Habida consideración de que el presidente ha recurrido recientemente a tropos retóricos metafóricos para justificar sus promesas programáticas y ulteriores rectificaciones, me permito, con la venia de su prosapia lexicográfica y su aparente polimatía filológica, responderle mediante un registro igualmente culterano, abstruso y deliberadamente hiperbático, en deferencia a la excelsa altura gramatical desde la cual parece pontificar sus disquisiciones públicas.
Señor Kast:
He seguido con creciente estupor —y no escasa anhedonia cívica— el tráfago de sus boutades programáticas, esa retahíla meliflua de apotegmas sicalípticos y promesas cuya consistencia resulta más apócrifa que irredargüible. Hay en su prédica un paralogismo consuetudinario, una entelequia sostenida por una plétora de silogismos defectivos y anfibologías que, parapetadas tras la bonhomía impostada del adalid providencial, propugnan una plutocracia de cuño oligárquico y endogámico.
Ud., señor Kast, ha fungido como un vicetiple del disenso calculado: denuesta la inequidad mientras cohonesta subrepticiamente los privilegios pecuniarios de una cáfila de promitentes genuflexos ante el gran peculio. Su discurso, pretendidamente iconoclasta, no es sino una metonimia fatigada del viejo irredentismo patrimonial; un colofón decimonónico donde la cleptocracia se disfraza de heroicidad republicana y la precarización social se presenta, mediante eufemismos y circunloquios, como si fuese un ejercicio de austeridad antropogénica.
Hay, además, una apofenia doctrinaria en su manera de comprehender la realidad: ve conspiraciones donde apenas existe contingencia, y barrunta enemigos internos con el mismo fervor con que un nefelibata atribulado contempla anamorfismos en el humo. Esa pareidolia política —mezcla de prosopagnosia ética y anosognosia institucional— le impide advertir la estulticia de rodearse de esbirros oligofrénicos cuya única polimatía consiste en la obsecuencia.
Es inamisible que pretenda gobernar una nación mediante una pléyade de adláteres cuya solvencia intelectual exhibe más vacuidad que prosapia. Algunos de ellos parecen extraídos de una frenología apócrifa o de un baptisterio de gaznápiros donde la dáctiloscopia sustituye al pensamiento y la logorrea reemplaza a la exégesis. Son ministros inermes frente a la complejidad contemporánea, aunque orondos en su suficiencia; auténticos cenutrios parapetados tras un panegírico perpetuo de sí mismos.
Su programa económico, por otra parte, parece redactado por un rábula tributario afectado de alexitimia social. Propone ablaciones presupuestarias con una lenidad selectiva hacia las grandes fortunas, mientras la inopia de las mayorías queda reducida a una nota al pie, a una sinecdoque estadística convenientemente destartajada por el relato. Ipso facto, la república deviene un aguantadero de intereses patrimoniales donde la meritocracia se transmuta en endogamia y el mercado adquiere ribetes de autarquía litúrgica.
Y aun así, usted insiste. Contumaz. Como si la repetición tautológica de consignas trocase el fementido en verdad. Como si la perorata bastase para desasnar a una ciudadanía exhausta de embelecos. Como si el país entero padeciera una suerte de ecolalia colectiva, condenada a replicar y duplicar las mismas falacias hasta el paroxismo.
Chile no necesita sátrapas de ademán adusto ni cruzados de cartón piedra. Necesita estadistas capaces de escapar de la caquistocracia emocional y del nihilismo administrado. Necesita menos anatema y más isonomía; menos diatriba y más comprehensión; menos retórica procaz y más probidad irreductible.
Cuando un proyecto político depende excesivamente de la befa, del enemigo imaginario y del espantajo ideológico, termina convirtiéndose en aquello mismo que execraba. Tal es la antinomia inexorable de toda doctrina que apostata de la realidad para abrazar su propia ucronía.
Y esa, Sr. Kast, podría terminar siendo su némesis.
Atte.,
Un observador exhausto del galimatías nacional.
EL PEOR DE TODOS
Kast es la muestra viva de ese dicho futbolero de la pichanga callejera: El más malo al arco.
Desde el retorno a la democracia, Chile ha sido escenario de una coreografía política bastante predecible: por un lado, la derecha que administraba con devoción la herencia de Pinochet; por el otro, la centroizquierda reunida bajo el paraguas de la Concertación, esa criatura política parida por el “No” del 88 y que gestionó el país durante casi tres décadas. Entre Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet y el infaltable cameo de Piñera, la política se jugó siempre dentro de un marco reconocible, con figuras que al menos habían leído un libro entero y no sólo la contratapa.
La derecha, en particular, fue por años un vivero de personajes formados en el fragor de la transición: Longueira, Espina, Matthei, Allamand y compañía. Se podrá debatir su épica, su moral o su imaginación, pero tuvieron, al menos, la decencia de articular un pensamiento. Eran disciplinados, doctrinarios, a ratos insufribles, pero jamás amateurs. Algunos incluso podían hablar cinco minutos sin caer en una falsedad verificable…bueno, dejémoslo en tres.
Y luego está José Antonio Kast.
Kast no es simplemente un político menor: es la demostración empírica de que siempre es posible caer más bajo en el ranking de relevancia histórica. Su carrera parlamentaria fue tan pobre que cuesta distinguirla de un período sabático. No impulsó leyes memorables, no generó acuerdos, no dejó huella alguna salvo por su persistente inasistencia, que fue su verdadera forma de protesta contra la productividad. Mientras otros dirigentes de derecha debatían, proponían o al menos simulaban pensar, Kast perfeccionaba el arte de no estar.
La derecha tradicional, por más pinochetista que fuese, jamás necesitó convertir su ideología en un negocio familiar. Militaban en partidos, no los inscribían a su nombre en el conservador de bienes raíces. Kast, en cambio, fundó Republicanos, ese refugio ideológico donde él es presidente, pastor, patriarca y dueño del timbre.
Pero lo más notable no es su vacío intelectual –que es profundo y consistente– sino su falta absoluta de densidad política. Kast no tiene doctrina, no tiene relato, no tiene propuestas más allá de la fantasía reaccionaria que circula en foros de ultraderecha. Habla de economía sin entenderla, de relaciones internacionales sin conocerlas y de historia sin haberla estudiado. Su repertorio es una mezcla de clichés, posverdades y un entusiasmo casi infantil por la mentira útil. Es, en esencia, —el candidato más precario que la derecha chilena haya ofrecido en una segunda vuelta— desde el regreso a la democracia.
Sus devociones tampoco sorprenden: propone indultar criminales de la dictadura que tanto admira, defendiendo un legado al que su propia familia está históricamente vinculada en episodios oscuros como los crímenes de Paine. Su padre formó parte del nazismo alemán en pleno periodo Hitleriano, entonces, que podría salir bien.
