La energía nuclear es la panacea: limpia, segura y barata, pero no podemos disfrutarla por culpa del socialismo. En vez de eso, tenemos miles de molinos que habrá que desguazar en cuanto volvamos a las nucleares, porque será inviable su mantenimiento.
El reactor RBMK soviético de Chernobyl, que no necesitaba edificio de contención igual que no necesitas el cinturón para conducir, tenía un fallo de diseño que hacía que explotara en determinado punto de operación, y el experimento que provocó la explosión consistía precisamente en llevarlo a ese punto, para demostrar el triunfo del socialismo sobre la ciencia, igual que lo hace cuando topa precios o sube el SMI.
El fanatismo socialista quiere adaptar la realidad a sus creencias, no al revés. Por eso todo es mentira y por eso sale todo al revés. Es una puta secta suicida que, si sabe que hay un peligro, lo acaba por hacer realidad.
Prueba de ello es que el apagón que sufrimos y mató a más de diez personas nada más que fue un ejercicio de chulería para colgarse la medallita del 100% renovables Pedro Sánchez.
Son el subnormal con la seta de emergencia que no debe tocar, el imbécil que se estrella haciendo trompos en un parking, socialismo es toda la burocracia, fanatismo y ceguera, que hace falta para un desastre.
FASE 3: La dependencia.
Este es el punto de no retorno. El momento en que el proceso se vuelve políticamente irreversible.
Cuando el número de personas que dependen del gasto público (empleados públicos, pensionistas, beneficiarios de programas sociales, contratistas del gobierno) supera al de quienes lo financian, ningún político racional puede proponer reducir el gasto.
Hacerlo equivale al suicidio electoral. El candidato que promete austeridad pierde frente al que promete expansión. Siempre.
Tenemos en España un Gobierno dispuesto a jugar con una crisis internacional para fabricar un relato político de consumo interno, aunque el precio sea abrir un frente con EE.UU., alimentar en Washington conversaciones sobre sanciones, aranceles y traslado de bases, y deteriorar una relación estratégica de primer orden. Y, aun así, cuando un periodista pregunta por esas consecuencias, no faltan los palmeros, los lamebotas y los comisarios del sectarismo que salen en tromba a decirnos que el problema no es lo que hace el poder, sino quien se atreve a preguntar por ello. Lo hacen en nombre de la izquierda, del progresismo y de una superioridad moral que se deshace en cuanto alguien les pone delante los hechos. Por eso sacan toda la artillería para acallar las consecuencia de sus actos y quieren convertir el periodismo en obediencia y la rendición total ante el poder en virtud cívica. No les molesta el riesgo que asume España, les molesta que se cuente lo que dejarán tras su marcha. No defienden principios, no defienden a España, defienden solo a los suyos, a sus bases. Y lo hacen con el fanatismo de quien cree que una mala decisión deja de serlo si la firma su bando y no hay prensa para exponerla.
Todo país que colapsa económicamente sigue el mismo patrón. No importa si es europeo, africano o latinoamericano.
No es coincidencia. No es mala suerte. No es incompetencia.
Es un mecanismo de 5 fases que se repite con precisión mecánica.
Gran Bretaña, India, Ghana, Grecia, Argentina, México, Venezuela. Todos pasaron por las mismas etapas.
Al progre le gusta que haya comunismo en Cuba pero tener la nevera llena, que Almodóvar haga muchas películas pero no ir a ver ninguna, meterse cosas por el culo pero que haya teocracia en Irán, enseñar las tetas en la iglesia pero que haya burka en Afganistán, que vengan millones de moros a España pero ninguno a su barrio, que los críos aprendan lenguas muertas que él no conoce, abusar de las mujeres e irse de putas pero vivir del feminismo, hacer muchas leyes para no cumplir ninguna, y subir mucho los impuestos pero no pagar el IVA.
Tatiana Abellán escribe esto (fragmento):
Decía que Juan Soto Ivars no es mi amigo, por eso podría haber declinado acompañarlo. Sin embargo, el nivel de odio e irracionalidad que vi apeló a un deber moral. Asumo que mi reputación puede verse afectada y lo entiendo como una inversión a largo plazo: cuando seamos capaces de reconocer que la ley VioGén, pese a su loable motivación, está generando un número indeterminado pero muy elevado de víctimas, de hombres abocados injustamente a una muerte social —y, en algunos casos, puede que al suicidio—. “¿Cuántos muertos ha provocado en España el noble intento de salvar vidas?”, se pregunta Soto Ivars. Quizá algún día lo sepamos, y decir esto no minimiza ni relativiza el número de asesinadas.
