@JorgeSharp Que manera de atraer bot con un comentario por un drogadicto en el gobierno.
La gráfica de Danilo Herrera le da la razón al ex alcalde.
"No estaban preparados para gobernar e improvisan y siguen con sus habituales maneras de proceder"
Son peores que el anterior gobierno. Sin duda
PSICÓPATAS
Si reúne a cien personas en una sala, es probable que una de ellas padezca psicopatía clínica y varias más exhiban rasgos psicopáticos. La mala noticia es que probablemente no podrá identificarla. No es el delincuente que el cine nos enseñó a temer. Puede ser el ejecutivo más admirado, el jefe más carismático, el vecino más amable o el político que mejor domina el arte de seducir a las masas con metáforas.
La psicopatía es uno de los trastornos de personalidad más estudiados y peligrosos de la psiquiatría. No consiste en una violencia explosiva ni en una pérdida de contacto con la realidad. El psicópata suele ser racional, calculador, encantador y funcional. Comprende las emociones ajenas, pero no las experimenta. Sabe qué produce dolor, culpa o miedo; pero carece del freno moral que esas emociones generan en la mayoría.
La neurociencia ha permitido comprender parte de este fenómeno. Estudios de neuroimagen muestran alteraciones en la comunicación entre la corteza prefrontal y la amígdala, estructura clave para procesar el miedo y la empatía. En muchos psicópatas esta última presenta un 18% menos volumen y una menor activación. El resultado es un cerebro que reconoce el sufrimiento ajeno como información, no como una experiencia emocional. Como resume el psicólogo forense Diego Quijada: el cerebro es el arma; el entorno es el gatillo.
Conviene distinguir conceptos.
El narcisista necesita admiración permanente y suele reaccionar con ira cuando se siente humillado.
El sociópata desarrolla conductas antisociales principalmente por factores ambientales.
El psicópata, en cambio, manipula con serenidad. No pierde el control: lo ejerce. No busca afecto; busca ventajas. Las personas son medios, nunca fines.
¿Cómo reconocerlo?
No existe una prueba infalible, pero sí patrones repetidos: encanto superficial, facilidad para mentir, manipulación constante, ausencia de culpa, incapacidad para asumir responsabilidades, escasa empatía, impulsividad controlada cuando conviene y una extraordinaria capacidad para adaptarse al interlocutor. Suelen causar excelentes primeras impresiones y dejar, con el tiempo, una estela de relaciones destruidas y personas utilizadas.
Un aspecto inquietante es que poseen una buena empatía cognitiva: entienden lo que otros sienten. Lo que les falta es empatía emocional. Comprenden el dolor; simplemente no lo comparten. Esa diferencia explica por qué pueden manipular con tanta eficacia.
¿Por qué aparecen con frecuencia en posiciones de poder?
Porque ciertos ambientes premian rasgos que, llevados al extremo, se parecen a la psicopatía: ambición, tolerancia al riesgo, capacidad de persuasión, sangre fría y disposición para tomar decisiones sin culpa. Esto no significa que la mayoría de los políticos o empresarios sean psicópatas, pero sí que la política, las grandes organizaciones y otros espacios altamente competitivos constituyen ecosistemas especialmente atractivos para quienes buscan poder, control e influencia.
La política añade un ingrediente decisivo: la capacidad de manipular no a una persona, sino a millones. El psicópata no necesita recurrir a la violencia física. Puede gobernar mediante: el carisma, la mentira, la desinformación y la explotación sistemática de los miedos colectivos.
¿Tiene tratamiento?
La evidencia es cauta. En adultos, la psicopatía presenta una elevada resistencia terapéutica. Sin embargo, la detección precoz de rasgos de insensibilidad emocional en niños y adolescentes permite intervenciones que mejoran el pronóstico antes de que la personalidad quede completamente consolidada.
Los psicópatas no representan un peligro porque parezcan monstruos. Lo representan porque rara vez lo parecen. Se disfrazan de liderazgo, seguridad y éxito. Tal vez por eso la verdadera pregunta no sea cuántos psicópatas existen, sino cuántas veces hemos confundido el carisma con la bondad, la ambición con el liderazgo y la ausencia de escrúpulos con fortaleza de carácter. @MisColumnas
DEMOCRACIAS MÍNIMAS, FRACTURAS MÁXIMAS
Cuando ganar por décimas comienza a parecer insuficiente para gobernar.