Kast es y representa, la reivindicación más descarnada de una derecha extrema que en Chile siempre estuvo latente, pero jamás tuvo la desfachatez de declararse como tal.
La derecha tradicional lo desprecia en silencio. Lo consideran básico, intelectualmente débil, torpe, de comprensión limitada. No es exageración: es diagnóstico clínico de su propio sector. Nunca logró destacar entre los suyos, nunca compitió con Matthei ni Longueira, nunca fue más que un personaje secundario esperando turno en un pasillo que nunca lo llamó. Por eso fundó un partido: porque en otro jamás habría ascendido del anonimato.
Kast no representa renovación ni tradición: representa decadencia. Es, con exactitud quirúrgica, —el peor de todos—, al final, siempre se cumple, el más malo al arco. @MisColumnas
EL NEGACIONISTA ELECTORAL
Hay un tipo de elector —ese espécimen político tan común como ruidoso— cuya relación con la realidad merece, al menos, un tratado antropológico o una buena comedia negra. Es el ciudadano que jamás se equivoca porque, simplemente, nunca acepta que la verdad exista fuera de su cabeza. Un barroco negacionista que, como reloj roto, acierta dos veces al día y presume de exactitud suiza.
Cuando escucha una verdad que le incomoda, no se molesta en debatirla: la niega con la convicción de un sacerdote medieval arrojando herejes a la hoguera. Y si una noticia contradice su credo, el culpable es obvio: el periodista es comunista, aunque ese mismo periodista el día anterior le haya resultado creíble cuando dijo algo que sí calzaba con sus dogmas.
Cuando un video muestra un hecho irrefutable, pero inconveniente, recurre al repertorio habitual: “es falso”, “está editado”, “lo hizo la IA”, “lo inventaron”. La tecnología, para él, es aceptable sólo cuando confirma sus prejuicios; cuando no, se vuelve una conspiración digital del marxismo internacional, y porque no decir, del Leninismo y Trotskismo intergaláctico.
Si un político de su sector resulta corrupto —y vaya que se esfuerzan— jamás lo criticará. La estrategia es otra: buscar un corrupto del lado contrario, aunque sea del año 1960, aunque haya fallecido, aunque jamás haya existido. Lo importante es empatar; la ética es secundaria.
Si alguien menciona a Pinochet, se transforma en un perro rabioso defendiendo el plato. Cuando le recuerdan la dictadura, se indigna como si le hubieran profanado el mausoleo familiar. Y cuando la historia evidencia su ignorancia, simplemente reniega de la historia. Total, ¿quién necesita décadas de investigación cuando se puede echar mano a un meme?
En ciencia, la travesía es aún más pintoresca. Como no entiende astronomía, decide que la Tierra es plana. Como no soporta el calor, declara muerto el cambio climático. Como no comprende epidemiología, renuncia a las vacunas. La ignorancia, para él, no es un problema: es un estilo de vida, una identidad política, un escudo emocional, total ni Dunning ni Kruger lo conocen.
Cuando la suerte le es esquiva, porque la vida no siempre premia a los genios autoproclamados, encuentra refugio en el tarot, la numerología y la carta astral. Y la culpa, por supuesto, nunca es suya: el destino le fue adverso, el universo lo traicionó, Mercurio estaba retrógrado, o quizás la izquierda, la maldita izquierda, lo conspiró.
Y cuando después de todo eso —después de negar la historia, la ciencia, la ética, los hechos, la lógica y, por supuesto, la vergüenza— alguien le dice que es weón… se ofende. Se indigna. Se victimiza. Y jura que el insulto proviene de un resentido, un comunista, un adoctrinado, un robot del MIR o del FPMR, según lo que haya escuchado en Sin Filtros ese día.
El negacionista, en el fondo, no defiende ideas: defiende su frágil sensación de tener la razón. Su identidad es una colección de certezas prestadas y miedos propios. Y así, navegando entre teorías delirantes y patriotismos selectivos, sigue votando, creyendo que su candidato es impoluto desde que se lo encontró en el mes de María el año pasado. @MisColumnas
Kast mintió en el plebiscito…pero lo votaron igual.
Kast votó por el Si en el 88…pero lo votaron igual.
Kast apoyó y defiende hasta hoy la dictadura…pero lo votaron igual.
Kast dijo que indultará a Krassnoff…pero lo votaron igual.
Kast quiere liberar a todos los presos de Punta Peuco…pero lo votaron igual.
Kast es hijo de un miembro del ejército nazi…pero lo votaron igual.
Kast es parte de una familia relacionada a asesinatos y desapariciones en Paine en dictadura…pero lo votaron igual.
Kast tiene de asesor principal al responsable de la colusión de los pollos y las farmacias…pero lo votaron igual.
Kast pretende realizar las medidas que ha aplicado Milei en un gobierno nefasto…pero lo votaron igual.
Kast mantiene relaciones con la ultra derecha española Vox…pero lo votaron igual.
Kast ha apoyado a Bolsonaro…pero lo votaron igual.
Kast financió bots y trolls contra sus adversarios…pero lo votaron igual.
Kast difunde fake news y miente a diario…pero lo votaron igual.
Kast eliminará beneficios sociales…pero lo votaron igual.
Kast fue el diputado con mayores ausencias a la cámara y comisiones…pero lo votaron igual.
Kast apareció en los Panamá Papers teniendo su fortuna en paraísos fiscales…pero lo votaron igual.
Al final, el problema no es Kast.
PÁNICO ROJO EN LA TIERRA DEL OLVIDO
ANTICOMUNISMO, el pasatiempo nacional, una sombra que atormenta.
Hay países que cultivan el trigo, otros el arte, otros la ingeniería de precisión. Chile, en cambio, cultiva una pasión singular: el anticomunismo como deporte de fin de semana. Nada une más al alma nacional que la sospecha de que, detrás de cada ciudadano que pronuncia correctamente la “r”, podría esconderse un marxista dispuesto a expropiar el pan de marraqueta.
Nuestro anticomunismo tiene méritos propios. No es ese anticomunismo serio, europeo, sofisticado, que se asienta sobre largos tratados académicos. No. El chileno es un anticomunismo folclórico, doméstico, alegre en su ignorancia y casi entrañable en su precariedad intelectual. El anticomunista criollo jamás ha leído a Marx, pero sabe perfectamente que Marx quiere quitarle la casa, el auto, el perro y probablemente la compra del supermercado. Es un talento natural: la clarividencia sin evidencia.
Porque aquí cualquier persona que hable de justicia social, redistribución o, Dios nos libre, igualdad, merece ser registrada como amenaza roja de categoría uno. Que tenga trayectoria, estudios, probidad o decencia resulta irrelevante: basta con que no idolatre a los Chicago Boys para quedar automáticamente inscrito en la nómina negra del temible bolchevismo local.
