Silencio
Por: @MachadoRold
Pocas cosas me hacen orbitar con tanta facilidad entre la fascinación y la decepción como la política electoral. Siempre he visto la política como una vocación de servicio a Colombia y como un camino para crear bienestar. Sin embargo, esa vocación pasa, irremediablemente, por afrontar muchas veces, con las botas puestas, las contiendas electorales.
Siempre termino metiéndome de lleno, dejando todo en el proceso y, al final, derrotado y hastiado, al punto de no querer volver a saber de ello por mucho tiempo. El guayabo electoral del otro día se me mezcla con la melancolía y el pesimismo, y ese coctel que termino bebiéndome no me hace más que daño. Pero, de alguna forma, como quien recae en una adicción, termino volviendo.
Apoyé de forma decidida a Paloma y a Juan Daniel, con la seria convicción de que allí se veía representada la cohesión de varios sectores que encarnan las ideas liberales que profeso. Es cierto que, en las últimas semanas, las encuestas no acompañaron; pero, entre la obstinación y la negación, me resistí a ver el vendaval que se aproximaba.
¡Qué palazo! Nunca pensé que la diferencia fuera tan abismal. Pero la cachetada de realidad nos reduce a nuestras justas proporciones.
Lo que se suele llamar “centro” —una chapa que nunca me ha gustado—, y que prefiero nombrar como liberalismo o espíritu democrático, no existe de forma representativa en el espectro político actual. Nos montamos ahora en el extremismo, que ya es tendencia global: una era de bulos, redes sociales y posverdad que amenaza al paquidérmico sistema democrático y a sus erosionadas instituciones.
El ciudadano de los años veinte de este siglo reclama soluciones efectistas e instantáneas, muchas veces encarnadas en hombres bravucones. Válido. Pero esa no es la Colombia ni el mundo que deseo habitar.
Consciente de mi insignificancia, decido resistir desde el silencio: sirviendo a mi país desde donde pueda, cumpliendo con mis deberes diarios y evitando dejarme arrastrar por la confrontación visceral que se viene, encarnada en dos personajes que considero nefastos para Colombia.
No abandonaré esta tribuna, pero sí las redes por un tiempo. Incluso, salvo lo esencial, evitaré la radio y la prensa como una forma de desintoxicación personal después de un proceso en el que, mucho o poco, todos hemos perdido algo.
También hago un mea culpa: he sido duro con mis propios amigos y con mi familia. He priorizado el ego por encima de su bienestar. He hecho daño y me he hecho daño. Ese es un costo que no quiero seguir asumiendo.
Que, en su íntima convicción, cada quien decida en manos de quién quiere poner a Colombia. Se vienen tiempos muy difíciles; tiempos en los que deberemos elegir entre lo que es cómodo y lo que es necesario.
Por lo pronto, optaré por un silentium incarnatum.
Ánimo.
Eutanasia y Suicidio Asistido: una conversación pendiente
Por: @MachadoRold
Para Catalina Giraldo, levantarse cada día se ha convertido en un acto doloroso. La vida, desde hace años, parece habérsele vaciado de sentido y se transformó en una lucha agotadora contra sí misma y contra el mundo. Ha pasado por psicólogos, psiquiatras, terapias, hospitalizaciones y múltiples tratamientos. Según se ha conocido, ha probado cerca de cuarenta esquemas farmacológicos, sin que las herramientas médicas disponibles hayan logrado aliviar de manera suficiente el sufrimiento profundo que la acompaña. Catalina vive con trastorno depresivo mayor, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad no especificado. A diario enfrenta síntomas que le pesan sobre el cuerpo y la mente: el insomnio, la angustia, la sensación persistente de vacío y una carga emocional que no da tregua.
Cansada de cargar ese lastre durante más de la mitad de sus treinta años de vida, el año pasado solicitó a su EPS activar la ruta de muerte digna. Pero no pidió acceder a la eutanasia, sino al suicidio médicamente asistido. La diferencia no es menor: en la eutanasia, el acto final lo realiza un profesional de la salud; en el suicidio asistido, es la propia persona quien toma la decisión final, con acompañamiento médico y dentro de un marco jurídico determinado. Su EPS se negó, lo que la llevó a acudir a la justicia para que la Corte Constitucional estudie su caso y determine si puede ejercer esa decisión de forma autónoma, digna y sin que al drama de su padecimiento se le sume la desprotección institucional.
En Colombia, el derecho a la muerte digna se ha desarrollado principalmente por vía jurisprudencial, más que por una ley estatutaria integral. El punto de partida fue la Sentencia C-239 de 1997, con ponencia del magistrado Carlos Gaviria Díaz, una de las decisiones más relevantes y valientes de la Corte Constitucional. En ese fallo, la Corte estudió la constitucionalidad del delito de homicidio por piedad y sostuvo que la vida no podía entenderse únicamente como existencia biológica, sino como una vida unida de manera inseparable a la dignidad humana, la autonomía personal y el libre desarrollo de la personalidad. Por eso, concluyó que no podía sancionarse penalmente al médico que ayudara a morir a una persona con enfermedad terminal, sufrimiento intenso y consentimiento libre e informado. La sentencia no creó una obligación de morir, sino una garantía para quienes, en circunstancias extremas, consideran que seguir viviendo implica una afectación insoportable de su dignidad.
Desde entonces, la muerte digna dejó de ser vista solo como un asunto penal y empezó a consolidarse como un derecho fundamental. Ese desarrollo fue ampliado por decisiones posteriores, como la Sentencia T-970 de 2014, que ordenó crear procedimientos médicos y administrativos para hacerlo efectivo; la Sentencia C-233 de 2021, que eliminó la exigencia estricta de enfermedad terminal y permitió la eutanasia en casos de lesión corporal o enfermedad grave e incurable que produzca sufrimiento intenso; y la Sentencia C-164 de 2022, que abrió expresamente la discusión sobre el suicidio médicamente asistido. En el plano reglamentario, el Ministerio de Salud expidió normas como la Resolución 1216 de 2015 y la Resolución 971 de 2021, que regulan el trámite de solicitudes de eutanasia, la conformación de comités científicos-interdisciplinarios y las obligaciones de las instituciones de salud.
Sin embargo, el Congreso ha rehuido legislar de manera seria e integral sobre la muerte digna. Ha dejado que sean los jueces, los médicos, las EPS y los pacientes quienes carguen con los vacíos de una discusión que debería tener reglas claras, humanas y garantistas. Las libertades individuales no deberían depender del cálculo electoral ni de las convicciones morales de las mayorías. En una sociedad plural, deberían existir acuerdos políticos mínimos para que quien enfrente una enfermedad grave, un sufrimiento profundo e irreversible, y cumpla con los requisitos constitucionales, pueda tomar una decisión íntima sin barreras injustificadas y con el mayor respeto institucional por la vida, la autonomía y la dignidad humana.
El caso de Catalina obliga al país a mirar de frente una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega el deber del Estado de proteger la vida cuando, para una persona, vivir se ha convertido en una experiencia de sufrimiento permanente? La respuesta no puede ser el silencio, ni la indiferencia, ni la dilación burocrática. Debe ser una conversación pública seria, compasiva y jurídicamente responsable. Y, en época electoral, esa conversación se vuelve aún más urgente: no basta con conocer de manera superficial la posición de los candidatos sobre la muerte digna y otros dilemas éticos de fondo. El país necesita que estos temas dejen de perderse en una agenda pública fragmentada, dominada por escándalos pasajeros, y vuelvan al centro del debate democrático.
Me tiene destruido la noticia del asesinato del periodista Mateo Pérez Rueda. Sus padres lo buscaban desesperados desde el lunes. Se fue a Briceño a hacer reportería del conflicto y no volvió. Su familia y amigos están destrozados para siempre. El periodismo pierde, el país pierde. ¿Hasta cuándo?
A Mateo lo mató un gestor de paz, esa ficción que se inventó la Paz Total de @IvanCepedaCast y @petrogustavo para cobijar criminales. A Carlacá lo capturaron movilizándose en camionetas de la UNP. Lo soltaron por orden del gobierno. Hoy Mateo y muchos colombianos más estarían vivos o en sus tierras. Este gobierno y su heredero son insensibles y criminales.
Ausencia sentimental
Dejo por esta semana mi habitual columna, en la que casi nunca perdono hablar de algún hecho político relevante, para darme una pausa de este ambiente electoral intoxicado que nos trae tantas angustias y nos quita tanta paz. Prefiero, entonces, escribir hoy sobre algo más bello y noble: el vallenato, ese género que será para siempre un regalo de Colombia a la humanidad.
Aprovechando que estamos en Festival, y que por lo menos yo padezco el FOMO, como se dice ahora a esa sensación de no estar donde uno quisiera estar, o diciéndolo con las palabras de esa canción que se volvió himno para quienes no estamos en Valledupar: una ausencia sentimental. @FESVALLENATO
Es raro que un paisa como yo viva tan afiebrado por esos ritmos caribeños que parecen tan lejos de estas montañas. Pero es que a mí el vallenato se me metió rapidito en el alma. Soy hijo de una barranquillera por accidente que solo tenía un disco en el carro: Clásicos de la Provincia, de @carlosvives. En ese carro nos llevaba y nos recogía del colegio, y antes de llegar a la adolescencia yo ya cantaba de memoria La gota fría, Compai Chipuco y esas canciones que, sin uno saberlo, empiezan a educarle el corazón.
Otro infaltable de esas tardes de regreso a casa, en medio del trancón vespertino, era el @BinomioOficial, con esa voz dulce e inolvidable de Rafael Orozco interpretando letras que son, más bien, poemas de grandes juglares como Rita Fernández Padilla, Rosendo Romero —hermano de Israel, su acordeonero— o el médico Fernando Meneses. Ese repertorio es, sin duda, parte fundamental de mi educación sentimental. En esas canciones aprendí que el amor podía doler sin dejar de ser bello, que la nostalgia podía cantarse con dignidad y que la alegría también podía tener fondo.
El vallenato tiene esa virtud extraña de volver íntimo lo colectivo. Uno escucha una canción nacida en un pueblo del Caribe, entre caminos polvorientos, patios abiertos, acordeones y parrandas, y de repente siente que también habla de su propia vida. Sus letras tienen nombres, lugares, oficios, dolores, despedidas, promesas y amores imposibles. Por eso no es solo música para bailar o para beber: es también una forma de memoria. Una manera de contar el país desde sus afectos más hondos.
Este año, justamente, en la versión 59 del Festival de la Leyenda Vallenata —ese sueño que tuvieron e hicieron realidad el maestro Escalona, la Cacica Consuelo Araújo Noguera y el presidente Alfonso López Michelsen—, se recuerda la vida y obra del maestro Rafael Orozco. No ha muerto quien permanece para siempre en la memoria colectiva. Y Orozco, con esa voz dulce que todavía parece recién salida de una serenata, sigue vivo cada vez que alguien canta un despecho, recuerda un amor viejo o vuelve, aunque sea con la imaginación, a una parranda.
No quiero dejar pasar estos días sin hacer mi más humilde, pero también mi más sincero homenaje a estas músicas que tanta belleza han dejado en mi vida y, sé bien, en la de muchos otros. También quiero exaltar a esos poetas, hombres y mujeres del Valle, que han tenido la sierra y la sabana como musas; esos paisajes bucólicos tan presentes en la mayoría de esta hermosa poesía. En tiempos de tanto ruido, volver al vallenato es también volver a una forma más simple y profunda de sentir.
Dejo acá mis diez infaltables del vallenato, invitando a quienes me lean a seguir la lista:
1. Noche sin luceros
2. Nació mi poesía
3. El arcoíris
4. No voy a Patillal
5. La casa en el aire
6. Matilde Lina
7. Alicia adorada
8. Amarte más no pude
9. Cariñito de mi vida
10. Relicario de besos
Ausencia sentimental
Dejo por esta semana mi habitual columna, en la que casi nunca perdono hablar de algún hecho político relevante, para darme una pausa de este ambiente electoral intoxicado que nos trae tantas angustias y nos quita tanta paz. Prefiero, entonces, escribir hoy sobre algo más bello y noble: el vallenato, ese género que será para siempre un regalo de Colombia a la humanidad.
Aprovechando que estamos en Festival, y que por lo menos yo padezco el FOMO, como se dice ahora a esa sensación de no estar donde uno quisiera estar, o diciéndolo con las palabras de esa canción que se volvió himno para quienes no estamos en Valledupar: una ausencia sentimental. @FESVALLENATO
Es raro que un paisa como yo viva tan afiebrado por esos ritmos caribeños que parecen tan lejos de estas montañas. Pero es que a mí el vallenato se me metió rapidito en el alma. Soy hijo de una barranquillera por accidente que solo tenía un disco en el carro: Clásicos de la Provincia, de @carlosvives. En ese carro nos llevaba y nos recogía del colegio, y antes de llegar a la adolescencia yo ya cantaba de memoria La gota fría, Compai Chipuco y esas canciones que, sin uno saberlo, empiezan a educarle el corazón.
Otro infaltable de esas tardes de regreso a casa, en medio del trancón vespertino, era el @BinomioOficial, con esa voz dulce e inolvidable de Rafael Orozco interpretando letras que son, más bien, poemas de grandes juglares como Rita Fernández Padilla, Rosendo Romero —hermano de Israel, su acordeonero— o el médico Fernando Meneses. Ese repertorio es, sin duda, parte fundamental de mi educación sentimental. En esas canciones aprendí que el amor podía doler sin dejar de ser bello, que la nostalgia podía cantarse con dignidad y que la alegría también podía tener fondo.
El vallenato tiene esa virtud extraña de volver íntimo lo colectivo. Uno escucha una canción nacida en un pueblo del Caribe, entre caminos polvorientos, patios abiertos, acordeones y parrandas, y de repente siente que también habla de su propia vida. Sus letras tienen nombres, lugares, oficios, dolores, despedidas, promesas y amores imposibles. Por eso no es solo música para bailar o para beber: es también una forma de memoria. Una manera de contar el país desde sus afectos más hondos.
Este año, justamente, en la versión 59 del Festival de la Leyenda Vallenata —ese sueño que tuvieron e hicieron realidad el maestro Escalona, la Cacica Consuelo Araújo Noguera y el presidente Alfonso López Michelsen—, se recuerda la vida y obra del maestro Rafael Orozco. No ha muerto quien permanece para siempre en la memoria colectiva. Y Orozco, con esa voz dulce que todavía parece recién salida de una serenata, sigue vivo cada vez que alguien canta un despecho, recuerda un amor viejo o vuelve, aunque sea con la imaginación, a una parranda.
No quiero dejar pasar estos días sin hacer mi más humilde, pero también mi más sincero homenaje a estas músicas que tanta belleza han dejado en mi vida y, sé bien, en la de muchos otros. También quiero exaltar a esos poetas, hombres y mujeres del Valle, que han tenido la sierra y la sabana como musas; esos paisajes bucólicos tan presentes en la mayoría de esta hermosa poesía. En tiempos de tanto ruido, volver al vallenato es también volver a una forma más simple y profunda de sentir.
Dejo acá mis diez infaltables del vallenato, invitando a quienes me lean a seguir la lista:
1. Noche sin luceros
2. Nació mi poesía
3. El arcoíris
4. No voy a Patillal
5. La casa en el aire
6. Matilde Lina
7. Alicia adorada
8. Amarte más no pude
9. Cariñito de mi vida
10. Relicario de besos
Al borde del no retorno
Por: @MachadoRold
Yo, evidentemente, no viví la Colombia de los años 80 y 90. Sus ecos me llegan a través de lecturas, de las anécdotas de los mayores y de esa remisión constante que parece una declaración colectiva de “Nunca más”. Sin embargo, Colombia parece condenada a un eterno retorno de violencias: políticas, mafias, crimen organizado, pobreza y narcotráfico. Las nuestras, las de nuestros días, son en esencia las mismas. Nunca se han ido; en cambio, han mutado, se han mimetizado, se han multiplicado, se han tecnificado e incluso profesionalizado. Basta pasar por las noticias de esta semana para volver a ver las imágenes de los carros bomba, los cuerpos desmembrados, los asesinatos selectivos, los mafiosos campantes y los políticos que callan complacientemente.
En diciembre se cumplirán 40 años del asesinato de Guillermo Cano, decano del periodismo en Colombia. Cada tanto vuelvo a su Libreta de Apuntes, a sus editoriales y a sus reflexiones para encontrar señales en medio de estos tiempos. Sus palabras son sorprendentemente atemporales, lúcidas y necesarias. Una de ellas es hoy más urgente que nunca: “A este país lo que verdaderamente le está haciendo falta no es plata (…) sino una profunda reconquista de la moral en el sector público y en el sector privado (…) Estamos presenciando el crecimiento de una generación sin fronteras morales, sin valores ni principios éticos”.
Creo que, de un tiempo para acá, avanza de forma rápida y silente una crisis, de nuevo sistémica: el mismo virus latente que reaparece con síntomas más sofisticados y resistentes. No es solo la persistencia de la violencia lo que inquieta, sino la normalización de sus formas. Nos acostumbramos a la indignación breve, al escándalo efímero, a la tragedia que dura lo que dura el ciclo noticioso. Y en ese acostumbramiento, algo más profundo se erosiona: la capacidad colectiva de rechazar lo inaceptable.
La nación se debate hoy en una suerte de bipartidismo difuso, más cercano a una bipolaridad política que a una verdadera deliberación democrática. El liderazgo parece insuficiente; el talante de estadista es un bien escaso. Los empresarios, más allá del giro de sus negocios y de las conversaciones en sus espacios elitistas, parecen desentendidos o desconectados de la realidad nacional. Mientras tanto, las guerrillas y el crimen organizado siembran el terror y campean el territorio a sus anchas, ocupando vacíos que el Estado no logra —o no quiere— llenar.
La contienda presidencial, según todas las encuestas, parece encaminarse entre dos formas degradadas de habitar lo público. Como si la política hubiera renunciado a su vocación ética y se limitara a disputar el poder bajo lógicas de espectáculo, resentimiento o cálculo. En ese escenario, resulta inevitable preguntarse si el sacrificio de esa generación de políticos, jueces, periodistas y policías —esa resistencia civil frente a la mafia— fue en vano.
Indigna ver cómo figuras públicas, envueltas en estéticas de nuevo rico o discursos de superioridad moral, pretenden dictar cátedra sobre valores que no encarnan. Irrita el cinismo de quienes invocan el diálogo mientras golpean la institucionalidad, o de quienes apelan a la democracia solo cuando les favorece. Pero más preocupante aún es la indiferencia creciente frente a estos comportamientos: la sensación de que nada sorprende, de que todo cabe, de que todo se tolera.
Tal vez la pregunta no sea si es posible otro país, sino si estamos dispuestos a construirlo. Porque el “Nunca más” no puede seguir siendo una consigna vacía que repetimos mientras caminamos hacia los mismos abismos. Requiere memoria, sí, pero también coraje: el de exigir, el de incomodar, el de no ceder frente a la resignación.
Colombia no está condenada por su pasado, pero sí puede estarlo por su indiferencia. Y ese, quizá, es el punto más cercano al no retorno.
Lo que se juega Uribe
Por: @MachadoRold
Esta elección es trascendental para Colombia. Lo que está en juego es demasiado, empezando por la democracia y la libertad. Los riesgos de fractura democrática con un autócrata como Iván Cepeda están ampliamente diagnosticados, empezando por la desaparición de la Constitución de 1991 y, con ella, del Estado social de derecho como lo conocemos.
Aparte de todo ello, es para Álvaro @AlvaroUribeVel una elección con una carga vital tremenda. El expresidente ha sabido por años cabalgar victorias contundentes a nombre propio y por interpuesta persona, y también ha padecido la derrota y las peores horas de su partido político, todo ello con audacia. Pero esta, de nuevo, no es para él una elección cualquiera: se juega su legado y su libertad.
Uribe ha sido llevado a un juicio endeble en materia probatoria, pero sumamente degradante para su persona. Porque aunque lo que se le imputa son delitos menores de fraude procesal, lo que hay detrás es un relato, un discurso y un hecho político de grandes proporciones: sepultar la figura de Uribe bajo la mácula del paramilitarismo y los crímenes de Estado. Cepeda ha hecho de la ruina del expresidente su impulso político y existencial. Y sin duda alguna, si llega a la Presidencia, desplegará todo su poder para finiquitar la tarea que lleva años desarrollando.
Por eso esta no es una elección más en el calendario colombiano ni un simple relevo de nombres, consignas y banderas. Es una disputa de fondo sobre el sentido mismo de una época política. Porque a Uribe no solo le están peleando un electorado, una influencia o una vigencia. Le están peleando su lugar en la historia. No basta con derrotarlo políticamente: hay que convertirlo en símbolo de todo aquello que una parte del país dice querer dejar atrás.
Y esa es, justamente, la dimensión más profunda de esta contienda. Lo que se busca no es apenas discutir sus decisiones, cuestionar sus gobiernos o contradecir su visión del país. Lo que se busca es clausurar su significado. Que todo lo que representó quede comprimido en una sola acusación moral. Que años enteros de una forma de ejercer la autoridad, de concebir la seguridad y de entender el Estado terminen resumidos en una caricatura útil para sus enemigos.
Por eso Uribe sabe que esta batalla no se libra solo en los tribunales ni únicamente en las urnas. También se libra en el terreno del relato, en la memoria pública, en la interpretación que quedará de él para las generaciones que no vivieron ni el terror de los años más duros ni el impacto político de su ascenso. Y sabe también que sus adversarios han entendido desde hace tiempo que su demolición personal es una condición necesaria para consolidar su propio proyecto de poder.