En la firma posterior a la presentación hubo un momento en el que me tuve que alejar para contener el llanto. Hombres y mujeres aprovechaban esos segundos para tratar de resumir las terribles historias de separación de sus hijos y nietos, de ruina económica y vital, de abandono político y judicial. Muchos, exonerados después de años de litigio, explicaban haber tenido que aguardar pacientemente la mayoría de edad de sus hijos para hacerles llegar su versión de la historia, para asegurarles que nunca dejaron de quererles. Otros pedían que la dedicatoria fuera para algún niño, a la espera de poder entregárselo en un futuro. Policías y Guardias Civiles contaron anécdotas increíbles.
Soy feminista y creo en la igualdad entre los sexos. Precisamente por eso no me resulta conflictivo asumir que, del mismo modo que los hombres ejercen en promedio una violencia física mayor, también existen mujeres que están utilizando las poderosas herramientas e incentivos que ofrece esta ley para ejercer formas de maltrato —jurídico, simbólico o relacional— sobre sus exparejas. Lo que se nos vendió como una norma pionera ha resultado ser una anomalía: no existe nada parecido en ningún otro lugar.
En cualquier caso, Esto no existe no es un libro polémico sin más, es un fenómeno. Ha conseguido abrir una brecha. Ahora habrá que terminar el trabajo desde distintos ámbitos, –académico, jurídico o social–, pero el debate no se va a poder volver a cerrar. Porque esta no es una guerra entre hombres y mujeres, sino un conflicto entre la razón y la sinrazón, entre la justicia y su negación.
Me siento más identificada con la defensa de la igualdad de la silenciada jueza María Sanahuja, que con la tesis Noor Ammar Lamarty, que asegura haber sido víctima de violencia machista porque un hombre le ha llevado la contraria o ha querido debatir. Esa es la visión de la mujer como ser inferior, más débil e infantilizado a la que definitivamente me opongo. No hay emancipación posible sin asunción de responsabilidad, ni igualdad real sin conflicto.
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El socialismo real murió por imposible, el asistencialismo peronista anda moribundo por indigno, la socialdemocracia salvaje se ahoga en incentivos perversos y causas frikis.
Creen que deben "reinventar" la izquierda y el problema es asumir ya que la izquierda es un error intelectual.
Si fuera la oposición, estaría reclutando como loco a personas con verdadero conocimiento en economía, en administración, en derecho, en energía, en industria, en empresa, en internacional... en casi todo. Darle la vuelta a España va a necesitar mucho más que discursos.
Tan psicópatas son los zurdos que, ante el asesinato de mujeres, solo ven una oportunidad para hacer política. Si el caso les sirve, lo usan; si no, lo esconden. Les importa más ensuciar enemigos que hacer justicia y castigar a los verdaderos culpables.
Durante el desastre kirchnerista, los femicidios no dejaron de crecer. Y fueron muchos los kirchneristas denunciados por violencia, acoso o abuso sexual de mujeres: desde el ex presidente hasta gobernadores, intendentes, periodistas y militantes. Todos, protegidos por el feminismo vernáculo: amante vergonzoso de los patriarcas del progresismo.
Nunca les importaron las mujeres. Solo les importó la caja, el relato y la política sucia.
No se dejen psicopatear por estos miserables: no avalar la estafa feminista no te vuelve violento; no tragar los dogmas progresistas no es “discurso de odio”. Su falso dilema es tan burdo como su moral.
Bueno, pues ya ha llegado la paz a Gaza. Ya han llegado las ejecuciones sumarias, el colgar a los homosexuales y oprimir a las mujeres. Ya no hay nada que denunciar. Circulen!
El socialismo es la gran estafa de nuestros días, el truco del tocomocho, el timo de la estampita, una trampa con la que gente sin escrúpulos te da una parte ínfima de lo que previamente te ha quitado y se queda con el resto utilizándolo para perpetuarse en el poder y mantener a sus bases contentas y sumisas. Este enriquecimiento ilícito, que está en la base de la ideología socialista, trae consigo ventajas anejas como la de ser inmune a la acción de la justicia o escapar al mismo principio de no contradicción: un socialista siempre podrá hacer una cosa y su contraria, siempre podrá defender una idea y su opuesta sin que ello redunde en ningún perjuicio electoral. Al contrario: el socialista que demuestre mayor falta de palabra será el más apto para llevar a cabo ese engaño masivo llamado "justicia social", que consiste en ir transformando progresivamente el ahorro en deuda y la productividad personal en limosna del Estado.