Mientras tanto, quienes apoyaron —con entusiasmo digno de ópera— la dictadura más prolongada del siglo XX latinoamericano caminan tranquilos, dando consejos en televisión, firmando columnas y pontificando sobre moral cívica. Porque en Chile, apoyar una tiranía no es un problema; el verdadero problema es haber leído —El Capital— antes de los 40.
La memoria selectiva es nuestro recurso natural no declarado. Olvidamos a velocidad olímpica. Olvidamos los crímenes, las torturas, los detenidos desaparecidos. Olvidamos a quienes perdieron la vista, no por metáforas, sino por balines y bombas lacrimógenas. Olvidamos que la democracia que tanto celebramos fue recuperada, en parte, por aquellos mismos comunistas que hoy se quiere expulsar simbólicamente del país como si fuesen una plaga medieval. Pero recordar cansa, y en Chile estamos eternamente agotados.
Por eso no sorprende que una parte del electorado —esa que cree que la libertad consiste en proteger a los poderosos de cualquier escrutinio— vote con devoción casi religiosa por quienes niegan crímenes de lesa humanidad, desprecian la protesta social y reclaman amnistía para los verdugos. Si Pinochet hubiese vendido un detergente, más de alguien seguiría jurando por su blancura.
Lo fascinante es que este anticomunismo militante convive con un desconocimiento absoluto sobre qué cosa es, exactamente, el comunismo. No importa. Tampoco se necesita saber de astronomía para tenerle miedo a los eclipses. Lo importante es gritar fuerte, indignarse con convicción y repetir las mismas frases de siempre, esas heredadas de un país que prefiere la caricatura al pensamiento, el insulto al argumento y el miedo al análisis.
Y así seguimos: país moderno en infraestructura, medieval en debates. Un país donde la palabra “comunista” se usa como piedra arrojadiza, contraseña tribal y excusa perfecta para no pensar. Donde la ignorancia se perdona, pero la inteligencia se sospecha. Donde la democracia parece un préstamo, y la memoria, un lujo innecesario.
Quizás algún día Chile supere este anti-todo que lo define. Pero, por ahora, seguiremos fieles a nuestra tradición: demonizar al comunista hasta que aparezca un verdadero problema que no podamos resolver culpando al comunismo.
Y ese día, probablemente, tampoco haremos nada. Porque si hay algo que Chile domina con maestría es el arte solemne de no aprender jamás. @MisColumnas
JUGANDO DE VISITA
En Chile, la izquierda no compite: peregrina. Entra a los estudios de televisión como quien atraviesa un patio ajeno, cuidando no pisar el pasto, no hablar muy alto y no incomodar a los dueños de casa. Porque todos sabemos quiénes mandan en la liturgia mediática nacional, aunque algunos prefieran fingir miopía selectiva. Ya lo describió hace años María Olivia Monckeberg con precisión quirúrgica: los medios locales no son simples observadores, son parte del patrimonio de un puñado de magnates cuya neutralidad es tan creíble como la dieta de Año Nuevo.
La televisión abierta, esa vieja catedral del sentido común, sigue siendo administrada por grupos cuya sensibilidad política cabe exactamente en la tercera estrofa del himno, y que se emocionan con cada guiño al orden, la tradición y el mercado de piernas del avisaje. De los cuatro canales más vistos, dos responden a conglomerados locales cuya brújula ideológica jamás se ha extraviado hacia la izquierda; otro pertenece a una corporación internacional que heredó el aroma piñerista; y el último, el estatal, opera con un directorio que parece un zoológico parlamentario. Con ese póquer, la imparcialidad es un acto de prestidigitación.
Los diarios, por su parte, son verdaderos monumentos arqueológicos al poder. El Mercurio, tronco histórico de la derecha, continúa interpretando la realidad como si todavía estuviera asesorando a la Junta. La Tercera, en tanto, cumple con devoción su papel de centinela del empresariado, siempre lista para editorializar sobre la responsabilidad fiscal, la madurez institucional y otras formas poéticas de decir “por favor no molesten”. Y por si faltara melodrama, ahí están La Segunda y sus editoriales de sobremesa, Las Últimas Noticias administrando el opio de la frivolidad, y un coro de opinólogos cuyo pluralismo termina justo donde comienza el riesgo.
Las radios siguen la misma partitura. La banda sonora del país es cuidadosamente curada por directorios que predican independencia mientras se arrodillan frente al santuario del avisaje. Porque ese es el verdadero ministerio del Interior: los auspiciadores. Ellos definen quién habla, quién calla, quién existe y quién debe ser empujado al purgatorio de lo irrelevante. Que quede como ejemplo el caso de La Red, que osó desafinar la melodía conservadora y fue castigada con la ferocidad silenciosa del retiro de avisos. No hubo necesidad de censura formal: bastó con cerrar la llave.
Así, la izquierda sube siempre al escenario como invitada de piedra: pocos minutos, preguntas amarradas, panelistas que parecen salidos de un manual de resistencia ideológica y un público entrenado para aplaudir cuando corresponde. La desventaja no es un accidente: es una condición estructural, una muralla de reglas invisibles que nadie reconoce pero todos cumplen.
Y aunque la modernidad haya traído medios alternativos, portales digitales, podcasts y entusiasmos varios, la verdad es que todos terminan trotando al ritmo de los mismos auspiciadores. El pluralismo se practica mientras no moleste al negocio; la libertad de expresión funciona siempre que no cuestione al dueño del micrófono.
Por eso, cuando la izquierda entra a los medios, entra perdiendo. Juega de visita, con la galería en contra y el árbitro mirando para otro lado. No porque sea víctima, sino porque así está construido el estadio. Y la arquitectura —como el poder— rara vez se mueve.
@MisColumnas
FANTASMAS ROJOS
Treinta y seis años después de la caída del Muro de Berlín, aún hay quienes creen que el comunismo se esconde bajo la cama.
Hay una especie que resiste la extinción con admirable tozudez: el anticomunista contemporáneo. No vive en el siglo XXI, sino en una versión reciclada de 1973 transmitida por YouTube y bendecida por TikTok. Es el héroe de su propio relato épico: un cruzado digital que, armado con memes y desinformación, combate al “marxismo cultural” que, según él, planea quitarle el celular, la billetera y el alma.
El problema es que el enemigo que combate ya no existe. Pero eso no importa. El anticomunista no necesita realidad, le basta con una buena ficción. Habla del comunismo como si Lenin estuviera vivo y tuiteando desde Recoleta. Cita a Stalin con más precisión que su propio RUT y cree que “la amenaza roja” se filtra por las rendijas de algún ministerio. En su mente, Chile está a una reforma tributaria de convertirse en Venezuela, y cada vez que Camila Vallejo da una entrevista, una pequeña Unión Soviética renace en Ñuñoa.
Sus argumentos son reliquias. Habla de la URSS como quien habla de Mordor: un lugar oscuro, lleno de maldad, del que nadie regresa. Lo curioso es que ese comunismo ya no existe, y el poco que queda ha mutado en capitalismo con bandera roja. Pero no se le puede decir eso, porque entonces se queda sin monstruo. Y sin monstruo, se queda sin discurso.
Es el mismo que denuncia “la dictadura comunista de Maduro” desde su iPhone, fabricado por obreros chinos bajo el partido comunista más exitoso del planeta. Viste ropa hecha en talleres del proletariado asiático y cree que el libre mercado es sinónimo de libertad, aunque su vida entera dependa de corporaciones que saben más de él que su propia madre. Pero nada de eso lo perturba: su misión no es pensar, es repetir.
El anticomunista chileno es pintoresco. Heredó los traumas de sus abuelos golpistas, los miedos de sus padres catequistas y los discursos de algún tío que aún cree que Allende escondía una bomba termonuclear en La Moneda. Habla de “la libertad” como quien habla de una mascota, pero la confunde con la impunidad. Cree que el comunismo es el enemigo de la democracia, sin notar que su propio caudillo favorito sueña con terminarla cada cuatro años.
En su zoológico mental, Daniel Jadue es una mezcla entre Stalin y Hugo Chávez, y Camila Vallejo una Mata Hari marxista infiltrada en La Moneda. Cree que la palabra “redistribución” es un hechizo satánico, y que los derechos sociales son una amenaza directa a su libertad de quejarse. Vive en un eterno estado de alerta ideológica, como un perro guardián que ladra al reflejo del televisor.
Lo más irónico es que no odia el comunismo: odia la idea de que alguien piense distinto. Porque si se detuviera un momento a entender qué fue realmente el comunismo —sus errores, sus aportes, sus contextos—, se vería obligado a hacer algo que detesta: pensar. Y pensar es subversivo. Es incómodo. Es marxista.
Su anticomunismo no se alimenta de lectura, sino de rencor. Es una religión sin dios, un dogma sin teología. Y su misa se celebra todos los días en redes sociales, con sermones sobre la URSS dictados por influencers que no saben ubicarla en un mapa. Si Marx levantara la cabeza, no sabría si reírse o demandarlos por difamación.
Mientras tanto, el planeta enfrenta desafíos reales: crisis climática, desigualdad, concentración de riqueza, automatización del empleo. Pero el anticomunista prefiere seguir peleando con el fantasma del marxismo imaginario. Es más fácil gritar “¡comunistas!” que aceptar que el capitalismo que idolatra ya no lo necesita: lo reemplazó por un algoritmo.
Y así sigue, con su cruzada patética, defendiendo un mundo que ya no existe de una amenaza que nunca llegó. Un Don Quijote sin lectura y sin Rocinante, blandiendo su espada de ignorancia contra molinos de viento ideológicos. La única diferencia es que, al menos, Don Quijote sabía que estaba loco. @MisColumnas
LA MUERTE DE LA ELOCUENCIA
El ocaso de las palabras.
Cuando la política se quedó sin diccionario y sin vergüenza.
Hay un fenómeno particularmente inquietante en la política contemporánea: la decadencia del lenguaje. No hablo del natural desgaste que el tiempo provoca en las palabras, sino de su deliberado empobrecimiento, de esa erosión intelectual que convierte el discurso político en una parodia de sí mismo. Escuchar o leer a ciertos candidatos y sus entusiastas portavoces es asistir a un espectáculo tragicómico donde la sintaxis agoniza y la retórica se arrastra, mutilada, en el fango de los adjetivos vacíos y las consignas prefabricadas.
En vez de ideas, se ofrecen frases sueltas que aspiran a ser virales, pero apenas alcanzan a ser coherentes. Las oraciones se construyen como memes: breves, sin contexto, sin pensamiento, sin decoro. Hay una pobreza de vocabulario que asusta, una ignorancia exhibicionista que se confunde con autenticidad, y una tosquedad expresiva que algunos, con desparpajo, llaman “hablarle al pueblo”. Como si la ciudadanía fuera un rebaño que sólo entendiera gruñidos.
La falta de argumentos se suple con descalificaciones. Cuando la razón no alcanza, se inventan cifras; cuando las cifras no convencen, se inventan enemigos. Todo vale mientras la consigna rime. Así, los debates se han convertido en ferias de improperios donde lo que menos importa es debatir. Las ideas —esas antiguallas incómodas que exigen reflexión— han sido reemplazadas por frases hechas, comparaciones absurdas y ejemplos que harían sonrojar a un escolar de primaria.
Pero lo más inquietante no es la mediocridad de quienes hablan, sino el fervor con que son aplaudidos. Cada barbaridad lingüística, cada falacia adornada con un gesto de suficiencia, encuentra su coro de seguidores que celebran la ignorancia como si fuera un mérito cívico. Los aplausos a la estupidez se han vuelto el nuevo pulso de la democracia. Lo que antes habría sido motivo de vergüenza —la incapacidad para articular una idea o defender un argumento— hoy es celebrado como “sentido común”.
En otro tiempo, la política fue el arte de persuadir con la palabra, de iluminar con el razonamiento y conmover con la elocuencia. Hoy, en cambio, parece el arte de vociferar sin decir nada, de repetir sin pensar, de reducir toda complejidad a un eslogan de tres sílabas. Lo que alguna vez fue oratoria se ha convertido en ruido amplificado, y lo que fue liderazgo intelectual hoy es simple administración de la trivialidad.
El nivel del debate político refleja el nivel de quienes lo protagonizan, pero también el de quienes lo toleran. Una sociedad que aplaude la grosería y la mentira como signos de autenticidad es una sociedad que renuncia, poco a poco, a su propia inteligencia. Quizá por eso tantos candidatos desprecian la gramática: saben que no la necesitan. Les basta el aplauso de los crédulos, la emoción del instante, la viralización del insulto.
No es que falten temas profundos; es que faltan mentes capaces de abordarlos. No es que no haya palabras, es que ya nadie sabe usarlas. Los políticos de hoy no buscan convencer, sólo entretener; no aspiran a ser recordados por sus ideas, sino por sus frases huecas. Y mientras el discurso público se llena de ecos vacíos, el idioma —ese instrumento sagrado del pensamiento— se oxida en las manos de quienes jamás aprendieron a pensar con precisión.
El drama no es sólo lingüístico, sino moral. Porque quien empobrece el lenguaje empobrece el pensamiento, y quien empobrece el pensamiento termina empobreciendo la democracia. Y así, entre consignas torpes, adjetivos inflamados y ejemplos de caricatura, asistimos al funeral del verbo político. Un funeral sin orador, por supuesto, porque ya nadie sabe hablar. @MisColumnas
EL QUE NO SALTA…
Radiografía de un acto grupal.