Las democracias contemporáneas están entrando en una zona de riesgo silenciosa: presidentes electos legítimamente, pero sobre sociedades que ya no logran construir mayorías políticas ni emocionales. Colombia y Perú vuelven a mostrarlo con crudeza. Diferencias mínimas, países partidos en dos y una sensación colectiva de que nadie ganó realmente, porque casi la mitad del país quedó disponible para resistir o desconocer moralmente al vencedor.
Quien obtiene 50,01% gobierna y quien obtiene 49,99% pasa a la oposición. No existe discusión jurídica posible. En términos institucionales, desde luego, un voto de diferencia basta, pero la política nunca ha sido solamente legalidad. También es percepción de representatividad, cohesión social y legitimidad emocional. Y allí comienza el problema.
Cuando una elección termina con márgenes tan estrechos, el resultado revela una sociedad incapaz de construir consensos básicos sobre su rumbo histórico. Ya no se trata sólo de diferencias ideológicas normales, sino de fracturas culturales profundas donde cada sector percibe al otro no como un adversario legítimo, sino como una amenaza existencial.
Ese es el principal riesgo cívico de nuestra época.
Las democracias necesitan algo más que reglas electorales; necesitan mínimos afectivos compartidos. Necesitan ciudadanos que, aun perdiendo, acepten y sientan que siguen formando parte del mismo proyecto nacional. Cuando eso desaparece, la política deja de ser competencia y comienza a parecerse a una guerra fría permanente. Cada elección se vive como un plebiscito terminal y cada gobierno actúa bajo la presión de demostrar fuerza rápidamente, porque sabe que gobierna sobre un terreno social extremadamente frágil.
En ese contexto, el autoritarismo comienza a parecer funcional. No necesariamente como dictadura clásica, sino como pulsión de eficacia. Aparece la tentación de “destrabar” decisiones complejas debilitando contrapesos y tensionando instituciones. La polarización extrema transforma la lentitud democrática en algo intolerable para sociedades cada vez más impacientes.
Paradójicamente, cuando los resultados son categóricos, al menos una discusión termina, y la resignación se hace presente. En cambio, cuando la diferencia es microscópica, la disputa nunca concluye. El perdedor siente que estuvo “a nada” y el ganador gobierna bajo inseguridad constante. La legitimidad legal existe, pero la autoridad política nace debilitada.
Buena parte de esta situación se explica por el deterioro del ecosistema informativo. Las redes sociales destruyeron antiguos espacios comunes de conversación y los reemplazaron por burbujas emocionales diseñadas para confirmar prejuicios. A ello se suma una prensa polarizada, más interesada en militar narrativas que en ordenar racionalmente el debate público.
Hay una frase de una canción de Los Prisioneros que adquiere hoy una dimensión política inquietante: “Puedo entender estrechez de mente, pero no voy a aceptar estrechez de corazón”. Muchos ciudadanos parecen haber llegado a ese límite. Pueden aceptar diferencias ideológicas profundas, pero no toleran democracias donde la representación se reduce a décimas y donde casi la mitad del país siente que las decisiones futuras no lo interpretarán ni lo incluirán.
Nada erosiona más una democracia que la sensación persistente de irrelevancia ciudadana. Porque cuando las personas dejan de sentirse representadas, también dejan de sentirse obligadas moralmente a comprometerse con las decisiones colectivas. Y allí nace el desprecio cívico: el terreno donde florecen el populismo y las salidas autoritarias.
Las democracias no mueren solamente por golpes de Estado.
A veces comienzan a vaciarse lentamente cuando las sociedades dejan de reconocerse unas a otras como una comunidad política compartida.
@MisColumnas
LA DEMOCRACIA IMPERFECTA
De la ignorancia al cosplay parlamentario.
Hubo un tiempo —lejano y casi mitológico— en que ingresar al Congreso implicaba cierta gravedad republicana. No bastaba con gritar, posar o convertirse en meme ambulante. Existía, al menos, el pudor intelectual de aparentar preparación. Hoy, en cambio, la política parece un casting permanente entre un reality show decadente y una convención de personajes extraviados de internet.
La democracia contemporánea no atraviesa una crisis menor. Está internada en la UCI, conectada a ventilación mecánica y con familiares discutiendo afuera si vale la pena reanimarla. Y no, el problema no es sólo ideológico. No se trata simplemente de izquierda o derecha. El deterioro es más profundo: es cognitivo.
