CAÍDA LIBRE
CADA DÍA PUEDE SER PEOR
Seis meses bastaron para transformar una mayoría expectante en una desaprobación dominante. Los números muestran una administración que pierde respaldo mientras se agota el beneficio de la duda.
Pero cuando una serie repite durante seis meses una misma dirección, los datos dejan de ser anécdotas y forman una curva. Y la de José Antonio Kast tiene una particularidad incómoda: baja cuando se llama aprobación y sube cuando se llama desaprobación.
Kast comenzó el 15 de marzo con 46% de aprobación, 30% de desaprobación y 24% que aún no sabía qué pensar. El 22 de marzo esa aprobación alcanzó 50%.
Hoy, seis meses después, Criteria registra 29% de aprobación, 59% de desaprobación y apenas 12% de indecisos. Es su peor registro desde que asumió.
Lo revelador es la brecha.
Kast pasó de un saldo neto de +16 a -30. Son 46 puntos de deterioro entre ambas fotografías.
Eso ya no es una mala semana. Es una tendencia, y además una tendencia persistente.
El “no sé” (la duda razonable), se redujo a la mitad. En marzo uno de cada cuatro ciudadanos observaba, esperaba y suspendía el juicio. Hoy es aproximadamente, apenas uno de cada ocho. La ciudadanía ha ido formándose una opinión y ese desplazamiento ha alimentado mucho más la desaprobación. El beneficio de la duda también tiene fecha de vencimiento.
Después del cruce de las curvas a fines de marzo, la aprobación nunca volvió a superar a la desaprobación. Entre abril y junio pareció construirse una meseta en torno al 36%-40%. En julio, después de caer a 32%, Kast recuperó cinco puntos y alcanzó 37%. Pudo parecer una inflexión.
No lo fue. Fue un rebote.
Después llegaron 36, 34, 35, 35, 35, 33, 30, 31 y finalmente 29%.
Al otro lado, la desaprobación construyó máximos sucesivos hasta llegar al 59%. Una observación puede ser azar; una secuencia persistente durante meses exige explicaciones estructurales.
La evaluación de un gobierno se construye con resultados, decisiones, prioridades, nombramientos y capacidad para corregir errores. Cuando las dificultades económicas coinciden con controversias, salidas de autoridades, declaraciones desafortunadas y señales contradictorias desde el Ejecutivo, la percepción ciudadana termina evaluando el conjunto.
Un gobierno es también la suma de sus ministros, subsecretarios, seremis, asesores, decisiones y omisiones. La ciudadanía observa una administración y juzga si percibe conducción, coherencia y resultados. Y Criteria pregunta precisamente si se aprueba o desaprueba la forma en que Kast conduce su gobierno.
Sería incorrecto atribuir cada punto perdido a un episodio específico. Una encuesta mide evaluación, no causalidad. Pero gobernar consiste precisamente en administrar lo controlable y responder por la manera en que se enfrentan las dificultades.
Por eso la fotografía actual es difícil de relativizar: 29 aprueban y 59 desaprueban. Por cada ciudadano que evalúa favorablemente la conducción presidencial existen aproximadamente dos que la rechazan.
Pero quizás el dato más severo no sea el 29%. Es la dirección.
En la última elección, en la primera vuelta obtuvo un 23,93%, y todo hace pensar que va rápidamente en esa dirección.
Los gobiernos pueden recuperarse de aprobaciones bajas. Lo complicado comienza cuando todavía no logran demostrar dónde está su piso. Kast no sólo ha perdido respaldo: tampoco ha conseguido transformar sus recuperaciones episódicas en una tendencia sostenida. Y mientras disminuyen los indecisos, aumenta el número de ciudadanos que ya emitieron su juicio.
Seis meses son insuficientes para dictar sentencia sobre cuatro años, pero suficientes para evaluar un comienzo. Y éste muestra una administración cuya precariedad de gestión, dificultades de coordinación y sucesión de errores han coincidido con un deterioro persistente de su respaldo ciudadano.
La estadística no gobierna, no milita ni vota.
Simplemente, cuenta.
Y por ahora, la cuenta le está llegando al Gobierno.
@MisColumnas
Ha muerto Camilo Escalona.
Me lo imagino a los 16 años consciente de que desde los jóvenes secundarios había que defender al gobierno popular. Lo pienso durante la dictadura, en Chile, haciendo lo más difícil que era organizarse cuando en ello se arriesgaba la vida. Lo leo en los primeros años de la transición, empujando los límites que imponían los poderes fácticos que siempre enfrentó. Lo recuerdo cuando nosotros éramos jóvenes, con esa mezcla de enojo y comprensión a nuestras críticas. Lo veo apoyando firmemente a nuestro gobierno, cuando hubiese sido más fácil tomar palco.
Ayer, en compañía de su compañera Jimena me despedí de él, y le prometí que las nuevas generaciones iban a saber de su lucha y compromiso, porque gracias a él y su generación nosotros estamos aquí.
Un abrazo compañero, a ti y a todo el Partido Socialista de Chile. Mis eternos respetos.
Incredible Egyptian goal is disallowed because of a foul far away, then same situation a few minutes later and goal for Argentina not disallowed! No VAR, nothing? FIFA again looks like a corrupt joke, playing favorites for stars.
Mara Sedini destruída POR UNA SOLA PREGUNTA DE UN PERIODISTA.
¿Por qué no lo hizo en su casa?
Mara: silencio sepulcral moviendo la cabeza apegada a la minuta.
ES UN ESCÁNDALO.
Este video es oro. La pregunta al grano, Sedini sin saber responder y hasta la cara de la diputada Rodriguez en el momento que internamente acepta que la postura es indefendible.
5 estrellas ⭐️⭐️⭐️⭐️⭐️
LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas