La imposibilidad colectiva de visionar un mundo mejor tiene una razón de ser: nuestra imaginación está en disputa. Lo que vemos, oímos y leemos tiende a profundizar en el catastrofismo porque culturalmente estamos condicionados a ello. Personajes como Donald Trump o De La Espriella lo saben y lo utilizan. De eso escribí para El Espectador.
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He isn't Palestinian.
He isn't Arab.
He isn't Muslim.
He isn't brown.
Because you dont have to be to oppose genocide.
@macklemore risked it all to stand for a people he could have considered "other".
Lets stand by him.
Internet, do your thing. Make him more famous than ever.
there’s something deeply healing about watching artists choose solidarity over silence. watching people walk away from stages, opportunities, comfort, because they refuse to leave someone standing alone. maybe this is what art is supposed to do:
La gente que defiende que haya más armas en las calles lo hace porque:
A. No entiende lo que implica (la brecha es cognitiva).
B. Le da lo mismo (la brecha es ética).
C. Le alegra y lo celebra (la brecha es sociopática).
Capturar la rutina cotidiana es una forma silenciosa pero valiosa de preservar la memoria afectiva: fotografiar los momentos ordinarios rescata la vida real que la nostalgia terminará echando de menos, demostrando que el verdadero valor de un recuerdo reside en lo cotidiano y no solo en las grandes celebraciones.
Un hilo muy importante sobre las donaciones y ayudas. Ayer entrevisté a uno de los coordinadores operativos de la Cruz Roja y recomendó cosas muy valiosas.
OJO. La pregunta que más ha llegado en estos momentos: si el terremoto le destruyó el apartamento, ¿se acaba la deuda con el banco? No. Hay algo peor que casi nadie sabe. Y hay una salida. Abro hilo.
Si conoce a alguien cuya casa quedó agrietada con el terremoto, dígale esto hoy. Cuando la vivienda está hipotecada, la ley exige que esté amparada contra incendio o terremoto, y esa prima ya se paga dentro de la cuota. Miles de familias van a pagar de su bolsillo un daño que ya estaba asegurado. El plazo para avisar a la aseguradora vence esta semana. Va hilo
¡Qué manicomio las unidades residenciales!
Por: @danysernam
Hace unos meses, mi papá decidió meterse al consejo de administración de la unidad. Yo pensé que era un espacio de vecinos organizados, gente tratando de cuidar lo que es de todos y de hacer rendir la plata. Algo casi técnico, casi aburrido.
Error.
Al lado de esto, La casa de los famosos se queda corta. Lo que pasa en una copropiedad es puro drama, enredos y pequeñas cuotas de poder que uno no ve venir.
Mi conclusión: una unidad residencial es el país… en chiquito.
Uno pensaría que las personas que convivimos ahí tenemos interés en vivir mejor, cuidar los espacios y mantener cierto orden, pero en la práctica, entre todos, eso termina compitiendo con algo más fuerte: las ganas de tener la razón, de señalar al otro, de imponer.
Empiezan a aparecer los personajes.
Está el vecino bulloso, que hace fiestas a cualquier hora, en plena madrugada y entre semana, sin importar que los demás tengan que madrugar. El que tira cosas por el balcón. El que se adueña de las zonas comunes como si su apartamento empezara desde el ascensor. El que parquea como quiere, deja el carro atravesado en accesos y termina bloqueando a los demás. Y en nuestro caso, tenemos al Abelardo: el que decidió demandar a la administración, al consejo y a varios vecinos, todo a título personal.
Luego está el grupo de WhatsApp. Ese sí es otro nivel.
El grupo de los residentes termina siendo donde se discute absolutamente todo: el niño que no invitaron a jugar, la pelea en el parque, la basura mal puesta, el paquete que nadie recoge. Todo termina ahí, opinado por todos, con mensajes larguísimos, indirectas y uno que otro “con todo respeto” que nunca termina en respeto.
Y en medio de todo, aparecen los señalados: los proveedores.
Que la empresa de aseo no sirve. Que la jardinería es pésima. Que los porteros no hacen nada. Que los ronderos no ven nada.