Más allá de la política, Uribe enfrenta hoy la disputa por su propio legado. Sus adversarios pretenden convertirlo en el chivo expiatorio de los problemas nacionales, fijando esa imagen en la memoria colectiva. Por eso, estos comicios representan para él algo más que una victoria: son la última barrera para impedir que otros definan, de manera irreversible, su paso por la historia.
El que controla la energía controla la economía entera. La segunda bomba es la crisis energética. Reactivar fósiles, fracking responsable, renovables. Diversidad de fuentes. Eso es libertad económica de verdad.
El Estado existe pa' proteger la vida, la libertad y lo que uno se gana con el trabajo. La primera bomba del plan: seguridad total. 530.000 uniformados, justicia rápida, que no extorsionen desde las cárceles. Sin eso no hay nada, parce.
@RodrigoXZarate@PalomaValenciaL@JDOviedoAr Y que hay de malo en eso, Rodrigo. No es acaso el centro una suma de fuerzas. Oviedo defiende unas ideas liberales y demócratas.
Si es cosa de nombres, recuerdo a José Obdulio Gaviria y a Lina Moreno haciendo campaña por Alonso y Sergio en Medellín. Fueron los mejores alcaldes
A Sergio Fajardo
Por: @MachadoRold
Respetado Sergio:
Desde mi adolescencia, cuando empecé a interesarme y a participar activamente en procesos políticos, lo he visto como un referente de lo que significa trabajar incansablemente por lo público, con el propósito superior de servir al país y generar el mayor bienestar posible.
Nací en la Medellín que su administración comenzó a transformar, esa que nos hizo pasar del miedo a la esperanza, esa que proyectó a la ciudad como un referente mundial de urbanismo, innovación y cultura ciudadana. Usted es y será, para la historia, el mejor alcalde que ha tenido Medellín. Con su liderazgo no solo se imaginó una ciudad bella, incluso para los más humildes; también se renovaron profundamente sus cimientos y florecieron la dignidad, el empleo, el emprendimiento, el arte y la educación. Le debemos mucho.
Confío en su ética pública a toda prueba, en su transparencia y en su decencia para gobernar, virtudes de las que cientos de personas hemos hecho nuestra escuela. Su ejemplo ha sostenido nuestras convicciones y nos ha inspirado a pensar que Colombia merece más, merece algo mejor. Usted ha sido una guía para toda una generación de liderazgos en el país, y estoy seguro de que lo seguirá siendo.
Creo, además, en su enorme capacidad para conformar buenos equipos, rodearse de personas valiosas, trazar un rumbo claro y elegir a los mejores en cada frente. Su liderazgo público es de esos que escasean en un mundo lleno de populistas pendencieros y de vendedores de preceptos vacíos. En tiempos de cinismo, su manera de hacer política ha sido una defensa de la serenidad, del conocimiento y de la sensatez, valores hoy más necesarios que nunca.
Sé también que uno de sus mayores anhelos ha sido hacer de este país lo que hizo con Medellín y Antioquia: convertir esta sociedad en una más justa, más digna y más decente. Lo ha intentado ya tres veces, con una valentía inmensa, con un rigor admirable y con un talante incorruptible e infranqueable, en un país donde conquistar el poder resulta costoso en términos personales. Usted es un idealista, alguien que reivindica la política en su sentido más puro y noble.
No obstante, querido Sergio, tanto usted y su equipo como los ciudadanos y yo sabemos que la probabilidad de llegar a segunda vuelta y convertirse en presidente es casi nula. El contexto de atomización, la popularidad y el alcance de nuevas formas de hacer política, la frescura de otros liderazgos y algunos errores estratégicos lo alejan cada vez más de una oportunidad real de llegar a la Casa de Nariño.
Pero en sus manos, y en su grandeza —que sé que la tiene—, está la posibilidad de evitar que Colombia caiga por un despeñadero y condene a millones a un sufrimiento inconmensurable. Hoy lideran dos opciones extremas, aquellas que usted ha combatido y que sabe que representan las formas más oscuras de la política. Sin embargo, el 8 de marzo se nos presentó una oportunidad, tal vez la última, de ofrecerle a Colombia un camino distinto. En Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo hay dos políticos serios, decentes y bienintencionados. Puede que las coincidencias ideológicas no sean plenas, pero nada que no pueda resolverse poniendo por encima lo fundamental: el país.
Querido Sergio, este es un llamado, casi un ruego, a que considere anteponer el país a su deseo personal de aspirar a la Presidencia. Sus banderas, que me representan a mí, a mis amigos y conocidos, y a cientos de miles de colombianos, serían bien recibidas junto a Paloma y Juan Daniel. Allí podrá usted, al lado del maravilloso equipo que lo acompaña, ser partícipe de un nuevo capítulo en la historia nacional. A veces, la grandeza de un líder no consiste solo en perseverar, sino también en saber leer el momento histórico y actuar en consecuencia. Estoy seguro de que el país sabrá reconocer ese gesto.
Piénselo. Lo dejo a su consideración, si logra leerme, con la mayor humildad.
Con cariño y admiración,
Samuel Machado
Los invitados a la fiesta
Por: @MachadoRold
Con los resultados del domingo empezó la verdadera carrera presidencial. Las primeras de cambio dejaron grandes ganadores, como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, pero también grandes derrotados, como Claudia López o Roy Barreras. Eso sin contar a los quemados en las legislativas ni el enigma que representan figuras como Abelardo de la Espriella y Sergio Fajardo, quienes decidieron no medirse y, de rebote, cargan hoy con el costo político de no haber estado presentes en el tarjetón del 8 de marzo. Mientras tanto, Iván Cepeda sigue incólume en la cima de la general.
