No hay apelación, nos urge tender y recibir una mano de piel tierna, descansar nuestro cansancio en un abrazo que nos acerque a un lugar donde aún lata cercano otro corazón humano.
Y las pupilas dejan de ser pupilas para ser túneles profundos que se pueblan de sombras y de seres reptantes, y el silencio da paso a voces susurrantes y a gritos chirriantes. Mientras tanto, la tarde, indiferente, sigue su curso.