No sorprende que el presidente Petro participe abiertamente en política. No sorprende, tampoco, que desconozca los resultados del pasado domingo. Y no sorprende porque ese es el talante con el que ha gobernado estos 4 años: el del escándalo, la incapacidad de reconocer los errores y la necesidad de ser el centro de atención.
Petro pasó del M-19 a la vida civil gracias a un acuerdo entre el gobierno y esa guerrilla. Además, ha sido concejal, representante a la Cámara, senador, alcalde de Bogotá y presidente de Colombia. ¿Cuántas personas han tenido esa trayectoria? Pocos colombianos se han valido tanto de la solidez institucional del país para participar abiertamente en el debate público. Él, así no lo reconozca, es parte de la élite política que tanto desprecia en sus discursos.
Por fortuna, y a pesar de múltiples fallas, en Colombia hay instituciones sólidas. Lo demostró la Corte Constitucional, cuando frenó la reelección ilegítima que quería Uribe en 2010; o cuando ese mismo órgano frenó la Ley de Financiamiento impulsada por Duque en 2019.
Ahora, la Registraduría, respaldada por organismos de observación electoral internacionales, ha demostrado que los resultados del domingo obedecen a lo votado por los ciudadanos. Petro, en vez de enfocarse en finalizar bien su mandato, prefiere entrar en el debate electoral basado en mentiras, porque ya demostró que es mejor haciendo campaña que gobernando.
Debería preguntarse, más bien, por qué el gobierno del cambio no logró sumar mayorías. Tal vez la gente le castiga la corrupción de la UNGRD, el “chu-chu-chu” al sistema de salud, o tener en su gobierno a personajes como Daniel Quintero, Armando Benedetti, Roy Barreras y un largo etcétera. Pero él, como buen populista, prefiere buscar los problemas afuera, porque él no es el culpable de nada.
En 2023, Petro dijo que estaba “en peligro el pacto democrático de las Américas”, refiriéndose a la toma del capitolio por simpatizantes de Trump, cuando este perdió las elecciones en 2021; y a lo ocurrido en Brasil, cuando Bolsonaro no quería entregar el poder. Sin duda, esos hechos son condenables, como también lo es el manto de duda que sin ninguna prueba quiere imponer a las elecciones en Colombia tras los resultados del domingo.
Con este nuevo ataque a la democracia que dice defender, Petro demuestra que esta solo se sirve cuando él es el ganador. Una actitud que, definitivamente, no sorprende.
Perder
Por: @slondonouribe
Escribo esta columna el lunes 1 de junio de 2026 y viene a mi memoria una frase de uno de los personajes de la novela de Ricardo Silva Romero, Cómo perderlo todo, a propósito de ese tumultuoso bisiesto 2016 (Trump, Brexit y triunfo del “no”), dice: “El punto es que el mundo no está cambiando, sino que ya cambió, y despreciar lo nuevo es la cosa más vieja de todas”. El mundo, efectivamente, cambió hace rato y nos dejó a muchos viendo un chispero.
Ayer casi 20 millones de personas decidieron llevar a segunda vuelta electoral a dos proyectos políticos que han hecho de la exclusión, la violencia verbal, la corrupción, el señalamiento y persecución del otro, el irrespeto a la libertad de prensa y el desprecio por la institucionalidad democrática sus apuestas centrales. Ganaron, me temo, no a pesar de eso, sino precisamente por eso.
No estamos solos en ese barco. Ya hemos visto a Trump (corrupto, misógino, mentiroso, racista y antidemocrático) ganar, perder y volver a ganar en la democracia más antigua del mundo. Ya vimos a Bolsonaro (golpista, violento, discriminador y manipulador) ganar y tratar de desconocer los resultados de su derrota. En Europa, Orban gobernó Hungría bajo estas mismas premisas durante 16 años. Más cerca de nosotros hemos visto el desastre venezolano y, recientemente, a Petro y sus ministros, después de 4 años de corrupción y mentiras, participar en política de la manera más descarada financiando eventos, movilizando electores y arriando contratistas a favor de un silencioso, cómplice y sumiso Cepeda.
La democracia que conocimos, imperfecta y jodida, pero con unos acuerdos básicos de coexistencia y con unas reglas generalmente aceptadas, ya no va más. Nuestra democracia no era un jardín de rosas. Ninguna lo es, pero con la Constitución de 1991, impulsada y liderada por un acuerdo plural entre el bipartidismo y la izquierda desmovilizada, se construyó un marco de acción alrededor de derechos individuales, sociales, culturales y colectivos que permitió avances innegables y que aun da para debate, consensos y logros. La arquitectura institucional, con problemas (CNE, funciones electorales de las cortes, comisión de acusación etc.), ha permitido que proyectos muy diferentes en lo local, regional y nacional lleguen al poder y desde allí desarrollen programas y proyectos propios.
No obstante lo anterior, los dos proyectos ganadores han, a la vez, interpretado un ambiente social y político existente que se ha posicionado durante años y, de la mano de herramientas nuevas (Westcol y cia.) y viejas (Dios, Jesucristo, la Virgen y el Pueblo), lo han exacerbado para sus fines electorales. Que haya tantos compatriotas dispuestos a entregar el poder a proyectos sinuosos, oscuros y peligrosos da cuenta de una enfermedad compleja y estructural y no de un virus pasajero. Nuestra democracia, como muchas otras, está en crisis y la votación de ayer sugiere que esa crisis se mantendrá o se profundizará.
Y vendrán cantos de sirena durante estos 20 días de entretiempo. Los que ya movilizaron el miedo y la rabia y han justificado todos los medios para buscar votos, tratarán de darle voz a los más moderados dentro de sus equipos o saldrán a plaza pública a firmar en piedra este a aquel compromiso para hacer o no ciertas acciones.
¿Constituyente? ¿Quién dijo eso? Es un baile conocido y seguramente de los millones de votos que todavía están en juego habrá algunos que creerán en las puestas en escena de mesura y responsabilidad y otros muchos que se resignarán a lo que en su estructura, formación y sesgo consideran el mal menor.
Yo creo que ambos proyectos finalistas son profundamente antidemocráticos y lo son por una combinación de visión de sociedad y de cálculo electoral. Son, además, producto de esta época y por eso, aunque no estoy nada contento con el resultado, no estoy sorprendido. Estoy resignado.
No escribo en nombre de ningún colectivo o grupo. Soy consciente de ser parte de una minoría (incluso en mi propia casa), pero las evidencias, la historia y el diseño de nuestro sistema presidencialista me llevan a concluir desde ya que la posición ética, personalísima como todo lo ético, es la del voto en blanco en segunda vuelta. Lo digo, como lo he hecho antes, sabiendo que en términos políticos esto es ya un fracaso. Aunque considero que están equivocados de cabo a rabo (de eso se tratan las diferencias políticas) no paso un juicio moral sobre las decisiones de la mayoría de los votantes de los finalistas. A su manera y con sus razones, la inmensa mayoría siente que está tomando la mejor decisión para el país. Ahí está la tragedia de la democracia y es que su desplome está pavimentado de millones de votos de buena fe.