En los ochenta, cuando Chile aprendía a gritar con miedo, los estudiantes coreaban en las calles: “El que no salta es Pinochet”. Era un canto simple, casi infantil, pero cargado de un simbolismo tan poderoso que ningún tanque ni uniforme logró acallarlo. Décadas después, la consigna mutó y se adaptó a los escenarios del fútbol, la política y las redes sociales. Hoy, en el estadio, el coro se actualiza, los Colocolinos entonan: “El que no salta es chuncho”. En las marchas: “El que no salta es facho”. En Argentina se oye con frecuencia: “El que no salta es inglés”…los peruanos entonan: “El que no salta es chileno”, ejemplos sobran, y en la ironía del presente: “El que no salta es Paco”. La estructura es la misma, lo que cambia es el destinatario de la afrenta popular.
El grito tiene algo de coreografía y de catarsis colectiva. No es violencia, es sincronía emocional. Es el lenguaje de las masas, ese que los analistas de corbata nunca entenderán. Las multitudes no escriben ensayos; vibran, reaccionan, condensan la historia en una sola sílaba. Saltar, en este contexto, es más que moverse: es decir “no pertenezco a eso que desprecio”. Es un acto de comunión, —una metáfora de identidad—.
Pero como en toda metáfora, siempre hay un literalista dispuesto a ofenderse. Hoy abundan los que, sin nunca haber sudado una marcha ni cantado una consigna, declaran con rostro adusto que “el que no salta es Paco” es una afrenta intolerable. Son los guardianes de la moral intermitente, los mismos que se indignan por un grito en un recital pero guardan un silencio sepulcral frente a un sobre con dinero o una licitación amañada. Los que claman por respeto mientras negocian favores, los que jamás saltan porque están cómodamente sentados en sus privilegios.
La paradoja es deliciosa: quienes hoy se desmayan de indignación por una consigna son los herederos de quienes callaron —o justificaron— la tortura, la censura y las desapariciones. Son los que, cuando se les habla de justicia, responden con una palabra que les sale automática: “venganza”. Los que hablan de reconciliación pero jamás pidieron perdón. Los que dicen “dejemos el pasado atrás” mientras siguen viviendo de él.
Indignarse por “el que no salta es Paco” y no por la corrupción policial, es un arte de prestidigitación moral. Es taparse los oídos ante los escándalos, las coimas y los narcofuncionarios, mientras se señala con el dedo al joven que brinca en una cancha. Es, en suma, un ejercicio de hipocresía con banda sonora.
Y no faltan los opinólogos que intentan elevar la discusión: hablan de “odio”, de “discurso peligroso”, de “fractura social”. Lo dicen con la gravedad de quien jamás ha puesto un pie en la calle ni ha sentido el rugido de la multitud. No entienden que ese salto colectivo, ese latido sincronizado, no es odio: es memoria. La masa recuerda, aunque los notables prefieran olvidar.
Quizá haya llegado el momento de actualizar la consigna. De reemplazar las etiquetas futboleras o las réplicas del pasado por una más transversal, más justa, más urgente: “El que no salta es Corrupto.” Ahí sí, que tiemble el suelo. Porque ese grito no tendría colores ni ideologías. Haría brincar a todos los que aún conservan un mínimo de vergüenza, y dejaría plantados —inmóviles, de piedra— a los mismos de siempre: los que se ofenden por un canto, pero no por un soborno; los que lloran por una consigna, pero no por un país saqueado.
Quizá el día en que la multitud entera salte por la honestidad, cuando el grito no apunte al adversario sino al sistema podrido que nos gobierna, ese día el país entero moverá el piso. Y veremos, al fin, quiénes no saltan —y por qué. @MisColumnas
EL CANDIDATO EN LA PECERA
José Antonio Kast decidió clausurar su campaña no con palabras, sino con vidrio. Y no cualquier vidrio, sino uno blindado, grueso, caro, translúcido como sus convicciones autoritarias, y tan simbólico como sus silencios. Allí estaba él, detrás del cristal antibalas, encarnando —sin proponérselo— la metáfora más precisa de su proyecto político: un candidato aislado del país real, protegido de la gente a la que dice representar y rodeado de un miedo que no existe, pero que necesita fabricar para poder existir él mismo.
Chile, vio a Kast parapetado tras su muro de plexiglás patriótico, como si la Alameda fuese Gaza y el micrófono un arma de destrucción masiva. La escena era una parodia de sí misma: el aspirante a presidente de los “valientes” escondido tras un escudo de paranoia. Nadie lo amenazaba, pero él necesitaba sentirse amenazado. Porque sin peligro, no hay relato; sin enemigo, no hay discurso.
El problema no fue el vidrio, sino la intención: convertir la seguridad personal en espectáculo político. Kast, con su vocación de Trump andino, no quiso protegerse de las balas, sino del olvido. Quiso mostrar que Chile está al borde del abismo, que la delincuencia acecha incluso al candidato de la “mano dura”. Pero el único disparo visible fue el que él mismo se dio al pie de la sensatez.
El blindaje no era una medida de prudencia; era una escenografía. Un acto de propaganda cuidadosamente diseñado para reforzar el miedo, ese combustible que mantiene viva su retórica. Si algo ha aprendido de Trump, Bolsonaro y compañía, es que el terror vende más que la esperanza. El truco es simple: exagerar la amenaza, dramatizar la inseguridad y presentarse como el único capaz de restaurar el orden. La mampara no lo protegía del peligro; lo protegía del sentido común.
Porque el país que él describe no existe. No hay francotiradores en los balcones, ni comandos anarquistas planeando su caída. Hay ciudadanos cansados, sí, preocupados, también. Pero no asaltantes al acecho de su discurso. Montar un espectáculo de paranoia en un país donde las balas aún no gobiernan la política es un insulto al temple cívico de los chilenos. Es teatralizar el miedo para justificar el autoritarismo que le late debajo del traje.
Kast no habló detrás de un vidrio: habló a través de él. Y ese matiz es decisivo. Porque el vidrio distorsiona, separa, filtra. Lo que llega al público ya no es el mensaje original, sino su eco encapsulado. No hubo cercanía, ni conexión, ni humanidad. Sólo un reflejo: el del hombre que teme más al pueblo que a sus fantasmas.
En lugar de transmitir seguridad, proyectó fragilidad. En vez de valentía, teatralidad. La torpeza no estuvo en el gesto, sino en la lectura: creyó que el blindaje lo haría parecer fuerte, cuando lo dejó expuesto como lo que es: un candidato que confunde coraje con espectáculo y liderazgo con performance.
El vidrio, al final, fue su confesión involuntaria. “Porque quien necesita protegerse de una amenaza inexistente revela que no cree en el país que aspira a gobernar. Y quien usa el miedo como estrategia política, termina siendo prisionero de su propia ficción”.
Kast quiso mostrarse invulnerable, y terminó mostrándose temeroso. Pretendió encarnar la firmeza, y encarnó la fragilidad. Así, su mampara de seguridad no fue una barrera contra las balas, sino contra la credibilidad. Un símbolo de lo que su proyecto representa: un Chile encerrado en su miedo, blindado contra la empatía, aislado del presente y mirando con nostalgia un pasado que sólo existe en su imaginación.
El candidato no habló tras un cristal antibalas. Habló desde su propia burbuja ideológica. Y desde ahí, ningún sonido llega claro al país real. @MisColumnas
BERNARDO FONTAINE
El economista de la energía
sin-ética.
Hay santos de la fe, mártires de la patria y, desde ahora, tenemos a Bernardo Fontaine: el cruzado de las AFP, el sacerdote mayor del capitalismo previsional, el hombre que convirtió el “modelo chileno” en una religión con dogmas, diezmos y campañas en redes sociales pagadas con dinero sagrado… o mejor dicho, con dinero ajeno.
Porque lo que se acaba de destapar no es un mero exceso contable, sino una epifanía de la política digital moderna: una fundación de nombre inocente, Ciudadanos en Acción —con la pureza de un jardín infantil y la transparencia de un espejo empañado— habría operado una maquinaria de propaganda financiada por la Asociación de AFP, todo bajo la batuta de Fontaine, el economista devenido en operador político del Partido Republicano.
El libreto es digno de un thriller barato: más de $200 millones en pauta pagada para defender el sistema previsional, atacar las reformas y, de paso, empujar discretamente la candidatura de José Antonio Kast. Todo con la fineza de una cirugía plástica hecha con motosierra. Y, como si fuera poco, un ejército de influencers y trolls lanzados a destrozar reputaciones, entre ellos el conocido Matías Lorca, alias “Canal de Mati”, quien difundió falsedades sobre la salud de Evelyn Matthei antes de desaparecer de internet, arrepentido o pagado —quizá ambas cosas—.
Fontaine, ese “supuesto” experto en pensiones, parece haber entendido mejor que nadie cómo jubilar la ética y reinvertir los dividendos en política. No le bastó ser el apóstol de las cuentas individuales; ahora funge de intermediario entre el dinero corporativo y la manipulación electoral. Un alquimista moderno que transforma las cotizaciones en votos, y los aportes previsionales en propaganda digital.
Mientras tanto, la derecha se debate entre el estupor y el silencio. Kast, que prometía moral y orden, aparece ahora envuelto en una trama de financiamiento opaco. Matthei, víctima de la desinformación que su propio sector sembró, exige explicaciones. Y el resto del espectro político observa con un deleite culposo el incendio ajeno.
Pero el problema, por desgracia, no es sólo Kast ni Fontaine. Es el espejo digital que nos devuelve la imagen de una democracia perforada por el dinero y las sombras. Cuando los gremios empresariales financian opinión disfrazada de ciudadanía, cuando las fundaciones se convierten en fachadas de lobby, y cuando la deliberación pública se decide por pauta y algoritmo, lo que muere no es la transparencia: es la soberanía.
Fontaine quizás crea que está defendiendo la libertad. Pero su libertad es la de pagar por hablar más fuerte que los demás. Es la libertad de los poderosos para comprar legitimidad, de los ricos para vestir sus intereses con ropas de virtud. En esa lógica, el pueblo no opina: sólo replica hashtags cuidadosamente diseñados por agencias, esas nuevas fábricas de consenso digital.
Y sin embargo, el verdadero milagro no es el dinero oculto, sino la ingenuidad persistente de un país que aún se sorprende. ¿De verdad alguien creía que el fervor ciudadano en defensa de las AFP era espontáneo? ¿Que los memes contra las reformas nacían del corazón de los cotizantes y no del bolsillo de los gerentes? La única sorpresa es que el disfraz haya durado tanto.
La investigación periodística sólo rasca la superficie de un modelo más amplio: el de la política convertida en marketing, la ética subcontratada y la verdad reducida a campaña segmentada. Norberto Bobbio lo advirtió con precisión quirúrgica: la democracia no consiste en votar, sino en saber por qué se vota. Pero en la era Fontaine, ese conocimiento tiene precio, pauta y factura.
Si el dinero del sistema previsional terminó financiando la maquinaria electoral del candidato de la “honestidad moral”, estamos ante algo más que un escándalo: es la privatización definitiva de la conciencia cívica. Y, como todo en este modelo, también eso tiene su rentabilidad. @MisColumnas
PUNTA PEUCO:
LA MEMORIA INCÓMODA.
Parte de un país que llora por sus carceleros mientras calla por sus muertos.
Hay quienes, con tono grave y gesto compungido, levantan hoy la bandera de la “humanidad” para pedir clemencia por los presos de Punta Peuco. Dicen que son ancianos enfermos, que ya cumplieron su tiempo, que merecen morir en paz, en sus casas, rodeados de sus nietos y del aroma a jardín. Qué nobles almas, qué generoso espíritu cristiano… aunque, curiosamente, esa misma compasión no apareció cuando sus víctimas fueron arrancadas de sus camas, vendadas, torturadas y ejecutadas con el método más eficiente de la época: el del terror.
Punta Peuco no es un asilo, es una cárcel. Aunque a ratos parezca un club de campo con mejores modales que gendarmería. Allí no viven mártires ni soldados que defendieron la patria: viven delincuentes condenados por delitos de lesa humanidad, por crímenes que ni el tiempo ni la edad borran. Algunos llevan sobre sus espaldas cientos de años de condena simbólica, porque la justicia humana —limitada pero necesaria— quiso al menos nombrar lo innombrable.
Los mismos que hoy piden “indulto humanitario” son los que, en su momento, justificaron la barbarie como una “guerra interna”. Los que hablaron de “errores inevitables”, como si el asesinato de una mujer embarazada o la desaparición de un estudiante fueran simples daños colaterales. Y ahora, cuando la biología les pasa la cuenta a sus verdugos, descubren de pronto la ternura. Piden humanidad, pero solo hacia un lado de la historia.
Humanidad sería —si de verdad quieren practicarla— decir dónde están los cuerpos, permitir a las familias cerrar sus duelos, restituir al menos la verdad, que es lo único que puede redimir un poco tanto horror. Pero no: ellos siguen en silencio, aferrados a su orgullo, convencidos de que cumplieron una “misión”. La cobardía tiene muchas formas, y una de las más obscenas es la del que envejece sin arrepentirse.
Dicen que la vejez ennoblece. Pero no hay arruga que borre la crueldad, ni bastón que justifique el horror. Los defensores de los viejos torturadores hablan de misericordia, olvidando que el arrepentimiento es condición para el perdón, y que quien no reconoce su culpa no merece clemencia. La justicia no tiene fecha de caducidad, ni puede ser reemplazada por un pañuelo de compasión tardía.
