Elon Musk está censurando este vídeo donde Javier Bardem dice "No a la guerra y Palestina libre" en la gala de los Oscar.
Retuitea para que lo vea todo el mundo antes de que lo borren.
Así con @EnelChile me tiene desde ayer a las 19:00, sin suministro eléctrico, mandaron técnicos para decirme que el cable estaba cortado, y no dan soluciones concretas ni plazos de reposición, comida perdida, y adultos mayores sin energía. Una vergüenza.
#incendiosforestales
Que asco los relatores argentinos en @ESPNDeportes se les nota de forma descarada el favoritismo por los clubes argentinos. Con justicia lo gana Palmeiras a River
REPORTAJE COMPLETO | Los bots de Kast.
Manipulación, odio y violencia
Patricio Góngora, miembro del directorio de @canal13 y Ricardo Inaiman Barrios, (cuenta con denuncias por golpear a su propia madre), son integrantes de una red de bots asociados al republicano Kast. Difunden mentiras y mensajes de odio ocultos en cuentas falsas de redes sociales.
@Tj_Toro9@AnonymusChileno El fascismo no se le derrotó con amor, se hizo con vía armada y miles de vidas que se sacrificaron por liberar al mundo de sus políticas. Basta de las teorías new age hippies
LA FUGA DE UN IDIOTA.
El caso Martín de los Santos.
Megalomanía con Wi-Fi.
El caso de Martín de los Santos no es sólo un nuevo escándalo judicial que involucra a un influencer; es la validación en tiempo real de la teoría de la estupidez humana de Carlo Cipolla. Según el historiador económico italiano, el estúpido es aquel que perjudica a otros y, de paso, a sí mismo. De los Santos encarna esa definición con precisión quirúrgica. Cada uno de sus actos, desde la agresión a un adulto mayor hasta su comportamiento frente a la justicia, revela no sólo una peligrosa impulsividad, sino una estructura mental anclada en la torpeza, el narcisismo y la negación de la realidad.
Lo más preocupante, sin embargo, no es la conducta de un individuo. Es el ecosistema que lo sostiene. Instagram, TikTok y otras redes sociales han dejado de ser vitrinas de creatividad o plataformas de comunicación para convertirse en fábricas de egos inflados. Son territorios fértiles para una generación que, marcada por la frustración, el abandono emocional o la carencia de referentes sólidos, busca construir desde el absurdo una identidad artificial, diseñada exclusivamente para la mirada ajena. En ese teatro del ridículo, cualquier idiota con cámara frontal puede sentirse protagonista de una épica personal.
Martín de los Santos es un producto de ese fenómeno. No hay que escarbar demasiado para advertir que su comportamiento responde a rasgos propios de un perfil psicopático: ausencia de culpa, mitomanía, impulsividad, agresividad, incapacidad de reconocer límites o errores. Su puesta en escena está siempre marcada por la megalomanía, el desprecio por los demás y una permanente necesidad de atención. La agresión física a un hombre mayor fue solo el principio. La fuga, la actitud desafiante frente a la jueza en su formalización, y la posterior cadena de errores públicos —todos registrados con gusto morboso por las mismas redes que lo encumbraron— solo evidencian su desconexión con la realidad y el hundimiento progresivo en su propia estupidez.
No estamos ante un caso de locura, sino de inmadurez extrema. Y esa inmadurez es celebrada. El influencer ya no necesita talento, inteligencia ni formación. Basta con tener rabia acumulada, tiempo libre y una audiencia dispuesta a consumir lo grotesco. La celebridad ya no se construye por lo que se crea, sino por la intensidad con la que se destruye la dignidad. De los Santos es solo un ejemplo visible de una tendencia mucho más profunda: la banalización del fracaso personal convertido en contenido.
Su historia no debería ser tratada como una rareza, sino como una advertencia. En sociedades donde los vínculos se deterioran, donde los afectos escasean y donde el reconocimiento viene por likes más que por logros, el riesgo de multiplicar a los “Martines” es real. Las redes sociales, en vez de corregir, refuerzan el desvarío. Lo que antes se ocultaba por vergüenza, hoy se exhibe con orgullo.
Lo trágico es que, tras la caída, muchos como él no comprenden lo que ocurrió. Siguen atrapados en una lógica infantil, como si la vida fuera un videojuego donde basta reiniciar para seguir. Pero fuera del mundo virtual, los actos tienen consecuencias. Las víctimas existen. Y las estupideces no se borran con filtros.