Durante años se habló de corrupción, populismo o polarización. Pero existe algo todavía más corrosivo: la instalación de la estupidez como virtud electoral. El político ya no necesita conocimientos, lectura, coherencia o siquiera una sintaxis mínimamente funcional. Basta con viralizarse. La democracia dejó de premiar la preparación y comenzó a recompensar el espectáculo.
Así llegamos a un Congreso donde un diputado se creía Sheriff, otra parlamentaria apareció disfrazada de carabinera, otra corría como Naruto por los pasillos legislativos creyendo quizás que la República era una Comic-Con financiada por el Estado. Y ahora, como si la sátira hubiese renunciado por exceso de competencia, aparece Javier Olivares envuelto en una capa prusiana y lentes oscuros, evocando una estética pinochetista de utilería barata, mezcla entre villano de teleserie noventera y general de cotillón patriótico.
La escena habría sido considerada humor absurdo hace veinte años. Hoy ocurre en el Congreso Nacional. Y lo más inquietante no es que suceda, sino que ya casi no sorprende.
La democracia moderna parece haber confundido representación con animación de eventos. Los partidos políticos ya no buscan estadistas; buscan rostros reconocibles para electores fatigados intelectualmente. El criterio de selección dejó de ser la capacidad y pasó a ser la recordación de marca. Haber insultado fuerte en televisión vale más que leer un libro. Haber participado en un panel gritándose con otros analfabetos emocionales suma más votos que cualquier formación académica.
El resultado es devastador: personas que no saben construir una idea compleja administrando estructuras complejas. Individuos incapaces de hilar una frase ocupando cargos donde deberían discutirse leyes, presupuestos o políticas públicas. La democracia, concebida originalmente como un sistema de deliberación racional, terminó convertida en una plataforma de amplificación para egos histéricos y mediocridades televisivas.
Lo más grave es que ya ni siquiera existe vergüenza. Antes, la ignorancia procuraba esconderse. Hoy desfila orgullosa. La incompetencia se volvió identitaria. El político precario no busca elevar el debate; busca arrastrarlo al barro porque allí se siente intelectualmente cómodo. Y mientras más vulgar, más “auténtico” parece ante una ciudadanía agotada, rabiosa y cada vez menos exigente.
En columnas anteriores ya observábamos cómo el pensamiento binario domina la conversación pública, cómo la emocionalidad reemplazó al razonamiento y cómo la política se transformó en una pichanga amateur donde nadie conoce la estrategia, pero todos quieren figurar frente a la cámara. El problema es que ya no hablamos de metáforas humorísticas. Hablamos del poder real.
Porque cuando la democracia deja de seleccionar a los mejores y comienza a premiar a los más estridentes, entra en fase de decadencia institucional. Y eso exactamente está ocurriendo.
La tragedia no es sólo tener malos políticos. La tragedia es acostumbrarse a ellos. Normalizar el ridículo. Reírnos un rato de la capa prusiana, del cosplay parlamentario o del diputado hiperventilado de cristal, mientras lentamente se degrada la seriedad de las instituciones. @MisColumnas
Un pueblo sin memoria, es un pueblo sin futuro.
Qué importante hablar de democracia, derechos humanos y del Plan Nacional de Búsqueda desde el Museo de la Memoria, un lugar que alberga mucho dolor pero también esperanza en construir un mejor presente y futuro para Chile.
Gracias a todo el equipo del museo y a Marcia Scantlebury por la conversación. Los invito a escuchar la entrevista completa en el Youtube del @MuseoMemoriaCL
https://t.co/1LvlVTkWJ8
Terremoto en la derecha
Tomás Mosciatti denuncia que "poderosos empresarios" intervinieron para impedir la querella de @evelynmatthei contra @joseantoniokast.
Indica que esta maniobra nace del miedo a que un "Fiscal agudo" podría descubrir sus nexos con mafias de acoso digital.
Cuando se trata de dichos que relativizan las violaciones a los Derechos Humanos, las disculpas deben ser oportunas y dirigidas a quienes realmente corresponden. No basta con que Evelyn Matthei le pida disculpas al señor Sebastián Edwards. Lo fundamental es que esas disculpas se ofrezcan, ante todo, a las víctimas de la dictadura cívico-militar, es decir, a las familias de las y los torturados, ejecutados políticos y detenidos desaparecidos.