La campaña arrancó en forma y este es, por ahora, el estado de cosas. Cepeda se perfila como un puesto casi fijo en la segunda vuelta y, con la llegada de la líder indígena caucana Aída Quilcué a su fórmula, reafirma su base política y su conexión con sectores sociales y territoriales que han sido decisivos en elecciones recientes. Su apuesta es clara: consolidar el voto progresista y ampliar su margen en regiones históricamente movilizadas por agendas sociales.
En la otra orilla, el Centro Democrático salió fortalecido con la victoria de Paloma Valencia y una excelente votación en la Gran Consulta por Colombia. Pero el verdadero movimiento estratégico vino después: la adhesión de Juan Daniel Oviedo, el segundo en la consulta y, sin duda, la gran sorpresa del domingo. Oviedo logró captar un voto urbano, técnico y de centro que ahora se convierte en un activo clave para Valencia. Esa convergencia acerca a la candidata del Centro Democrático a un electorado más amplio —incluso alternativo— que antes le era esquivo. Con ese movimiento, Paloma deja de ser únicamente la candidata de un partido para proyectarse como el verdadero contrapeso electoral frente a Cepeda.
Entre tanto, Abelardo de la Espriella parece empezar a desinflarse y a quedar, más que como protagonista, como telonero de la dupla que comienza a perfilarse como central en esta contienda. Su fórmula vicepresidencial, el exministro y hasta el lunes rector de la Universidad EIA, José Manuel Restrepo, le aporta rigor técnico, conocimiento del Estado y credenciales académicas. Sin embargo, en términos estrictamente electorales, su capacidad de sumar votos parece limitada.
Por su parte, Sergio Fajardo se desinfla cada vez más frente al nuevo contexto político. La votación de Juan Daniel Oviedo terminó recogiendo, en términos prácticos, buena parte del electorado de centro que históricamente gravitaba alrededor del exgobernador de Antioquia. Así, Fajardo queda atrapado en un espacio político cada vez más estrecho, con pocas posibilidades de crecimiento. Su fórmula, la respetada exsecretaria de Educación de Bogotá, Edna Bonilla, aporta seriedad y experiencia en gestión pública, pero difícilmente abre nuevos nichos electorales.
Así las cosas, estos cuatro parecen ser, por ahora, los verdaderos invitados a la fiesta. Todo aquel que se ubique por debajo de los porcentajes o de la fuerza política de este grupo corre el riesgo de convertirse en un simple saltimbanqui electoral, condenado incluso a no alcanzar el umbral necesario para la reposición de votos.
Y si me apuran —pensando en el país— me atrevo a decir algo más: tanta fragmentación en la centro-derecha solo termina favoreciendo a Cepeda. En política, dividirse rara vez es una estrategia ganadora.
En ese escenario, la convergencia entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo encarna una esperanza que, para muchos sectores del país, hacía tiempo no aparecía con tanta claridad en el horizonte político
Oviedo, el verdadero ganador
Por: @MachadoRold
Hay formas y formas de ganar. Se puede ganar perdiendo, como Roy Barreras o Claudia López, que aunque ganaron sus respectivas consultas lo hicieron con una votación pírrica que los devuelve a sus justas proporciones. Y también se puede perder ganando, como Juan Daniel Oviedo, que aunque cayó en la Gran Consulta por Colombia frente a Paloma Valencia, fue el que se llevó los aplausos, los reflectores y, sobre todo, la sensación de futuro.
Porque sí: en el papel perdió. Pero en política no todo se define por quién levanta la mano al final de la noche. A veces importa más quién sale crecido, quién logra sorprender, quién queda mejor parado para lo que viene. Y ese fue Oviedo.
Hace apenas cuatro años Juan Daniel Oviedo era, para casi todo el país, el particular director del DANE. El gomelo que salía por televisión a explicar estadísticas, el funcionario técnico que parecía más un personaje curioso que un político de verdad. Pero lo que vino después ha sido un ascenso meteórico. Primero, una candidatura a la Alcaldía de Bogotá en la que sorprendió quedando de segundo. Y ahora esto: más de un millón de votos en una consulta nacional, él solo doblando a muchos otros que llevan años haciendo política, tejiendo alianzas, repartiendo avales y hablando de país como si el país les perteneciera.
Eso no es menor. Eso dice algo.
Dice, para empezar, que hay un sector del electorado que sí está buscando algo distinto. Algo menos acartonado que la política tradicional, menos gritón que los extremos y menos fatigado que ese centro viejo que lleva años presentándose como novedad. Y ahí está también otra derrota, quizá más silenciosa pero igual de contundente: la de Sergio Fajardo. Por terquedad, por cálculo o por no entender el momento, decidió no participar y dejó vacío un lugar que creyó suyo durante demasiado tiempo. Hoy ese espacio ya no le pertenece. Hoy el camino es @JDOviedoAr.
A Cámara por Fede
Por: @MachadoRold
El próximo domingo vamos a votar a Senado y Cámara de Representantes. Suele verse por quienes ven en el plato principal la presidencial, como una elección secundaria. No obstante es la elección más importante de cada cuatro años. El Congreso de la República es el real y más efectivo freno y contrapeso al poder ejecutivo. Por él no solo pasa el trámite de las leyes, la gestión de proyectos de desarrollo local y nacional; entre sus funciones se encuentra la de hacer control político, aprobar presupuesto, Plan Nacional de Desarrollo, elegir los magistrados de la Corte Constitucional, al procurador, al contralor y acusar y juzgar políticamente al presidente. Tarea no menor, a veces mal ponderada, reputacionalmente castigada, pero bien hecha —a conciencia, con rigor y decencia— es noble y necesaria para la estabilidad de nuestra democracia.