Martín de los Santos no es un loco, ni un genio incomprendido. Es un estúpido en el sentido más exacto y peligroso del término. Y lo que debería inquietarnos no es su caída, sino cuántos más están en camino de convertirse en su copia. Porque si todo fracaso emocional puede convertirse en espectáculo, y toda estupidez en contenido viral, entonces lo que tenemos enfrente no es una crisis de influencers, sino una epidemia de inmadurez.
Están denunciando todos los vídeos del ataque de Irán a Israel. Me han hecho borrar este con más de 4k likes.
No se os ocurra compartirlo y que se vea que su cúpula de hierro no funciona.
Columna de Pablo Azócar en La Tercera:
Si quieres comprender por qué la dictadura de la derecha fue tan terrible, lee el siguiente texto:
Muchas veces me pregunté por qué Augusto Pinochet, en el mundo entero, aparece en todos los listados de los personajes más perversos de la historia universal de la infamia. La primera respuesta que se me viene a la mente: la crueldad. Pocos regímenes han ejercido una crueldad tan rigurosa, fría y sistemática. El dictador chileno no solo mandó matar a varios de sus amigos y jefes a los que había jurado lealtad eterna, comenzando por el general Carlos Prats, quien lo había aupado y cobijado como se cobija a un hijo, sino que además creó un aparato represivo que recurrió a las sevicias más delirantemente inhumanas de las que se tenga memoria. A un afamado cantautor le reventaron las manos para que no tocara nunca más la guitarra, a una dirigente estudiantil le plantaron una plancha hirviendo para deformarle la cara, a dos adolescentes los rociaron de parafina y los quemaron minuciosamente de arriba a abajo, a un obrero le martillaron los dedos para que no volviera a ejercer su oficio, a una enfermera le atravesaron las manos con yataganes hasta que se fue desangrando entera, a un campesino de 16 años le reventaron la cara y lo encontraron con la boca llena de excrementos de caballo, a un pianista le fueron arrancando una a una las uñas de las manos, a un dirigente político lo mataron a pausas quemándole el pecho con un soplete. Conocí a una adolescente que estaba embarazada porque la habían violado una y otra vez salvajemente en una cárcel clandestina. Conocí a un niño al que le pusieron electricidad en la entrepierna delante de sus padres para que estos “hablaran”. Conocí a una mujer que era incapaz de tener relaciones sexuales porque le habían metido ratones en la vagina, y a otra que la amarraron para que fuera penetrada por un perro entrenado.
El Informe Rettig y sobre todo el Informe Valech –documentos oficiales del estado chileno, redactados por autoridades morales y especialistas de todo el arco político- recogen una parte de esas atrocidades. Me armé de valor y leí de principio a fin el Informe Valech, y la experiencia resultó más terrorífica que las peores novelas de terror. En ese informe, sin ir más lejos, hay una lista de más de mil niños que padecieron vejámenes diversos. Las personas que redactaron ese informe de espanto recibieron decenas de miles de testimonios, aunque fueron muchísimas las víctimas que no se animaron a hacerlo para no revivir el horror, la humillación y el miedo. Destaca el Informe Valech que además millones de chilenos perdieron el trabajo o la vivienda, denigrados, excluidos y acosados, cientos de miles debieron partir al exilio, y muchos de los que se quedaron tuvieron que sobrellevar la estigmatización y la persecución. Algunos fueron detenidos varias veces y debieron cambiar de ciudad. Otros, en sus pueblos, experimentaron el escarnio de tener que convivir con sus propios torturadores. En ese informe pavoroso quedaron registrados más de setecientos regimientos, retenes, comisarías, campos de concentración o cárceles secretas –en todas las regiones del país- donde sucedieron los hechos, con fechas y pormenores.