Pero nadie se hace cargo. Nadie dice “esa basura es mía” o “ese fue mi perro”. Dejamos la basura donde no va, los perros hacen lo suyo en cualquier parte, no respetamos horarios y usamos los espacios comunes como si fueran propios.
Y entonces yo me hago las preguntas que a mi modo de ver son obvias. ¿Cómo va a arreglar el jardinero el miércoles lo que dañaron el martes, si solo viene el viernes? Y de fondo, ¿Cómo se van a mejorar las cosas si los que más reclaman nunca asisten a las asambleas? ¿Cómo se supone que haya acuerdos si las reuniones terminan convertidas en peleas donde todo el mundo habla y nadie escucha, y más de una vez acaban a gritos, insultos y a punto de irse a las manos?
Y cuando por fin se trata de hacer algo, aparece otro problema.
Tomar decisiones se vuelve lento, pesado, burocrático. Hay que revisar el reglamento, el acta, los estatutos, pasar por la revisora fiscal, esperar la reunión del consejo… y mientras tanto, nada pasa. Nada se soluciona. Nada se concreta.
Y a eso se suma algo más.
No siempre, pero pasa: el consejo y la administración empiezan a tomar decisiones que no responden al interés común. Aparecen los “conocidos”: el proveedor recomendado, el amigo de alguien, el de siempre. Y uno termina preguntándose si de verdad se está escogiendo lo mejor… o si alguien está sacando provecho.
Un porcentaje por debajo de la mesa, un pedazo del contrato, decisiones movidas para que gane alguno.
Mi conclusión es que las unidades funcionan muy parecido a como funciona el país: todos opinamos, todos exigimos, pero pocos asumimos algo.
La verdad es que no son “los vecinos”, “los proveedores”. Somos todos, en chiquito. Nos cuesta ceder, nos cuesta cumplir, nos cuesta pensar en el otro cuando no nos conviene.
En lo que dejamos pasar, en lo que no corregimos, en lo que preferimos ignorar… ahí está todo.
Un pedacito del país, con las mismas mañas.
@joanadalessu compra los básicos y no te arrepentirás amazon kindle o amazon kindle paperwhite, si es amor à la lectura no necesitas más, tiene todo lo que necesitas
Trataré de explicarlo: una canción cuyo título es el indicativo telefónico de Colombia y cuya letra habla de drogas, sexualización de menores, cosificación de las mujeres y alcohol.
Que la letra de una canción que se proyecta al resto del mundo, nos asocie con estos temas, no es nada positivo.
Lo más triste es que ocho personas se hayan unido para escribir una letra que, abiertamente, refuerza el estigma. Ocho personas que optaron por el camino fácil, solo para “posicionar” su canción.
Ocho personas que, después de la avalancha de reacciones (no todas positivas) que desató la canción, no fueron capaces de reflexionar sobre el tema.
No es una mala interpretación del público; todo está muy claro.
Si la canción no se llamara “+57” (haciendo referencia directa a nuestro país) ni se sexualizara a una menor de 14 años, otro gallo cantaría.
El premio por Ganar un Reality en Colombia: 400 Millones de Pesos.
El premio por Ganar una Medalla Olímpica en Colombia y dejar el nombre del país en alto: 180 Millones de Pesos.
¡Un País en el que se Valora más el Entretenimiento ridiculo y los escándalos de gente que no importa, más que el Deporte, está Condenado al Fracaso!
El Bernina Express es un tren panorámico que recorre entre Chur en el este de Suiza y Tirano en el norte de Italia, cruzando puentes y pasando por túneles. Es un tren panorámico donde podrás disfrutar del paisaje nevado desde los grandes ventanales
#LaMascotaDeMiVida
Hace unos días murió mi perro Serafín. Lo encontré al borde de mi cama, donde solía acostarse a la espera de que yo me despertara. Su muerte estuvo libre de estridencias; simplemente se deslizó hacia la quietud total, sin sobresaltos, con el último gesto de lealtad de morir junto a mí.