Hoy en este envío vengo a cantarles mi voto a la Cámara de Representantes por Antioquia, porque el de Senado, me temo, se dará ese mismo día en la urna entre dos opciones por las que aún no me decanto. Pero bien claro sí tengo, hace ya muchos meses —años diría—, a quién aspiro a que me represente en el Congreso.
La primera vez que supe de Fede fue cuando estaba en su primer paso por la Cámara. Tenía yo 14 o 15 años, afiebrado por la política, apoyando activamente el plebiscito por la paz, lleno de bríos frente a quienes no lo hacían. Y apareció él: un representante con cara de pelaito —de esos que uno cree que todavía están estrenando cédula—, pero con el fondo de un político experimentado, de un pensador agudo. Me serenó. Me ayudó a entender que al otro lado también había opiniones razonables. En secreto se ganó mi respeto y mi admiración.
Años después, hace un par de hecho, buscando un ponente para un evento de la universidad lo contacté. No me equivoqué. Su discurso sobre liderazgo fue solemne: desde el primer segundo cautivó el auditorio con esa cualidad que quienes lo conocemos sabemos que tiene, la de inspirar. Desde ese momento seguimos conversando, animándolo a que le devolviera a la política su rigor y su altura, después de años en el sector privado. Me alegró saber que tuvo la valentía de volver a intentarlo y lo he visto en la calle emocionado, llevando su mensaje a los antioqueños.
@FedericoHoyos, antes que buen político, es buen ser humano, buen ciudadano y, aunque venimos de lugares distintos y tenemos a veces ideas diferentes sobre la forma de ver y aprehender el mundo, lo estimo y lo admiro. Tiene escasas en la política de hoy: fondo, audacia, carácter, transparencia. Y, sobre todo, algo todavía más raro: independencia de criterio. No es hombre de consignas fáciles ni de obediencias ciegas. Puede disentir sin destruir, discutir sin humillar, defender sus ideas sin convertir al contradictor en un enemigo moral.
Por eso mi voto es por él. No porque crea que es infalible, sino porque confío en su integridad. En tiempos donde la política se volvió espectáculo o trinchera, necesitamos representantes que entiendan que el Congreso no es un escenario para la vanidad sino un lugar para la responsabilidad histórica.
Federico Hoyos Salazar — Centro Democrático — 104.
@noaptoco@MariantoniaRG Excelente columna Maria. Me sumo y agrego uno a cámara @FedericoHoyos, un político escaso en estas épocas: uno decente, sobrio, riguroso.
El cómplice
Por: @MachadoRold
Hay quienes dicen de Iván Cepeda que es un tipo decente. Y suele haber acuerdo —entre propios y rivales— en que sus formas son las de un hombre cordial, no altisonante ni beligerante. Un tipo pulido en sus modos, correcto en el trato, sobrio en el gesto. Pero esa cortesía no es sinónimo de moderación. En Cepeda la serenidad es método: su conducta es más bien la de un tipo frío y calculador, con una forma sofisticada de odio por sus enemigos políticos. No un odio pueril o rabioso, sino uno disciplinado, cultivado a golpe de obsesión ideológica.
Su odio por la derecha, además, es heredado. Viene de su padre, un hombre que combinó todas las formas de lucha. Y es un odio legitimado —en cierto sentido— por su injustificable asesinato. Esa tragedia personal se volvió columna vertebral de su relato: memoria, denuncia, persecución moral. Cepeda aprendió pronto que en Colombia el dolor también puede convertirse en plataforma. Y que, bien administrado, ese capital moral permite decir y hacer cosas que a otros les cobrarían caro.
Desde ahí, Cepeda ha dedicado su vida a enterrar por las vías que hagan falta la figura y la humanidad de Álvaro Uribe. No es una diferencia política normal: es una fijación. Un proyecto. Una carrera construida en torno a un nombre. Uribe es su combustible, su bandera, su enemigo necesario. Sin Uribe, Cepeda se queda sin espejo.
A eso se suman los ruidos que nunca se fueron. Se ha logrado comprobar que su nombre aparece mencionado en los computadores de Raúl Reyes, excabecilla de las Farc dado de baja, aunque nunca se le pudo llevar a juicio. Ese “aunque” es clave: no porque absuelva, sino porque deja el asunto suspendido en la ambigüedad que tanto le sirve a la política colombiana. Para unos, prueba suficiente. Para otros, persecución. Para él, un ruido administrable.
Su carrera —y hoy su aspiración presidencial— se ha construido a la sombra del juicio contra Álvaro Uribe, del que es parte procesal. Ese proceso tuvo su hito en la condena de primera instancia, celebrada como trofeo político, y que cayó después en segunda ante las evidentes irregularidades. Irregularidades que se cruzan con la manipulación de testigos, con ese trabajo de ir recogiendo y fabricando versiones en las cárceles para que testificaran contra el expresidente. No importa cuántas veces se maquille ese episodio: la política convertida en expediente, y el expediente usado como arma, termina ensuciando todo.
Hoy Cepeda es el candidato de @petrogustavo y, por ende, guarda silencio. Puntea en las encuestas, pero se niega a hablar de frente al país, a dar la cara, a debatir, a que se le cuestione. Su silencio no es prudencia: es cálculo. El mismo cálculo con el que se camina despacio cuando se sabe que el gobierno al que se pertenece es una carga.
