encontraros ninguno de mis hermanos.
El aleteo de un ave, el mismo cuervo de las tres noches anteriores, encuentra descanso sobre una rama por encima de sus cabeza.
— Podéis llamarme Centinela.
— Pude atrapar su alma antes de que la reclamaran las líneas dragón.
Menciona una hazaña como tal sin perder su calma.
Con una mano a su espalda, se adentra en la oscuridad de la noche, cuyas sombras le abrazan con recelo, permitiendo que solo sus dorados sean visibles.
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—¿Sigue opinando? Vi muy bien cómo se deshizo en oro cuando me lo cargué —dice como si nada, fijando la mirada en el fuego que iluminaba aquella noche tan oscura como si nada. La pelirroja de recuesta mejor sobre la roca, y entonces extiende su mano, haciendo desaparecer las
alas, querida. No se las muestro a cualquiera.
Pues las suyas eran sensibles, a diferencia de las de sus hermanos, que las empleaban como arma.
— Que estés frente a mí, respirando, hace especialmente interesante vuestra naturaleza. No deberíais estar viva, no debería /+
indefensa". —diestra acude a su propio pecho— No intentéis ninguna estupidez, no vacilaré.
Coge aire, manteniendo aún la distancia.
— ¿Qué sois? No parecéis más que una cenicienta —un ebudan en proceso de lograr su sue aman— pero no noto un ápice de luz en vos.
Las sombras se despegan de su cuerpo como si de una gran tela se tratase, dejando a la vista sus llamativas prendas blancas, sus alas y su cabello albino. Su impasible rostro se tuerce al liberar un suspiro.
— Mi querido amigo Noir no opina que contéis como "una mujer /+
Afilaba una de sus dagas contra la filosa piedra sobre la que se apoyaba al disfrutar de un festín, cuando aquel par de orbes se clavan en su nuca haciéndole curvar sus comisuras.
—¿Vas a salir de las sombras alguna vez? Observar a mujeres indefensas en medio de la noche no es
El vórtice destructivo engulle al pobre ser, que perece ante el torbellino mágico que revuelve sus tripas y arranca sus plumas, dejando un charco dorado bajo su cadáver.
En la cuarta luna no hay cuervo, pero una vez más unos ojos dorados inspeccionan a la desconocida desde /+
A la tercera luna, ya no hay cuervo. Invoca un vórtice destructivo bajo la patas del mismo, y si no funciona, se bastará de lanzarle una daga a la cabeza.
Con una pierna cruzada sobre otra, descansa sobre un banco que aprovecha magníficamente la sombra de un árbol. Sujeta un libro, carente de título, con una de sus manos.
excepción.
Con un sutil cabeceó la invitó a caminar con él. La taberna local no quedaba lejos, solo debían atravesar la manzana.
— ¿Con quién tengo el gusto?
La naturaleza de la presencia del albino era cuanto menos compleja. Uno podía pasar por alto su estar si no prestaba atención a su entorno; sin embargo, una vez percibido, sus ropas y su hacer despiertan la curiosidad de cualquiera.
— No debería, pero podemos hacer una /+
vergüenza en su tono, con sus dorados posados sobre el gran alado— La protección no se encuentra entre mis labores, tan solo el castigo; no parece merecer ninguno, por lo que dudo que deba hacer nada contra su ser.
— Al mismo.
Confirmó, manteniendo su estoica reacción.
La majestuosidad de un anciano escamoso en persona hacía palidecer los bestiarios que recogían información sobre ellos. Comprendía que un texto no pudiera recoger la belleza de un ser cuya alma podía cegar a cualquiera /+
capaz de ver más allá de lo mundano; comprende ahora la razón por la que estos son incluso respetados por entidades mayores.
Arregló con calma sus prendas, sacudidas por el viento que la criatura hubo levantado.
— No soy más que un mero espectador. —confirmó sin /+