Los mismos que hoy se conmueven por las dolencias de los reclusos jamás se conmovieron por las madres que murieron esperando saber dónde estaban sus hijos. Jamás lloraron por los cuerpos arrojados al mar o enterrados en fosas comunes. La empatía parece ser un privilegio selectivo, un recurso político para lavar conciencias y cosechar votos.
No se trata de venganza, sino de dignidad. El país que olvida lo que fue capaz de hacer se condena a repetirlo. Y quienes hoy piden perdón en nombre de otros, sin exigir verdad ni arrepentimiento, no son humanitarios: son cómplices de una memoria mutilada.
Así que cuando oigo hablar de “indulto humanitario”, no puedo evitar pensar en esas familias que siguen poniendo flores sobre un nombre sin cuerpo. En ellas no hay odio, solo un amor suspendido, una herida que el tiempo no cierra porque aún no se ha dicho la verdad. Quizás ese sea el único acto verdaderamente humano que nos queda pendiente: no olvidar.
Porque si la humanidad es compadecer al victimario y olvidar al asesinado, entonces hemos perdido incluso la noción de lo que significa ser humanos. @MisColumnas
MANUAL DEL PRECARIO INTELECTUAL MODERNO
10 Pasos para identificarlo.
Cuando hablamos de precariedad intelectual, no nos referimos necesariamente a un bajo coeficiente intelectual, aunque siempre hay indicios, sino a una limitación en el pensamiento crítico, la autocrítica y la comprensión del mundo. Es un fenómeno más sociocultural que neurológico. En este sentido, hay señales bastante claras que delatan a alguien intelectualmente precario —o, dicho en lenguaje más coloquial, mentalmente corto de luces.
Aquí van 10 señales bien fundadas (y observables), junto a, cómo detectarlas:
1. Incapacidad para cuestionar sus propias ideas
• Señal: Cree que tener una opinión es lo mismo que tener razón.
• Cómo se detecta: Cuando se le plantea un argumento contrario, reacciona con molestia o sarcasmo en lugar de analizarlo. No distingue entre debatir y pelear.
2. Uso de frases hechas o consignas en vez de razonamientos
• Señal: Repite lo que escucha en redes o en líderes de opinión sin procesarlo.
• Cómo se detecta: Si cambias el contexto de la frase, se desarma. Ejemplo: “Todos los políticos son corruptos”, “La ciencia también se equivoca”. Son muletillas cognitivas.
3. Pensamiento binario
• Señal: Divide todo entre buenos y malos, izquierda o derecha, patriotas o traidores.
• Cómo se detecta: No admite matices ni grises; las zonas intermedias le resultan sospechosas.
4. Rechazo a la lectura o al aprendizaje profundo
• Señal: Le aburre o incomoda lo que requiere concentración.
• Cómo se detecta: Consume sólo contenido breve o emocional (reels, titulares, memes) y presume de “no necesitar leer tanto para entender la vida”.
5. Falta de curiosidad genuina
• Señal: No pregunta “por qué”, sólo “para qué me sirve”.
• Cómo se detecta: No investiga nada fuera de su burbuja de interés. Su conocimiento es funcional, nunca exploratorio.
6. Confusión entre sentir y pensar
• Señal: Cree que la emoción valida la verdad.
• Cómo se detecta: Si algo lo emociona o lo indigna, lo asume como verdadero. Ejemplo: comparte noticias falsas “porque suenan creíbles”.
7. Egocentrismo argumental
• Señal: Cree que su experiencia personal prueba una teoría universal.
• Cómo se detecta: “A mí me funcionó, así que es verdad”. Es la dictadura del testimonio sobre la evidencia.
8. Necesidad de pertenecer a grupos que piensan por él
• Señal: Su identidad depende de la ideología, religión, partido o tribu digital.
• Cómo se detecta: Usa constantemente el “nosotros” y el “ellos”. Pierde autonomía intelectual.
9. Desprecio por la complejidad
• Señal: Desconfía de lo técnico, de lo académico o de lo que requiere contexto.
• Cómo se detecta: Frases tipo “no lo compliques tanto”, “eso es puro verso de intelectuales”.
10. Resistencia al cambio de paradigma
• Señal: Prefiere mantener creencias falsas a aceptar datos que lo contradicen.
• Cómo se detecta: Ante nueva evidencia, dice “yo igual pienso lo mismo”. Es un mecanismo de defensa del ego.
En resumen:
Una persona intelectualmente precaria no es necesariamente ignorante aunque suele serlo: puede tener títulos, dinero o éxito. Lo que la define es la pobreza en el pensamiento crítico, la incapacidad de revisión interna y la alergia al conocimiento incómodo, y por cierto, una alta pereza intelectual.
NOTA: Si algún candidato presidencial califica en los puntos anteriores, no es casualidad, es una constatación. @MisColumnas
TEST DEL PRECARIO INTELECTUAL MODERNO
Preguntas y opciones.
1. Cuando alguien contradice tu opinión en un debate:
A. Escucho, analizo y, si tiene razón, lo reconozco sin trauma.
(0 puntos)
B. Intento mantener mi punto, aunque empiece a sonar a delirio
(1 punto)
C. Lo bloqueo, lo insulto o le explico que soy “una persona que piensa por sí misma”.
(2 puntos)
2. Si lees una noticia impactante en redes sociales:
A. Reviso la fuente, el contexto y la comparto si amerita.
(0 puntos)
B. Si la veo tres veces, ya debe ser verdad.
(1 punto)
C. La reenvío de inmediato porque “los medios mienten, pero mi tía en WhatsApp nunca”.
(2 puntos)
3. Cuando alguien te habla de un tema complejo:
A. Escucho y pregunto. Tal vez aprendo algo.
(0 puntos)
B. Me desconecto mentalmente, pero asiento para parecer inteligente.
(1 punto)
C. Digo que todo eso es “puro verso de intelectuales zurdos/neoliberales/globalistas” (según el día).
(2 puntos)
4. ¿Qué piensas de cambiar de opinión?
A. Es signo de evolución.
(0 puntos)
B. Lo hago si el viento político sopla fuerte.
(1 punto)
C. Jamás: cambiar de opinión es de débiles y comunistas.
(2 puntos)
5. ¿Qué lugar tiene la emoción en tus juicios?
A. Es un insumo, no una brújula.
(0 punto)
B. Si me enoja o me emociona, ya es suficiente evidencia.
(1 punto)
C. Si lo siento en el pecho, es verdad. La ciencia puede ir a llorar a otra parte.
(2 puntos)
6. Cuando alguien tiene más estudios o conocimientos que tú:
A. Escucho y aprendo. Saber más no debería ser delito.
(0 punto)
B. Desconfío: seguro vive de mis impuestos.
(1 punto)
C. Pienso que la universidad es un lavado de cerebro y que “la verdadera sabiduría está en la calle y RRSS”.
(2 puntos)
7. ¿Qué opinas de la lectura?