La Asociación de Madres de la Plaza de Mayo, a propósito del fraude electoral masivo de las últimas elecciones venezolanas, tuvo a bien formular y dejar para la posteridad las palabras que mejor resumen el espíritu antidemocrático de la izquierda: "La realidad", aseguraron, "es que poco importa la integridad electoral". "La prioridad", dijeron, "era garantizar que la transformación social no se detenga, y que no lleguen los fascistas al poder." El socialismo se presenta a las claras como un movimiento redentorista, como una secta que aboga por el sometimiento al Estado, convertido en padre protector de un ciudadano convertido en eterno menor de edad. Todo lo que escape del control de los líderes del movimiento, todo pensamiento que pretenda actuar con independencia de los dogmas establecidos, será considerado un agente fascista y, por tanto, un enemigo del pueblo. Aquel grito de "Patria o muerte" siempre se refirió a la muerte de quien muestre la más mínima resistencia a aceptar sumisamente tal patria.
Es imposible que la economía sea una “locomotora” con 3 millones de funcionarios, 10 millones de pensionistas, 2 millones cobrando la limosna mínima vital… Ya reventará todo. Es como tener un bar y estar tú allí todo el día invitando a tus colegas. Desde fuera se ve lleno.
El engaño masivo al que ha sido sometida la sociedad española respecto a lo ocurrido en Gaza solo es comparable al engaño semántico que lo venía justificando. Aquel "genocidio" a toda costa ha sido alimentado con datos falsos y crónicas fraudulentas aptas solo para un público previamente convencido y devoto del producto hasta el extremo de la gula. Se trata de la misma dinámica corrupta que permite que el CIS siga abierto, a pesar de estar más que demostrado su carácter puramente literario y su naturaleza de desiderata al servicio no de quien paga (que somos todos) sino de ese gobierno socialista que redistribuye siempre a su favor.
La sociedad española ha sido y sigue siendo (al menos en esa mayoría aún representada en el Parlamento) una sociedad de místicos dispuesta a sacrificar la realidad a cambio de una buena película. El antifranquismo del nacionalismo vasco, la modernidad del nacionalismo catalán o la "justicia social" vinculada al socialismo español son hoy las grandes ficciones que sostienen el gobierno gracias a la fe incondicional de sus cuadros electorales.
El problema, evidentemente, no radica ya en quienes fabrican el relato, sino en quienes lo consumen, convencidos de que la verdad no depende del producto sino de la salsa con la que se condimente. De ahí que el engaño encuentre sustento en un nuevo "contrato social" que nada tiene que ver con el rousseauniano: un pacto tácito entre unos gobernantes que necesitan ser obedecidos y unos gobernados que exigen su propia sumisión. El círculo se cierra: el poder cocina el mito, los medios gubernamentales lo condimentan, y el ciudadano, satisfecho con su papel de creyente, se lo traga con ansia devocional.
La indigestión será bárbara.
Llevo casi una década ejerciendo de profesor de Historia y no he coincidido jamás con un activista de derechas. En el departamento, en cambio, es habitual que se sucedan, año tras año, activistas de izquierdas (desde socialdemócratas a comunistas pasando por anarquistas de todo pelaje) que lo dejan claro desde el primer día desplegando una parafernalia pirotécnica de pulseras, camisetas y actitud guerrera de líder de masas estudiantiles.
Y es complicado. Es complicado porque hay que convivir con ellos durante meses, durante cursos enteros, y a menudo dejarles pasar proclamas y sandeces ideológicas para mantener el buen rollo y cierta paz en la sala de reuniones. Porque, además, es difícil no hablar de política en la mesa de nuestra especialidad y, sobre todo, es difícil no tratar sobre la actualidad en nuestra profesión... y eso genera muchas situaciones en las que quienes no somos de izquierdas a menudo sentimos la dolorosa punzada de la autocensura que, por supuesto, ellos no sienten, navegando como están al mando del timón y con viento favorable, porque hacen piña y se refuerzan unos a otros, porque el activismo les sirve como aglomerante y no como bola de demolición.
Quizá eso cambie algún día. Quizá esta penosa situación desaparezca cuando se extinga alguna de esas desdichadas generaciones de historiadores marxistas-leninistas que, permanentemente subidos a la pancarta durante sus años universitarios, han pretendido continuar coronando su calva con los laureles de su melenuda juventud, secuestrando a los estudiantes como público y claca. O quizá eso cambie cuando alguien, cuando algún valiente dispuesto a sacrificar la paz por la justicia y sustituir el corporativismo por el señalamiento, desate una tormenta que, sin duda, será terrible pero también higiénica y purificadora.
“No puedes ayudar a los pobres destruyendo a los ricos. No puedes fortalecer al débil debilitando al fuerte. No se puede lograr la prosperidad desalentando el ahorro. No se puede levantar al asalariado destruyendo a quien lo contrata”
Abraham Lincoln
Un gobierno jaleando el tumulto en la calle, la vuelta cancelada, ministros atacando a la judicatura, relaciones rotas con Washington y la OTAN, familia del presidente imputada por corrupción… Imagen de un país al borde del colapso institucional.