Porque mientras él evita el cuerpo a cuerpo, al país le estallan las “atrocidades contra la salud”, el desorden fiscal, la inseguridad y la sensación de deriva. Y ahí aparece la pregunta central: ¿cómo pretende gobernar alguien que, cuando le toca responder, se esconde detrás del guion? Cepeda se vende como figura moral, pero se mueve como operador.
Y está, además, su firma política más pesada: es el artífice de la fracasada paz total. Una paz total que, hasta ahora, solo ha servido a los armados. Los fortalece, los legitima, les compra tiempo. Mientras tanto, a los ciudadanos les ofrece comunicados, mesas, promesas, y una paciencia que ya no existe.
@IvanCepedaCast no es el radical que grita. Es el que sonríe mientras aprieta. El que habla de derechos mientras justifica a los violentos. El que exige explicaciones cuando está en oposición, y guarda silencio cuando le toca responder por el poder. Por eso no es solo un adversario ideológico. Es, ante todo, el cómplice.
Diplomacia a punto de desplomarse
Por: @MachadoRold
La diplomacia y el derecho internacional, en general, viven momentos decisivos: parecen estar cayendo en desuso. Mientras los poderes se reconfiguran y las instituciones democráticas soportan los embates de gobernantes autoritarios y personalistas, la resolución de los conflictos entre semejantes en la esfera internacional se tramita cada vez más por trinos vociferantes que por los canales regulares. Ejemplo de ello son personajes del talante de Trump y Petro, quienes cada tanto —más frecuentemente de lo tolerable— tienen salidas en falso que comprometen la política exterior de los Estados a los que representan. Ambos suelen intervenir en asuntos internos, tratar de incidir en procesos electorales extranjeros y vilipendiar a sus homólogos. Todo ello sin mencionar la relación entre ambos, que ha tenido al borde de un conflicto político, comercial e incluso militar a dos naciones aliadas, con agendas comunes.
La relación entre ambos es tensa incluso desde que el republicano era apenas un expresidente en campaña y, intentando ganarse el favor del derechizado voto latino, especialmente en los estados sureños, comparaba a Petro con Maduro o incluso se atrevía a difamar al mandatario colombiano con rumores sobre su vida personal.
Petro, por su parte, no escatimó en adjetivos hacia el temperamental magnate, que, a solo quince días de su regreso a la Casa Blanca, ya amenazaba a Colombia con una guerra comercial, con aranceles asfixiantes que liquidarían la economía colombiana. Ese primer incendio, esa primera batalla de ególatras, fue desactivada —cual bomba de tiempo— por equipos que, a lado y lado del cuadrilátero en el que volaban puñetazos, entendieron que la relación bilateral, esa sociedad estratégica construida de larga data, primaba sobre la mezquindad transitoria.
La tensa calma, que pasaba por momentos de ebullición esporádicos, tuvo su instante más álgido con la captura y posterior extradición del dictador venezolano, que, por lo que hemos visto, responde más a una estrategia expansionista y económica de Washington que a una real preocupación por la democracia y el derecho internacional humanitario. Ese éxtasis triunfal de Trump solo le abrió el apetito a más intervenciones de facto y, rápidamente, Colombia, Canadá y Groenlandia ya estaban bajo la amenaza plausible de ver sobre sus cielos los cazabombarderos que hicieron llover bombas sobre Caracas. De nuevo, el fuego se apaciguó por los buenos oficios prestados por un equipo de funcionarios de la Cancillería y de la Embajada de Colombia en Washington, encabezado por el señor Daniel García-Peña.
Según múltiples fuentes de medios de comunicación, el trabajo de García-Peña —quien, aunque ha acompañado a Petro desde su alcaldía, no es en estricto sentido un fundamentalista del petrismo, sino más bien un polo a tierra del presidente— fue decisorio para coordinar la llamada y el posterior encuentro entre ambos jefes de Estado, y para reconectar las agendas de Washington y Bogotá en temas como la lucha contra el narcoterrorismo, así como para seguir estimulando la inversión y el intercambio comercial. Al embajador, que supo cumplir su tarea con rigor, se le debe la desescalada de un conflicto desastroso en ciernes. ero sería un error leer ese episodio como una anécdota feliz o como la victoria de una persona sobre una crisis: lo que quedó demostrado es otra cosa, más inquietante y más estructural. Hoy la estabilidad internacional depende demasiado de la pericia de funcionarios que apagan incendios provocados por líderes que juegan con gasolina. Y cuando el orden global descansa en la capacidad de “arreglar lo que nunca debió romperse”, la diplomacia deja de ser política de Estado para convertirse en sala de urgencias.
Por eso, el problema no es solo Trump, ni solo Petro, ni siquiera el choque particular de sus estilos. El problema es la degradación del lenguaje público y la sustitución del oficio por el espectáculo: el mundo pasó de la negociación a la amenaza, del argumento al impulso, de las cancillerías a la tarima. La política exterior —que debería ser la expresión más cuidadosa, estratégica y responsable de un país— queda secuestrada por el ego, por el algoritmo y por la lógica de la polarización doméstica exportada al escenario internacional. Y cuando la diplomacia se vuelve un apéndice del temperamento, la soberanía se vuelve rehén.
el multilateralismo no es un lujo retórico ni una nostalgia de tecnócratas; es un dique civilizatorio. Es el conjunto de reglas, procedimientos y contrapesos que evita que los conflictos se resuelvan a punta de imposiciones, sanciones arbitrarias o demostraciones de fuerza. Defenderlo no es “ser tibio”: es entender que la paz —y también la prosperidad— se construyen con instituciones, no con bravatas.