Sin Acuña. Sin Driussi. Con Montiel en una gamba y errando el penal que nunca erra. Con Moreno también lesionado. Con fútbol. Con intensidad. También con huevos. Con el emuje de 90000 personas. Sin ayudas arbitrales porque fueron dos penales gigantes. Sin secarle la nuca a los mafiosos. Hoy jugaste contra un equipo grande de verdad, Di María. Seguí festejando falsos títulos en una combi y mirá la final por TV, demagogo de circo.
En 2002, campeón y goleador.
En 2003, campeón y goleador.
En 2004, campeón y goleador.
Volvió en su mejor momento en Europa para dar una mano en el peor momento de River (y fue goleador)
Un tipo lo echó, pero después volvió a volver y si:
2014, campeón y goleador.
Se despidió, cuando sentía que ya había dado todo de su mejor versión al club, en 2015, levantando la Copa Libertadores.
@Fercaveoficial Es el más grande de todos los riverplatenses que me tocó disfrutar en el club. Mi máximo ídolo. Su vida es una bendición.
El pasado reciente y el presente futbolístico de River, más esta profanación a la camiseta de River me llevan a tener que expresar lo que me pasa.
Dos River crecen en direcciones opuestas.
River atraviesa hoy una contradicción evidente.
Como institución no para de crecer: obras, estadio renovado, ingresos récord, expansión de marca. Negarlo sería absurdo. En los números, River es más grande que hace diez años y que siempre tal vez.
Pero en paralelo, el fútbol se achica. No solo por resultados, sino por juego, identidad y convicción. El River futbolístico es cada vez más pobre y más lejos de su historia. Cuando esas dos curvas se separan tanto, el problema deja de ser deportivo y pasa a ser estructural.
La pregunta incómoda aparece sola: ¿y si el fútbol dejó de ser el centro?
Cuando el negocio y la gestión pesan más que la pelota, ganar o perder deja de ser urgente mientras el producto funcione. Y hoy, como producto, River funciona. Eso explica la tolerancia al bajo nivel y la falta de decisiones profundas.
En ese esquema, Gallardo cumple un rol simbólico. Más que una apuesta deportiva, parece un escudo emocional. Su permanencia, aun sin señales claras, ofrece cobertura y evita cuestionamientos de fondo.
El punto más sensible es el cambio del hincha. El hincha histórico —exigente, formado en la cancha— incomoda. En cambio, el nuevo público consume la experiencia, no el juego. Celebra el entorno más que el contenido. Es ideal para un club-empresa.
Entonces la pregunta es: ¿el corrimiento del hincha histórico es un efecto secundario o parte del modelo?
No es elitismo ni nostalgia. Es identidad. River siempre fue fútbol antes que escenografía. Crecer no es el problema, el problema es crecer vaciando el alma futbolera.
Tal vez no haya un plan oscuro y solo sea que pretendan un River más ordenado y rentable, pero cada vez menos River.
Y para los que crecimos en la cancha, eso no es progreso: es pérdida.
“Había un jugador en Portsmouth, creo que estuvo solo seis meses a préstamo, pero lo amaba: D’Alessandro. La forma en la que jugaba, en la liga, había traído algo diferente.
Cuando era niño, simplemente me encantaba verlo jugar. Tengo su camiseta en mi casa porque conozco al utilero, él me la consiguió, se la dio a mi padre y aún la conservo. Eso es todo. D’Alessandro fue alguien a quien siempre solía mirar.”
🎙️Mason Mount 🏴 en ESPN (2021)
LA CONTRADICCIÓN DE LOS ZURDOS
Lo que está pasando en las redes sociales es un ejemplo perfecto de la hipocresía progresista.
Veo en todos lados a venezolanos festejando la caída del dictador narcoterrorista Maduro pero también veo a todos los comunistas que viven en democracias occidentales (que son cada vez menos) llorando por el innegable fracaso de su ideología, que derivó en una dictadura asesina.
Los progresistas dicen amar la democracia, pero lloran cuando cae un dictador. Eso los pinta de cuerpo entero. Dicen defender al pueblo, pero odian verlo festejar su libertad (o lo que a ellos no les gusta).
Además, el ex-dictador Maduro, que ahora pasará el resto de sus días en una cárcel norteamericana por haber sido el jefe de una organización narcoterrorista que dejó al 90% de los venezolanos en la pobreza, obligando a 8 millones de personas a escapar de su país para no morir de hambre y que para mantenerse en el poder se robó las elecciones, secuestró a Nahuel Gallo, un ciudadano argentino, y lo tiene desaparecido desde entonces.
Pero claro, los cipayos somos nosotros, los que defendemos a los argentinos, los que defendemos a la libertad y a la democracia.
Pero eso se acabó. Basta. No toleramos más las psicopateadas de los que arruinaron no sólo a nuestro país, sino a toda la región, con ideas socialistas y prácticas políticas dignas del fascismo más rancio.
Venezuela celebra.
Venezuela es Libre.
La izquierda llora.
La Libertad Avanza.
VIVA LA LIBERTAD CARAJO 🇦🇷🤝🇻🇪
Casi le creo hasta que dijo "Nico es la última persona en la vida que yo quiero lastimar".
Sí bueno, qué pena que no te acordaste cuando te dejabas hacer un barnizado lácteo en la laringe por uno que no era ✨Nico✨.