Ahora, votar en blanco o perder las elecciones no es enterrarse vivo. Pase lo que pase el domingo 21 de junio hay que seguir construyendo sociedad y eso se hace desde la empresa privada, la universidad, el sector social y los territorios. Ojalá contar con buenos gobiernos, pero una sociedad se construye también desde la gobernanza y la colaboración entre personas muy distintas, entidades y sectores. La defensa de la Constitución del 91 y la posibilidad de seguir conversando y construyendo juntos será una prioridad y los que estemos por fuera del gobierno tendremos voz, letra, tribunales y movilización para expresarnos y resistir. Mientras se pueda, no queda de otra.
Los fantasmas de las seis
Por: @Martinposadam
El instante de mayor disminución sonora no es nocturno, sino crepuscular. Es el mínimo auditivo.
—Pascal Quignard
Me gusta la melancolía porque facilita el camino. Porque se desprende de expectativas. Suaviza el golpe. Mata de un solo tiro. No le deja espacio a la agonía. Me sorprende revisar el New York Times o The Economist y ver lo pequeños que somos. Lo sepultada que estaba la noticia de las elecciones tan solo a las ocho de la mañana del día después. Así de pequeña es nuestra tristeza.
Aquí apenas salíamos del shock y ya la noticia era irrelevante fuera de este mapa electoral pintado de amarillo y morado. Así pasan los días. Y así pasa la memoria de muchos, la memoria de lo masivo, de lo rápido, de lo comunicable. La memoria del olvido que quiere apoderarse del presente. La macabra tendencia a desaparecer para después repetir. Bucle.
En pleno crepúsculo (o la hora cobarde, como diría Alfonsina Storni), en un intento por salir del shock y seguir caminando, leo «La materia del sonido». Se trata de un conjunto de ensayos sobre la relación entre la escritura sonora y la escritura literaria. Encuentro la historia del pintor y cantante Friedrich Jürgenson, quien, mientras recorría la dial de la radio buscando alguna estación, distinguió una voz que decía: «Por favor, espera, espera, escúchanos».
Termino de leer ese ensayo con una deliciosa sensación de fascinación (quizás porque me saca temporalmente de la melancolía y quizás porque me interesa esa comunicación que Jürgenson afirmaba que provenía de los muertos…). Poseído por ese repentino hallazgo, prendo una radio que compré en Dabeiba hace un par de años. “Eso le coge hasta Panamá”, recordé que me dijo el vendedor.
¿Qué estaba buscando?
Me reí imaginando la posibilidad de viajar tan rápido, de salir del país en plena hora cobarde, de escuchar rápidamente una melodía diferente a la de la cordillera partida en tres, de revisar si acaso los muertos de acá compartían la tristeza.
Escuché las alineaciones del partido de Colombia contra Costa Rica, censos electorales reciclados, boletines repetidos, la invitación a participar en una rifa en La Mesa, Cundinamarca, de la mano de un tal “profesor” que aseguraba éxito para el segundo semestre. Escuché también una emisora en inglés que me pareció extrañísima. A lo lejos se alcanzaba a oír una voz femenina cuyas palabras en inglés eran ininteligibles. Me llegaban hechas formas abstractas, mensajes divinos, suaves, serenos.
Apareció música de todo tipo: clásica, vallenato, salsa, pop, electrónica, reggaeton… También había una lectura del Éxodo… Ahí me quedé hasta que me dieron las seis y sonó el himno de Colombia en diferentes tonos, con diferentes instrumentos, diferentes ritmos. Navegaba entre el himno hecho frecuencias. Algunas emisoras terminaban antes que otras. Me detuve en una que transmitía el himno interpretado por niños. Ahí, sumido en ese ritmo que desde pequeños nos enseñan a escuchar con una mano en el corazón, pensé en los niños. Imaginé las tétricas conversaciones sobre política que deben estar sucediendo en los colegios. Se dibujó una escena en mi cabeza:
—¡Llore! —le gritan tres niños a Emilio, quien reveló que sus papás votaron por Cepeda.
—No, no voy a llorar —responde.
—¡Llore puessss! —le insisten.
—No, no voy a llorar.
—¡Va a llorar! ¡Va a llorar! ¡Va a llorar!
A Emilio se le escapa una lágrima.
—¡Bobos! Déjenme en paz —dice y se va corriendo.
—Jajajajajajaajajaja—ríen todos—, y le gritan: —Váyase a llorar con Maduro y con la guerrilla, pato izquierdista… jajajaja. ¡Aquí solo Firmes por la Patria!
Por menos palabras, por mucho menos, nos hemos matado en este país. Las voces de los niños todavía cantaban el himno en la radio: la humanidad entera, entre cadenas… ¿Alguien quiere pensar en los niños? En el odio cosechado. ¿Qué diría Jürgenson sobre este himno interpretado por niños que se me apareció a las seis? «Por favor, espera, espera, escúchanos».
¿Qué estaba buscando?
¿Qué estamos buscando.
Apagué la radio.
Y hasta aquí los deportes.
País de mierda.
Amapola y el poder
Por: @vanessagg19
Durante la campaña de Paloma Valencia, la imagen de ella junto a su hija en medio de recorridos, o actos públicos, generaron críticas rápidamente. Los comentarios giraban en torno a que la exponía, que la usaba, que una buena madre no hace eso, parecía que los argumentos estaban envueltos de preocupación por la niña. Pero mi pregunta es ¿por qué es descabellado tener a su hija cerca, en esos escenarios?
Es más aceptable ver a un político llevando a su hijo a un acto, porque parece ser un padre cercano. Si es una mujer, el tema se vuelve cuestionable.
Un estudio de Princeton de 2023 encontró que las candidatas que hacen visible su maternidad son evaluadas como más cercanas y menos competentes al mismo tiempo. La maternidad pública les resta autoridad, aunque les sume humanidad. Es una cuenta que no cierra y que los hombres no tienen que hacer. Quizá ese fue el resultado de las elecciones del último domingo.
Y para refrescarnos estas cifras siguen siendo relevantes:
· Las mujeres cargan con el 30% más de trabajo no remunerado en Colombia frente a los hombres (DANE, 2022)
· Solo el 22% de los escaños del Senado colombiano los ocupan mujeres — uno de cada cinco.
· Y, 1 de 3 candidatas en América Latina redujo su visibilidad pública por presión relacionada con sus hijos (ONU Mujeres).
Lo que se le pedía a Valencia, sin decirlo, era que dividiera su vida en compartimentos estancos, la política aquí, la madre allá, sin que los mundos se rozaran. Ese desdoblamiento es el privilegio que los hombres no necesitan ejercer. Ningún senador, o político, ha explicado públicamente quién cuida a sus hijos mientras él está en plenaria. A ningún candidato le han preguntado si su ambición es compatible con la paternidad.
La corresponsabilidad ha avanzado. Las leyes cambian, las parejas negocian más. Pero cuando la guardería llama, suele ser el teléfono de la madre el que suena primero. Cuando el hijo se enferma la noche antes de una votación, es la mujer quien hace el cálculo. Esa carga no aparece en ninguna encuesta de empleo, pero existe y pesa.
Mostrar a Amapola fue, entre los aciertos y los errores de una campaña cualquiera, un acto de honestidad fue un grito que dice: esto es lo que soy, esto es lo que cargo, aquí estoy. Que la niña se viera a veces cansada o asustada, no es prueba de negligencia. Las campañas agotan a cualquiera, y las mujeres las corren con peso extra.
Lo que necesitamos no es que las madres candidatas escondan a sus hijos. Necesitamos normalizar a las madres en carrera profesional, publica y privada, necesitamos entender que la realidad del cuidado no tiene por qué esconderse, necesitamos una cultura política que deje de leer la maternidad como debilidad o como cálculo electoral, según lo que convenga en cada momento.
Mientras eso no exista, cada mujer que aparezca en público con un hijo recibirá dos juicios simultáneos: el de su gestión y el de su rol. Paloma Valencia lo sabía. Apareció de todas formas. Eso, más allá de cualquier posición política, es parte de la carrera que las mujeres corren con las maletas y “obstáculos” que los hombres pocas veces tienen.
Anatomía de un “milagro”
Por: @samuel_sarriaa
Partiendo de la experiencia personal que he tenido con la política en los últimos 5 años, confieso que me enseñaron a creer que los determinantes para ganar elecciones eran: la capacidad de las estructuras políticas (maquinarias) para cooptar electores, el amarre de votos y las alianzas con bases políticas y/o sociales o vínculos contractuales con agrupaciones locales. Los resultados del domingo pasado resquebrajaron todo lo que convencionalmente pensaba —o creía que entendía— al respecto.
Hace 36 años en Perú, Alberto Fujimori ganó las elecciones presidenciales bajo una campaña que le hizo frente a los grupos armados y al deterioro político-institucional que sufría el país para aquel entonces. La genialidad detrás de su candidatura se debía al personaje que creó alrededor de su reputación: un outsider de la política nacional, alejado completamente de las estructuras políticas tradicionales, cuya personalidad traía un liderazgo fresco al debate público nacional en un momento en el que los partidos carecían de credibilidad.
El país se encontraba en una crisis económica profunda dada la insostenibilidad fiscal y el alza de precios de la canasta familiar: los gobiernos previos se habían apalancado en un crecimiento sostenido por deuda y un gasto público que excedía al recaudo. Para dicho momento —los 90s— ya había un déficit estructural muy difícil de saldar.
Suena muy parecido a una historia que recientemente conocemos, ¿no?
Hace tres días en Colombia, Abelardo de la Espriella se consolidó como el principal aspirante a ganar las elecciones presidenciales del próximo cuatrienio. En una contienda que resulta ser la más polarizada de la historia moderna colombiana, su figura emerge como la alternativa ajena a la clase política tradicional y como la antagonista perfecta del proyecto político que busca darle continuidad a las líneas del actual gobierno. Aunque por un lado no es tan outsider como parece, la mayoría de la gente cree que sí lo es.
Su persona engloba un largo historial de cercanía con las estructuras políticas del país más poderosas de los últimos tiempos. Pero, paradójicamente, la narrativa que su candidatura ha construido a lo largo del último año es la de un personaje que se hizo en el sector privado, formado bajo un paradigma económico en el que vale más la eficiencia que el cálculo político al que estamos acostumbrados en este país.
El personaje que creó alrededor de él es uno de controversias, de opiniones disruptivas, de nociones sobre los valores tradicionales y, sobre todo, de perspectivas radicales que rompen con la idea estandarizada de manejar la política diplomáticamente, como muchos políticos procuran y varios ciudadanos aconsejan en la discusión pública. Y aun así, se alzó victorioso en primera vuelta.
¿Por qué? Es curioso que comparta matices tan similares con Fujimori, con la diferencia de que el primero fue profesor y este abogado. No obstante, ambos atinaron sus dardos en la diana al presentarse como la solución a unas crisis estructurales padecidas por sociedades que percibían su orden político institucional como agotado. El discurso de sus personajes es un ejemplo de la efectividad que trajo consigo cada uno. Y en el caso de De la Espriella, los recientes comicios son resultado de su estrategia para interpretar a la sociedad del presente.
¿Y por qué interpretar a la sociedad del presente? Admito que en los últimos cuatro años yo solía pensar que esa era una tarea sumamente retadora. Retadora tirando a imposible incluso, porque a mí siempre me decían que leer las necesidades de un país era una cuestión de ideologías, identidades políticas, relaciones históricas, dimensiones ontológicas, etc.
Pero la victoria de este candidato demuestra que no necesariamente funciona así. Su propuesta —así su programa de gobierno cuente con menos de 3 páginas— se ganó la aprobación de una masa electoral de más de 10 millones, por la sencilla razón de que apeló a sus necesidades más esenciales, a los sentimientos más intrínsecamente propios de la mayoría del electorado nacional, el cual se ha visto en buena parte desilusionado con las políticas públicas de los últimos años.
Mientras que el candidato rival se ha mantenido al margen de dicho debate, por abstinencia a incurrir en potenciales riesgos de verse asociado a los antecedentes del gobierno actual. ¿Antecedentes frente a qué? Frente a la seguridad, algo tan simple pero elemental como lo es la necesidad de sentir que los grupos armados no amenacen con la integridad de los espacios urbanos, rurales y el resto del territorio. ¿Y qué más? La clase media, sí.
La misma clase que los extremos políticos condenan de no existir, sobre todo en un país donde el ingreso está distribuido de manera tan desigual. Pero igual existe una idea de clase media que logra materializarse en los discursos de De la Espriella: esa clase estándar conformada por núcleos familiares de padres y madres trabajadores, hijos con aspiraciones y una base de ciudadanos que buscan vivir dignamente a pesar de las pujas entre extremos políticos por impulsar su propia idea de desarrollo.
Incluso si el discurso que proponga ese ideal termina ignorando realidades sociales más complejas, es un discurso que funciona porque convenció a muchos de sanar las heridas que les han dejado la discordia y la división. Paradójicamente, en unos tiempos donde los mismos males persisten y se han agravado en el país.
La mayoría de la gente pensará en eso que siente más elemental, por encima de las impresiones que dejan las entrevistas o las declaraciones que varios interpreten como groseras, porque un populismo bien aplicado sobrevive a los daños que ocasione su mismo discurso. Esa es, en parte, la esencia de su propuesta de “Patria Milagro”, de la idea de un país salido de su cabeza y la visión de futuro que nos plantea.
Al final, pareciera que las elecciones no se ganan solamente con maquinarias, sino con discursos de país. Por populistas que unos consideren, por grandiosos que otros perciban o por ordinarios que otros desprecien. La anatomía de un “milagro” nos deja serias preguntas, las cuales nos llevan a replantearnos la misma naturaleza de nuestra democracia.
Defender las instituciones también es defender la democracia
Por: @ximena__ec
En toda democracia existen reglas que buscan garantizar que quienes ejercen el poder no utilicen los recursos del Estado para favorecer intereses electorales. La prohibición de participación indebida en política por parte de los servidores públicos no es un capricho jurídico ni una limitación arbitraria; es una garantía fundamental de igualdad para los ciudadanos y para quienes compiten legítimamente en el escenario electoral.
Por eso resulta especialmente preocupante que, en los últimos años, la participación en política desde el ejercicio de cargos públicos haya dejado de ser una excepción para convertirse en una práctica cada vez más frecuente. No se trata únicamente del presidente de la República. Ministros, directores de entidades, funcionarios y altos servidores públicos han asumido posiciones políticas y electorales que desdibujan la frontera entre el Estado y las campañas, entre la función pública y la militancia política.
Cuando un servidor público utiliza la autoridad que le confiere su cargo para intervenir en el debate electoral, no solamente vulnera una prohibición legal. También erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. El mensaje que se transmite es devastador: que el aparato estatal puede ponerse al servicio de intereses políticos particulares. Y cuando los ciudadanos dejan de confiar en la imparcialidad del Estado, se debilita uno de los pilares fundamentales de la democracia.
Precisamente por la gravedad de estas conductas, el ordenamiento jurídico colombiano ha establecido autoridades competentes para investigarlas. En el caso de los servidores públicos, corresponde a la Procuraduría General de la Nación adelantar las investigaciones disciplinarias y determinar las responsabilidades a que haya lugar. Esa competencia existe para proteger la neutralidad de la administración pública y garantizar que quienes ejercen funciones estatales respeten los límites que la Constitución les impone.
Distinta es la situación del presidente de la República. Nuestro diseño constitucional prevé un régimen especial de investigación y juzgamiento para el jefe de Estado. Por ello, cuando se trata de eventuales responsabilidades derivadas de una indebida participación en política, la competencia no corresponde a la Procuraduría ni al Consejo de Estado. La autoridad llamada a conocer estos asuntos es la Comisión de Investigación y Acusación de la Cámara de Representantes, dentro del procedimiento constitucional previsto para los altos dignatarios del Estado.
Esta precisión, que debería ser elemental para cualquier observador del sistema institucional colombiano, que además pretende opinar de él en calidad de experto y con una audiencia considerable, cobra especial importancia en momentos en los que abundan la desinformación y las interpretaciones jurídicas apresuradas. En los últimos días, algunas voces han pretendido responsabilizar al Consejo de Estado de actuaciones para las cuales simplemente no tiene competencia constitucional. Más preocupante aún, han intentado convertir esa equivocación en un argumento para desacreditar una de las instituciones que con mayor firmeza ha defendido el Estado de derecho durante los últimos años.
Porque si una institución ha demostrado independencia y compromiso con la Constitución en tiempos particularmente difíciles, ha sido el Consejo de Estado. Durante este gobierno, caracterizado por frecuentes tensiones con los contrapesos institucionales y por decisiones que en más de una ocasión han puesto a prueba los límites del orden constitucional, el Consejo de Estado ha ejercido un papel fundamental como garante de la legalidad.
Ha sido esta alta corporación la que ha exigido el cumplimiento de las reglas electorales, la que ha revisado con rigor las actuaciones del poder ejecutivo y la que ha actuado como un verdadero muro de contención frente a decisiones que amenazaban con desbordar las competencias constitucionales del Gobierno. Su labor no ha sido política. Ha sido jurídica. Y precisamente por eso resulta incómoda para quienes consideran que el poder debe ejercerse sin límites ni controles.
Las democracias no se destruyen únicamente cuando las instituciones son capturadas. También se debilitan cuando la ciudadanía pierde la confianza en ellas. Por eso es tan grave que, desde la ignorancia o desde la mala fe, se promuevan ataques contra las altas cortes atribuyéndoles competencias que no tienen o responsabilizándolas por decisiones que nunca les han correspondido.
Hoy más que nunca Colombia necesita instituciones fuertes, respetadas y legítimas. Necesita una ciudadanía capaz de debatir con argumentos y no con desinformación. Necesita defender a quienes cumplen la difícil tarea de ejercer control sobre el poder. El vacitinio de fraude electoral sin argumentos, que lo único que pretende es agitar las masas para desestabilizar a la ciudadadanía requiere de altura y respaldo incondicional al Estado de derecho.
En un contexto marcado por denuncias irresponsables de fraude electoral, por una creciente polarización y por discursos que buscan sembrar desconfianza en las instituciones, el respaldo ciudadano al Estado de derecho se convierte en una obligación democrática. El Consejo de Estado, como todas las altas cortes y como toda la arquitectura institucional de nuestra República, merece respeto y respaldo.
Cuando se pierde la confianza en las instituciones, lo que termina en riesgo no es una corte ni un tribunal. Lo que termina en riesgo es la democracia misma.
Estamos en vivo conversando sobre lo que vendrá para la segunda vuelta electoral y los resultados del pasado domingo.
Invitados a acompañarnos en la transmisión. 👇
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El odio como proyecto político
Por: @danysernam
Hay algo que me preocupa muchísimo de la discusión política actual. No que pensemos diferente, o que existan visiones opuestas sobre cómo resolver los problemas del país. Me preocupa el odio.
No porque sea nuevo. Colombia ha convivido con el odio político y la violencia durante toda su historia. Pero hoy se coló en todos lados y en todos los momentos. En las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en las conversaciones familiares, en las reuniones de amigos, en los comentarios de cualquier publicación, en los memes, en las historias.
Está en la facilidad con la que convertimos una diferencia de opinión en un juicio sobre el valor de una persona. Si alguien piensa diferente, es un bruto. Si vota por otro candidato, es un ignorante. Si cuestiona al líder que admiro, está vendido. Si apoya una causa distinta, es un fascista, un comunista, un paraco o un guerrillero.
Las etiquetas reemplazaron los argumentos. Y cuando eso ocurre, dejamos de discutir ideas para atacar personas. Ya no preguntamos por qué alguien piensa lo que piensa; preferimos asumir que está equivocado, que es manipulable o que tiene malas intenciones.
Sin embargo, detrás de casi toda posición política hay una experiencia de vida legítima. Quien ha sufrido la violencia probablemente priorizará la seguridad. Quien ha vivido la pobreza defenderá con más fuerza la protección social. Quien ha construido una empresa entiende las dificultades de generar empleo, asumir riesgos y sostener una operación. Quien tuvo que abandonar su hogar probablemente priorizará el acceso a servicios básicos y las oportunidades para salir adelante.
Todos estamos observando la misma Colombia, pero no todos la estamos viendo desde el mismo lugar.
La política debería ayudarnos a entender realidades distintas a las nuestras. Sin embargo, cada vez parece más interesada en profundizar las divisiones.
El odio moviliza. La indignación genera atención. La reacción recibe más aplausos que la reflexión. Señalar enemigos suele ser más fácil que explicar soluciones.
Las democracias necesitan desacuerdos. Necesitan oposición. Necesitan debate. Pero hemos terminado confundiendo pasión con capacidad.
Pareciera que elegimos a nuestros líderes como si un equipo de fútbol eligiera de director técnico a su mejor hincha. No al que más sabe del juego, ni al que tiene la mejor estrategia o al que haya demostrado mejores resultados.
El problema es que la pasión puede ganar elecciones, pero no necesariamente resuelve problemas.
Oficio: periodista militante
Por: @palaciotamayo
En esta elección en Colombia ganó el “periodismo militante” —va entre comillas porque, en esencia, el término es un contrasentido—. Pero su éxito, medido por la capacidad de moldear la conversación pública, es al mismo tiempo el acta de defunción del periodismo puro y duro.
El salto de Vicky Dávila de las salas de redacción a la arena electoral es legítimo. La historia demuestra que la transición entre el micrófono y el poder es un camino transitado con frecuencia en nuestro país; ahí están los apellidos Santos o Pastrana para probarlo. En el gusto por el poder no hay novedad, es más bien el método: un medio de comunicación como arma de destrucción de reputación que mueve candidatos entre el tarjetón y la sala de redacción.
La revista Semana operó durante meses como un directorio político con una innovación: una encuestadora dispuesta a experimentar. Siempre se ha dicho que los sondeos son la foto de un momento; esta vez, la sensación es que se montó un andamiaje para que la información de la revista cree su propia realidad. Dicho de otra manera: la encuestadora simula un escenario, la revista le da validez y al influir sobre el electorado acierta sobre el escenario deseado. ¿Conspiranoico? quizá.
Pero este no es un caso aislado. Felipe Zuleta, a quien la cortina de su emisora matutina insiste en presentar como “periodista”, mutó de analista liberal y ponderado a activista digital, perfectamente sintonizado con los intereses y las causas de la campaña de Abelardo de la Espriella. Había que defender un ataque homofóbico, eso que jijuemadres; había que burlarse de tal, ahí estamos… firmes.
Desde Miami, Luis Carlos Vélez hacía fuerza por un debate sin reglas ni moderación —otro contrasentido por donde se le mire—, mientras insistía en una única fórmula: “¿Usted apoyaría a Abelardo en una segunda vuelta contra Cepeda?”. Repetir y repetir hasta que el eco se convierta en hecho.
En la otra orilla, Daniel Coronell, en otrora adalid de la investigación periodística, terminó hablando de calzado. En una de sus entrevistas, traicionado por las vísceras, dejó mucho que desear de su capacidad argumentativa al asegurar que prefería votar por un zapato antes que por De la Espriella.
Mientras el gremio se canibalizaba en directo, buscaba defenderse de ataques sin que se despertara un ápice de solidaridad ciudadana, se quedaba esperando a que les ‘atendieran’ la invitación al debate, las estadísticas eran crudas con la realidad: la capacidad de influencia en la opinión pública de los medios de comunicación se diluyó frente a la pantalla de un streamer. Alguien sin formación profesional pero con una espontaneidad capaz de mover la aguja como los grandes medios ya no logran.
Como periodista de título tengo que reconocer, con dolor, que de este oficio poco queda. Mañana cuando nos pregunten dónde quedaron los periodistas encargados del cuidado de la democracia, tendremos que decir: se hicieron militantes.
Que viva la polarización
Por: @jfsuescun
La democracia no se fortalece cuando desaparece el conflicto, sino cuando más ciudadanos deciden participar de este.
Desde el 31 de mayo, una palabra domina la conversación pública en Colombia: polarización. Los resultados de la primera vuelta presidencial dejaron al país frente a una segunda vuelta entre dos proyectos políticos. Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA) obtuvo alrededor de 10.360.000 votos (43,7%) e Iván Cepeda (@IvanCepedaCast) alcanzó cerca de 9.690.000 votos (40,9%), concentrando juntos casi el 85% de la votación válida.
Juanita León (@jleonlasilla) sintetizó esa sensación en un titular en La Silla Vacía (@lasillavacia): “Colombia va a una segunda vuelta entre dos proyectos excluyentes”. Ahora bien, la principal lectura de estas elecciones, no es el enfrentamiento entre estos dos extremos, sino la consolidación de una ciudadanía más politizada.
La participación electoral en primera vuelta alcanzó el 57,8% del censo electoral, más de 23 millones de personas, la cifra más alta registrada desde la Constitución de 1991, superando el 54,2% de 2018 y el 54,9% de 2022. Nunca tantos colombianos habían acudido a las urnas en una primera vuelta presidencial.
Pero la participación no comenzó el domingo. Empezó meses atrás. Bastaba observar las redes sociales, los debates públicos, las reuniones ciudadanas, los encuentros territoriales y el activismo digital. Con frecuencia se critica la intensidad de esas discusiones, pero una democracia saludable requiere ciudadanos interesados, movilizados y dispuestos a defender públicamente sus convicciones.
La cultura política de la democracia no se reduce al conocimiento de las instituciones o al acto mecánico de depositar un voto. Implica interés por los asuntos públicos, disposición al debate en medio de la diferencia, identificación con proyectos colectivos y voluntad de participar en las decisiones que afectan el destino común. Desde esta perspectiva, lo ocurrido durante la campaña presidencial de 2026 constituye una señal alentadora.
La izquierda alcanzó el mejor resultado presidencial de su historia en primera vuelta. Después de los 2,6 millones de votos obtenidos por Carlos Gaviria en 2006, los 4,8 millones de Gustavo Petro (@petrogustavo) en 2018 y los 8,5 millones en 2022, Iván Cepeda logró superar los 9,4 millones de votos. Durante gran parte del siglo XX, la izquierda colombiana ocupó una posición marginal en la competencia presidencial. Hoy representa una de las grandes corrientes políticas del país.
Una democracia madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que distintas visiones de sociedad pueden competir legítimamente por el poder.
Al mismo tiempo, el resultado confirma otro fenómeno histórico: la reorganización de la derecha. La victoria de Abelardo de la Espriella no es solamente un triunfo individual. Es la expresión de una derecha que, después de varios años de fragmentación, encontró nuevamente un liderazgo capaz de unificar a buena parte de la oposición. Lo que algunos analistas ya denominan el “posuribismo” (@AlvaroUribeVel) comienza a adquirir contornos propios. La derecha colombiana parece haber encontrado una nueva narrativa, más rádical, un nuevo liderazgo, más populista, y una nueva capacidad de movilización electoral, más eficaz. Ello no solo será determinante para la segunda vuelta presidencial, sino también para las elecciones locales y regionales en octubre de 2027, que desde junio de 2026 empiezan a calentar.
El problema aparece en otro lugar. Entre esas dos grandes corrientes quedó atrapado el centro político. Los resultados de Sergio Fajardo (@sergio_fajardo), Claudia López (@ClaudiaLopez) e incluso de Paloma Valencia (@PalomaValenciaL) y su fórmula Juan Daniel Oviedo (@JDOviedoAr) muestran que el espacio de la moderación perdió capacidad de convocatoria frente a proyectos más identitarios, emocionales y confrontacionales. Para quienes seguimos creyendo en un liberalismo progresista, republicano y democrático, el desafío consiste en reconstruir una narrativa capaz de competir en un escenario crecientemente polarizado, sin renunciar a la deliberación en medio de la pluralidad, pero con la capacidad de llegar a acuerdos.
Como señaló Pierre Rosanvallon en “La legitimidad democrática” (2008), la democracia no es únicamente un conjunto de instituciones y procedimientos electorales; es también una forma de implicación permanente de los ciudadanos en los asuntos públicos. Desde esa perspectiva, la principal noticia de esta primera vuelta no es que Colombia esté dividida. Las democracias siempre lo están. La verdadera noticia es que millones de colombianos decidieron involucrarse activamente en la discusión sobre el rumbo del país, y eso es muy valioso para la democracia.
La sociedad colombiana sale de esta primera vuelta más polarizada, sí. Pero también más participativa, más movilizada y más consciente de su capacidad de organización política, más fortalecida. Y aunque ello represente enormes desafíos para el centro político con el que me identifico, prefiero una democracia como espacio de discusión que como escenario de indiferencia. Las democracias suelen debilitarse cuando los ciudadanos dejan de participar, no cuando deciden hacerlo con convicción. ¡Que viva la democracia colombiana!
La otra mitad de Colombia
Por: @ramondelosrios
Cuando la política se llena de palabras como mafioso, bandido, corrupto o criminal, se nos olvida algo elemental: debajo de cada etiqueta o señalamiento hay millones de personas con dolores, miedos, historias y razones. Nos acostumbramos tanto al insulto que dejamos de preguntarnos qué hay detrás de cada voto, qué sufrimiento lo explica, qué temor lo sostiene o qué esperanza lo empuja.
El escenario actual en Colombia nos lleva a la confrontación sin matiz. A la incapacidad de reconocer errores propios y al señalamiento del otro, e incluso, la negación de su posibilidad, como instrumento argumentativo. Dicho de otra manera, la política sin matices convierte al contradictor en enemigo y al votante del otro lado en alguien que no merece existir dentro del país.
La política actual es el escenario de autodestrucción de Colombia, porque la condición mínima para construir nación es poder entender al otro, sin restricción. Y eso surge del matiz, de poder estar preocupado por la seguridad del país y no sentirme convencido por los procesos de paz del actual Gobierno, pero también alarmarme ante un discurso que empodera a las Fuerzas Militares sin responsabilidad, sin memoria y sin reconocer que en Colombia hubo crímenes de Estado. Los falsos positivos existieron y no pueden repetirse.
También de la posibilidad de entender que muchas minorías han ganado derechos y se han sentido protegidas o visibles durante este Gobierno, pero eso no me obliga a quedarme callado ante ciertos cuestionamientos sobre el manejo de recursos públicos, las formas opacas de actuar o la necesidad de exigir responsabilidad a quienes hoy gobiernan. Reconocer derechos no puede significar renunciar a exigir responsabilidad.
Esa posibilidad se pierde cuando los extremos nos dicen “o eres de aquí o de allá” y nos obligan a aceptarlo todo y defenderlo a “muerte”, sin capacidad de cuestionar, sin visión autocrítica y sin espacio para la duda. Algo como un todo vale, o la tan manoseada frase atribuida a Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. Estar de un lado implica defenderlo todo, incluso lo indefendible.
En esa defensa acérrima e incondicional, sin darnos cuenta, llegamos a la negación del otro y convertimos al candidato contrario en enemigo. Olvidamos que hay millones de colombianos, para ser precisos de 9 a 10 millones de colombianos, que están ahí, sintiéndose representados por ese al que descalificamos. Esos 10 millones no viven en otro país. Se sientan al lado nuestro en el bus, caminan las mismas montañas, hacen mercado en los mismos barrios, trabajan en las mismas oficinas y también tienen miedo de perder lo poco o mucho que han construido.
En la mitad aparece una nueva minoría: quienes no se sienten representados por la obligación de odiar para poder criticar al otro. Los que intentan decir “esto está bien, pero esto no”; “entiendo este miedo, pero no comparto esta salida”; “reconozco este avance, pero no acepto esta forma”.
En medio de este escenario indeseable, se nos olvida que abrazar a 10 millones distintos a uno no significa votar como ellos ni pensar como ellos. Significa reconocer que ninguna nación se construye desde el deseo de expulsar a la mitad de su gente. Tal vez por eso llevamos tantos años con los mismos problemas y sin ninguna solución. Porque antes que entendernos, preferimos juzgar, señalar, recriminar y nunca, pero nunca, asumir nuestra responsabilidad.
La verdadera revolución, en este país cansado de odiarse, tal vez sea aceptar que la otra mitad también es Colombia.
Que el centro ruja
Por: @JFValenciaF
Yo no pretendo que a muchas personas de centro les guste Abelardo de la Espriella, tampoco que acepten con gusto un gobierno suyo, pueden incluso despreciarlo, pero no pueden negar que El Tigre es la mejor posibilidad que tienen para que, en cuatro años, pueda ganar un candidato que sí les guste.
En realidad, pruebas hay muchas, no es pura habladuría. Cepeda es claro en su deseo de cambiar la constitución, lo que abriría una puerta de incertidumbres tremenda. Es un hecho que las constituyentes han sido el inicio del colapso institucional en otros países como, sí, Venezuela. Además, si hay una constitución liberal que encarne valores con los que el centro pueda estar de acuerdo es la del 91.
Durante 4 años, Petro ha despreciado la norma y todos los contrapesos, los ataques a las cortes y al Banco de la República son explícitos y permanentes. Y está bien, pueden decir que Abelardo tampoco les parece un tipo que respetaría la institucionalidad, pero vamos a lo práctico: si Cepeda llegase al poder, nombraría en estas instituciones los miembros que le corresponden y, sumados a los de Petro, tendría mayorías allí. En cambio, aunque Abelardo pretendiera controlarlas, nunca lograría mayoría en ellas.
El congreso es otro punto importante, mientras Salvación Nacional, el partido de Abelardo, apenas tiene 5 congresistas, el Pacto Histórico tiene 67. Es decir, es mucho más probable que el congreso ejerza un control efectivo sobre Abelardo que sobre Cepeda.
En la vicepresidencia hay otra señal interesante. Con José Manuel Restrepo, Abelardo muestra apertura a rodearse de perfiles técnicos y de amplio conocimiento, no será un gobierno de improvisaciones. Caso contrario a lo que vemos con Aída Quilcué, quien desprecia la educación abiertamente.
¿No les gusta @DELAESPRIELLAE? No hay problema, estarán votando para que en cuatro años puedan competir en elecciones libres, sin presiones de grupos criminales favorecidos por la Paz Total.
Silencio
Por: @MachadoRold
Pocas cosas me hacen orbitar con tanta facilidad entre la fascinación y la decepción como la política electoral. Siempre he visto la política como una vocación de servicio a Colombia y como un camino para crear bienestar. Sin embargo, esa vocación pasa, irremediablemente, por afrontar muchas veces, con las botas puestas, las contiendas electorales.
Siempre termino metiéndome de lleno, dejando todo en el proceso y, al final, derrotado y hastiado, al punto de no querer volver a saber de ello por mucho tiempo. El guayabo electoral del otro día se me mezcla con la melancolía y el pesimismo, y ese coctel que termino bebiéndome no me hace más que daño. Pero, de alguna forma, como quien recae en una adicción, termino volviendo.
Apoyé de forma decidida a Paloma y a Juan Daniel, con la seria convicción de que allí se veía representada la cohesión de varios sectores que encarnan las ideas liberales que profeso. Es cierto que, en las últimas semanas, las encuestas no acompañaron; pero, entre la obstinación y la negación, me resistí a ver el vendaval que se aproximaba.
¡Qué palazo! Nunca pensé que la diferencia fuera tan abismal. Pero la cachetada de realidad nos reduce a nuestras justas proporciones.
Lo que se suele llamar “centro” —una chapa que nunca me ha gustado—, y que prefiero nombrar como liberalismo o espíritu democrático, no existe de forma representativa en el espectro político actual. Nos montamos ahora en el extremismo, que ya es tendencia global: una era de bulos, redes sociales y posverdad que amenaza al paquidérmico sistema democrático y a sus erosionadas instituciones.
El ciudadano de los años veinte de este siglo reclama soluciones efectistas e instantáneas, muchas veces encarnadas en hombres bravucones. Válido. Pero esa no es la Colombia ni el mundo que deseo habitar.
Consciente de mi insignificancia, decido resistir desde el silencio: sirviendo a mi país desde donde pueda, cumpliendo con mis deberes diarios y evitando dejarme arrastrar por la confrontación visceral que se viene, encarnada en dos personajes que considero nefastos para Colombia.
