no por mérito, sino por militancia, como si la lealtad partidaria fuese un sustituto funcional de la competencia técnica. La administración pública, en ese sentido, parece haberse transformado en una pasarela donde desfila la improvisación con credencial.
Y así, entre renuncias exprés y nombramientos que desafían cualquier estándar profesional, se instala una sospecha más inquietante: no es que falte talento, es que sobra torpeza. Como si gobernar fuese un ejercicio menor, una práctica amateur donde el costo del error siempre lo paga otro.
En paralelo, las vocerías se enredan en su propio laberinto. Explican mal, corrigen peor y, en el intento de aclarar, oscurecen. Cada intervención pública se parece más a un borrador que a una declaración, a un ensayo fallido que jamás debió salir a escena. Y sin embargo, sale. Una y otra vez.
En ese contexto, la oposición no necesita construir un relato: le basta con observar cómo el oficialismo dinamita el suyo. No hay confrontación porque no hay necesidad. No hay debate porque no hay contraparte sólida. Es, más bien, un espectáculo unilateral donde el error se reproduce sin resistencia, como un eco que se niega a extinguir.
La política chilena, entonces, adquiere una fisonomía peculiar: un gobierno que se corrige a sí mismo a punta de tropiezos y una oposición que entiende que, a veces, la mejor intervención es la abstención. No por virtud, sino por conveniencia estratégica.
Como en esas pichangas de barrio donde el consejo es simple y brutal —“no lo marques, se marca sólo—, el gobierno avanza tropezando con su propia sombra, mientras al frente alguien, con inusual disciplina, decide no interrumpir el espectáculo.
Y así, en esta extraña coreografía de errores y silencios, el protagonismo no lo tiene quien habla más fuerte, sino quien se equivoca con mayor constancia. Porque cuando el poder convierte el error en rutina, el silencio deja de ser ausencia: se transforma, elegantemente, en una forma superior de inteligencia.
@MisColumnas
Una falta de respeto coordinar reuniones en una comuna sin realizar una avanzada con el municipio para saber cuáles son los problemas que tenemos ¿A qué vienen? ¿A sacarse fotos? ¿A conocer Puente Alto? Más respeto con la comunidades y las autoridades.