A. Leer es la forma más eficiente de viajar con la mente.
(0 punto)
B. Leo los titulares y ya sé de qué trata todo.
(1 punto)
C. No leo porque no me gusta que me digan qué pensar (para que leer si todo está en TikTok).
(2 puntos)
8. ¿Cómo reaccionas ante una idea nueva que contradice tus creencias?
A. La evalúo con curiosidad.
(0 punto)
B. Me da urticaria, pero disimulo con una sonrisa.
(1 punto)
C. Digo “eso lo inventaron los globalistas izquierdistas para controlar nuestras mentes” y me quedo tranquilo.
(2 puntos)
9. ¿Qué valor le das a la evidencia científica?
A. Fundamental: sin evidencia, todo es superstición.
(0 punto)
B. A veces la ciencia se vende, como todo.
(1 punto)
C. Ninguna: Un amigo lo probó en su casa y no funcionó.
(2 puntos)
10. Si alguien tiene una opinión opuesta a la tuya:
A. Lo escucho: quizá amplíe mi perspectiva.
(0 punto)
B. Me cuesta, lo tolero pero no le creo.
(1 punto)
C. Lo considero un traidor, enemigo del pueblo y de la patria.
(2 puntos)
INTERPRETACIÓN DE RESULTADOS.
0 – 5 puntos
→ Pensador Crítico
(en vías de extinción)
Raro espécimen capaz de leer más de un párrafo sin entrar en pánico. Aún conserva curiosidad, capacidad de duda y, lo más alarmante, sentido del humor. Evítese exponerlo demasiado: puede generar conciencia en su entorno.
• Lema: Lo investigaré.
6 – 10 puntos
→ Pensador híbrido
Algunos días razona, otros se ilumina con memes. Oscila entre el análisis y el berrinche. Cree que es escéptico, pero en realidad sólo desconfía de lo que no confirma sus prejuicios. Tiene salvación si deja de informarse por YouTube.
• Lema: Yo creo que…
11 – 15 puntos
→ Precario funcional
(Clásico ciudadano promedio)
No piensa, pero opina. No lee, pero sentencia. Tiene una sólida formación en redes sociales y doctorado en “me dijeron que”. Puede sobrevivir décadas sin ideas propias y aún sentirse un libre pensador.
• Lema: No me tinca…
16 – 19 puntos
→ Precario total
(Nivel influencer)
Su mente es un parque temático de conspiraciones. Repite frases de Twitter como si fueran verdades reveladas. Cree que wikipedia es una biblioteca y que la Tierra quizás no sea esférica.
• Lema: Si lo sentí, es real.
20 puntos
→ Republicano o Libertario.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA DIPUTADA CAMILA FLORES.
Diputada Flores: @Cami_FloresO
He visto y he leído sus declaraciones, esa fiesta suya del 11 de septiembre, y no puedo sino pensar en alguien que baila sobre las cenizas de su propia patria creyendo que esas brasas son fuegos artificiales. Su celebración es un carnaval de sombras: usted aplaude verdugos como quien corona al hambre, como quien besa al cuchillo que corta la garganta.
Se declara pinochetista con el mismo orgullo con que un mendigo proclama al dueño del palacio que lo ignora. No es valentía, diputada, es exhibición de servidumbre. No es convicción, lo suyo es miedo disfrazado de bravata. Usted no defiende ideas: usted reza estampitas manchadas de sangre. Su “fe” no es doctrina, es cobardía petrificada en dogma.
Usted levanta altares a un dictador con la inocencia torpe de quien confunde la bota con el pedestal. Se arrodilla ante el verdugo creyendo que la sombra de su sable le da estatura. Y lo hace con esa memoria selectiva tan cómoda, donde la prosperidad de unos se eleva como torre, siempre que los cimientos estén hechos de huesos ajenos. ¿Cree usted que la historia es tan dócil como sus frases de sobremesa? Pues no, diputada: la historia registra con letra de hierro lo que usted intenta escribir con tiza barata.
Su visión es un catecismo de niños temerosos, el mundo partido en dos, los buenos de su lado, los malos enfrente. Esa geometría ridícula la tranquiliza. Así no piensa, no duda, no se contradice: duerme. Pero no hay sueño más mezquino que aquel que necesita el silencio de los desaparecidos para ser posible. Usted llama “orden” a la paz de los cementerios, llama “patria” a un laboratorio económico levantado con gritos, llama “seguridad” a los barrotes que nunca la encerraron.
Lo suyo no es amor al orden: es terror a la libertad. Porque la libertad obliga a pensar, a debatir, a perder alguna vez. Y usted, como tantos idólatras del látigo, prefiere el refugio militar de la obediencia antes que el riesgo democrático del desacuerdo. Su devoción por Pinochet no es política, es psicológica: el temblor del alma pequeña que se aferra al caudillo como quien se abraza a un tronco podrido en medio de la corriente.
Sus argumentos, diputada, son láminas repetidas: “era necesario”, “fue una guerra”, “seríamos Cuba”. Talismanes contra la verdad, letanías para no escuchar los pasos de los que no volvieron. Usted no lee, usted no investiga: usted reza. No se enfrenta a la realidad: la camufla en caricatura, porque admitir la magnitud del horror sería mirarse en el espejo y descubrir que en su boca habita la negación, en su corazón la cobardía y en su mente el odio.
Su figura política, diputada, es diminuta. Un eco menor en la orquesta de la democracia, que desafina con la obstinación del que cree tocar un violín mientras sólo golpea una cacerola vacía. Usted no engrandece a Pinochet: apenas prolonga su sombra, repitiendo como loro de feria la consigna que otros ya olvidaron por vergüenza. Cree heredar grandeza, y en realidad sólo custodia polvo.
Celebre, sí, si quiere. Brinde con su nostalgia como quien bebe agua envenenada llamándola vino. Sonría bajo el retrato del dictador, encienda velas a la estatua de su miedo. Pero no confunda su fiesta con historia ni su servidumbre con patriotismo. Porque lo único que exhibe, diputada, es su precariedad moral, su pobreza individual, su pequeñez intelectual.
Usted no será recordada por valentía ni por visión. Será recordada como la caricatura que celebró verdugos, como la diputada que confundió obediencia con gloria, como la sombra menor de una sombra mayor. Y cuando la memoria del país vuelva a pasar cuentas —porque siempre las pasa—, su nombre quedará escrito en la orilla más triste: la de los que aplaudieron al verdugo mientras el pueblo lloraba a sus muertos.
Atentamente,
Un ciudadano que no celebra cenizas ni brinda con la sangre de su propio país, un compatriota que no celebra verdugos ni nostalgias. siniestras.
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Kast sobre Johannes Kaiser que justifica fusilamientos, liberaría militares, encarcelaría a jueces: "Tenemos que potenciar lo que haces. Sus aciertos comunicacionales marcan la pauta en la opinión pública".
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