No abandonaré esta tribuna, pero sí las redes por un tiempo. Incluso, salvo lo esencial, evitaré la radio y la prensa como una forma de desintoxicación personal después de un proceso en el que, mucho o poco, todos hemos perdido algo.
También hago un mea culpa: he sido duro con mis propios amigos y con mi familia. He priorizado el ego por encima de su bienestar. He hecho daño y me he hecho daño. Ese es un costo que no quiero seguir asumiendo.
Que, en su íntima convicción, cada quien decida en manos de quién quiere poner a Colombia. Se vienen tiempos muy difíciles; tiempos en los que deberemos elegir entre lo que es cómodo y lo que es necesario.
Por lo pronto, optaré por un silentium incarnatum.
Ánimo.
Desesperanza
El fanatismo absorbe y limita el pensamiento. El fanatismo brinda verdades absolutas y no permite ver matices. El fanatismo hace que las cosas se vean en blanco y en negro. El fanatismo no promueve el debate argumentado, sino la confrontación agresiva.
En los últimos años, la democracia mundial se ha visto atacada por personajes que han llegado a cargos con mucho poder. Trump, Maduro, Netanyahu, Evo Morales, Bukele y Milei son solo algunos ejemplos. Desprecian la democracia, pero se benefician de ella. Detrás de ellos, grandes máquinas de propaganda martillando en el cerebro de sus votantes y valiéndose del algoritmo para saber con qué mensaje llegarles.
Hoy, Colombia ha elegido para segunda vuelta a dos personajes que se valen de la polarización para posicionarse, y con el triunfo de cualquiera el país estará dividido.
Por un lado, @IvanCepedaCast, que no solo ofrece la continuidad de un gobierno con grandes escándalos de corrupción, sino que ha defendido Chávez y la llegada de Maduro como su sucesor en Venezuela. Esto, sin contar su tibieza frente a los miembros de las extintas Farc, como Jesús Santrich; o que ha sido incapaz de criticar la fracasada paz total, de la cual él fue uno de los principales promotores.
Y, por el otro lado, @DELAESPRIELLAE. Un personaje que no solo ha tratado a sus compatriotas como “cafres malagradecidos”, sino que también ha sido cercano -y defendido- a Alex Saab, testaferro de Maduro; o a David Murcia Guzmán, que les tumbó sus ahorros a miles de colombianos. Se sabe, además (por lo que mencionó su esposa), que se iría del país si no gana, lo que demuestra que no está tan firme por la patria como lo anuncia en sus videos tipo show de entretenimiento.
Nuestro llamado es a que en segunda vuelta, vote por quien vote, sea capaz no solo de reconocer las falencias y errores de su candidato (que seguramente criticaría abiertamente si fueran del otro), sino también a que respete y entienda a sus amigos o familiares que voten diferente porque, ante este panorama, es difícil saber si hay un “mal menor”.
La primera mitad
Por: @mariod2118
Llegué tarde al ejercicio de elegir presidentes (o cualquier otro cargo de elección popular). Mi cédula estuvo lista un par de meses antes de la primera vuelta de las elecciones de 1998, de las que salió ganador Andrés Pastrana, pero no la estrené entonces.
Tampoco salí de mi casa el domingo 26 de mayo de 2002, cuando ganó la presidencia Álvaro Uribe Vélez, cargo en el que estuvo 8 años y tuvo ganas de quedarse 12. Lo detuvo la Corte Constitucional, pese a tener mayorías en el Congreso, contar con un gran fervor popular y haber cooptado varios órganos de poder.
La primera vez que voté fue en 2006. Lo hice por Carlos Gaviria Díaz. Fue el primer asomo real de la izquierda en su aspiración de ganar. Y votar por él fue también una necesidad de dejar claro que, pese a la devoción que despertaba el presidente que torció la constitución para hacerse reelegir, no éramos pocos los que nos oponíamos tanto a su forma de gobierno como a su visión del mundo y sus soluciones.
Fue esa noche cuando Gaviria trajo a colación una frase de Borges (curiosa elección, siendo Borges un tipo reaccionario y poco fervoroso de la democracia): «Yo sé (todos lo saben) que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece». Lo sigo sabiendo.
He seguido votando. Tal vez la única vez que lo hice absolutamente convencido y lleno de esperanza fue el domingo 2 de octubre de 2016. Marqué con firmeza el Sí en el plebiscito por la paz. Hice parte del bando de los perdedores un par de veces más y otras en el de los ganadores. Siempre he echado las papeletas en las urnas sin miedo, pero con cierto recelo. Sé que la mejor de las ideas puede tener la peor de las ejecuciones.
Sin embargo, confío en quienes persiguen genuinamente el interés general sobre el particular, el beneficio de muchos sobre el de unos pocos, así yo sea —en las frías estadísticas que dan cuenta de los privilegios y no de los riesgos— uno de los pocos.
Sin embargo, soy pesimista. Aunque Iván Cepeda ganará esta primera vuelta (así parecen confirmarlo todas las encuestas, además), el presidente terminará siendo Abelardo de la Espriella.
He visto y leído a algunos convencidos y fervorosos seguidores de la campaña de Paloma Valencia (la otra apuesta de la derecha colombiana), de esos que no ahorran epítetos para descalificar a los contrarios, moderar su discurso pensando en lo que pasará a partir de este lunes, cuando se barajen nuevamente las cartas y su candidata, posiblemente, se sume a las huestes del autodenominado tigre. Los leo convirtiendo en chiste lo que es a todas luces un riesgo, atemperando sus críticas, adoptando poco a poco la posición de firmes.
Dirán, luego, que la política es dinámica. No reconocerán su izquierdofobia. Les parecen respetables ciertos líderes en abstracto. Alaban a Lula y a Boric, pero si estuvieran en Brasil o Chile, posiblemente apoyarían a Bolsonaro o a Kast.
Descreo, pues, de los que claman que en Colombia está en juego la democracia, de los que azuzan a punta de argumentos falaces: que si gana Cepeda estas serán las últimas elecciones de Colombia es la más repetida; que tocará comerse las mascotas es la más absurda de todas. De tanto repetirla hay quienes les creen. O se las creen ellos mismos.
Es malo que gane la izquierda, aseguran, pero también que pierda, porque entonces, dicen, todo será parálisis. Porque nada hay tan malo, parecen pensar, como el derecho a la protesta.
Es el mismo miedo que regalaron antes presentado en un paquete muy similar: la defensa de la democracia es el envoltorio, pero lo de adentro es la intolerancia al otro, el deseo de que la alternancia del poder sea solo entre ciertos personajes que comparten ciertas igualdades.
Les gusta que gobierne el que les gusta mucho y soportan al que les gusta un poquito menos. Pero no el contradictor político, porque entonces sí que está en riesgo la democracia.
Ganará @DELAESPRIELLAE, digo. Y como en la canción de Drexler, «vendrán otras guerras, perderán los mismos», reaccionarán con calma los mercados porque al dinero no lo asustan los gobernantes iliberales.
Pero bueno, me estoy adelantando, que la futurología es mala consejera y esta es la primera mitad. Solo una cosa me tranquiliza: juraba, hace cuatro años, que ganaba Federico Gutiérrez. Y ya ven, me equivoqué.