No me acomodo a la idea de que, en el parpadeo de una mañana de sábado cualquiera, mi amigo Serafín haya dejado de respirar; mucho menos a la realidad de que nunca más volveré a verlo: mi amigo Serafín, el guardián de las horas normales que se arrastraban en el día; la presencia que me cobijaba con un amor limpio que no hice nada para merecer.
Para saber por qué estoy doblado en este momento frente a su cuerpo muerto —atónito, sin habla: como si hubiera muerto con él una parte que me reconciliaba con el mundo—, habría que remontarse a la noche del 19 de marzo de 2019, un año antes de la pandemia. En aquella semana había aparecido en el diario El Tiempo la noticia de que un perro recogido de la calle por las autoridades distritales acababa de romper el récord de rechazos en las jornadas de adopción: había salido once domingos a las ferias para adoptar mascotas organizadas por la Unidad de Cuidado Animal de la Alcaldía, y las once veces había regresado a su celda. Las familias se llevaban a sus vecinos de jaula mientras él regresaba de nuevo al piso de cemento de su guacal de siempre.
Lo imaginaba entonces como si fuera el protagonista de una película animada: el perro al que nadie quería adoptar: el perro que regresaba a su lugar en la perrera municipal mientras le partía el alma a su perrero.
El rechazo que producía Serafín se debía a una condición poco frecuente llamada alopecia canina: una calvicie de fuente hormonal, extendida por parches a lo largo de su pelaje, que le daba el aspecto de ser un animal enfermo, acaso contagioso: una especie de perro agónico, envuelto en engrudo, como esas garzas de foto que quedan atrapadas en los derrames petroleros.
Pese a que en la casa ya teníamos demasiados perros, y en la familia demasiados calvos, el 21 de marzo hizo su ingreso triunfal a mi vida el perro más rechazado de la ciudad, con un moño sideral, gigantesco, seguido por mis hijas y mi esposa, que lo adoptaron a mis espaldas para dármelo a modo de sorpresa. Porque mi esposa quería que fuera nuestra la casa —y nuestra la familia— que no rechazaría al que todos rechazaban.
Serafín causaba miedo. Tenía una oreja rota y desgarrada, una piel rasposa cubierta de pelos gruesos pero muy escasos —pelos de rata, le decía yo— bajo los que asomaban los parches de un pellejo negro y por momentos cuarteado; arrastraba también una leve cojera y sostenía en la mirada una expresión de orfandad y de ternura que parecía el resumen de su vida.
A todas luces era evidente que se trataba de un perro empapado de calle y de intemperie: de un sobreviviente.
En las tardes de lluvia, mientras los truenos lo llenaban de un pavor que me obligaba a abrazarlo, solía entregarme a la trágica fascinación de imaginar qué sería de su vida si siguiera sobreviviendo en el pavimento: ¿en cuál estación de gasolina —de la que seguramente lo sacarían a piedra— trataría de escampar? ¿Cuál avenida, surcada por carros que cruzaban como disparos, atravesaría bajo el aguacero inclemente del que ahora se podía resguardar porque ya tenía una familia, que es como decir un lugar en el mundo?
En la ficha de la Unidad de Cuidado Animal del Distrito reseñaban de forma escueta que Serafín había sido rescatado por emergencia veterinaria reportada por teléfono y que la ambulancia distrital lo recogió herido en una calle cualquiera.
De ahí, entonces, pasó al quirófano, y del quirófano a la recuperación, y de la recuperación al rechazo de las jornadas de adopción hasta que nos conocimos. El perro al que nadie quería adoptar por su alopecia canina me adoptó de inmediato. Me demostró que, a diferencia de lo que había sucedido en sus jornadas infructuosas, a un perro no le importa si el humano que decide amparar por el resto de su vida es calvo.
Entró, pues, a la casa, y me olisqueó por encima, y nunca más nos separamos. Esa es la verdad. Nunca más. Aquella noche le di la bienvenida diciéndole sin decirle que era cuestión de tiempo que llegara a su casa de siempre, que era la mía (que era la suya): que desde esa noche jamás regresaría a la jaula del Distrito.
ACÁ PUEDEN SEGUIR LEYENDO LA HISTORIA DE SERAFÍN: https://t.co/F4uQMsXlXc