A pesar de los años transcurridos, los millares de testimonios que recoge el Informe Valech resultan sobrecogedores. “Me rompieron las fibras del ano al meterme objetos contundentes”. “Perdí la visión del ojo derecho por golpes de metralleta”. “Entonces un milico se sacó el pene y me obligó a que se lo enderezara con mi boca, después vino el otro y el otro, el último se fue en mi boca, mi vida nunca fue la misma ya que solo tenía 15 años”. “Me aplicaron el ‘teléfono’, golpes al unísono en ambos oídos, reventándome el derecho”. “Me fueron arrancando las muelas sin anestesia”. “Me colgaron de los pies, me hacían comer excrementos y agarraban del cuello delante mío a mi hija de nueve meses diciéndome que la iban a matar”. “Me molieron los riñones con los golpes y aún tengo secuelas”. “Me obligaron a tener relaciones sexuales con mi padre y con mi hermano”. “Me golpearon tanto que perdí la memoria y la visión”. “Nos hicieron desnudarnos, pasando una barra entre los codos y la parte trasera de las rodillas, la sensación era de descuartizamiento”. “Me deshicieron los testículos con la corriente”. “Tengo huellas de quemaduras de cigarro en todo el cuerpo”. “Me destruyeron la vagina, no pude defecar sin dolor durante años”. “Me dejaron ahí y se me gangrenó una pierna”. “Me tuvieron que extirpar el útero y los ovarios por hemorragias internas”. “Hoy tengo una afección cardíaca producto de la corriente que me aplicaron”. “Quedé con un terror que nunca se me fue, paranoia, claustrofobia, angustia”. “Sigo reviviendo una y otra vez lo que padecí en esos días”. “Todavía lloro mientras duermo”.
¿Cómo se mide la inmensidad de ese dolor? ¿Cómo se mide esa humanidad ultrajada tan masivamente y, por lo general, tan anónimamente? ¿Qué cicatrices pueden quedar en la psiquis de un país después de una barbarie de esas dimensiones?
Lo desconcertante es que lo que vino después fue el silencio. El país oficial sencillamente decidió que todo aquello se metiera debajo de la alfombra. En nombre de la “reconciliación” y la estabilidad política, se resolvió simplemente que no se volviera a hablar sobre el asunto. Se clausuró sin ceremonia alguna la heroica Vicaría de la Solidaridad, se canceló de la historia oficial al Cardenal Raúl Silva Henríquez, se escondieron a conciencia el Informe Valech y el Informe Rettig y los cientos de miles de testimonios, no hubo políticas de reparación, y la prensa casi no volvió a hablar sobre el asunto. Que los familiares se las arreglaran como pudieran. Como en las maldiciones bíblicas, se quedaron a solas con ese quiste los hijos y los nietos y los bisnietos.
Medio siglo después, están a la vista las consecuencias. Todavía hoy hay numerosos políticos y parlamentarios que siguen endiosando a Pinochet y negando que existiera aquel horror dantesco. Las fuerzas armadas continúan rehusándose a revelar el paradero de más de mil desaparecidos, una palabra que se instaló en el léxico universal a partir de los regímenes militares chileno y argentino. El líder ultraderechista José Antonio Kast, que aparece ahora como favorito en las encuestas para las próximas elecciones presidenciales, se declaró “amigo personal” y participó en homenajes al militar Miguel Krassnoff, uno de los torturadores más sanguinarios, condenado a más de 900 años de cárcel por múltiples casos de violaciones a los derechos humanos. La derecha política chilena no se ha “despinochetizado”. Ni atisbos de mea culpa, ninguna señal de haber dimensionado de verdad la salvajada que fue la política de exterminio emprendida por el estado chileno en aquellos años. Líderes, intelectuales y dirigentes siguen hablando de “caídos de lado y lado” y sosteniendo que solo se trató de ciertos “excesos”.
Cuando el presidente Gabriel Boric otorgó en julio en España una distinción honorífica al jurista Baltazar Garzón -quien hizo que Pinochet fuera detenido en 1998 en Londres en nombre de la justicia universal de las Naciones Unidas-, la derecha chilena reaccionó escandalizada y presentó un reclamo formal ante la Cancillería. “El reconocimiento a Garzón es una vergüenza”, dijo un diputado. “Es una provocación”, dijo otro. No perdonan a Garzón: no le perdonan haber mancillado la figura del “tata” Pinochet. Todo esto no es privativo de la derecha: se ocultó todo durante tantos años, se clausuró tan sistemáticamente esa memoria, que hoy día sale gratis el negacionismo, o relativizar los hechos, o aplicar el viejo sistema de los empates.
La paradoja es terrible: Chile es probablemente el único país del mundo en el cual no existe conciencia aún de lo monstruoso que fue el régimen de Pinochet. Se corrieron todos los límites imaginables del bien y del mal, ni Calígula ni Nerón llegaron a extremos semejantes. Los alemanes se han dedicado durante décadas, día a día, mes a mes, año a año, a recordar el holocausto hitleriano, en películas y ensayos y novelas, en fotografías y cuadros y monumentos, en museos y ceremonias y memoriales. El holocausto chileno, en cambio, ni siquiera tiene nombre. Esa es la frivolidad que se instaló con el peso de la noche, una frivolidad que continúa campeando hoy, como si nada nunca hubiera sucedido.
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