Salir a votar sin miedo
Por: Amalia Uribe
“No veréis los países, solo un orbe indivisible que gira sin cesar y no conoce la posibilidad de la separación, ni, desde luego, la de la guerra… No veréis muros ni barreras, no veréis tribus, ni guerras, ni corrupción, ni ningún motivo para tener miedo”.
Samantha Harvey, Orbital.
Vuelvo a esta cita que utilicé hace unos meses para otra columna. Es que, por estos días de campañas políticas, cadenas de Whatsapp, discusiones en el almuerzo familiar o en la salida con los amigos, videos y piezas de publicidad en redes sociales, información en exceso y desinformación abundante, me gusta mirar al cielo, observar las estrellas y pensar en la luna, como una forma de recordarme lo minúsculos que somos en este Universo. Entonces volví a ese libro precioso que leí el año pasado y me gustó tanto por su belleza sutil y sus frases sin pretensiones que lo dicen todo sobre los seres humanos.
Habitamos un planeta que lo tiene todo para nuestra subsistencia, pero lo destruimos cada día con acciones que creemos que no nos afectan, sin embargo (nos demos cuenta o no) sufrimos las consecuencias de ello: temperaturas extremas por el calentamiento del mar y el derretimiento de los polos, incendios forestales cada vez más frecuentes, migraciones de especies a lugares que no son su hábitat, lluvias extremas que pronto se convierten en huracanes, sequías, guerras, unas más mediáticas que otras, y millones de seres humanos con hambre.
Y como si no fuera suficiente, insistimos en crear nuestras propias guerras, las internas, las de nuestra vida privada: juzgamos al vecino, peleamos con los amigos y la familia por política, rompemos relaciones como si fueran una hoja de papel, criticamos, insultamos, nos ofendemos y somos incapaces de resolver los conflictos que nos tocan a la puerta, porque es más fácil el frío silencio o la etiqueta para separarnos, que darle prioridad a la paz. Y unos hablan mucho de paz colectiva como un derecho fundamental o un principio que no se negocia, pero la paz empieza por uno mismo y con su entorno más íntimo y cercano.
Insistimos una y otra vez en el desastre, como si esa fuera nuestra verdadera esencia: una violencia desenfrenada y desmedida contra todo. Una ira acumulada generación tras generación que nos aleja de reparar heridas, sobre todo, cuando nos es imposible sentarnos a hablar en una mesa y mirarnos a los ojos, reconociéndonos como lo que somos: seres imperfectos.
Toda esta digresión para decirles que hoy es un día decisivo para el país en el que se enfrentan dos modelos. Y habrá, de lado y lado, apoyando a uno de los dos, seres humanos. Personas como usted o como yo que tienen una historia, una mirada, unas circunstancias que lo han llevado a elegir lo que quiera elegir. Celebro la democracia y honraré siempre mi derecho al voto, conquistado por mujeres valientes. Pero lo haré sin rabia y sin miedo, con la certeza de que el candidato que marque en el tarjetón es el que considero que mejor puede gobernarnos. Y también, con la certeza de que, quien piensa diferente a mí, no es mi enemigo.
Dejemos de pelear por políticos, que también son seres humanos habitando este mismo planeta. Dejemos de sembrar odio en quienes queremos porque piensan distinto. Dejemos esa obsesión por dividirnos cada vez más en subcategorías que, al final, no nos definen. Todos queremos lo mejor para Colombia, y querer lo mejor tiene muchos significados.
Hoy también salgo a votar en homenaje a Miguel Uribe Turbay, quien debería estar en el tarjetón y no en nuestra memoria, voto recordando la última vez que lo vi y dijo: “voy a ser el próximo presidente de Colombia y en mi gobierno no habrá lugar para los criminales, vamos a vivir en paz”. Voto por eso, Migue, por ti, por tu hijo, por mi hija y por todos los niños del país.
La firmeza empieza en otra parte
Por: @CamilaAvril
No entiendo la contradicción: el miedo al candidato que habla de trabajar por reducir la desigualdad social versus el apoyo al candidato (o candidatos) que evidentemente quiere cuidar los intereses de los más ricos.
Esa defensa férrea y obtusa de quienes están preocupados por los de su estirpe, cuando hay datos así: 1 de cada 3 colombianos vive en la pobreza, 32 de cada 100 son pobres, 12 viven en pobreza extrema, 31 son vulnerables a caer en la pobreza, 34 son de clase media y solo 3 son de clase alta (cifras del Dane, recogidas por BBC News).
La mayoría estamos de la clase media para abajo.
Las declaraciones de la esposa de @DELAESPRIELLAE son una muestra del botón: “Si perdemos no pasa nada porque ya tenemos una vida resuelta, vivimos maravilloso, trabajamos juntos, nuestros hijos, estamos en otro país. Si queremos vamos a Colombia, si no, no”. Ya por ahí lo había dicho el mismo Tigre alguna vez, que su familia está primero. “No voy a sacrificar a mi familia por este país de desagradecidos, desleales y cafres”.
Es decir, lo de la firmeza por la patria es relativo.
¿Por qué si a alguien este país le parece que está lleno de desagradecidos, desleales y cafres, quiere ser presidente de Colombia?
¿Y el pueblo qué? ¿Qué es entonces lo que cabe en su concepto de patria? ¿Quiénes?
Ahí es donde muchos se dejan confundir. De ahí que hayan vuelto tan importante al miedo: la tía que llama temblando que porque si gana Cepeda le van a quitar la pensión. ¿Quién le dijo eso, tía? Es lo que se mueve en las cadenas de chat y lo de que fue reenviado muchas veces está tan chiquito que la presbicia no lo deja ver.
El miedo de siempre, que busca hacernos votar por el menos preparado, la opción que se sacaron debajo del brazo, que es el que más grita, más payasadas hace, el más TikTokero y, además, el que más plata tiene para aparecer hasta en la sopa.
Cuando hay tanto en riesgo: que no todos cabemos en ese proyecto de país.
Hay cosas a las que no les prestamos suficiente atención. Con el Tigre, por ejemplo: que no se nos olvide lo de destripar a la izquierda radical o lo de mostrarle el pene a una periodista (que diga que ha conquistado a las mujeres por sus atributos) o lo de la crueldad con los gatos, solo para empezar, porque la lista es larga (en investigaciones y conexiones y presuntos).
Y la cosa es que preferimos conformarnos con promesas gritonas, pero necesitamos más.
Este país necesita gobernantes preparados, con conocimiento e interés en el país, con propuestas que no excluyan, que se ocupen de los grandes problemas y no tanto de lo que necesitan unos pocos. Para no ir muy lejos, la paz es fundamental, pero a esa le pedimos más que a la guerra. A la guerra le perdonamos todo, la cubrimos con silencio.
Así que hoy que vaya a votar, vote sin miedo. Que no sea contra alguien, sino porque con convicción cree, porque hay argumentos, que esa persona es la correcta para Colombia.
Que no nos convenzan con frasecitas lindas o gritos o amenazas o videos hechos con inteligencia artificial. Para gobernar se necesita mucho más. Porque muy bueno por aquellos que tienen resuelta la vida y pueden decidir ir o no a Colombia, preocuparse o no por Colombia. Pero eso es de muy pocos. La firmeza no puede empezar por ahí.